La Criatura by ZeCarlos at Inkitt
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LA CRIATURA

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Summary

Una noche tan oscura, Un silencio imposible, un olor tan insoportable que parecía venir del mismo infierno. Acompáñame en esta otra historia, donde las calles que recorres todos los días, los lugares que conoces y la realidad en el que te sientes seguro, se deforman hasta convertirse en un lugar que no deberías estar. Porque hay noches en las que el mundo no cambia... eres tú quien, sin darse cuenta, cruza hacia una dimensión donde el miedo deja de ser una sensación y se convierte en la única realidad.

Genre
Horror
Author
ZeCarlos
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

HISTORIA N° 1

“Por tanto, un león del bosque los matará, un lobo del desierto los destruirá... Todo aquel que salga de ellas será despedazado.” — Jeremías 5:6


Era una noche tan oscura como las demás. Nada anormal que me haga dudar siquiera de lo que vendrá después.

Voy por la calle a comprar en la única tienda abierta que se encuentra a esa hora. Normalmente lo dejaría para el día siguiente, pero es indispensable que dicha compra la haga hoy, pues mañana muy temprano he de salir.

De regreso a casa, el camino es el de siempre.

Las mismas calles.

Los mismos postes de luz.

Las mismas casas.

Sin embargo, noto que hay algo distinto. Al principio no sé qué es. Me detengo a observar todo a mi alrededor para descubrir qué ha cambiado. Entonces lo noto. Percibo un extraño y perturbador silencio. Mis sentidos se agudizan y un frío intenso, acompañado de un hedor nauseabundo, atraviesa mi grueso abrigo invernal, haciéndome sentir una extraña mezcla de frío y náuseas.

También me doy cuenta que no veo pasar a ningún ser vivo. No veo perro alguno. No pasa ningún auto. No escucho absolutamente nada ni a nadie.

Es como si me hubiera trasladado a otra dimensión de mí misma calle: parecida, pero distinta, sin duda.

Todo me resulta muy extraño, pues no es la primera vez que salgo a esta hora y siempre hay alguien a quien saludar o, al menos, ver.

Cruzo la pista acelerando mis pasos, pues siento que algo no anda bien. El hedor se hace más intenso y, al llegar a una intersección, a unas tres cuadras de mí, veo la silueta de algo o alguien que no puedo identificar por la oscuridad de la noche. Se encuentra debajo de un poste de luz que, para mi mala suerte, parpadea constantemente, haciendo que mi visión falle. Aquella figura se tambalea, realizando movimientos extraños que me resulta difícil identificar.

Desacelero mis pasos, pues esa extraña figura me inquieta mucho. Puedo notar que esa persona, o lo que sea que sea, está ahí, inmóvil, sin hacer nada, como si solo me estuviera observando y esperando a que llegue hasta ese lugar.

Al llegar casi a ese sitio, una esquina antes, el hedor se vuelve aún más insoportable. Entonces decido cambiar mi rumbo e irme por otro camino. Quizá quede más lejos de mi casa, pero algo en mí me dice que debo evitar pasar por ese lugar.

Ya en la otra avenida, doy un pequeño suspiro de alivio. Aun así, continúo caminando deprisa para llegar lo más pronto posible a mi destino.

Sigo avanzando sin detenerme cuando, de pronto, escucho pasos detrás de mí, como si alguien se acercara rápidamente hacia donde estoy.

Mi corazón se acelera desmesuradamente y el hedor se vuelve aún más sofocante.

No quiero voltear. No voy a voltear. Es lo único que pienso mientras acelero mis pasos. Voy tan rápido que prácticamente estoy corriendo. Ya veo mi casa a lo lejos. La veo. Siento que, si logro llegar, estaré a salvo.

Falta poco. Falta muy poco. Puedo sentir que me está alcanzando. Puedo sentir que prácticamente me respira en la nuca, pues el mismo hedor que percibo ya me está ahogando.

A una sola cuadra de llegar, corro con tanta desesperación como si mi vida dependiera de ello.

Llego a mi casa y sin pensarlo, me lanzo hacia la puerta con tal frenesí que tropiezo con el último escalón, arremetiendo contra la puerta y lastimándome los dedos de la mano. Pero no me importa. Intento sacar la llave de mi bolsillo izquierdo, pero esta se queda atorada.

No puedo voltear. No quiero voltear. Es lo único que pasa por mi mente mientras sigo intentando sacar la maldita llave del bolsillo.

Es mi fin, pienso.

—No quiero morir aquí... No ahora —balbuceo.

Inesperadamente, la luz de mi casa se enciende y la puerta se abre.

Sin esperar a que termine de abrirse por completo, la empujo bruscamente y entro desesperado. Es mi abuela quien la abre.

