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En tus labios, mi nombre

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Summary

Ella le salvó el cuerpo, pero le destruyó algo más, el corazón. Calista Draken es la mujer que controla la mitad de Dinamarca desde las sombras y a la que todo el submundo criminal teme. Implacable, fría y sin fisuras, jamás ha dudado a la hora de derribar imperios para conseguir lo que quiere. Pero Ravenna es su única debilidad, su peor vicio y el único punto ciego que no puede dominar. Para salvar a Ravenna de una enfermedad mortal, Calista está dispuesta a todo. Incluso a orquestar el juego más peligroso de su vida. La jugada es perfecta. El plan es implacable. Pero cuando Ravenna descubre la red de mentiras, manipulación y control, la gratitud no existe. Solo queda dolor, pérdida, silencio... Atrapadas entre una guerra inminente, y una pasión devoradora que ninguna de las dos puede detener, Calista descubrirá que es fácil gobernar un imperio... pero que recuperar el corazón que rompió le costará más sangre que cualquier victoria. Podía tener su cuerpo, podía hacerla temblar de placer bajo sus manos y salvarla de la tumba... pero tener en su boca, su nombre, se convertiría en su mayor condena.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Ravenna

Tengo veintiséis años.

Y llevo desde los dieciocho sintiendo demasiado por una mujer que solo me mira como a una niñita frágil a la que debe proteger.

Calista Draken.

Para el resto del mundo es un imperio de hielo; la mujer que construyó su propio castillo sobre las cenizas de su propia tragedia, implacable y despiadada, para mí, la mujer que no debería ser más de lo que se supone que tiene que ser, sin embargo...

El sonido nítido de una llave girando en la cerradura me hace dar un respingo en el sofá desde donde había estado hablando con Miriah, mi melliza. 

Me pongo de pie de golpe.

Llevo demasiados años de mi vida, desde que se descubrió que tengo un virus raro, pero controlable en mi cuerpo, escuchando que debo controlarlas emociones fuertes, que mi sistema no soporta bien los picos de adrenalina. Pero ¿cómo no acelerarse cuando sé  que ella está a punto de cruzar esa puerta?

La puerta se abre con una lentitud solemne, y la figura que cruza el umbral me corta el aliento por completo, como desde hace nueve años.

Calista viste un abrigo largo de cachemira negra, unos pantalones de corte perfecto y botas de tacón que resuenan sobre la madera. 

Lleva el cabello oscuro recogido con una elegancia impecable, sin un solo mechón fuera de sitio, porque Calista Draken siempre luce impecable. Sus ojos azules, profundos y gélidos como dos pozos sin fondo, se clavan en mí en el acto. Su sola presencia llena el apartamento, y le resta oxígeno al aire.

—Calista… —mi voz sale en un susurro. Dejo el móvil que tenía en las manos sobre la mesa de centro—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Ella no responde,  camina hacia mí con pasos lentos, seguros, y mete la mano en el bolsillo de su saco. Saca una caja alargada, envuelta en papel de seda oscuro, y la extiende hacia mí.

—Feliz cumpleaños, Ravenna —dice, con una pequeña sonrisa estirando sus labios—. Sé que fue ayer, pero la agenda no me permitió llegar antes. Ábrelo.

Mis manos tiemblan ligeramente mientras tomo la caja. Rompo el papel y levanto la tapa. Dentro descansa una pulsera de oro blanco con rubíes; una pieza de alta joyería que cuesta más de lo que cualquiera podría soñar en esta ciudad. Es hermosa, y no es nada menos que me ha dado desde que tenía diecisiete años y nos acogió a mí y a Miriah bajo su protección. Y me gusta, no puedo negarlo. Amo las cosas hermosas, solo que hoy, en particular, no me causa la misma emoción que otras veces. Porque lo que de verdad quiero, no podría siquiera comprarse con eso, sin importar su valor. 

