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Guerra , imperios y testosterona

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Summary

La Comandante Kat, una estratega militar de carácter gélido, y Klaus "Corvo", un paria analítico que oculta su intelecto bajo una actitud ruidosa. La protagonista rechaza recompensas materiales para solicitar un hombre que actúe como su herramienta personal.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

La petición al rey

Bueno, mi historia comienza en un rincón del mundo donde se supone que no debo estar. Hola, soy Klaus, mucho gusto. Por unos inconvenientes del destino, me encuentro en las tierras de un nuevo rey. No sé cómo se llama, así que no me pregunten. Me han dicho que este es el nuevo Reino de Valcour (antes el Gran Ducado de Valcour). Dicen que el rey es muy bueno como monarca, pero eso mismo dicen en todos los reinos. Al llegar, me topo con una pequeña fiesta. Creo que ganaron la guerra o algo así, no lo sé, no me interesan las guerras ni las disputas territoriales y de ese tipo. De hecho, de eso vengo huyendo; mi familia empezó a pelearse por los terrenos del abuelo y yo mejor los dejé con sus disputas familiares. Pero ese no es el punto. El punto es que me vine a meter directamente en la boca del lobo. Dejen les cuento...


La Comandante Katarina Hamrium —pero le diremos Kat, "Katarina" es muy largo, y aparte esta es mi historia, así que se aguantan— es la general de los ejércitos del reino Valcour. Es muy fría de corazón, parece odiar a todos y ha sido condecorada muchísimas veces por ser la cabeza de los ejércitos del reino. El Rey Valcour (sí, señores, así se apellida y así se llama el reino, no me miren a mí), estaba en el trono. Con él están el primer príncipe, Harry Valcour; el segundo príncipe, Liam Valcour; y el más joven y mimado, el completo idiota del Príncipe Dran Valcour, siempre bebiendo mientras sus hermanos mayores son bien educados. Ah, y la preciosísima Reina Marie.


La Comandante Hamrium estaba siendo recompensada por haber derrotado a unos insurrectos (o sea, a los malos), y se le prometió pedir cualquier cosa hoy. ¿Quién sabe qué va a pedir?


La Comandante Hamrium se encontraba de pie en el gran salón del palacio, con la espalda recta y la mirada fija en algún punto invisible de la pared. Su armadura negra, impecable y sin un solo rasguño, reflejaba la luz de los candelabros. No parecía una mujer que acabara de recibir una nueva medalla; más bien, parecía alguien que esperaba a que terminaran de hablar para poder irse.


El Rey Valcour estaba sentado en su trono con una sonrisa satisfecha. A su lado, la Reina Marie mantenía una expresión amable pero contenida.


—Comandante —dijo el Rey con voz profunda—, vuestra lealtad y vuestra eficacia en la última campaña no han dejado lugar a dudas. Como os prometí, podéis pedir lo que deseéis. Oro, tierras, títulos... lo que sea.


Hamrium no parpadeó. Su rostro era una máscara de indiferencia. El Rey guardó silencio un momento, esperando una respuesta que no llegaba. Los nobles en los laterales del salón intercambiaban miradas nerviosas; nadie sabía qué podría desear la mujer que ya lo tenía prácticamente todo.


—Comandante —insistió el Rey, perdiendo un poco de su paciencia real—, no os estoy obligando a responder ahora mismo, pero recordad que la oferta es vuestra.


Hamrium giró levemente la cabeza hacia él. Sus ojos eran gélidos.


—No necesito oro, Majestad —dijo con voz seca, sin un ápice de emoción—. Ni tierras que requieran soldados para defenderlas.


Desde un rincón del salón, se escuchó un sorbo ruidoso. El príncipe Dran estaba sentado en un diván cercano, con las piernas cruzadas y un vaso de batido de fresa en la mano. El Rey lanzó una mirada de puro desdén hacia su hijo menor, pero Dran ni siquiera se inmutó. Se limitó a tomar otro sorbo, dejando una mancha rosada en el borde del vaso.


Harry, el príncipe mayor, se aclaró la garganta con evidente incomodidad.

—Padre, si la comandante no desea nada material, quizás debamos reconsiderar la naturaleza de la recompensa —sugirió con tono diplomático.


—No es tan complicado, Harry —replicó el Rey, volviendo su atención a Hamrium—. Decidme qué es lo que os hace falta. Si no es dinero ni territorio, ¿qué es?


Hamrium permaneció en silencio unos segundos más. Sus dedos enguantados se cerraron ligeramente sobre el pomo de su espada.

—Quiero un hombre —soltó de repente.


(En eso se oyó una carcajada que inundó el salón entero. Era un noble cuyo nombre no diré porque fue un idiota al reírse. Ya se enterarán más adelante, porque el noble no paraba de reír).


El sonido de la carcajada rompió la tensión del salón como un cristal estallando. El noble, cuyo rostro estaba encendido por el ridículo, se doblaba sobre sí mismo, señalando a Hamrium mientras el sonido gutural de su risa resonaba contra las paredes de piedra.


