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Operación cupido

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Summary

Blair nunca imaginó que terminaría en medio de un peculiar trato: ayudar a Finnick, su amigo de años, a conquistar a su hermana Adeline. Lo que parece ser un simple acuerdo se complica cuando los verdaderos sentimientos entran en juego. Blair, quien secretamente alberga sentimientos por Finnick, debe ahora navegar entre su papel como cupido y el dolor de ver al chico que le gusta suspirar por su hermana. En esta historia de amor no correspondido y descubrimientos personales, Blair deberá decidir entre cumplir su promesa como amiga o proteger su corazón. ¿Podrá ayudar a Finnick a conquistar a su hermana mientras lidia con sus propios sentimientos? ¿O descubrirá que el verdadero precio del amor es más alto de lo que imaginaba?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Blair Weiner 

—Vamos a ver —me acomodo los lentes sobre el puente de la nariz—. Lo que acabas de pedirme es que te ayude a conquistar a mi hermana.

—Sí.

—Estás loco —levantó las comisuras de mis labios en una sonrisa burlona—. Busca algo mejor que hacer, Finnick.

—Te estoy hablando muy en serio. Tú eres la única que la conoce lo suficiente para ayudarme.

—¿Por qué no haces lo que has estado haciendo hasta ahora?

—¿Qué cosa?

—Andar como un perro faldero detrás de ella —tomó uno de los libros del estante y se lo pegó en el pecho antes de seguir caminando—. Hasta ahora has hecho muy bien ese trabajo —sigo revisando el estante con indiferencia.

Finnick suelta un suspiro, claramente frustrado.

—Vamos, Weiner, me conoces bien. Jamás haría algo que lastimara a tu hermana. Ella realmente me gusta... hasta puede que la ame.

—Huh, no digas esa palabra; casi hasta vomito —encuentro otro libro que buscaba y lo levantó antes de dárselo al rubio que sigue parado a mi lado—. Carga bien los libros; si se les dobla una sola hoja, te mato.

—No te preocupes —responde con un suspiro resignado—. Volviendo al tema... ¿me ayudarás?

Me giro y me detengo justo frente a él, observándolo. Noto que ha estado haciendo más ejercicio últimamente, sus brazos se ven más fuertes, aunque sigue siendo tan alto como siempre.

—¿Y qué recibiré a cambio?

—¿A qué te refieres?

—¿Piensas que haré este trabajo gratis? —chasqueo la lengua, ladeando la cabeza mientras lo miró con fingida inocencia—. Mi querido amigo, en esta miserable y, sobre todo, lamentable vida, todo tiene un costo. Así que, dime, ¿qué me darás a cambio?

—Estás bromeando, ¿no?

—Oye, piensa muy bien lo que vas a decir —levantó un dedo señalándolo—. Yo no fui quien se acercó a alguien pidiendo ayuda para conquistar a una chica —me encojo ligeramente de hombros, disfrutando el momento.

Finnick suspira y desvía la mirada, claramente está evaluando si realmente necesita mi ayuda o no.

—Está bien... ¿Qué quieres? Pídeme lo que sea; trataré de conseguirlo.

—Mmm... aún no lo sé.

—Entonces, ¿eso significa que sí me ayudarás? —me mira esperanzado, casi emocionado.

—Mmm aun no estoy segura —entrecierro mis ojos y le doy la espalda lentamente.

—¿Por qué no?

Levanto mis hombros a la vez que tomo un libro sin mucho sentido.

—Vamos Weiner…

—Lo pensare un poco, contento.

Finnick me mira y sin un ápice de duda asiente con la cabeza.

—Entonces, adiós —me inclino para tomar los libros que le di, pero él se gira un poco para que no los alcance—. Ahora que.

Finnick me lanza una mirada pensativo.

—Promete que lo pensaras —murmura finalmente—. Prometelo.

—Es una broma —ruedo los ojos y veo que si lo dice en serio—. Bien lo prometo.

Me giro y empiezo a caminar hacia la salida de la biblioteca, mientras él me sigue cargando los libros. Finnick, al fin de cuentas, es predecible, y yo estoy más que dispuesta a aprovechar eso.

Llegó hasta la recepción, donde firmó y completó el papeleo para registrar los libros que me llevo. Normalmente no me molesto en hacer esto; le pediría a Dhalia que los buscara por mí, pero ella llegará tarde.

