Capítulo 1 El Hombre del lago
El amanecer llegaba despacio sobre las montañas.
Una fina capa de niebla cubría la superficie del lago como si el agua respirara lentamente. A esa hora no se escuchaban motores ni voces, solo el viento moviendo los pinos y el ocasional canto de algún ave.
A unos metros de la orilla se levantaba una cabaña de madera, sencilla, construida más para durar que para impresionar. El tiempo había oscurecido las tablas de sus paredes, pero todo estaba impecablemente cuidado.
La puerta se abrió.
Un hombre salió con una taza de café entre las manos.
Alaric
Cabello oscuro, ligeramente largo, barba corta y bien cuidada. Su cuerpo conservaba la musculatura de alguien acostumbrado al combate, aunque los años habían suavizado la rigidez de sus movimientos. En su rostro no había prisa, solo una tranquilidad que pocos hombres conseguían alcanzar.
Se sentó en una vieja silla de madera frente al lago.
Durante varios minutos no hizo absolutamente nada.
Solo observó el agua.
Muchos creerían que estaba perdiendo el tiempo.
Él lo llamaba paz.
Había aprendido que el silencio era un lujo.
Y durante mucho tiempo no había conocido otra cosa que el ruido.
El choque del acero.
Las explosiones, las sirenas y los gritos...
Cerró los ojos un instante.
El recuerdo desapareció tan rápido como había llegado.
Dio otro sorbo al café.
Detrás de él, junto a la puerta de la cabaña, descansaba un hacha para cortar leña. No era un arma. Solo una herramienta más de la rutina que había construido con sus propias manos.
Dentro de la casa no había trofeos, ni fotografías, ni medallas.
Nada que hablara del hombre que había sido.
Solo muebles sencillos, una estufa de hierro, una mesa de madera y una biblioteca repleta de libros gastados por el uso.
Si alguien hubiera llegado hasta allí esa mañana, habría visto únicamente a un hombre viviendo en completa tranquilidad.
Y eso era exactamente lo que Alaric quería que el mundo creyera.
Porque hacía años que el nombre del Legado de Atlas había desaparecido de la historia.
Oficialmente... Había muerto.
El canto de un hacha rompió el silencio.
El filo se hundió en un tronco de roble con un golpe limpio.
La madera se partió en dos.
Alaric recogió los pedazos y los acomodó junto al resto de la leña bajo el pequeño cobertizo.
No necesitaba hacerlo, tenía calefacción, tenía electricidad.
Incluso podía pedir provisiones desde el pueblo más cercano.
Pero prefería ganarse cada día con sus propias manos.
Era una costumbre que nunca abandonó.
Mientras acomodaba el último tronco, un movimiento entre los árboles llamó su atención.
Un ciervo joven había quedado atrapado entre unas ramas caídas.
El animal forcejeaba desesperadamente.
Alaric dejó la leña donde estaba.
Se acercó despacio, sin hacer ruido.
El ciervo retrocedió cuanto pudo, asustado.
—Tranquilo...
Su voz apenas fue un murmullo.
Con paciencia apartó una a una las ramas que aprisionaban las patas del animal.
Una de ellas estaba profundamente incrustada.
La retiró con cuidado para no lastimarlo.
Cuando terminó, dio un paso atrás.
El ciervo quedó inmóvil durante unos segundos.
Luego salió corriendo hacia el bosque.
Alaric observó cómo desaparecía entre los árboles.
Una leve sonrisa apareció en su rostro y desapareció igual de rápido.
Recogió la leña y regresó a la cabaña.
El aroma del café aún llenaba el interior.
Dejó los troncos junto a la estufa y abrió una de las ventanas. Una brisa fresca recorrió la habitación, moviendo apenas las cortinas.
Todo estaba en orden, como cada mañana.
Preparó un desayuno sencillo y se sentó frente a la mesa de madera. No había radio encendida, ni pantallas proyectando noticias, ni dispositivos interrumpiendo el silencio.
Solo el sonido de los cubiertos y el viento que llegaba desde el lago.
Luego de comer, tomó la taza vacía y la dejó en el fregadero.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Su mirada se dirigió hacia un pequeño estante de madera, apartado del resto de la habitación.
