Capítulo 1
Estamos perdiendo la guerra. Por mucho. Las mujeres combaten mejor, de eso no hay duda. Aunque se empecinen los millones de machos alfa que aún quedan en esta ciudad, las mujeres nos han barrido. Solo nos queda Madrid. La capital del reino. Quince millones de hombres nos hacinamos aquí. El resto del territorio nacional lo controlan las mujeres. Además del espacio aéreo, las comunicaciones, los suministros…
Supongo que es a esto a lo que llaman un cisne negro. Algo que nadie esperaba y que lo cambia todo. Ocurrió cuando el recién nombrado presidente del gobierno, León Mendoza, palmeó el trasero de la vicepresidenta, Sofía Guerra, en una rueda de prensa. Aunque las cámaras no pudieron captarlo, el movimiento del brazo del presidente y la repentina cara de estupor de la vicepresidenta no dejaron lugar a dudas. La belleza de Sofía Guerra, además de la rotundidad de sus curvas, no habían pasado desapercibidas para los hombres españoles. La cara de Sofía Guerra mientras recibía la nalgada dio la vuelta al mundo.
El presidente se negó a dimitir, a pesar de todo. Ante su empecinamiento, fue la propia Sofía Guerra la que presentó su dimisión. “Por dignidad”, dijo. Aquello fue la espoleta. Después, todo se precipitó. Manifestaciones masivas de millones de mujeres de todo el país. El robo de armas. Y el asalto al Congreso. Un grupo de mujeres, al estilo del 23-F, entraron armadas con fusiles automáticos a la Cámara Baja y dispararon al techo durante tanto tiempo que el suelo se llenó de polvo y cascotes. Los diputados se marcharon a la carrera, mientras que las diputadas aplaudían a las asaltantes. La guerra había empezado.








