LOS NUEVOS RAROS
PRÓLOGO: EL DÍA QUE EL MUNDO SE VOLVIÓ RARO
El sábado amaneció gris sobre Wuhan. No el gris sucio de la contaminación, sino ese gris húmedo que precede a la lluvia y que hace que el asfalto brille como si estuviera barnizado. Zhang Wei caminaba por la calle Jiefang con las manos en los bolsillos de su chaqueta, esquivando los charcos y los vendedores ambulantes que ofrecían brochetas de carnero y móviles falsificados.
Para Wei, ese lugar era un paraíso. O un vicio. O las dos cosas.
Había ido con una misión clara: comprar un cable de alta frecuencia para su nuevo monitor. No era un cable cualquiera. Tenía que ser el modelo que transmitía datos sin pérdida a 8K, el que los gamers profesionales usaban en los torneos y que en las tiendas normales costaba un riñón. Pero en el distrito tecnológico, si sabías dónde buscar, podías encontrarlo por un tercio del precio.
—Sesenta yuanes —dijo el vendedor, un hombre calvo con gafas de aumento y una sonrisa de quien sabía que estaba estafando a un cliente.
—Cuarenta —respondió Wei, sin inmutarse.
—Cincuenta y cinco.
—Cuarenta y cinco.
—Cincuenta.
—Trato.
Wei pagó con un billete arrugado que había estado guardando en el bolsillo trasero durante una semana. El vendedor le entregó el cable envuelto en una bolsa de plástico transparente. Wei lo examinó bajo la luz de un neón parpadeante. Era auténtico. Lo sabía por el peso, por la textura del revestimiento, por el conector dorado que brillaba como una pequeña joya.
Salió de la tienda satisfecho. Pero no había terminado. Su siguiente parada era la tienda de discos duros, donde un conocido le guardaba un modelo de 8 terabytes que había llegado en un lote de importación dudosa.
—Para tu NAS —le dijo el vendedor, un joven con el pelo teñido de verde y una perforación en la ceja—. Este es el que me pediste. Capacidad bruta, velocidad de lectura de primera. Es el que usan los mineros de cripto para guardar los datos de los pools.
—¿Y no me vas a preguntar para qué lo quiero? —dijo Wei, con una sonrisa irónica.
—No. Porque si me lo dices, tendré que avisar a la policía.
Ambos rieron. Wei pagó en efectivo, guardó el disco duro en su mochila junto al cable y salió de la tienda con la sensación de haber completado una misión.
El camino a casa era familiar: el puente sobre el río Yangtsé, la estación de metro donde los músicos callejeros tocaban versiones desafinadas de canciones pop, el mercado donde las señoras mayores discutían el precio de las verduras con una ferocidad que habría asustado a cualquier ejecutivo. Wei caminaba entre la gente sin verla realmente, con la cabeza llena de código, de proyectos, de ideas sobre cómo ampliar su servidor doméstico.
Su NAS era su orgullo. Un armario de datos que había construido pieza por pieza durante dos años, con discos de distintas procedencias, cables que había soldado él mismo y un sistema de refrigeración que había diseñado en sus ratos libres. En él almacenaba de todo: películas antiguas, series completas, música de grupos que nadie recordaba, documentos escaneados de bibliotecas desaparecidas, planos de sistemas operativos abandonados y, sobre todo, bases de datos que solo los entendidos sabían valorar.
Esa era su fuente de ingresos pasiva: datos. Información que otros no tenían, que él había recopilado durante años y que vendía a plazos, sin prisas, a clientes que nunca conocía en persona. No era dinero fácil, pero era dinero limpio. Y le permitía comprar cables de alta frecuencia y discos duros de 8 terabytes sin tener que pedirle nada a sus padres.
Llegó a su edificio justo cuando las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer. Subió los tres pisos sin ascensor —el ascensor llevaba dos años roto y el propietario se negaba a arreglarlo— y abrió la puerta de su apartamento.
El silencio lo recibió como un viejo amigo. Su madre estaba de turno en el hospital. Su padre viajaba por trabajo. Su hermana menor, la que siempre le metía virus en el ordenador, estaba en casa de una amiga. Estaba solo.
Dejó las compras sobre la mesa de la cocina y se fue directamente a su habitación. El monitor nuevo, un gigante curvo que había ahorrado durante meses para comprar, seguía en su caja, esperando ser instalado.
—Hoy es el día —murmuró.
Desempaquetó el monitor con la ceremonia de un arqueólogo abriendo una tumba egipcia. Lo colocó sobre su escritorio, conectó el cable de alta frecuencia que acababa de comprar, enchufó el disco duro a su NAS y lo montó en la bahía que había dejado libre para él.
El sistema reconoció el nuevo dispositivo con un pitido suave. Wei sonrió. Era el sonido de la eficiencia.