—Por cierto, ¿por qué no simplemente le dices que te gusta? Eso sería mucho más fácil —comentó al salir de la biblioteca y sentir el aire caliente de la mañana.

—¡¿Estás loca?! No podría… Lo intenté hace unos meses, pero no tuve el valor.

—Cobarde.

—Oye, pequeña ciega, no me llames así. Soy valiente, pero cuando se trata de Adeline…me pierdo por completo.

—Ah, falta poco para que los pájaros vuelen hacia ti y las nubes se formen en un corazón cuando hablas de ella —meto la mano en el bolsillo de mi abrigo y saco mi celular—. Como sea, luego te escribo, ya voy tarde para mi clase.

Estoy a punto de girarme e ir hacia mi facultad, que no está tan lejos, cuando Finnick me tomó de la muñeca.

—Antes de que te vayas, quiero que prometas no contarle a nadie sobre esto.

—¿Tengo cara de que le contaría a alguien? —le lanzó una mirada ofendida, y él me observa con cara de juicio—. Bien, está bien. Prometo no decirle a nadie —él me suelta, satisfecho—. ¿También hacemos lo del meñique o cómo?

—No hace falta.

—Bueno, nos vemos, perdedor.

Me alejo de él agitando mi mano y le saco el dedo del medio. Él hace lo mismo. Sé que él no es del tipo infantil, pero cuando está conmigo parece un niño pequeño y siempre sigue mis tonterías. A diferencia de cuando está con mi hermana; en esos momentos parece todo un hombre, comportándose de acuerdo a su edad.

Finnick es un amigo…si es que puedo llamarlo así. Él y mi hermana se conocieron en su último año de universidad, y desde entonces se hicieron muy cercanos. Por lo que comenta Adeline, ella lo ve como un hermano. No sé si es tonta o simplemente no se ha dado cuenta de que él está flechado por ella.

A pesar de eso, sé que Finnick ha salido con otras chicas en los últimos años. No entiendo con qué objetivo, ya que cada vez que puede, me cuenta que mi hermana es su alma gemela. Yo diría que está completamente loco de remate.

Finnick estudió administración de empresa, no era lo que quería, pero su padre lo obligo, para trabajar en la empresa familiar, si no está en su casa, está entrenando, le gusta cuidar su físico, después de todo creció jugando un deporte que lo amerita, el hockey, es común que sea popular entre las chicas, hay cientos detrás de él, con la esperanza de que en algún momento él les haga caso, pero estamos hablando de Finnick, él solo tiene ojos para Adeline, mi hermana.

Llego a mi facultad rápidamente y comienzo a subir las escaleras. No llegaré tarde, y eso me alivia; me gusta ser puntual, es algo que simplemente no puedo evitar. Una vez intenté no serlo, pero la culpa me ganó y salí de casa antes de lo planeado.

Me detengo un momento y respiró profundamente antes de entrar a clase. Tomó asiento en mi lugar de siempre, casi al final, donde a pocos les gusta sentarse. Debo admitir que lo hago más que todo para ver documentales de asesinos en serie sin que nadie me moleste. No es que la universidad no me guste; de hecho, soy bastante buena. Según algunos, tengo memoria fotográfica, así que no me esfuerzo demasiado en las clases.

El profesor entra después de unos minutos, y justo detrás de él aparece Dhalia, con sus característicos audífonos puestos, probablemente escuchando música a todo volumen. Apenas me ve, se sienta a mi lado, retirándose los auriculares.

—Debo contarte algo —me inclino con una sonrisa—. Es algo realmente bueno.

—¿Qué? ¿Se acabará el mundo o, aún mejor, ya no tendremos que venir a clases?

—Eh…no, no es eso —murmuré, mientras me ajusto las gafas con una sonrisa divertida—. Es sobre Finnick.

—Oh, eso es mucho mejor. A ver, ¿qué hizo esta vez? ¿Te llamo borracho para contarte lo mucho que le gusta tu hermana?

—No —niego con la cabeza.

Pienso por un momento en todas las veces que me he visto atrapada en medio de los dos, siendo cómplice involuntaria de Finnick.

—Entonces, ¿qué? —insistió, mirándome con curiosidad.

—Mejor esperemos a que termine la clase y te cuento.