La mirada de Hamrium no se movió. No se ofendió, no se sonrojó, no hizo nada que indicara que su dignidad hubiera sido tocada. Simplemente fijó sus ojos fríos en el hombre que reía, y el silencio que siguió a esa carcajada fue tan pesado que incluso Dran dejó de sorber su batido por un segundo.


—¿Hay algo gracioso, señor? —preguntó Hamrium. Su voz era plana, desprovista de cualquier amenaza directa, lo cual la hacía mucho más inquietante.


Aún doliéndole el estómago por tanta risa, el noble idiota le contestó con un tono sarcástico y burlón:

—No es gracioso, sino irónico, que la mujer que lo tiene todo no tenga un hombre a su lado. ¿Qué hombre no desearía a una mujer con músculos y más testosterona que él?


El silencio que siguió a las palabras del noble fue absoluto. Harry tensó la mandíbula y el rey entrecerró los ojos, evaluando la situación. Dran, por su parte, dejó el vaso en el diván y observó la escena con genuina curiosidad, como quien ve una pelea de perros.


Hamrium no respondió de inmediato. Caminó tres pasos lentos hacia el noble, sus botas resonando contra el mármol con un ritmo medido. Se detuvo a una distancia que obligaba al hombre a levantar la barbilla para mantener el contacto visual.


—La ironía es un recurso de los débiles para disfrazar su envidia —dijo ella, con una voz tan baja que solo los presentes en el círculo cercano pudieron oírla—. No estoy buscando compañía para mis noches, señor. Estoy buscando un arma.


Con tono de burla sin medida (en verdad este es un grandísimo idiota), el noble replicó:

—Basta. Aún más irónico todavía, ¿no le parece, Lady Hamrium? ¿Que el arma de nuestro imperio busque un arma? ¿Será que es para que la proteja, o para protegerlo a él? Creo que, de entre todos, usted es la que destila más testosterona.


El Rey Valcour se levantó de su trono con un movimiento brusco. La Reina Marie le puso una mano en el brazo, advirtiéndole que mantuviera la compostura, pero la tensión en el aire era ya insostenible.


Hamrium no se inmutó ante la burla. Ni siquiera parpadeó.

—Protección —repitió ella, como si estuviera evaluando la palabra en un diccionario—. No necesito que nadie me proteja. He sobrevivido a tres guerras civiles y a dos intentos de asesinato sin ayuda de ningún hombre.


Dio un paso más, invadiendo el espacio personal del noble. La diferencia de altura y la rigidez de su postura militar hacían que el hombre pareciera mucho más pequeño de lo que realmente era.

—Lo que necesito es alguien capaz de seguir órdenes sin cuestionarlas.


El noble imbécil siguió con su desfachatez:

—Disculpe, ¿podría darme espacio? Es que tanta testosterona me agobia. Pero si quiere alguien que siga órdenes, ¿no están para eso sus subordinados? ¿Para obedecerte? ¿O es que ya perdió el control sobre ellos, como pasó en La Llanura de Austerland, Lady Hamrium?


La mención de la Llanura de Austerland hizo que el ambiente en el salón se congelara por completo. Harry dio un paso al frente, con la mano instintivamente en el pomo de su propia espada, mientras el Rey Valcour se quedó inmóvil, observando la escena con una expresión ilegible.


Hamrium no retrocedió. Al contrario, su postura se volvió aún más rígida, como si su columna fuera una barra de acero. Sus ojos, antes fríos, ahora brillaban con algo que no era ira, sino algo mucho más peligroso: una determinación absoluta.


—Austerland fue un error táctico causado por la incompetencia de los suministros que vuestro padre me negó —dijo ella, con una voz tan calmada que resultaba aterradora—. No fue una pérdida de control. Fue una lección.


—Acepto que los suministros no llegaron —escupió el noble—, pero le recuerdo que los que iban protegiéndolos eran sus hombres y, por su incompetencia, se perdieron. Ya que no pudo contener a las fuerzas enemigas, Lady Hamrium, nuestro reino no iba a estar perdiendo valiosos recursos, ¿verdad?


Hamrium movió la mano hacia el pomo de su espada. No fue un movimiento rápido, fue deliberado, como si estuviera midiendo el peso de la situación.


—Mi incompetencia —repitió, y por primera vez hubo un matiz de desprecio en su voz—. Perder recursos es una cuestión de contabilidad. Perder hombres es una cuestión de guerra. Y yo estoy aquí para ganar guerras, no para hacer las cuentas de vuestro ducado.


El Rey Valcour intervino con un golpe seco en el reposabrazos de su trono.

—Basta —ordenó. Su voz no era alta, pero tenía la autoridad de quien gobierna un imperio—. Este salón no es un mercado para insultos personales.


Dran, que hasta ahora había estado observando con los ojos muy abiertos, se inclinó hacia adelante en el diván.


El noble, incapaz de detener su estupidez, murmuró:

—Mil disculpas, Su Majestad. Es... ya sabe cómo son las hormonas femeninas.


El Rey Valcour apretó los dientes.