Sobre él descansaba un único objeto; un medallón.
El metal había perdido parte de su brillo con el paso de los años, pero seguía conservándose en perfecto estado.
Alaric lo observó en silencio.
Era el único recuerdo del que jamás había conseguido desprenderse.
No lo tocó.
Después de unos instantes, apartó la vista y continuó con su rutina, como si aquel objeto fuera una parte más de la cabaña.
Afuera, el lago seguía completamente en calma.
Parecía que nada podría alterar la tranquilidad de aquel lugar.
Alaric revisó la alacena, quedaba poco.
Un pedazo de pan endurecido, algo de café y un saco de arroz casi vacío.
Abrió el refrigerador, estaba igual de desolado.
Soltó un leve suspiro.
Hacía días que había pospuesto el viaje al pueblo, pero ya no podía seguir haciéndolo.
Tomó una vieja mochila de cuero, revisó que llevara suficiente dinero y se la colgó al hombro.
Antes de salir, recorrió la cabaña con la mirada.
Todo quedaría exactamente igual a su regreso.
El camino hacia el pueblo bordeaba el lago durante varios kilómetros. A medida que avanzaba, los árboles comenzaron a dar paso a un sendero más amplio, hasta desembocar en una pequeña plaza rodeada de comercios.
La plaza del pueblo rebosaba de vida.
El murmullo de los comerciantes se mezclaba con las conversaciones de los vecinos, las risas de los niños y el constante ir y venir de personas que comenzaban su jornada.
Pequeños puestos de madera rodeaban la plaza, exhibiendo frutas, verduras, herramientas, armaduras y tejidos elaborados por los propios habitantes.
Entre la multitud caminaban discretamente varios autómatas de servicio.
Algunos transportaban cajas de un negocio a otro con una precisión impecable. Otros barrían las calles de piedra o ayudaban a los ancianos a cargar sus compras. Su presencia era tan habitual que casi nadie les prestaba atención; formaban parte del paisaje cotidiano desde hacía décadas.
Alaric avanzó con paso tranquilo.
Para los habitantes del pueblo no era un guerrero, ni una leyenda olvidada. Solo era Aldren, el hombre reservado que vivía junto al lago y aparecía cada cierto tiempo para abastecer su cabaña antes de desaparecer nuevamente entre los bosques.
Al cruzar la plaza, varios vecinos y comerciantes levantaron la mano a modo de saludo.
—Buenos días, Aldren.
Él respondió con un leve movimiento de cabeza, sin detener el paso.
Hacía tantos años que utilizaba aquel nombre que ya le resultaba completamente natural responder a él.
No era un hombre de muchas palabras, y el pueblo había aprendido a respetar aquel silencio.
Su destino era una pequeña panadería situada en una de las esquinas de la plaza. El aroma del pan recién horneado escapaba por la puerta abierta y se extendía varios metros calle abajo, mezclándose con el olor del café recién molido.
Al entrar, una campanilla de bronce anunció su llegada.
Detrás del mostrador, una mujer de mediana edad acomodaba varias hogazas mientras un pequeño autómata clasificaba los productos en los estantes con movimientos rápidos y meticulosos. Sus brazos mecánicos trabajaban sin descanso, colocando cada pieza en el lugar exacto antes de continuar con la siguiente.
—Buenos días.
La comerciante levantó la vista y sonrió al reconocerlo.
—Vaya... hacía semanas que no te veía por aquí, Aldren.
Alaric dejó una bolsa de tela sobre el mostrador.
—Necesito harina... dos hogazas de pan y arroz.
La mujer asintió sin hacer preguntas.
Ya conocía aquella rutina.
Mientras el pequeño autómata buscaba un saco de harina en la despensa, ella envolvió cuidadosamente el pan en un paño limpio y lo dejó sobre el mostrador.
—Supongo que el bosque sigue siendo tan silencioso como siempre.
Alaric tomó el pan entre las manos.
—Justo como debería ser.
La mujer soltó una breve risa, sin comprender del todo el significado de aquella respuesta.
