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Dungeon Sex (Rumi y Bront)

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Summary

En el Barrio Las Alondras, Rumi era la mapacha gordita que nadie miraba dos veces. Panza suave, culo monumental y una sonrisa de “te banco igual”. Un día se mandó al club de Calabozos y Dragones de Kai, el zorro negro, y se encontró con Mila la hiena tatuada, Bront el toro silencioso y Tico el murciélago hiperactivo. Lo que empezó como dados y birra terminó siendo otra cosa. Las sesiones se alargaron. Las miradas se demoraron. Y de a poco el dungeon se llenó de gemidos, semen y manos que no pedían permiso. Ahora el club ya no se llama Calabozos y Dragones. Se llama Dungeon Sex. Y Rumi, la que nadie quería, se convirtió en el botín más codiciado de la mesa.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

La mapacha que hizo temblar la mesa (y algo más)

En el Barrio Las Alondras siempre pasaban cosas raras, pero nada tan fulero y sucio a la vez como lo que le pasó a Rumi, una mapacha gordita de panza suave, tetas enormes que se movían solitas y un culo monumental que parecía tener vida propia. Buena onda, re compañera, esa que te saluda en la calle aunque no te conozca. Sabés el estilo: olor a desodorante barato mezclado con un toquecito de dulce de leche porque siempre estaba comiendo algo… y, si prestabas atención, un dejo caliente de sudor de entrepierna cuando el calor apretaba.

Rumi hacía rato que no la ponía. Ni la veía pasar de cerca. Nadie la encaraba porque ella misma decía que era “un minión versión XXL con tetas” y se reía para no llorar. Pero igual seguía siendo la amiga de todos, la que te presta la silla, la que te guarda la birra, la que te banca en las malas. Una santa… con un cuerpo que pedía a gritos que la usaran.

Un día se enteró de que en la casa del zorro negro Kai se juntaba un grupo a jugar Calabozos y Dragones. Rumi nunca había tocado un dado de veinte, pero tenía tantas ganas de hacer amigos —y de que alguien la mirara como se mira una puta barata— que se mandó. Golpeó la puerta con dos deditos, toda tímida, como si su culo no ocupara media vereda y no marcara el short hasta el fondo de la raja.

Kai abrió y casi se cae de espaldas cuando la vio. —Pasá, rumiana —le dijo, haciéndose el canchero, aunque los ojos se le clavaron directo en las tetas que reventaban la remera negra—. No mordemos… bueno, depende del día. Y de lo que ofrezcas.

Adentro estaban los otros tres: Mila, una hiena flaquita con ojos brillosos y actitud de “te rompo el orto en miniaturas”, toda llena de tatuajes. Bront, un toro gigantesco, musculoso pero con cara de tierno, que hablaba poco y tomaba mate como si fuera un ritual… aunque el bulto entre las piernas ya empezaba a traicionarlo. Tico, un murciélago bajito, hiperactivo, que se subía a cualquier cosa como si fuera un gato sin medicación.

Cuando la vieron entrar, todos hicieron esa pausa incómoda de grupo socializando sin saber reaccionar ante una belleza tamaño familiar. Rumi saludó levantando apenas una mano, la remera negra ajustadísima marcándole las tetas enormes que ni la ropa podía disimular. Los pezones se le notaban duros de la vergüenza… o de otra cosa.

—Che, ¿hay lugar pa’ una más? —preguntó, toda nervios nerviosos, sintiendo cómo el short se le pegaba a la concha por el calor.

Kai le tiró una silla reforzada. —Sos parte del party ahora, gorda. Bienvenida al quilombo. Sentate y cuidá que no se te escape un pezón, que estos se distraen fácil.

La campaña estaba arrancando. Había mapas, miniaturas, snacks que Rumi se morfaba sin darse cuenta, y dados tirados por todos lados. En menos de diez minutos ya estaban riéndose como si fueran amigos de toda la vida… pero Bront no se reía. Miraba. Miraba las tetas de Rumi cada vez que ella se inclinaba, miraba el culo cuando se acomodaba, y el pantalón se le iba poniendo cada vez más ajustado.

Rumi roleaba una bárbara felina con un hacha más grande que su autoestima. La mina estaba re metida en el personaje; cada vez que hacía un ataque, movía la panza sin querer y la mesa temblaba. Tico lloraba de risa cada vez. —Che, basta, me hacés cosquillas en el alma —le decía el murciélago, doblado de risa—. Y en la pija también, pero eso no lo digo en voz alta.

Bront, que era más callado, la miraba de reojo. No en mala, eh. Mirada de “me cae bien esta mina… y me la cojería hasta que le duela el culo”. Mirada suave y sucia al mismo tiempo. Mirada que a Rumi le calentaba el pecho… y le mojaba la bombacha.

Mila le cebaba mate mientras tiraban dados. —Sos copada, mapacha. Te tenés que quedar siempre —le dijo, y le pasó la mano por la espalda baja, rozándole el borde del short a propósito—. Ese culo no merece estar solo.

Y Rumi se puso roja entera, del cuello al culo. Sintió cómo el elástico del short se le metía entre los labios de la concha y se acomodó un poco, fingiendo que buscaba una galletita. Bront lo vio todo. El toro tragó saliva y el bulto le dio un salto visible.

Con el correr de las horas, el club se armó como una familia rara. Chistes de mierda, puteadas, tiradas épicas, momentos donde Kai dramatizaba NPCs como si estuviera actuando en el Teatro Colón, snacks compartidos, mate lavado y risas que hacían vibrar la casa. Pero debajo de todo eso había otra cosa: Rumi se sentía parte de algo por primera vez en meses… y al mismo tiempo se sentía mirada como un pedazo de carne.

La miraban, le hablaban, la hacían sentir que importaba. Y también la calentaban.

En un momento, mientras el party entraba a una mazmorra infestada de goblins furros deformes, los cuatro la miraron y Kai dijo: —Che, ¿sabés qué? Sos una fiesta, Rumi. Quedate. Ya sos de la party, literal. Y si querés, después te ayudamos a “subir de nivel” de otra forma.

Ella bajó la mirada, tocándose un mechón de pelo, toda tímida pese a su tamaño. —No sé si sirvo tanto… viste… soy medio torpe.

Bront la interrumpió por primera vez en la noche. Voz grave, baja, casi un gruñido: —Rumi. Vos pegás fuerte. Y caés bien. Con eso alcanza… para empezar. Después vemos qué más se te da.

La mapacha casi se derrite ahí mismo. No porque le hayan tirado onda, sino porque alguien la vio en serio… y le habló como si ya se la estuviera imaginando abierta de piernas.

Y eso, en el fondo, era más caliente que cualquier otra cosa.

La noche terminó con abrazos, promesas de jugar la semana siguiente y Tico trepado a su espalda intentando usar sus orejas como si fueran manubrios. Rumi salió de la casa sintiéndose ligera aunque pesara un montón. Ligera por dentro… y empapada por fuera. El short se le había pegado tanto a la concha que cada paso le rozaba el clítoris y le hacía apretar los dientes.

Caminaba por el barrio con una sonrisa enorme, pensando: “Che… capaz que encontré mi lugar.”

Y el culo, como siempre, se movía aparte, marcando camino como faro nocturno para cualquiera que lo siguiera. Especialmente para el toro que se había quedado parado en la puerta, con la pija dura y la respiración pesada, mirándola alejarse.

La semana iba a ser larga. Y sucia.

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