Capítulo 1: el Salón 11-D

Era pleno abril. El aire seco y contaminado de la Ciudad de México escondía los edificios de la colonia Del Valle en niebla de misterios. La abrasadora luz solar se filtraba por las sucias ventanas del salón 11-D en la Escuela Thomas. Luca observaba con su orgullosa normalidad las ecuaciones
grisáceas del pizarrón. El ruido del ventilador que a duras penas giraba para dar una brisa de aire fresco interrumpía la grave voz del Profesor Carlos, quien perdía su paciencia. 45 minutos llevaban, revisando las respuestas de la tarea que asignó a último minuto el día pasado. Luca contempló que a comparación de su hoja de cuaderno sellada con ecuaciones hechas marañas, muchos de los cuadernos de sus compañeros estaban vacíos o a medias sin sellos.
Volteó y vió a su compañero Enrique esforzándose por mantener la mirada hacia el pizarrón y no hacia sus piernas. Sus párpados estaban decidiendo entre mantenerse abiertos o relajarse y cerrarse. Él tampoco tenía el sello y no estaba corrigiendo su tarea incompleta pero su pluma estaba demasiado cómoda en su estuche.
—¡Enrique! —gritó el Profesor Carlos—. La número 6, la respuesta.
—No la tengo, profe. —Enrique estiró sus brazos entre bostezos. El profesor gruñó, rodando sus ojos y casi golpeando el pizarrón. No era su primera vez con esa actitud. Desde agosto que inició el curso, se ha mostrado como el profesor menos querido de la generación y por las razones más obvias. Nadie en la generación le hablaba a menos de que se tratara de fútbol. Sólo los alumnos fifas se atrevían a mostrar una buena cara con el fin de apaciguar su ira mediante pláticas sobre los partidos del América. Sin embargo, fuera de su alcance y a sus espaldas, las críticas nunca faltaban entre los alumnos. Críticas llamándolo abusivo, quizá por la enorme cantidad de tareas que deja a último y su falta de empatía a los que no lo hacen. O probablemente por cambiar los rubros de calificación que misteriosamente se modifican un día antes de cerrar las calificaciones del periodo.
—¡Regina! ¡La 6! —lanzó el plumón a la banca en frente de Luca. Su compañera la pudo atrapar en mal gusto, apartando su mirada pegada al reloj del salón. Suspiró y pasó al pizarrón. El plumón delgado que apenas podía pintar bien rechinaba con cada línea. No le tomó ni 3 números para que los gritos del profesor Carlos volvieran a azotar las paredes del salón.
—¡NO! Es increíble como no pueden resolver esto. ¡NO!¡NO! —azotaba el pizarrón con coraje. Sin embargo, pronto la campana interrumpió sus gritos. Los niños que ya tenían su balón afuera desde hacía 25 minutos salieron disparados. El receso por fin había llegado. El profesor Carlos arrebató bruscamente el plumón de la mano de Regina y salió azotando sus pasos.
—Wey, no mames ¿qué le pasa a este cabrón? —se acercó Regina a Luca—. Estaba respondiendo, este me gritó y de la nada me arrebató el plumón. Su pinche plumón que ni siquiera pintaba bien.
—Ni quien le entienda a ese señor. Encima de que nunca explica por qué nos equivocamos. Lit se saca su comentario de “razona el porqué”. Pues wey, por algo vengo a la escuela. —surgió un susurro desde las bancas de atrás de Luca. Su amiga Anita se quejaba mientras sacaba su lunch de su mochila. Mantenía de reojo sus cosas por si Enrique se atrevía a esconderle algo de nuevo.
—Me vale verga, no ayuda nada el puto calor de la ciudad. —se quejó Rosa, su compañera de atrás—. Como si fuera el único estresado. Juro que ya no vuelvo a desvelarme por una puta tarea porque esta mamada me dejó despierta hasta las dos de la mañana.
—¿Entonces porqué no la pasaste al chat del grupo? Corazón si te la pedimos con mensajes hasta las tres —Regina cerraba su cuaderno y lo azotó a su mochila.