—¡¿Qué?! No, no, no puedes hacerme esto. Quiero saberlo ya —cerró los ojos y empezó a golpearme suavemente con su dedo.

Reprimo una risa, evidentemente disfrutando de como pierde la paciencia.

—Después de clases, Dhalia.

—Ni siquiera le prestas atención al profesor.

—Tranquila, te lo contaré —abro la libreta como si fuera a tomar apuntes, como parte de mi actuación.

—Eres malvada —murmuró ignorándome y volviendo a colocarse los audífonos y recostándose sobre la mesa, lista para desconectarse de la clase.

Cierro mi libreta al escuchar que el profesor empieza a hablar y, discretamente, saco mi tableta. Me pongo solo un audífono y me acomodo para continuar viendo el documental que dejé a medias. La clase transcurre con normalidad; de vez en cuando, pauso el video para pensar en cómo ayudaré a Finnick. Aunque conozco bien a mi hermana, si él no ha logrado conquistarla en cuatro años, ¿qué espera lograr con mi ayuda?

Antes de involucrarme demasiado, debería averiguar si Adeline sigue interesada en Nate o si finalmente han roto, pero de verdad. Según entiendo, rompieron hace un mes, pero siguen viéndose a escondidas, como si nadie supiera. Al fin y al cabo, un drama innecesario.

La clase termina, y apenas tengo tiempo de colgarme la bolsa al hombro cuando Dhalia me tomó del brazo y me arrastró hacia afuera del salón. A pesar de ser más baja que yo, sigue teniendo bastante fuerza. Al llegar a la entrada de la cafetería, me suelta y se enrolla en mi brazo, pegándose con fuerza. Sé que no le gusta estar rodeado de mucha gente, pero a veces hace el esfuerzo.

—Muy bien, cuéntame todo —dice al sentarnos en una de las mesas vacías.

—¿Por dónde empiezo...? A ver... bueno, esta mañana, antes de venir a clase, aproveché para pasar por la biblioteca. Ahí fue cuando Finnick me pidió que nos viéramos. Yo le dije que sí, y después de unos minutos apareció y... pum, que me suelta que quiere que le ayude a conquistar a Adeline.

Los ojos de Dhalia se abren de par en par y su boca forma una perfecta “o”, se ve tan tierna cuando reacciona así. Empieza a parpadear, procesando la información.

—¿Estás bien con eso? —pregunta, mirándome fijamente.

—¿Por qué no lo estaría?

—¿Por qué no lo estarías...? —repite—. ¡Porque te gusta!, ¿o ya se te olvidó? —mueve sus manos con exageración.

—Sí, lo recuerdo perfectamente. Pero eso fue hace tiempo, cuando recién lo conocí. Ahora es diferente, solo lo veo como un amigo.

—Estás perdiendo la cabeza —dice, apretando los labios con escepticismo—. Corrígeme si me equivoco, pero eso de “hace tiempo” fue hace unos meses, cuando él te llamó borracho, como casi siempre, y te repitió la misma historia de siempre. Y tú... bueno, tú me llamas después para desahogarte porque admites que aún te gustaba un poco.

Desvío la mirada, intentando evadir sus ojos verdes que, cuando me miran así, siento que me ven hasta el alma.

—No recuerdo eso —digo, soltando una risa nerviosa que no ayuda en absoluto a mi caso.

—Ajá, tus ojos mienten —réplica, llevándose la mano a la nariz—. ¡Ay, Dios, ¿qué es ese olor?! Huele a mentiras y más mentiras.

—¿Quieres que lo admita? —ella asiente con la cabeza—. Está bien, puede que me guste un poco, pero ¿de qué vale? Finnick solo tiene ojos para Adeline.

—Auch —murmura—. En eso tienes razón. Pero ¿qué harás? No me digas que aceptaste ayudarlo.

—Pues… sí y no, solo le dije que lo pensaría.

—Te mato —dice, frunciendo el ceño—. Estás loca. No entiendo cómo vas a ayudar al chico que te gusta a conquistar a la chica que le gusta a él.

—Ni yo me entiendo —respondo, dejando caer la frente sobre la mesa de la cafetería—. Debería retractarme y decirle que no lo haré, pero… quiero hacerlo. A pesar de mis sentimientos, soy su amiga y quiero ayudarle como tal —levantó la cabeza y dejó la barbilla pegada a la mesa—. ¿O será que realmente estoy mal de la cabeza?

