Prólogo
Nila no podía dejar de enredar el dedo índice en su cabello cobrizo, tirando suavemente de los formados bucles.
La ventanilla del tren se empañaba por el frío del exterior y el calor húmedo y rápido de su respiración.
Por el desgaste emocional de los últimos días, no encontraba las ganas suficientes para terminar de realizar los delicados dibujos en el vidrio empañado; algo que solía ser uno de sus pasatiempos favoritos: la efímera manera en que su débil arte se borraba tras un largo suspiro. No; hoy solo podía ver, a través del borroso cristal, las imágenes de un paisaje nevado que evocaba sobre el blanco lienzo los recuerdos de la última semana que aún estaba tratando de olvidar.
Sus ojos grises, humedecidos por las lágrimas contenidas y contrastados con lo rojo e irritado de alrededor, se veían más claros debido a la pálida iluminación de la nieve. El asiento de terciopelo verde debajo de ella se sentía áspero. Cada vaivén del tren la hacía sentir más incómoda y más lejos aún de su vida anterior.
—Otra bruja —bufó alguien con voz grave acercándose por su espalda—; se nota que Alcornis ya no es lo que era con esta nueva dirección.
Nila elevó la mirada, ocultando cuidadosamente el relicario que llevaba colgando sobre el pecho con nerviosismo. Se trataba de un ninfidio; era alto y su cabello castaño con las puntas verdes se despeinaba mientras se quitaba el gorro de lana azul. La observaba desde la altura con mirada prejuiciosa, evaluando sus facciones con detenimiento.
—¿Qué me delató? —preguntó Nila conteniendo la melancolía que había dejado paso a una nueva emoción, más hirviente y violenta gracias al comentario despectivo. Tuvo que contenerse; si daba rienda suelta a sus emociones, acabaría por incendiar el tren.
—El olor a demonio; muchas brujas se codean con esos seres despreciables. ¿Tú de dónde eres?
Nila tragó saliva con fuerza; su madre y su abuela la encerrarían en un sótano si sospecharan que se vinculaba con demonios.
El relicario sobre su pecho comenzó a quemar; sabía que, si no alejaba la conversación de ese tópico, acabaría por liberar la cantidad de energía demoníaca necesaria para que todos los estudiantes de la academia, que se encontraba a pocos kilómetros, lo notaran.
—Yo... —se apresuró a decir mientras recordaba la farsa.
De pronto, la inmensidad que tomaba forma a lo lejos la dejó sin habla; una enorme estructura de piedra oscura, con paredes altas, cincelada con runas antiguas, se erguía en el blanco e inmaculado de la nieve. Las agujas gemelas de las puntas se perdían entre la neblina que custodiaba el inmenso edificio; gárgolas de piedra, cuyas siluetas se erguían amenazantes entre las nubes, parecían dar una bienvenida tétrica a todo el que llegase por el camino de las vías.
El ninfidio se pegó a la ventana observando el edificio que había captado la atención de Nila, con un gesto de fastidio formándose en su rostro.
—De vuelta a la prisión —contestó con desagrado, tomando con fuerza el mango que colgaba del techo.
El silbido profundo y ruidoso del tren anunció la llegada.
Alcornis, un lugar que parecía diseñado por la magia antigua y el tiempo, un castillo sacado de una pesadilla gótica que sería su hogar durante los próximos años.
El aire desde la llegada se sentía más pesado, cargado de energía; el aroma a pino y piedra mojada invadía el vagón.