—Es… es hermosa, Calista. Gracias —murmuro. Dejo la caja a un lado y doy un paso hacia ella, acortando la distancia. Le clavo mis ojos en los suyos, el mentón alzado—. Pero no tenías que venir hasta aquí solo por esto. Hubiera bastado con un envío.

Hubo un tiempo que no solía hablarle con tanta rigidez, antes de que eligiera enviarme a esta ciudad, alejarme de ella, de mi hermana, de mi vida en Dinamarca por proteger a la Ravenna débil. Odio que me trate así.

—No fue ninguna molestia, y ya venía a Londres por otros asuntos de todos modos —replica, dando medio giro para retirarse demasiado rápido. No vino con intención de quedarse mucho tiempo, jamás lo hace desde que me envió a está maldita ciudad que odio con cada gramo de mi ser —. Y ahora, debo irme. Esos asuntos me esperan. Cuídate, por favor, Ravenna.

No la dejo avanzar demasiado. 

La rabia de llevar años conteniendo esto que arde en mi pecho como un incendio forestal, de desearla en las sombras y de verla como una deidad inalcanzable mientras me quemo por dentro, me explota en el pecho. Me lleno de un valor ciego y me cruzo en su camino. Le pongo una mano firme en el pecho, sintiendo el calor de su cuerpo bajo la tela de su ropa y, antes de que pueda procesarlo o apartarme, me pongo de puntillas y le estrello mis labios contra los suyos.

Parece que mi corazón se ha detenido. De hecho, estoy segura de que lo ha hecho, que estoy respirando a través de ella, de su contacto, de su aroma.

 Al principio, Calista se queda congelada, rígida como una estatua, hasta que sus manos suben a mis hombros para empujarme hacia atrás. Me aparta un milímetro, con los ojos encendidos por una sorpresa violenta, y la mandíbula tan tensa que parece a punto de romperse.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Ravenna? —sisea con un rugido bajo, cargado de una advertencia peligrosa—. Estás loca. Yo soy…

—Sé perfectamente quién eres —la interrumpo, con la respiración entrecortada, sin quitar mis manos de su abrigo.

Y es ahí donde lo noto. Bajo mis palmas, el pecho de Calista sube y baja con fuerza, y sus manos están temblando sutilmente sobre mis hombros. 

—Porque hoy no quiero tus regalos caros  —continúo, reuniendo cada pedazo de mi entereza para mirarla directo a esos ojos que hacen arrodillar a hombres poderosos—. No quiero ese tipo de mimos, quiero otros, muchos más valiosos. Llevo años mirándote y sintiendo cómo me quemo por dentro cada vez que estás en mi campo de visión. Te deseo a ti. Deseo a la mujer que se esconde detrás de esa maldita máscara de hielo. No te quiero como protectora; eres la mujer con la que sueño desnuda en mi cama.

Calista frunce las cejas. Su respiración me roza el rostro, caliente y pesada. Sus dedos se clavan en mis hombros como si yo fuera su única ancla en medio de una tormenta.

—Cállate, Ravenna. Eres demasiado pequeña, no sabes lo que estás diciendo…

—Sé exactamente lo que digo —le planto cara, dando un paso más y obligándola a retroceder hasta que su espalda toca la pared del pasillo—. Hoy es mi cumpleaños. Y quiero un regalo mejor que esa joya. Te quiero a ti. Solo una vez. Déjame ver qué hay detrás del imperio de hielo.

Solo una vez, por favor, aunque me esté condenando a mí misma con esta petición. Necesito saber qué se siente tener esas manos sobre mí más allá de cuando me consoló o me cuidó las fiebres. 

—Ravenna... —murmura ella, pero su voz ya no tiene la autoridad de siempre. Suena rota, áspera, cargada de algo que alimenta el mío, porque de pronto, parece que puedo sentir que ella lo desea tanto como yo, aunque intente esconderlo, reprimirlo, porque lo que está en juego es demasiado grande. Se supone que es mi protectora, debería verla como algo prohibido, pero jamás logré verla de esa forma. 