Dhalia acerca sus manos y rodea mi rostro apretando con suavidad.

—Si ese es el caso, solo estás haciendo el papel de amiga, el mismo que has hecho desde que se conocieron. Y yo, más que nadie en el mundo, sé que te importa mucho ayudar a tus amigos —inclina la cabeza, pensativa—. Pero si esto llega a afectarte, mejor corta la idea y déjala a un lado.

—¿Por qué mejor no me dices que no lo haga? Así sentiré que estoy haciendo mal.

—Ni aunque te lo diga cambiarías de opinión —me da un beso en la frente—. ¿Cuándo se van a reunir?

—No lo sé.

—Él tiene un departamento, ¿no? Pues reúnanse ahí. Después de todo, sería un poco incómodo llevarlo a tu casa, donde también está tu hermana.

—Oh, no lo había pensado así. Le voy a escribir.

Sacó el celular y le mandó un mensaje a Finnick, proponiéndole que nos veamos en su departamento. Sin duda, sería más sencillo. Si mi hermana sabe que él está en casa, no se despegaría de él.

Apenas unos segundos después de enviar el mensaje, me responde con un “sí” y un stiker gracioso.

—¿Qué te respondió? —pregunta Dhalia.

—Que sí —murmuró.

Pensar que estaría en su departamento sin mi hermana me incomodaba un poco, pero no debía afectarme, después de todo esto solo es parte del trato, no haremos nada malo, así son las cosas. Así que debo llevarme con él. Es por eso que en menos de 20 minutos con mi mente hecha un caos y miles de vocecitas dentro de mi cabeza que gritaban que me fuera de ahí, estaba parada frente a la puerta de su departamento.

Ya había estado aquí antes, principalmente en algunas fiestas a las que me invitaba y en tardes de películas a las que solía invitar a Adeline, aunque ella me traía a rastras sin que yo quisiera.

Doy un par de vueltas frente a la puerta, dudando si debería tocar o no. Si no toco, podría darme media vuelta y marcharme. Así no tendría que hacer esto. Pero, ¿y si después de esto Finnick me odia por haberle hecho creer que lo ayudaría, cuando en realidad no es así? De todas formas, no es como si fuera mi único amigo hombre… ¿a quién quiero engañar? Es mi único amigo hombre.

Qué patética soy.

—¿Qué haces ahí parada?

La voz de Finnick a mis espaldas me hace dar un pequeño salto. Me acaba de dar un buen susto.

—¿No te enseñaron a no asustar a la gente? —le digo, dándome la vuelta con la mano en el pecho—. Al menos haz ruido… ¿y a ti qué te pasó?

—Estaba en el gimnasio. Pensé que tardarías más en llegar.

Estaba rojo, seguro había hecho muchas series.

—Es que salí temprano —me hago a un lado de la puerta para dejarle espacio.

—Me hubieras avisado. Así salía más rápido y pasaba por ti.

—Y tendría que soportar tu olor a sudor. No, gracias.

Él se acerca y sacude su cabello sobre mí, dejando que varias gotas caigan encima de mi. Lo detengo, agarrándolo por la muñeca y apartándolo.

—Eso te pasa por ser grosera —dice, mientras mete la llave en la cerradura.

—No hacía falta que me ensuciaras los lentes —me quitó las gafas y las limpió—. Esto te va a costar caro.

Entré y caminé directo a la sala, donde dejó caer la bolsa sobre el sofá gris. Finnick va a la cocina y vuelve, apoyando sus manos en el respaldo del sillón. Los músculos de sus brazos se marcan a la perfección, dejando ver algunos de sus tatuajes y las venas que sobresalen.

—Me voy a bañar. Vuelvo en unos diez minutos. Puedes agarrar lo que quieras, estás como en tu casa.

—¡Guau! Vaya, sí tienes modales —me vuelvo a poner los lentes—. Tranquilo, aquí te espero.

Él se pierde en el pasillo hacia su habitación. Mientras tanto, dejo salir un leve suspiro, estirándome un poco antes de levantarme y dirigirme a la cocina, mi lugar favorito en toda la casa. Cada vez que vengo, aprovecho para comer varias cosas. La ventaja de que Finnick tenga dinero propio es que compra buena comida.

