Capitulo 1Primer latido
Dicen que el amor puede durar toda la vida. El nuestro también lo hizo... solo que su vida fue demasiado corta.
No me juzguen, ¿ok? Sonará como un diario, jeje, pero así empezó todo.
Noviembre de 2003
Es irónico cómo da giros la vida. Lo conocí en un hospital.
El olor a desinfectante impregnaba los pasillos. Ya sé, es el lugar menos romántico del mundo, pero fue ahí donde lo vi por primera vez: entre paredes blancas, el sonido constante de los monitores, el bullicio de la gente y del personal de salud, y una tristeza silenciosa que parecía habitar cada rincón.
Dios, créanme, yo solo quería marcharme.
Había ido a ver a mi mamá. Le habían sacado un diente que llevaba días molestándola y quería saber cómo estaba. Mientras esperaba en la recepción, lo vi.
Y fue entonces cuando el tiempo se detuvo.
Era alto, de cabello oscuro, ojos almendrados y piel clara. Dios, todo en él parecía decir: “Hey, soy el que te romperá el corazón.”
Y sí, me rompió el corazón.
Pero de la forma más hermosa posible.
Sin darme cuenta, me quedé observándolo. Olvidé por completo dónde estaba. Sus ojos me atraparon de una manera extraña. No sé cuánto duró ese momento; tal vez solo fueron unos segundos, pero para mí el tiempo dejó de existir.
Aparté la mirada, completamente sonrojada, y él soltó una risa baja.
Dios mío, era tan guapo que volví a levantar la vista, pero ya no estaba. Lo busqué entre la gente y había desaparecido.
No sabía su nombre, ni quién era, ni por qué estaba allí. Solo sentí algo extraño en el pecho. No eran nervios; era como reconocer a alguien que jamás había visto.
No tenía idea de que el destino acababa de poner en mi camino a la persona que amaría con el alma… y a la que también tendría que dejar ir.
Búrlense si quieren, pero por un momento olvidé incluso que había ido a ver a mi mamá.
Ya era de noche cuando regresábamos a casa. Mis padres y yo íbamos en el auto cuando me di cuenta de que no tenía mis llaves.
Empecé a buscarlas desesperadamente.
—Papá, detén el auto. No encuentro mis llaves. Creo que se me cayeron en el estacionamiento.
Mi padre estacionó y ambos regresamos a buscarlas.
—¿Perdón…?
Me giré y sentí que el corazón me daba un vuelco.
Era él.
Por un segundo me quedé sin palabras. No tenía planes de volver a verlo; si lo hubiera sabido, al menos me habría maquillado un poco.
Entonces vi que tenía mis llaves en la mano.
—¿Son tuyas? Como te vi buscando algo, supuse que eran estas.
—Sí, son mías. Muchas gracias.
Le sonreí al recibirlas.
Él me observó un instante y dijo:
—No lo tomes a mal, pero te vi en la recepción del hospital. Sería imposible olvidar un rostro tan lindo como el tuyo.
Sentí que las mejillas me ardían.
¿Acababa de decirme linda?
—Sí… yo también te vi.
Hubo un silencio breve, de esos que no incomodan.
Entonces sonrió con una pequeña chispa de picardía.
—Bueno, señorita, ya que te devolví tus llaves, creo que merezco una compensación.
—¿Y qué compensación deseas, joven…? Bueno, ni siquiera sé tu nombre.
Él hizo una pequeña reverencia.
—Me llamo Benjamín, pero tú, preciosa, puedes decirme Benja.
No pude evitar sonreír.
—Bueno, Benja, ¿qué quieres como compensación? Por cierto, yo soy Valeria. Mucho gusto.
Imité su reverencia y ambos soltamos una risa.
—Bueno, hermosa, ¿sería muy atrevido pedirte tu número o prefieres denunciarme por acoso?
Reí por su ocurrencia.
—Está bien. Me gustaría tener el número de un chico lindo, así que acepto.
Vi cómo se ruborizaba ligeramente antes de sonreír.
Intercambiamos números como si nos conociéramos desde hacía años.
Apenas guardé su contacto, mi celular vibró.
Benjamín: “Ya tienes mi número, para que no pienses que desaparecí, bonita.”
No pude contener una risa.
—Entonces… ¿seguimos en contacto?
—Claro.
A lo lejos vi que mi papá se acercaba.
Me despedí de Benja con un gesto de la mano y caminé hacia mi padre.
—¿Quién era él? —preguntó.
—Solo… un conocido.
Durante el camino a casa, mi celular volvió a vibrar.
Benjamín: “Hermosa señorita, quiero invitarte a una cita mañana.”
Valeria: “¿Una cita?”
Benjamín: “Así es. Tú y yo. A las cinco de la tarde. Hecho.”
Valeria: “Ok.”
Esa noche no pude dormir.
Sostenía el teléfono entre las manos y sonreía como una tonta.
No dejaba de pensar en dos cosas: las extrañas coincidencias de la vida y la razón por la que él estaba en el hospital.
Pero si él no hubiera estado allí, jamás nos habríamos conocido.
A veces el destino solo necesita dos desconocidos, un hospital y un estacionamiento para cambiar por completo el rumbo de sus vidas.