Encendió el monitor. La pantalla se iluminó con un azul intenso, mostrando el escritorio limpio que había diseñado. Todo funcionaba a la perfección. El cable transmitía la señal sin pérdida. El disco duro estaba listo para ser formateado.
Antes de empezar la migración de datos, abrió el navegador para revisar las noticias. Era un ritual: siempre antes de ponerse a trabajar, veía qué estaba pasando en el mundo. No por interés, sino porque cualquier información podía ser útil en el futuro. La información era poder. Y Wei acumulaba poder desde hacía años.
En la portada de su agregador de noticias, el titular principal ocupaba toda la pantalla:
ASTEROIDE 3i/ATLAS: EL SOBREVUELO MÁS CERCANO DE LA HISTORIA
Wei frunció el ceño. Hacía semanas que no seguía la actualidad astronómica. El nombre sonaba familiar, pero no recordaba los detalles. Hizo clic en el enlace.
La noticia era un resumen de la conferencia de prensa de la NASA. El asteroide, de unos 500 metros de diámetro, pasaría a 240 millones kilómetros de la Tierra. No era una amenaza de colisión, pero era el sobrevuelo más cercano registrado de un objeto de ese tamaño y origen. Los científicos aseguraban que no había riesgo de impacto. Los periodistas preguntaban si podía afectar satélites. Los conspiranoicos ya estaban comentando que era una nave extraterrestre camuflada.
Wei se rió de eso. Extraterrestres. La gente veía demasiadas películas.
Pero mientras leía el artículo, sintió algo extraño. Un cosquilleo en la nuca. Como si alguien estuviera mirándolo desde detrás de la pantalla. No le dio importancia. Era solo la emoción de tener el nuevo monitor funcionando.
Terminó de leer, cerró el navegador y empezó a configurar el nuevo disco duro. Los datos comenzaron a migrar lentamente: archivos, películas, bases de datos, código fuente de proyectos que había abandonado y de proyectos que aún no empezaba. Todo iba a su nuevo hogar.
Afuera, la lluvia comenzó a caer con fuerza, golpeando los cristales de la ventana como dedos impacientes. Wei se quedó mirando la pantalla, viendo cómo la barra de progreso avanzaba milímetro a milímetro.
En algún lugar del cielo, el asteroide 3i/Atlas parecía un punto brillante.
Pero a Wei no le interesaba.
Estaba demasiado ocupado mirando la barra de progreso.
CAPÍTULO 1: LOS NUEVOS RAROS
El paso del asteroide 3i/Atlas, había sido noticia mundial durante semanas. Los científicos lo llamaron “el sobrevuelo más cercano registrado”. Los conspiranoicos lo llamaron “el visitante”. Los jóvenes de Wuhan lo llamaron “la semana que dejó de llover”.
Zhang Wei no creía en presagios. Creía en el código, en el café con leche y en que su hermana menor no volviera a meterle un virus en el ordenador descargando novelas de páginas llenas de spam.
—Wei, deja de mirar el móvil y mira eso —dijo Chen “El Fenómeno”, su mejor amigo, señalando hacia la puerta del aula.
Wei levantó la vista con pereza. En el umbral había dos adolescentes que nunca había visto. Un chico y una chica. Ambos morenos, de rasgos finos, con uniformes que parecían recién planchados… pero algo no cuadraba.
El chico caminaba como si midiera cada paso, como si el suelo fuera una superficie desconocida. La chica miraba el techo con los ojos muy abiertos, como si viera una telaraña invisible que nadie más podía percibir.
—¿Quiénes son? —preguntó Xiao Mei, sentada al otro lado de Wei.
—Transferidos —respondió Luna, la chica gótica del grupo, que siempre sabía más de la cuenta—. Primos de una provincia remota, según la directora.
—¿Qué provincia tiene gente que camina así? —dijo Wei—. Parecen robots.
—O extraterrestres —bromeó Chen.
Nadie se rió. Porque, en el fondo, todos pensaron lo mismo.
El profesor presentó a los nuevos como Kai y Lyra. El chico asintió con rigidez, como si estuviera ejecutando un saludo militar. La chica sonrió demasiado, mostrando todos los dientes, como si hubiera ensayado esa sonrisa frente a un espejo.
—Son gemelos —susurró Luna—. O eso dicen.
Wei los observó durante toda la clase. Kai no parpadeaba. Lyra escribía con una caligrafía tan perfecta que parecía impresa. Cuando sonó el timbre, se acercaron a la mesa de Wei con una determinación que no encajaba con su aparente timidez.
—Hola —dijo Lyra, con un tono que quería ser casual pero sonaba a doblaje de dibujos animados—. Somos nuevos. ¿Podemos sentarnos con ustedes en el almuerzo?
Wei intercambió miradas con sus amigos. Luna encogió un hombro. Chen ya estaba buscando un baozi en su mochila. Xiao Mei sonrió con cortesía.