Rodeó la barra, dirigiéndome a la nevera. Al abrir la puerta de abajo, noto que tiene varias cosas deliciosas, aunque nada que sobresalga demasiado... hasta que mi vista se centra en una sola cosa: algo a lo que soy adicta. Si existieran personas que pagaran solo por tomar refresco, yo sería multimillonario. Tomo una lata y la abro, escuchando el sonido burbujeante que me hace agua la boca. Sonrío mientras muerdo el labio inferior, disfrutando del primer sorbo.

No satisfecha, me inclino hacia el compartimiento superior. Ahí hay algunas otras delicias; un gran ejemplo es el helado de frutos rojos. No lo pienso dos veces y rápidamente sacó el helado. Busco un plato hondo y me sirvo una generosa porción.

Con mi refresco y el helado, no puedo estar más contenta. Definitivamente, lo bueno de esto es la comida. Sin embargo, aunque disfrute del helado, sé que necesitará algo más pesado, o terminará muriendo de hambre.

Después de acabar el helado, lavé el plato y volví al sofá para esperar. Saco la tablet, decidida a seguir con mi documental. Estoy en una parte intensa y quiero avanzar lo más que pueda antes de que vuelva Finnick.

Él sale poco después, secando su cabello corto con una toalla. Lleva puesta una camiseta holgada de color verde olivo y unos pantalones cómodos. De inmediato noto que su expresión es una mezcla de entusiasmo y algo de nerviosismo, como si tratara de ensayar mentalmente cómo pedirme que iniciemos.

—¿Estás lista para escuchar mi plan? —pregunta, dejando la toalla colgada sobre el respaldo de una silla.

—¿Tienes un plan? —arqueo una ceja, me sorprende que haya pensado tan a fondo en esto.

—Bueno, en realidad pensé que tú podrías ayudarme a tener uno —responde.

Me cruzo de brazos, observándolo con un toque de diversión. Me preparo mentalmente para lo que viene. Después de todo, soy su amiga y estoy aquí para ayudar, aunque en el fondo no sea precisamente lo que me gustaría.

—Antes de empezar… quiero saber, ¿por qué no te le declaraste antes? Se que me dijiste que no tuviste el valor, sin embargo… no comprendo del todo.

El me mira unos segundos y agacha su rostro, aprieta su mandíbula.

—Desde que conocí a Adeline, fue como si hubiera sentido un clic instantáneo, al principio creí que era por empezar a acercarnos y tener una buena amistad, pero a medida que pasaba el tiempo me di cuenta que me estaba enamorando de ella, así que tuve miedo, no solo de poder ser rechazado, si no de que eso significaba también perderla como amiga… se que es absurdo, pero prefería verla con otra persona antes de que fuera conmigo —paso la mano por su cabeza—. Pero ahora, quiero tomar el riesgo, puede que ahora sea diferente.

—¿Diferente? —repetí.

—Sí, terminó Nate, así que eso es algo bueno, no podía avanzar si él estaba con ella.

Apretó mis labios. Porque sé que él puede que no sepa que hay una posibilidad que mi hermana y Nate, se sigan viendo. No se que tipo de relación tienen. Pero sin duda siguen teniendo encuentros casuales.

—Entonces, ¿por dónde empezamos? —le digo, con tono práctico, intentando ignorar el leve nudo en el estómago que se ha ido formando.

—No lo sé, hay cosas que quiero saber, aunque siento que ya sé las respuestas. He pasado mucho tiempo junto a ella, así que hay muchas cosas que conozco —dice, pensativo, mirándome de reojo.

—Entonces, ¿para qué necesitas mi ayuda? —le respondo, encogiéndome de hombros—. Si ya tienes todas las herramientas disponibles, solo debes usarlas a tu favor —tomó una almohada y me la pongo en las piernas.

—No es tan fácil como crees.

—Ay, ¿por qué los hombres se complican tanto? —murmuro para mí misma.

—¿Dijiste algo?

—No, solo pensaba que deberías empezar con cosas básicas sobre ella.

—Tienes razón. ¿Cómo cuáles? —me pregunta, con la expresión de alguien que está considerando cada palabra.

Me quito las gafas para pensar un poco; mantenerlas puestas cuando estoy dando vueltas a algo siempre me da dolor de cabeza, además de unas grandes náuseas. Cruzó los brazos y ladeo la cabeza de un lado a otro, buscando algún consejo que realmente le sirva.