—Wey, no soy su mamá para darles las respuestas en bandeja de oro. —suspiró. Anita evitaba el contacto directo. Estaba más ocupada en ver qué le mandaron de lunch.
Luca no dijo nada. Abrió su boca después de haber formulado minuciosamente cada palabra antes de decirlas pero el tema de conversación ya había cambiado y tenía que repetir el proceso. Se paró y aceleró su paso a la puerta, volteando a sus amigos para saber si iban a salir o no. Hasta que una mano lo jaló fuera del salón.
Era su coordinadora Miss Claudia. Sus rizos bien acomodados rozaron suavemente el hombro de Luca, y se asomó a su salón. En los recesos, nadie se podía quedar en sus salones y debían asegurarse que todos habían bajado.
—Vamos niños, bájense a su receso. Recuerden que no se pueden quedar. —exclamó. Luca extendió su mirada y buscó a un ser particular. Dejó a sus amigas que parecían tardarse más de lo que Luca esperaba. Bajó con su paso acelerado, saltándose algunos escalones para llegar al baño.
—Ya es receso, el profe “Charlie” ya se fue. —susurró Luca en el baño húmedo, oliendo a orina y uno que otro desodorante que se echaron los niños en Educación Física. De uno de los retretes, salió un chico alto y delgado. Se lavó sus manos y su piel bronceada se entrelazó suavemente con los brazos de Luca. Este chico era Leo.
Sus dedos comenzaron a jugar con los mechones lacios de Luca, mientras sus ojos se fijaban en sus bellos ojos oscuros. Luca, sin decir nada, lo abrazó. Recargó su cara calentada por el sofocante ambiente del salón sobre los hombros de Leo, frescos por los azulejos del baño.
—Creo que fue buena idea salir unos minutos antes. —se rió Leo—. Juro que ese profe es insoportable y con este calor, no habría manera de sobrevivir su temperamento.
—Y lo peor es que enseña la materia más difícil. Pero lo más difícil es ayudarte ¿eh? —bromeó Luca, dándole cosquillas a Leo—. Supongo que te la pasaste leyendo tus novelas de Agatha Christie en el cel, ¿cierto?
Leo asintió con orgullo, se rieron juntos y jugaron con sus dedos entrelazados. Él se acercó a una distancia más cercana a lo normal hacia Luca y se miraron fijamente. Sentían sus respiraciones aceleradas con calor, y Leo suavemente peinó su mano por la mejilla de Luca.
Pero en cuanto oyeron pasos acercándose poco a poco, se alejaron y Luca salió disparado. Entraron unos cuantos chicos, empapados en sudor por jugar voleibol en un día soleado. Leo lo siguió y los dos salieron al patio. El juego de voleibol parecía una guerra entre bandos, con el balón siendo su cañón. Los dos corrieron rápidamente para cruzar el patio antes de que el balón los golpeara. Se rieron de su cotidianidad, pues en su imaginación era una carrera de vida o muerte (por el momento)
Llegaron a la cafetería con una fila excepcionalmente larga e inundada de gritos. Reclamos, más bien. Y de nuevo, los gritos del profesor Carlos pegando las paredes. Los otros chicos y chicas susurraban entre sus oídos, chismeando sobre esa situación que se repetía todos los días. Era Roberta, otra compañera del 11°D. En su mano, el examen del periodo pasado arrugado con un siete de calificación.
—¡¿Por qué me puso un siete?! —chilló Roberta—. ¿De qué fue mi esfuerzo? ¡Esto no es lo que dijo!
—Es lo que sacaste, no vengas a negociar tu calificación. Dije claramente que NO modifico calificaciones. —reclamó el Profesor Carlos, con su mano en el bolsillo. Luca observó que los nudillos de su mano se aplastaban contra la tela del pantalón.
—¡Pinche Profe! ¡Váyase a la mierda! —cada palabra que salía de la boca de Roberta se infusionaba con ira y coraje. Hizo su examen una bola de papel y la lanzó al fondo del pasillo.