De un golpe certero cierro la puerta con tal fuerza que mi abuela se sobresalta y me mira asustada.

Yo aún sin poder respirar con normalidad, me arrodillo frente a ella por el cansancio extremo. Ya no soporto las náuseas y boto todo lo que tenía contenido en el estómago.

—¿Qué es lo que está pasando? —pregunta mi abuela, desconcertada.

Entre lágrimas y tropezando con las palabras, apenas logro decirle:

—Hay algo allá afuera... Me está persiguiendo.

Mi abuela, lejos de asombrarse o siquiera asustarse, medita unos segundos y luego me mira con ternura. Me regala un cálido abrazo y me dice que ya todo está bien, que ya estoy a salvo.

Su abrazo, su voz y el aroma que siempre la acompaña realmente me tranquilizan. Empiezo a respirar con normalidad. Las náuseas desaparecen y dejo de llorar mientras le devuelvo el abrazo.

Camina en dirección a la ventana. Intento detenerla; realmente no quiero averiguar si aquello era real o producto de mi imaginación. Pero ella me sonríe y vuelve a repetirme que ya no hay nada de qué asustarme.

Su gesto amable hace que confíe en ella y la suelto. Abre la ventana para ver lo que hay afuera y quedo en shock.

Tenía razón. Sí había algo que me estaba persiguiendo y, aunque pensaba que era un humano.

No lo era.

Un escalofrío recorre mi espalda de inmediato. Mi respiración se vuelve desesperada.

Es inverosímil lo que estoy presenciando.

Algo parecido a un lobo, tan grande y con un pelaje tan negro que se confunde con la oscuridad de la noche, está ahí, parado frente a la ventana, observándonos.

Siento que ese cánido no es normal. Su gran tamaño, sus ojos rojos, sus enormes colmillos, capaces de triturar huesos de una sola mordida, y sus encías, de un color que parece sangrar, me hacen saber que esa criatura proviene del mismo averno.

El hedor nauseabundo que emana con su sola presencia penetra la casa. Mi abuela frunce el ceño, lo observa un momento para después hablarle con tanta naturalidad, como si no le fuera ajeno aquella presencia.

Le dice unas palabras en su idioma natal que, por supuesto, no puedo entender. Entonces, casi al instante, aquel enorme cánido se retira lentamente de la puerta de mi casa, mirándome fijamente, gruñendo de tal forma que hace vibrar las ventanas.

—¿Qué era eso, abuela? —le pregunto, muy asustado.

Ella me responde con una sonrisa. Me dice que no es nada de lo que deba ya preocuparme, que ya no podrá hacerme daño. Después vuelve a abrazarme y, en su idioma natal, me susurra las mismas palabras que repite desde que soy niño. Esas sí las entiendo.

—Todo estará bien, mi querido, todo está bien.

Desde ese día no vuelvo a preguntarle por aquel suceso ni por aquella criatura. Ella tampoco vuelve a mencionarla y se molesta cada vez que lo intento. La verdad es que también tengo miedo de descubrir algo que preferiría no saber. La sola idea de volver a pasar por esa situación, y peor aún, de volver a ver a esa criatura, es algo que jamás desearía. Todavía me aterra recordarlo.

El tiempo transcurre como si nada, aún no puedo creer que esto realmente haya pasado, mi mente se niega a aceptarlo, nunca volví a encontrarme con aquella criatura. Tampoco volví a salir tan tarde de casa. Pero jamás olvidaré aquel suceso, aquellos ojos que parecían venir del mismo infierno, ni esos colmillos que sobresalían de sus fauces y, sobre todo, ese hedor nauseabundo.

Ese olor que aún hoy me revuelve el estómago cada vez que lo recuerdo.

Pasan algunos años y aún vivo con mi abuela. Una mañana, mientras me encentraba en mi centro de trabajo, recibo la llamada de un vecino. Me informa que ella ha fallecido en la puerta de la casa. Los forenses determinan que sufrió un infarto.

Pero yo sé que no fue así. En el fondo lo sé.

Solo yo sé lo que realmente ocurrió, porque al regresar inmediatamente a la casa.

Lo vuelvo a percibir, aunque apenas y por un instante.

vuelvo a percibir. Aquel hedor nauseabundo que sentí aquella noche. un olor imposible de olvidar.

Después de aquel trágico suceso, me mudo a la ciudad, donde nada de eso ocurre. Ya no tengo nada que me ate a aquel pueblo.

Y si algún día he de morir repentinamente, prefiero que sea durante un asalto o atropellado por algún automóvil.

Y siendo muy optimista, quizá formar una familia y llegar a viejo.

Eso es lo que digo a mi mismo para evitar el miedo, ahora que mi abuela ya no está.

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