HISTORIA N° 2
“Si no actúas bien, el pecado está agazapado a la puerta, acechándote como una fiera, deseando dominarte; pero tú debes dominarlo a él.”
— Génesis 4:7
Son las dos de la madrugada y me despierto de golpe, mirando el techo en la oscuridad. No hay ningún motivo para que despierte. Ninguna alarma. Nada. Simplemente abro los ojos.
Un escalofrío recorre mi espina dorsal. El estómago se me revuelve porque sé exactamente lo que significa.
Me quedo completamente quieto sobre la cama, en silencio. Fijo la vista en la puerta cerrada de este cuarto que alquilo. Y solo espero. Entonces empieza otra vez, como todas las noches anteriores.
—Iván... Iván... —una voz susurra mi nombre al otro lado de la puerta de madera, una y otra vez.
Hay alguien... o algo... ahí afuera, pronunciando mi nombre de forma inquietante.
Me cubro hasta la cabeza con la sábana. Aprieto el crucifijo y los amuletos que los religiosos y chamanes me dieron, y que siempre guardo debajo de la almohada. Empiezo a orar en silencio. Trago saliva. Me obligo a no hacer el menor ruido.
Solo tengo que esperar a que amanezca. Pues “Si amanece, estaré a salvo”, pienso.
No sé cómo empezó todo esto. Solo recuerdo que, cuando era niño, una noche escuché que me llamaban desde el parque que estaba cerca de mi casa. Al principio pensé que era una broma de mi hermana o de alguien que me conocía... y respondí.
Ese fue mi maldito error.
La regla es simple: nunca debes responder a algo que no reconoces. Pues si respondes una vez, te marcan. Si vuelves a responder, te encuentran.
Me he mudado tres veces durante el último año y no sirve de nada. La puerta cambia, pero lo que espera al otro lado siempre es lo mismo.
Se lo he contado a familiares y amigos. Algunos me miran con lástima; otros, con desprecio. Piensan que estoy loco o que solo quiero llamar la atención. Después se ríen de mí murmurando a mis espaldas.
Evito tener relaciones sentimentales. La última persona que estuvo conmigo lo pasó muy mal. Al principio me creía, o al menos fingía hacerlo, pero con el tiempo se cansó. Terminó enojándose cada vez que sufría uno de mis ataques de miedo, porque solo yo y solo yo podía escuchar aquellas voces que pronunciaban mi nombre cada noche.
Creo que estoy perdiendo la cabeza. He ido a iglesias y templos buscando ayuda, pero todos me dicen lo mismo: que entregue mi vida y ponga mi fe en manos de Dios. Es muy fácil hablar de fe cuando no eres tú quien es acechado todas las noches. Cuando no tienes algo parado detrás de tu puerta en cada maldita madrugada.
Estoy harto. Estoy exhausto. El insomnio me está destruyendo. Trato de hacer mi vida durante el día, pero todo es una mentira.
Voy al supermercado. Salgo al cine. A veces solo; otras, con amigos a quienes nunca les cuento nada. Camino por la calle. Trabajo en lo que puedo para mantenerme, apenas lo suficiente para sobrevivir. Pero mis pensamientos siempre están en otro lugar.
A veces creo ver sombras que me siguen a todas partes. A estas alturas ya no puedo distinguir qué es real y qué es una pesadilla. Solo espero que todo esto termine algún día.
Cae la tarde y, con ella, llega la noche. Odio que oscurezca. Las pocas veces que logro dormir de corrido vuelvo a sentirme humano otra vez, pero últimamente eso ya no ocurre. El susurro ahora diario. Y ya no suena como antes. Ahora hay suena más agresivo aquella voz... y eso me aterra.
Son las dos de la madrugada otra vez. Pero esta noche se siente diferente. No empieza con el susurro acostumbrado. Ahora empieza con pasos.
Algo camina por el pasillo.
Son pisadas pesadas. Reales. Firmes. Que hacen crujir el piso de madera mientras se acercan lentamente hasta detenerse justo frente a mi puerta.
Lo siento. Se que está ahí.
—Iván... —susurra con una agresividad que jamás había sentido.
El miedo me consume al instante. Empiezo a llorar en silencio. Me abrazo a mí mismo con tanta fuerza que termino clavándome las uñas en los brazos. Me rasguño la piel hasta abrir heridas, pero ni siquiera lo noto. Y tampoco me importa.
Entonces comienza a golpear la puerta una y otra vez, gritando mi nombre con furia.
Siento que esta será mi última noche.
Mi mente ya no resiste más. Estoy harto. A veces el cansancio y el estrés acumulados son más grandes que el miedo. Ya no quiero vivir así. No soportaría seguir así una noche más.
Y entonces... algo se rompe dentro de mí.
Me levanto de la cama de un salto. La ira me ciega. Aprieto los puños. La adrenalina recorre mi cuerpo agotado y, en un impulso de valentía... o de estupidez... camino hasta la puerta. Para gritar a aquello que este ahí afuera.
—¡¿Qué mierda quieres de mí?! ¡¿Qué buscas?! ¡Lárgate de una maldita vez!
Y entonces me quedo en silencio, respirando con mucha dificultad.
El silencio que sigue es absoluto. Pesado. Muerto.
Entonces el estómago se me retuerce.
Y entonces me doy cuenta de lo que acabo de hacer.
Le he respondido.
Una risa espectral, baja y seca, comienza a sonar al otro lado de la puerta. Se está riendo de mí. Como si hubiera esperado este momento por todos estos años.
El picaporte de metal gira despacio. La puerta empieza a abrirse sola, centímetro a centímetro.
Un olor nauseabundo, parecido al cabello quemado, invade el cuarto de golpe.
El terror me paraliza por completo. No puedo correr. No puedo gritar. No puedo moverme.
Cierro los ojos con fuerza. Orando. Implorando a cualquier Dios que quiera escucharme. Le suplico que me ayude. Que me saque de aquí. Rezo todo lo que sé, repitiendo una y otra vez las mismas palabras en mi mente, como un disco rayado.
—No me abandonen... por favor. Se lo suplico. No me abandonen.
Pasa el tiempo. No sé cuánto. Minutos... tal vez horas.
Ya no escucho nada.
El olor también desaparece.
Quizá ya sea de día. Quizá se haya ido.
Eso quiero creer.
Abro los ojos muy lentamente y no veo nada. Camino hasta la puerta y la cierro despacio.
Y al darme la vuelta, en la oscuridad de mi cuarto... por fin lo veo.
Veo aquello que ha susurrado mi nombre durante todos estos años.
El terror me paraliza por un instante. Pero, aun así... una sonrisa comienza a dibujarse lentamente en mi rostro.
Al fin terminó todo.
Al fin terminó mi agonía.
Al fin podré descansar, pienso muy aliviado.
Ha pasado mucho tiempo desde aquella noche.
Ya no hay miedo.
Ya no hay cansancio.
Ahora entiendo cómo funciona.
Ahora lo sé.
Pues ahora soy yo quien camina por los parques oscuros.
Soy yo el permanece detrás de las puertas cerradas.
Soy yo el que acecha, susurrando nombres al azar por las noches.
Buscando a alguien que cometa el mismo error que yo cometí alguna vez.
Alguien que me responda cuando el llamado.
...¿Me responderías tú?