—¡Ey! Roberta, con esa actitud no. —exclamó la Miss Claudia. Pero Roberta la ignoró y se fue corriendo de la cafetería, rumbo a los baños. El Profesor Carlos sacó su billetera del bolsillo. La abrió y con un reojo revisó su interior. Suspiró y se retiró, con una mirada orgullosa a los salones de onceavo. Lanzaba miradas llenas de ira a todo estudiante que se le cruzaba pero rápidamente la levantaba cuando se trataba de maestros, particularmente a la Miss Claudia. Los cuchicheos en la cafetería se intensificaron.
—Seguramente le dio…
—Obvio, me pregunto cuánto
—Yo le dije y pues se súper…
Pero ni a Leo ni a Luca les importó. Leo se formó para comprarse su lunch pero Luca se apartó y se recargó en la pared. Se alejó lo suficiente para estar solo. Al recargarse en la pared, un chico cerca se apartó bastante lejos, rodó sus ojos y suspiró. Este chico era Andreo, amigo de Enrique. Al sacar su celular, sacó otro suspiro. Un olor ligero de alcohol desinfectante empapó la nariz de Luca: Andreo se echó chorros enormes de su gel antibacterial al punto en el que se le escurría de la mano. Luca bajó su mirada, evitando a todas costas un contacto directo con Andreo. Pronto, su grupo de amigas llegaron y lo rodearon, aislando inconscientemente a Andreo hasta que Enrique lo saludó. Los dos se quedaron hablando, principalmente de sus sesiones en el gimnasio.
Leo alargó su mirada y revisó las estanterías de la cafetería. Sacó y contó cada moneda que traía viendo que productos quedaban. Los chicos en frente se quejaban porque las chapatas se habían agotado y ya no quedaban más quesadillas. Vió las estufas y la mesa del preparado. A pesar de que la fila avanzó, Leo se quitó y se acercó a Luca.
—¿No ibas a comprar? —preguntó Luca.
—Perdí el apetito, sólo tienen empaquetados y esos están re-caros. —respondió Leo, aterrizando su mano en su hombro y jugando con los mechones de su nuca.
—No mames, ¿neta? Tenía antojo de una buena chapata con milanesa —Regina recién había llegado, casi quince minutos después de haber iniciado el receso—. ¡Por un carajo! Como si no me hubieran chingado lo suficiente el día con el pinche Charlie.
La Miss Claudia solo le dio una mirada te-acabo-de-oír. Rosa y Anita se rieron del mal humor de Regina.
—Pero, ¿cómo supiste que sólo quedaban los empaquetados? —preguntó Anita.
—A ver, ¿quién en su sano juicio deja comida fresca en cajas de cartón? —respondió Leo—. Además, la llave de gas estaba cerrada, lo que significa que ya no iban a utilizar el gas y la mayoría de las comidas preparadas se preparan con la estufa.
—Pinche Charlie, ojalá lo atropelle un burro. —susurró Rosa, masticando las rodajas de pepinos que Anita le daba. Pero Anita se enfocó más en los edits de los reels de Instagram y se lo mostraba a Rosa. Regina igual sacó su teléfono de su sudadera. Una bastante grande y claramente no apto para el calor que hundía a la escuela. Pero Regina siempre fue conocida por sus gustos por la moda. El resto de las charlas fueron críticas rutinarias sobre la infraestructura de la escuela en general.
—Es que se los juro, me estaba meando y me dí cuenta que las puertas de los retretes no cerraba—rió Regina—entonces, hubieran visto cómo meaba mientras sostenía la puerta para que nadie entrara.
—Wey, te lo juro, quieren el puto uniforme completo y que lleguemos a las siete en punto pero no son capaces de arreglar una puta puerta. —se quejó Rosa—. A parte de que nos meten a más de 20 vatos que apestan a sudor en un pinche salón chiquito.
—Además, ¿qué onda con el ventilador que nos pusieron? Parece una motosierra con su pinche ruido. —agregó Anita—. Todavía que nos da el sol con todo, esperan a que nos conformemos con ese maldito ventilador.
