Capítulo 1: El Ojo de la Diosa
Las arenas del Imperio de Azhar se extendían hasta donde alcanzaba la vista, abrazando ciudades de mármol blanco, palacios coronados por cúpulas doradas y oasis que parecían surgir por voluntad de los dioses.
Los habitantes de Azhar repetían una antigua leyenda.
"Cuando la diosa elija a un hijo del sol, uno de sus ojos descenderá al mundo. Quien lo posea llevará la corona... y cargará con el destino del imperio."
Durante siglos nadie había visto aquella señal.
Hasta el nacimiento del cuarto príncipe.
Arel Zafir ibn Azhar tenía apenas diez años.
Su cabello era tan rubio como el sol del desierto. Su piel morena recordaba a los antiguos emperadores y sus ojos azules parecían reflejar el cielo sobre las dunas.
Sin embargo, era su ojo derecho el que escondía el verdadero misterio.
Cuando la luz del amanecer lo alcanzaba, un delicado brillo dorado aparecía en su iris.
Los sacerdotes lo llamaban el Ojo de la Diosa Azhar.
El símbolo del soberano elegido.
Por esa razón, el Padishah anunció algo que cambió el destino del imperio.
—Desde este día... Arel Zafir será el heredero del Trono Solar.
El silencio dominó el Salón Dorado.
Los ministros inclinaron la cabeza.
Los generales golpearon el suelo con sus lanzas.
Los sacerdotes elevaron una oración.
Pero tres personas permanecieron inmóviles.
Los príncipes mayores.
El primero cerró los puños.
El segundo apartó la mirada.
El tercero sonrió con frialdad.
Ninguno aceptaba que un niño los hubiera superado en la sucesión.
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Aquella noche, Arel caminó por los jardines del palacio acompañado únicamente por su tutor.
—¿Todos me odian? —preguntó el pequeño.
El anciano tardó unos segundos en responder.
—No.
—Entonces... ¿por qué todos me miran de esa manera?
El tutor respiró profundamente.
—Porque la corona pesa incluso antes de ser llevada.
Arel bajó la mirada hacia el estanque.
Las carpas nadaban tranquilamente entre los lirios.
—No quería ser heredero.
—Lo sé.
—Solo quería que mi familia estuviera orgullosa.
El anciano sintió un nudo en la garganta.
Arel aún era un niño.
Uno que no comprendía por qué los pasillos del palacio se habían vuelto silenciosos cada vez que aparecía.
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A cientos de kilómetros, en el Reino de Valenor, el duque Kael Arden regresaba de una campaña en la frontera.
Tenía veinte años y era considerado el mejor estratega de su generación.
Su cabello negro se movía con el viento mientras desmontaba de su caballo.
—Mi señor —dijo un mensajero inclinándose—. Su Majestad solicita su presencia inmediata.
Horas después, Kael se encontraba frente al rey.
Sobre una mesa descansaba un pergamino sellado con el emblema del Imperio de Azhar.
—Ha llegado una propuesta de paz —explicó el rey.
Kael rompió el sello y leyó con atención.
Su expresión apenas cambió.
—¿Un compromiso entre casas reales?
—Sí.
—¿Con quién?
El rey respondió con calma.
—Con el heredero de Azhar.
Kael guardó silencio.
—El príncipe Arel tiene diez años. El compromiso busca garantizar la paz entre nuestros reinos durante la próxima década. No habrá matrimonio hasta que ambos sean adultos.
Kael dobló el pergamino.
Sabía que rechazar aquella alianza podía significar una guerra.
—Aceptaré por el bien de Valenor.
El rey asintió con satisfacción.
—Partirás hacia Azhar dentro de una semana.
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Los días pasaron.
Cuando Kael llegó a la capital imperial, quedó impresionado por la inmensidad del Palacio Solar.
Las puertas de bronce se abrieron lentamente.
En el centro del salón, rodeado por ministros y guardianes, se encontraba el heredero.
Era mucho más pequeño de lo que Kael había imaginado.
Sin embargo, había algo en su mirada que resultaba imposible de ignorar.
No era la mirada de un niño.
Era la de alguien obligado a crecer demasiado pronto.
Kael hizo una reverencia.
—Es un honor conocer a Su Alteza.
Arel respondió con una leve inclinación de cabeza.
—Bienvenido a Azhar, duque Kael.
Por un instante, el inmenso salón quedó en silencio.
Nadie podía imaginar que aquel encuentro, nacido de un tratado de paz, terminaría cambiando el destino de dos reinos.
Ni que el pequeño príncipe que observaba el horizonte con ojos tranquilos sería recordado, años después, como el emperador más temido de la historia.
El hombre al que las crónicas llamarían...
El Tirano de Azhar.