—Nunca me has negado nada —digo—. Siempre me has dado todo lo que pido, excepto, por supuesto, dejarme estar en Dinamarca contigo y con Miriah, de ahí en más, cada capricho que te he pedido me lo has cumplido, dame esto también, Calista —la reto, pegando mi cuerpo al suyo—. Aunque esto no es un capricho, es deseo, crudo y que me está matando. 

Calista me sostiene la mirada un segundo agónico. Sus ojos azules se oscurecen, antes de que su mano  suba con una brusquedad salvaje a mi nuca, enredando los dedos en mi cabello, obligándome a echar la cabeza hacia atrás mientras me atrapa los labios en un beso profundo, rudo y hambriento que me borra la cordura. 

Ya no hay rechazo; hay una posesión absoluta que me hace gemir contra su boca. Calista me arrastra contra su cuerpo con una fuerza enorme, moviendo sus labios contra los míos con una urgencia que me vuelve loca, reclamándome como si fuera parte del imperio que construyó.

Dios, si esto es un sueño, no quiero despertar, pienso mientras la rodeo. Es mucho más alta que yo —apenas le llego a mitad del pecho con mi metro cincuenta, y estoy descalza—, por lo que para poder alcanzarla debo poderme de puntillas. Duele, el esfuerzo, pero es el dolor más dulce que he experimentado en toda mi maldita vida. 

Calista, entonces me levanta del suelo por los muslos y enredo las piernas alrededor de su cintura mientras caminamos a ciegas hacia mi habitación, sin dejar de devorar mi boca, y la mezcla de su saliva con la mía, sus jadeos, su respiración acelerada, la forma en que su pecho parece querer romper el mío ya que está latiendo demasiado rápido, son demasiado para mí frágil sistema, porque parece que me voy a desmayar, pero aguanto, aguanto porque no quiero que acabe, porque no voy a permitir que ninguna debilidad me quite esto, a esta mujer, la dicha de sentir algo que llevo deseando por tanto tiempo. 

Calista me deposita sobre el colchón con cuidado. Su cuerpo cae sobre el mío, atrapándome entre las sábanas y su peso.

Sus manos desabrochan la ropa que nos separa con una urgencia que me enciende la sangre. Cuando su piel desnuda finalmente choca contra la mía, un escalofrío de puro fuego me recorre la espalda. No hay espacio para la duda; verla así, expuesta ante mí, me corta el aliento.

Es hermosa.

Me atrapa las muñecas contra la cama, inmovilizándome por encima de la cabeza con una sola mano. Sus ojos se clavan en los míos, fijos, desprovistos de su frialdad habitual, porque lo que hay ahí es fuego, uno que unido al mío, es devastador.

—¿Cómo te sientes? —pregunta, preocupación genuina por encima del deseo.

Respiro con esfuerzo mientras me agito debajo de ella…

—Estoy bien, Calista. Estoy mejor que bien, nunca he estado mejor en mi vida —le respondo, sosteniéndole la mirada con la respiración entrecortada—. No pares. No te detengas ahora.

Me mira durante un segundo, me estudia, parece que quiere detenerse, aunque ya está medio desnuda sobre mí, sus ojos incendiados por el placer, y su pecho quiere romper el mío, pero no lo hace. En su lugar, su boca baja por mi cuello como un incendio, dejando un rastro de besos rudos y hambrientos que me hacen arquear el cuerpo. 

Desciende hacia mi pecho, atrapando mi piel entre sus labios con un mordisco suave que me arranca un gemido agudo. Su mano libre baja por mi vientre, hundiéndose entre mis muslos. Cuando sus dedos encuentran mi sexo, ardiente por la larga espera, lo recorren con una caricia lenta antes de buscar mi profundidad.