Luca y Leo se reían junto a ellas pero estaban más ocupados jugando con los mechones del uno al otro. Leo le acomodaba el cabello a Luca y le hacía trenzas que Luca conservaba casi todo el día. El mes pasado, Luca mantuvo por casi dos días la coleta de caballo que Leo le hizo con un listón que tenía. Y siempre le insistía que se dejara alargar su cabello para que Luca pudiera hacerle lo mismo. Llevaban así desde hacía año y medio que se conocieron. Desde que Leo empezó a compartir sus gustos literarios con Luca, quien pasaba desapercibido por el salón. Y desde que se juntaron, Andreo se alejó más y más de ellos, evitando convivir con el grupo de amigas que antes disfrutaba pasar con.
Leo se dio cuenta que entre las críticas, Andreo y Enrique desaparecieron. Asumió que debieron de subirse antes, los recesos siempre eran de quince minutos. Y a Andreo particularmente no le gustaba estar rodeado de personas, casi igual que a Luca. Siempre prefería estar solo o con dos o tres personas de confianza.
Este receso fue afortunadamente normal. Las chicas chismeaban y se quejaban como siempre. Los chicos del 11-C sobrevivían a su guerra de voleibol, casi volando el balón por la cerca. Las maestras intercambiaban reportes de sus clases y conductas de ciertos alumnos que debían revisar. La cotidianidad de la generación.
La campana tocó. El receso había terminado. Luca y Leo empezaron a caminar, a un paso lo suficientemente lento para no dejar atrás a sus amigas. Luca caminaba con orgullo las trenzas recién terminadas de Leo.
—Vamos niños, a sus salones. Ya se acabó el receso. —exclamaba la Miss Claudia, buscando a cada alumno que estaba en cada rincón del patio.
Los chicos se daban palmadas, algunos caminaban con comida en sus manos y las chicas parecían seguir adentradas en su chisme. Todos caminaban a su ritmo, algunos más rápido. En su mente, Leo pensaba cómo sobrevivir las siguientes horas de clase bajo ese calor con la misma apatía que los demás. Esperaba llegar a su salón, sentarse otra vez para ver el pizarrón y soportar el sonido del ventilador. Su rutina diaria. Nada fuera de lo común. O eso es lo que pensaba.
Al llegar a las escaleras que daban directamente al pasillo de los salones de onceavo, había una congestión de alumnos. Amontonados y apretados lo suficiente para crear el sauna humano perfecto. Sobresalían cabezas humanas entre cada escalón. Luca intentó asomarse y vió que la entrada del pasillo estaba obstruida. Un par de maestras la estaban bloqueando. Y los murmullos no faltaron. La marea de gente exprimió fuera a Enrique. Salió pálido, incapaz de pararse bien y sus ojos disparando al suelo.
—No podemos pasar. —murmulló—. Tenemos el acceso bloqueado.
—Oh neta, ¿me lo juras? ¿Por eso esta congestión humana? Qué revelador, ¿eh? —bromeó Regina. Enrique rodó sus ojos como si su energía volviera de milagro y dio su mirada ya-me-las-pagarás.
—¿Qué pasó o qué? —preguntó Anita, cerrando sus toppers.
—Hay un muerto
Tres palabras. Esas tres palabras fueron suficientes para que los murmullos y bromas se silenciaran de golpe. A pesar de la voz grave de Enrique y su intento de susurrarlo disimuladamente, esas 3 palabras resonaron en eco. La energía que hace unos minutos dominaba fue succionada completamente. Especulaciones y teorías comenzaron a inundar ese ambiente.
—Wey, ¿cómo que un muerto?
—Júramelo, ¿cuánto a que la policía no llega?
—No mames…
Anita cubrió su cara mientras Rosa la abrazaba para consolarla. Regina se quedó helada, borrando su sonrisa que hace un minuto tenía. Leo y Luca se miraron sin decir ni una sola palabra. Enrique se había quedado en silencio sin decir nada para evitar que se plante más el pánico.
—Pero, ¿quién? ¿Quién está muerto? —preguntó Luca, tratando de mantenerse calmado. Su corazón latía más de lo inusual al punto que podía oír sus latidos retumbar en sus oídos. Enrique se acercó al oído de Luca. Las demás se acercaron también para escucharlo.
—El Profe Carlos. —susurró Enrique—. El Profe Carlos está muerto en nuestro salón 11-D. Lo asesinaron.