Y sí…
Cambió la mía para siempre.
Día siguiente
Desperté más temprano de lo normal.
Me arreglé y pasé casi una hora eligiendo qué ponerme.
Estaba nerviosa.
Y demasiado feliz.
Mi celular vibró.
Benjamín: “Buenos días, señorita bonita. Que tengas un día hermoso. No olvides que nuestra cita es hoy.”
Valeria: “Claro que no.”
Sonreí mientras salía rumbo a la universidad.
Las horas pasaron lentísimas.
Intentaba prestar atención a las clases, pero mis pensamientos regresaban una y otra vez a sus ojos almendrados y a la extraña calma que me transmitían.
Cuando finalmente sonó el último timbre, salí casi corriendo.
Entré al baño para retocarme el maquillaje y acomodarme el cabello antes de dirigirme al parque.
Llegué unos minutos antes.
Era un parque pequeño, con una cafetería rodeada de árboles y niños jugando.
El viento movía las hojas con suavidad y el aroma del café recién hecho llenaba el ambiente.
Él ya estaba allí.
Llevaba ropa formal, una chaqueta negra y un ramo de tulipanes en la mano.
Cuando me vio, sonrió de una forma tan dulce que todo lo demás desapareció.
Solo existíamos él y yo.
—Pensé que estas flores combinarían contigo… pero tú eres mucho más hermosa que ellas. Perdón si suena muy cursi para una primera cita.
Me entregó el ramo.
Lo recibí con el corazón acelerado.
—Son preciosas.
—Tú lo eres más.
Lo dijo casi en un susurro.
Caminamos por el parque hablando de nuestra infancia, de la música que nos gustaba, de los libros que habíamos leído, de nuestros sueños y de los países que queríamos conocer.
Me sorprendía lo fácil que era hablar con él.
Era como si nos conociéramos desde siempre.
Compramos café y nos sentamos en una banca observando a los niños jugar.
—¿Sabes qué pensé cuando te vi en el hospital?
—¿Qué?
Sonrió con cierta timidez.
—Que eras la chica más hermosa de toda la recepción y que era demasiado cobarde para acercarme. Pensé que nunca volvería a verte… y me dio mucha tristeza. Pero gracias a unas llaves y a mi increíble carisma, hoy estamos aquí.
Solté una risa.
—Yo pensé exactamente lo mismo.
Nos miramos y sonreímos.
Sin darnos cuenta, la tarde se fue llenando de historias, risas y pequeñas confesiones.
Esa primera cita se convirtió en el primer recuerdo de nuestra historia.
Levanté la vista hacia el cielo.
Las nubes grises habían cubierto el atardecer.
—Creo que va a llover.
Él sonrió.
—Todavía tenemos…
No terminó la frase.
Las primeras gotas comenzaron a caer.
—¡Corre!
Empezó a correr entre risas y yo fui detrás de él.
Terminamos refugiándonos bajo el pequeño techo de una tienda.
Los dos reíamos mientras intentábamos recuperar el aliento.
Tenía el cabello mojado y él estaba completamente empapado.
—Creo que perdimos contra la lluvia.
—Definitivamente.
Nos quedamos en silencio.
La lluvia golpeaba el techo y la acera, envolviendo el momento en una calma extraña.
Él se quitó la chaqueta y la puso sobre mis hombros.
Luego acomodó con delicadeza un mechón de mi cabello.
—Incluso mojada te ves preciosa.
Sentí que mis mejillas ardían.
—No te burles de mí.
—No me estoy burlando. Lo digo muy en serio.
Bajé la mirada para esconder el rubor.
Después de unos minutos, la lluvia empezó a disminuir.
—Ven. Te llevaré a casa.
—¿Tú me vas a llevar? ¿Y si mis papás te ven?
Él sonrió.
—Entonces aprovecharé para pedirles permiso para conquistarte.
No pude evitar reír.
—Está bien. Vamos.
Caminamos despacio por las calles húmedas.
El aire olía a tierra mojada y las luces de la ciudad brillaban con más intensidad.
Cuando llegamos a la entrada de mi casa, ninguno parecía tener prisa por despedirse.
—Gracias por hoy… y por las flores.
Él me miró con una ternura que hizo que mi corazón latiera con fuerza.
—Para mí también fue un día especial. ¿Volveremos a vernos?
Nos quedamos en silencio, perdidos en los ojos del otro.
—Buenas noches, Benja.
Me acerqué y le di un beso en la mejilla.
Él se quedó inmóvil.
—Buenas noches.
Entré a casa y, antes de cerrar la puerta, volví a mirar hacia afuera.
Él seguía allí.
Levantó una mano para despedirse mientras la otra permanecía sobre la mejilla donde lo había besado.
Tenía una sonrisa completamente enamorada.
Luego se dio la vuelta y comenzó a caminar bajo la lluvia, dando pequeños pasos de baile y levantando los brazos como si el mundo entero acabara de regalarle la felicidad.
No pude evitar sonreír.
Parecía un niño al que le habían cumplido el deseo más grande de su vida.
Y, Dios…
Era la persona más tierna que había conocido.