—Maldita sea, Ravenna —sisea contra mi oído, apretando el agarre en mis muñecas mientras sus dedos se mueven dentro de mí, firmes, volviéndome loca—. Estás ardiendo.

—Es por ti… todo es por ti —gimo, empujando mi cadera contra su mano, buscando más de ese roce que me llena—. Muévete, Calista… por favor.

Siento que afloja la presión en mis muñecas, así que me libero y hundo las manos en su espalda desnuda. 

Clavo las uñas en su piel, atrayéndola más hacia mí para sentir la fricción de nuestros cuerpos. Subo las manos por su nuca y le quito el peinado hasta que su cabello oscuro cae libre. Busco su boca de nuevo, entregándole un beso profundo. Mis dedos bajan por su garganta, acariciando la línea de su vientre hasta descender a su propia intimidad. Al tocarla, la descubro tan encendida como yo.


—Tú también me deseas —le provoco entre besos, rozando su centro con firmeza, haciéndola temblar—. No me digas que esto es solo un error cuando estás temblando bajo mis dedos.

—Cállate… —gruñe Calista. Un gemido ronco escapa de su garganta mientras rompe por completo su control de acero—. No hables, malcriada.

Cuando la entrega se vuelve total, el impacto me hace perder la noción del tiempo. Los movimientos de Calista son firmes, profundos y posesivos, una combinación de fuerza y ritmo que me arranca suspiros que se ahogan contra su cuello.

—No te vayas a separar… —le suplico, con las lágrimas del puro placer acumulándose en mis ojos—. Quédate así… más profundo.

—Te odio por hacerme esto, Ravenna —me dice al oído, con la respiración quemándome la piel, moviéndose con una cadencia experta que me descontrola, guiándome directo al abismo.

—Ódiame, pero no pares, por favor... 

No lo hace. 

El clímax nos alcanza a las dos, una ola violenta que nos sacude desde adentro. Suelto un gemido ahogado mientras ella se tensa al máximo sobre mi cuerpo, dejándonos flotando en una tregua exhausta en mitad de la cama revuelta.

Durante unos minutos, el silencio regresa, roto solo por nuestros pechos subiendo y bajando al mismo ritmo. Mi mano permanece apoyada en su hombro, sintiendo el calor de su piel, con el corazón latiendo a mil por hora, lleno de una ilusión ciega.

Pero la adrenalina empieza a bajar. Y con ella, el hielo regresa.

Siento el cambio en el aire antes de que ella se mueva. Calista se incorpora despacio, apartándose de mí con una calma sepulcral que me hiela la sangre. Sale de la cama sin prisa y comienza a vestirse en mitad de la penumbra del cuarto.

La observo desde el colchón, tapándome el pecho con la sábana, esperando una mirada, un roce, una palabra que mantenga vivo el fuego de hace unos instantes. Pero no hay nada. Calista se abrocha la ropa con dedos estables, se coloca el saco y se recoge el cabello oscuro, regresándolo a su orden habitual con una destreza fría. Sus manos, sin embargo, dudan un segundo al abrocharse el último botón. Un titubeo casi imperceptible. Luego, la máscara vuelve a su sitio.

No me mira.

Camina hacia la puerta de la habitación y se detiene en el umbral. Su silueta vuelve a ser la de la imponente e inalcanzable Soberana de Dinamarca, puesto que lleva con orgullo y fiereza. Pero antes de cruzar, sus dedos se aferran al marco de la puerta con una fuerza que blanquea sus nudillos. Un segundo. Solo un segundo. Luego, suelta.

—Esto no debió pasar, pero no volverá a suceder, Ravenna —su voz sale clara, firme y cortante como un cristal—. Lo vas a guardar para ti misma y no se lo vas a mencionar a nadie. Es una orden.

No espera mi respuesta. Da un paso hacia el pasillo y la puerta de mi apartamento se cierra detrás de ella con un clic seco, definitivo.

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