El autómata regresó segundos después con el saco de harina, depositándolo cuidadosamente junto al resto de la compra antes de emitir un suave pitido que indicaba que la tarea había sido completada.
Alaric dejó el pago sobre el mostrador, aún le quedaban varias cosas por comprar antes de emprender el largo camino de regreso a la cabaña.
Con una bolsa de provisiones descansando a la altura de la cintura, sostenida por una correa que cruzaba su hombro, Alaric abandonó la panadería y volvió a la plaza.
El bullicio habitual seguía presente, aunque algo había cambiado.
La mayoría de los habitantes caminaban hacia el extremo norte del pueblo, donde una multitud se había reunido alrededor del generador principal.
—Vinieron de Keron.
—Por fin enviaron a alguien.
—A ver si ahora queda arreglado de una vez.
La curiosidad llevó a Alaric a acercarse.
Abriéndose paso entre los vecinos, llegó hasta la primera fila.
El enorme generador permanecía abierto, dejando expuestos sus mecanismos internos. Una joven ingeniera llamada Jade Vogel, vestida con el uniforme del Departamento de Infraestructura de Keron, inspeccionaba cuidadosamente el núcleo energético mientras un pequeño dron proyectaba diagramas holográficos sobre cada uno de sus componentes.
De pronto, frunció el ceño.
Se inclinó un poco más.
Volvió a observar la misma pieza.
—... ¿Qué?
Los habitantes se miraron entre ellos sin comprender.
La ingeniera retiró con cuidado una cubierta metálica y descubrió algo.
—Esto... no tiene sentido.
Su dron escaneó el interior del generador una segunda vez.
Los resultados coincidían.
La mujer pasó lentamente la mano sobre varias conexiones improvisadas.
No eran piezas originales.
Algunas uniones habían sido reforzadas con componentes reciclados del propio generador. Otras habían sido fabricadas a mano con materiales comunes del pueblo.
Sin embargo...
Funcionaban.
Y no solo funcionaban.
Habían mantenido operativo el generador durante semanas.
La ingeniera dejó escapar una breve risa de incredulidad.
—¿Quién hizo esto?
Nadie respondió.
Los vecinos comenzaron a mirarse unos a otros.
—Pues...
—No tengo idea.
—Solo sabemos que una mañana volvió a funcionar.
La mujer negó lentamente con la cabeza mientras seguía examinando el interior.
—Es imposible...
Señaló una de las conexiones improvisadas.
—Esta pieza pertenece a un circuito completamente distinto. En teoría debería provocar una sobrecarga en menos de un minuto...
Observo el resto del sistema.
—...y, sin embargo, alguien consiguió estabilizar todo el núcleo energético.
Guardó silencio unos instantes.
Cuanto más observaba aquel arreglo, más desconcertada parecía.
No era un trabajo elegante.
No seguía ningún manual.
Ni siquiera respetaba los procedimientos establecidos por Keron.
Pero detrás de aquella apariencia improvisada había alguien que comprendía el funcionamiento del generador a un nivel extraordinario.
Era como contemplar la obra de un maestro... que había decidido reparar una máquina utilizando únicamente lo que tenía al alcance de la mano.
Entre la multitud, Alaric permanecía completamente inmóvil.
No mostró la menor reacción.
Simplemente observó el generador, tomó con firmeza la correa de la bolsa que llevaba al hombro y guardó silencio.
Después de todo...
Solo había intentado ayudar al pueblo.
Tras abandonar la plaza, Alaric recorrió las pocas tiendas que aún le faltaban. Compró carne, sal, azúcar, aceite y el resto de las provisiones necesarias para varias semanas. Cuando terminó, la bolsa que descansaba junto a su cintura pesaba bastante más que al llegar.
Era suficiente.
Tras terminar sus compras, Alaric se dirigió hacia el sendero que conducía de regreso al bosque.
Había avanzado apenas unos metros cuando el rugido de varios motores rompió la tranquilidad del pueblo.
Alaric se detuvo.
Giró lentamente la cabeza.
Tres vehículos todoterreno atravesaron la calle principal levantando una nube de polvo a su paso. Frenaron bruscamente en mitad de la plaza, obligando a varios habitantes a apartarse.