—Retírate, noble —dijo el Rey con un tono que no admitía réplica—. Vuestra insolencia ha llegado al límite.


El hombre, viendo que la situación se volvía realmente peligrosa, hizo una reverencia torpe y se alejó hacia las sombras del salón, murmurando algo entre dientes que nadie alcanzó a distinguir.


Hamrium no lo siguió con la mirada. Su atención volvió al Rey.

—Majestad —dijo ella, ignorando por completo al noble que huía—. Mi petición sigue en pie. No quiero oro ni tierras. Quiero un hombre. Uno específico.


Harry intercambió una mirada preocupada con Liam, el segundo príncipe.

—¿Un hombre para qué, Comandante?


Hamrium se giró hacia Harry, su mirada recorriendo el salón como si buscara algo que no estaba allí.

—Para mi guardia personal. Un hombre que no necesite ser protegido, que no se queje del peso de la armadura y que entienda que su única función es ser una extensión de mi voluntad.


—¿Y por qué un hombre así? —preguntó Liam, con curiosidad genuina—. Sus soldados actuales son leales y eficaces.


—Porque un soldado obedece órdenes de un manual —dijo Hamrium, y hubo un matiz oscuro en sus palabras—. Yo busco algo más. Busco a alguien que no tema a la oscuridad que llevo conmigo.


—Comandante —intervino la Reina Marie con voz suave pero firme—, vuestra lealtad ha sido inigualable. Si lo que buscáis es un hombre de confianza para vuestra guardia, el reino os proporcionará al mejor que podamos encontrar.


—No busco al mejor de vuestros soldados, Majestad —respondió Hamrium—. He entrenado a los mejores. He visto a los mejores morir por errores que no eran suyos.


Dran soltó un pequeño suspiro y se recostó en el diván.

—Vaya, esto se ha puesto dramático —murmuró, ganándose una mirada fulminante de Harry.


—¿Entonces a quién tenéis en mente? —preguntó el rey—. Si es alguien que ya conocéis, decidlo ahora.


Hamrium guardó silencio. Sus ojos recorrieron la sala y se detuvieron en la puerta principal, donde los guardias permanecían inmóviles como estatuas de piedra.

—No busco a alguien que ya conozca. Busco a alguien que no tenga nada que perder. Alguien que haya sido desechado por el sistema o que no tenga un nombre que proteger.


El Rey frunció el ceño.

—¿Un paria? ¿Queréis que traiga a un criminal o a un mercenario sin honor para vuestra guardia personal?


—Quiero a alguien que sea capaz de hacer lo que yo no puedo —replicó ella, su voz más cortante que de costumbre—. Alguien que no se detenga ante las leyes del reino si mi orden lo requiere.


(En ese momento, como ya se lo estarán imaginando, empezaron las murmuraciones entre los nobles. Ya saben: que está loca, que si quería oponerse al rey en el futuro y cosas semejantes. Pero veamos cómo reacciona el jefazo).


El Rey Valcour golpeó el reposabrazos de oro con tanta fuerza que silenció de golpe los murmullos de los nobles. Su rostro mostraba una tensión peligrosa.

—¿Oponeros a las leyes del reino? —advirtió—. Comandante, vuestra lealtad es la columna vertebral de este imperio. No permitiré que construyáis un ejército privado dentro de mis propias murallas.


—No es un ejército —respondió Hamrium, sin retroceder ni un milímetro—. Es un hombre. Uno solo.


—Un hombre que rompa mis leyes —masculló el Rey—. ¿Y qué me garantiza que ese hombre no se volverá contra mí?


(Esto se pone color de hormiga. Veamos cómo la señorita Hamrium controla el asunto; ella es muy buena para eso y para otras cositas, pero no nos desviemos de la trama).


Hamrium no se dejó intimidar. Enderezó la espalda y clavó su mirada directamente en la del Rey.

—Majestad, no estoy hablando de rebelión. Estoy hablando de eficiencia. —Se acercó un paso más hacia el trono—. Un soldado común protege su vida y la mía siguiendo un manual. Lo que yo pido es un hombre que actúe por instinto, que vea la amenaza antes de que aparezca y que no espere permiso para eliminarla. No es un ejército privado, es una herramienta de precisión para asegurar que vuestro reino siga intacto.


(¿Vieron eso? Es buenísima con las palabras. Veamos cómo el rey se ablanda).


El Rey Valcour guardó silencio durante un tiempo que pareció eterno. Sus dedos tamborileaban sobre el oro y su mirada se desvió hacia la Reina Marie, quien le devolvió un asentimiento casi imperceptible.

Finalmente, el Rey exhaló un suspiro largo y pesado.


—Es una petición inusual, Comandante. Pero vuestros servicios han sido más que inusuales también. —Se inclinó hacia adelante—. Os concederé vuestro deseo. Pero con una condición: ese hombre debe ser presentado ante mí antes de que se le asigne cualquier tarea. No permitiré que una sombra camine por mis pasillos sin que yo sepa exactamente quién es.


Hamrium asintió con la cabeza, un gesto breve y profesional.

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