El peso de la pregunta
La noche en que nació Noah fue de lluvia pesada, de esas que borran las huellas en el barro. Creció fuerte durante catorce años en aquel rincón del mundo, ajeno a las guerras lejanas pero fascinado por el cielo
— ¡Noah! —Gritó su madre desde la base del viejo roble— ¿Otra vez subido ahí? Te he dicho mil veces que la curiosidad mata al gato... ¡Baja de una vez, por favor!
Aunque lo regañaba, en su voz no había enfado real, solo la resignación de quien ya conoce de memoria los hábitos de su hijo.
— Ya voy, mamá... Déjame mirar un poco más. Me encanta ver el horizonte. —Noah contempló la distancia un segundo más antes de deslizarse por la corteza con agilidad. Al tocar tierra, le dedicó una sonrisa suave—. Madre... ¿Nunca te has preguntado que hay más allá?
—No, Noah —Respondió ella con una leve punzada de melancolía—. No me lo pregunto porque mi lugar está de este lado del mundo. Yo no nací con esa chispa tuya. Pero anda, vamos con tu padre. Dice que ya es hora de que empieces a entrenar.
Le tomó la mano con calidez y caminaron juntos por el sendero hasta encontrar el padre en el patio trasero. En cuanto lo vio, el chico se soltó y corrió a abalanzarse sobre él.
—¡Papá! ¡Hoy la vista desde las copas de los árboles era magnífica!
—Me alegra oírlo, hijo —dijo el hombre, revolviéndole el cabello con una sonrisa que se apagó al mirar la espada de madera apoyada contra la cerca—. Pero hoy debes concentrarte. Tienes catorce años y el mundo fuera de este valle no es paciente. Debes estar listo para lo que sea. Toma.
Le tendió el arma de práctica. Noah la sujetó de frente, con las dos manos apretadas sobre la empuñadura, la mano izquierda por encima de la derecha.
—Primera lección —lo corrigió el padre, ajustándole los hombros suavemente—. Si te pones de frente, le regalaste el pecho al enemigo. Ponte de lado. Y tu mano dominante es la derecha, así que debe ir arriba para controlar el peso. A ver ahora.
Noah corrigió la postura. Se sintió mas firme, pero su cabeza no dejaba de dar vueltas.
—Entendido... Pero, padre, ¿hay una forma única de blandirla o depende del momento?
El padre soltó una pequeña risa. Frente a él no tenía a un soldado hambriento de gloria, sino a un muchacho cuyo motor principal siempre sería la pregunta antes que el golpe.
—Se nota que estás hecho más para la cabeza que para el brazo —dijo el hombre, soltando una pequeña risa. Sin embargo, tomó su propia espada de práctica y se puso en guardia—. Pero el mundo no siempre pregunta. En guardia.
Los primeros minutos fueron un desastre. Noah era torpe: se enredaba con sus propios pies, sujetaba el arma con demasiada rigidez y el impacto de los golpes le retumbaba en los antebrazos.
—Esto es... agotador... ¿En serio tengo que hacer esto? —preguntó, jadeando mientras retrocedía a duras penas.
Su padre no se detuvo. Mantuvo un ritmo constante, presionándolo sin llegar a lastimarlo. Fue entonces cuando la mente de Noah, obligada por el cansancio, empezó a hacer lo que mejor sabía hacer: observar.
Izquierda, derecha, izquierda, izquierda, derecha, vertical, corte bajo.
No era ninguna magia ni un don sobrehumano; era simplemente el hábito de su padre, la memoria muscular de un hombre que llevaba años entrenando de la misma forma. Noah fijó la mirada en los hombros del hombre, anticipó el siguiente balanceo y apretó los dientes.
Madera contra madera. El golpe resonó seco. Luego otro. Y otro más.
Siguió el patrón. Aunque moviéndose con torpeza, logró desviar tres ataques consecutivos antes de que las piernas le fallaran y se dejara caer de espaldas sobre la hierba, respirando con dificultad.
—Por fin... Logré bloquear algo... —exclamó, mirando el cielo mientras su pecho se contraía por el esfuerzo—. Padre... ¿no hay ninguna otra arma además de la espada? —preguntó de pronto, sin filtro, movido por la curiosidad antes que por el cansancio.