—Claro —respondió Wei, con la curiosidad más fuerte que la desconfianza.
En el comedor, Kai y Lyra demostraron que su rareza no era solo de apariencia.
Kai partió los palillos con una precisión quirúrgica, alineó los platos en ángulo recto y se comió el arroz grano por grano, como si estuviera analizando cada bocado. Lyra, en cambio, intentó beber la sopa con los palillos.
—Así no se hace —dijo Xiao Mei, riéndose.
—¿Ah no? —Lyra la miró con genuina confusión—. ¿Y cómo?
—Con la cuchara. La blanca. La que está al lado de tu plato.
Lyra observó la cuchara como si fuera un artefacto alienígena.
Wei anotó mentalmente: No saben usar cubiertos básicos.
—¿De qué provincia dijeron que eran? —preguntó Chen, con la boca llena de fideos.
—De… muy al oeste —respondió Kai, sin dar detalles.
—¿Al oeste de Xinjiang? —insistió Chen.
—Más al oeste.
—¿Kazajistán?
—Más.
Wei levantó una ceja.
—¿Afganistán?
—Más.
—¿De Marte? —bromeó Luna.
Kai y Lyra se quedaron en silencio. Sus rostros se volvieron de piedra. Por un segundo, el comedor entero pareció contener la respiración.
—Es una broma —dijo Luna, incómoda—. ¿Sabes? ¿Marte? ¿Planeta rojo?
—Ah —respondió Lyra, recuperando la sonrisa con un esfuerzo visible—. Sí. Broma. Graciosa.
Wei no compró el acto. Pero tampoco preguntó más. No allí, no delante de todos.
La tarde transcurrió entre clases aburridas y miradas furtivas. Wei no podía dejar de pensar en los nuevos. Había algo en ellos que no encajaba: la forma en que Kai evitaba tocar las puertas (las abría con el codo, como si temiera contaminarse), la forma en que Lyra se sobresaltó cuando un compañero sacó un teléfono móvil.
—Es un dispositivo de comunicación —le explicó Xiao Mei—. No muerde.
—Lo sé —respondió Lyra, pero sus ojos decían lo contrario.
Al final del día, mientras el grupo se despedía en la puerta de la escuela, ocurrió el incidente.
Un matón de tercer año, conocido por molestar a los nuevos, se acercó a Lyra.
—Oye, extraterrestre —dijo, empujándola—. ¿De qué planeta viniste?
Lyra no respondió. Miró a Wei. Luego al matón. Luego al libro que él sostenía.
El libro salió volando de las manos del matón y se estrelló contra la pared.
Todos se quedaron en silencio. El eco del impacto pareció durar una eternidad.
—¿Qué…? —empezó el matón, con la cara blanca.
—Fue el viento —dijo Kai, con voz plana.
—No hay viento.
—Viento localizado.
El matón miró a su alrededor. Los demás estudiantes ya estaban grabando con sus teléfonos. Algunos reían nerviosamente. Otros se alejaban.
—Esto no termina aquí —dijo el matón, y se fue sin mirar atrás.
Wei se acercó a Lyra. Sus manos temblaban.
—¿Cómo hiciste eso?
—No hice nada —respondió ella, pero sus ojos brillaban con un miedo que no era humano. No era el miedo de ser descubierta. Era el miedo de no saber cómo había hecho lo que hizo.
Wei la miró largamente.
—Nos vemos mañana —dijo.
Esa noche, Wei no pudo dormir. Se conectó a las cámaras de seguridad de la escuela (tenía acceso desde que hackeó el sistema en séptimo grado) y rebobinó hasta la hora del incidente.
El libro no había volado por el viento.
Se había movido solo. En cámara lenta, Wei vio cómo se levantaba, flotaba un segundo, y luego se estrellaba contra la pared con una fuerza que no era natural.
—Qué rayos —susurró.
Luego revisó los registros de matrícula de los nuevos. Kai y Lyra aparecían como “transferidos de la provincia de Qinghai”. Pero los números de identificación no coincidían con el formato oficial. Las fechas de nacimiento eran sospechosamente redondas. Los nombres de los padres no existían en ninguna base de datos.
—Son falsos —dijo en voz alta.
Alguien, o algo, había falsificado sus documentos. Y no era un trabajo aficionado. Era demasiado limpio, demasiado perfecto.
Y esa misma noche, mientras Wei miraba la pantalla, recibió un mensaje de un número desconocido:
“Sabemos que nos viste. No digas nada. Nosotros te explicaremos todo mañana. Escuela, azotea, después de clases. —K”
Wei guardó el teléfono. No respondió.
Pero ya sabía que iría.
Porque, aunque no creía en extraterrestres, esa noche empezó a sospechar que el universo era más grande de lo que cualquier código podía procesar.
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