El bullicio desapareció casi al instante.
Las conversaciones murieron.
Los comerciantes dejaron de atender sus puestos.
Incluso los niños corrieron a esconderse detrás de sus padres.
Las puertas de los vehículos se abrieron de golpe.
Varios hombres descendieron entre risas.
Vestían chalecos reforzados, armas al cinto y la arrogancia de quienes llevaban demasiado tiempo actuando con absoluta impunidad.
Sin decir una sola palabra, comenzaron a recorrer la plaza.
Uno de ellos volcó un puesto de frutas de una patada.
Naranjas y manzanas rodaron por el suelo.
Otro arrebató varias hogazas de pan de un mostrador y las lanzó dentro de uno de los vehículos.
Un tercero arrancó una bolsa de monedas de las manos de una comerciante.
—Eso es todo lo que tengo —suplicó ella.
El bandido la apartó de un empujón.
Un anciano intentó recoger parte de la mercancía que había caído al suelo.
No llegó a hacerlo.
Uno de los hombres le propinó una patada en el costado.
El anciano cayó sobre el empedrado y quedó encogido, intentando recuperar el aire.
Alaric permaneció inmóvil junto al camino.
Su mirada recorrió lentamente la plaza.
Los puestos saqueados.
Los habitantes aterrorizados.
El anciano en el suelo.
No era la primera vez que aquellos hombres visitaban Loris.
La forma en que todos evitaban mirarlos lo dejaba claro.
El último en bajar de uno de los vehículos fue su líder.
Un hombre corpulento, de barba descuidada y mirada desafiante.
Avanzó con calma, observando a los habitantes como si todo cuanto había a su alrededor le perteneciera.
—Parece que nadie ha olvidado las reglas.
Nadie respondió.
—Ya saben cómo funciona. No se resistan, paguen su cuota... y nosotros los protegeremos.
Hizo una pausa.
Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.
—De nosotros.
Varios de los hombres que lo acompañaban soltaron una carcajada.
Un comerciante reunió el valor suficiente para hablar.
—Por favor... la última vez se llevaron casi todo. Apenas nos estamos recuperando.
El líder lo observó durante unos segundos.
Después sonrió.
Y sin previo aviso. Le propinó un puñetazo en el rostro.
El hombre cayó al suelo sujetándose la mandíbula.
El silencio se volvió aún más pesado.
A unos metros de allí, Jade Vogel respiró hondo antes de dar un paso al frente.
—¡Basta!
Todos voltearon a verla.
El líder desvió la vista.
Sus ojos se detuvieron sobre el uniforme gris y azul que vestía la joven.
También vio la insignia metálica de Keron prendida sobre su pecho.
Una sonrisa burlona apareció en su rostro.
—Vaya... parece que Keron nos envió una niñera.
Algunos de sus hombres soltaron una carcajada.
Jade sostuvo su mirada con firmeza.
—Este pueblo pertenece a Keron. Lo que están haciendo es un delito.
—¿Ah, sí?
El líder dio un paso hacia ella.
—Aunque lo dudo... No creo que a nadie allí le importe un pueblo perdido como este.
Jade no retrocedió.
—Se equivocan, vendrán.
La sonrisa del bandido desapareció.
Sin previo aviso, la empujó con violencia.
Jade perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre el empedrado.
Su maletín se abrió al golpear el suelo.
Varias herramientas rodaron por la plaza.
Los bandidos estallaron en carcajadas.
—La próxima vez —dijo el líder mientras la observaba desde arriba—, aprende cuál es tu lugar.
Alaric observó a Jade tendida sobre el empedrado.
Después dirigió la mirada hacia el anciano, que aún intentaba incorporarse con dificultad.
Nadie se atrevía a intervenir.
Durante unos segundos, Alaric no hizo nada.
La tranquilidad que había acompañado su rostro desde que abandonó la cabaña se desvaneció lentamente.
Sus ojos se clavaron en el líder de los bandidos.
Había visto esa clase de hombres demasiadas veces.
Sabía exactamente cómo terminaban las historias cuando nadie les hacía frente.
Dio media vuelta.
Y comenzó a caminar hacia ellos...



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