El hombre bajó su arma, sorprendido por la resistencia de su hijo y por la pregunta fuera de lugar.
—Felicidades por esos bloqueos, para empezar —dijo, ofreciéndole una mano para levantarse—. Y respondiendo a tu pregunta: hay lanzas, hachas, dagas, mazos, arcos y ballestas. Nada más.
—Tienen que existir más —insistió Noah, rehusando quedarse con esa respuesta simple—. En los cuentos que me contaba mamá antes de dormir, se mencionaban armas distintas, con formas raras... Algo que sorprendió al mundo.
El padre suspiró, mirando la distancia con un dejo de nostalgia severa.
—Las historias que te cuenta tu madre son solo eso, Noah: relatos para ayudar a dormir a un niño. Historias pasadas de boca en boca durante generaciones. Nadie sabe si los dragones existieron de verdad, si la magia fue real o solo fueron exageraciones de los viejos. Todo eso quedó enterrado en el olvido.
La noche cayó sobre el valle trayendo consigo el aroma a guiso caliente y el merecido descanso. En la mesa, Noah apenas podía sostener la cuchara por la rigidez en sus brazos, mientras su madre le aplicaba un ungüento de hierbas en las manos ampolladas.
La tranquilidad se rompió con tres golpes secos en la puerta. Eran los ancianos de la aldea y un par de parientes cercanos. Sus rostros no traían la calma habitual de las visitas nocturnos, sino la sombra pesada de noticias que traían los viajeros del camino real.
El padre de Noah intercambió una mirada seria con los recién llegados antes de volverse hacia su hijo.
—Noah, ve arriba a descansar —ordenó su padre con firmeza, un tono que no admitía discusiones— . Tuviste un día pesado y mañana continuaremos con la espada.
—Pero, papá, apenas es...
—Hazle caso a tu padre, hijo —intervino su madre, apretándole el hombro con suavidad pero con prisa—. Ve a la cama.
Noah asintió en silencio, siendo el hijo obediente que siempre era. Se levantó de la mesa, despidiéndose con un murmullo, y subió los primeros escalones hacia su habitación. Sin embargo, en cuanto la puerta de la cocina se cerró a medias y el tono de los adultos bajó a un susurro de advertencia, su curiosidad insaciable tomó el control.
Con pasos felinos y sin hacer el menor ruido, Noah retrocedió. Se acomodó en el tramo más oscuro de la escalera, abrazando sus rodillas en la penumbra, pegando el oído a la madera para no perderse una sola palabra.
—Ocurrió en la fortaleza de la Casa Señorial —murmuró uno de los ancianos, bajando la voz como si las paredes pudieran oírlo —. El segundo hijo del lord... ha muerto.
Se escuchó un ahogado gesto de sorpresa por parte de su madre.
—Se decía que era un muchacho brillante —continuó el anciano, moviendo la cabeza con pesar—. Pero la curiosidad lo echó a perder. Se obsesionó con los antiguos textos, con la ciencia arcaica y los vestigios de la magia extinta. Dicen que intentó comprender lo que no debía ser comprendido. Cayó en una locura absoluta antes de que su propio corazón se rindiera.
Un silencio denso y sofocante invadió la cocina.
—Tenía la misma mirada que tienen los obsesionados —añadió la voz de su padre, cargada de una amargura que a Noah le apretó el pecho—. Esa necesidad de saberlo todo... de no quedarse tranquilo con el mundo tal y como es.
—Es peligroso —susurró su madre, y Noah pudo notar el temblor en su voz—. Dioses... ¿y si le pasa lo mismo a nuestro muchacho?
En la oscuridad de la escalera, a Noah se le heló la sangre por un segundo. Escuchar la angustia en la voz de sus padres por causa de su propia naturaleza le dio un vuelco al corazón. Pero mientras la luvia volvía a repicar contra el tejado, la duda no lo asustó; la duda sembró una semilla aún más profunda.
Si aquel lord había enloquecido buscando respuestas... significaba que las respuestas estaban ahí afuera.