—A ver, si tuvieras una cita con ella, ¿a dónde la llevarías? —le cuestiono.

Él se queda pensando,pero yo ya tengo la respuesta; conozco a Adeline como la palma de mi mano. Sé que ella preferiría un lugar elegante y cómodo, nada de restaurantes al paso o ambientes demasiado informales. Gracias a nuestros padres, Adeline tiene gustos bastante refinados; no le gusta caminar demasiado y es bastante específica en cuanto a la comida. No sería de las que disfruten de un picnic, y dudo mucho que le interese ir al cine. Prefiere los teatros, las cenas tranquilas o ver películas en casa, lo cual a veces me parece increíblemente aburrido.

—La llevaría al cine —dice, convencido, como si realmente hubiera tenido una revelación.

—Puf —suelto sin querer, casi riéndome—. Tú sigue, ignoráme.

—O tal vez… algo como una caminata por la ciudad de noche, y…

—Alto —levantó una mano, deteniéndolo—. ¿Estás seguro de que la conoces bien?

—Eh… bueno, ahora me haces dudar —admite, soltando una risa nerviosa.

—Esto va a tomar tiempo —comentó, apretando los labios y mentalizándome para lo que viene.

Nos quedamos ambos en silencio, pero pasó algo que no estaba en mis planes, mi barriga rugió, realmente tenía hambre y tenía que ser en ese justo momento que sonara tan fuerte.

—Sígueme —dice Finnick, levantándose en dirección a la cocina—. Si no habías comido, me hubieras dicho.

Lo sigo y me siento en una de las sillas junto a la barra de la cocina, observando cómo saca ingredientes de la despensa. Reconozco la pasta y algunos vegetales; aparentemente, va a cocinar algo rápido. Lo miro fijamente mientras enciende la estufa y comienza a preparar todo. Mientras lo veo cocinar, una idea se me cruza por la mente: a Adeline probablemente le encantaría verlo en este rol. Siempre ha sido un poco cursi, y este tipo de detalles para ella son muy románticos, se deja llevar por las películas y no estaría mal que alguien cocine para ella; es justo lo que la derrite. Es algo que Nate si ha hecho antes, cuando la iba a ver y como vivo con mi hermana, también probaba su comida, no me quejo cocina bien, pero tampoco es para alabarlo como hacía mi hermana.

De hecho, hasta ahora, no recuerdo haber visto a Finnick cocinar en ninguna de las veces que hemos venido. Normalmente pedimos algo a domicilio.

—Esto sí le gustaría… —murmuró sin darme cuenta.

Finnick levanta la mirada con curiosidad.

—¿De qué hablas?

—Ah, de qué le gustaría que le cocinaras —digo, encogiéndome de hombros.

Él hace un gesto dudoso.

—¿Tú crees?

—Estoy segurísima —repliego los brazos sobre la barra y recuesto la cabeza—. Aunque eso sí, tienes que saber cocinar muy bien, o no habrá punto a tu favor.

—No dudes de mí. Hoy tienes la suerte de que te cocino yo —responde, con una sonrisa segura.

—Claro —respondo, rodando los ojos—. ¿Y cómo va la empresa? —le pregunto para mantener la conversación.

—Todo va bastante bien, ahora quieren abrir una sección para vender ropa, apenas y se está proponiendo, pero al parecer a la directiva le parece bien la idea —comenta mientras corta las verduras con rapidez y precisión.

—¡Eso es increíble!

Me mira un segundo antes de volver a lo suyo

—¿Y tú? ¿Cómo va la universidad?

Pongo los ojos en blanco y dejó caer la mejilla sobre el mármol de la barra.

—Ni me lo recuerdes, justo ahora es lo último de lo que quiero hablar. Prefiero quedarme en casa y vivir mantenida por mis padres, si soy sincera.

Finnick suelta una risa baja y se acerca a la barra, apoyándose con un aire relajado mientras la pasta hierve a fuego medio.

—Bueno, quizás Adeline no estaría de acuerdo con eso. Pero, mientras tanto, podrías venir aquí más seguido, te haría mucha comida —me guiña un ojo, y aunque es solo una broma, no puedo evitar reír—. Hablas como si no fueras buena en la universidad, gracias a tu hermana me he enterado que ya haz trabajo con algunas revistas famosas —me señala con una cuchara, mirándome con una mezcla de reproche y diversión—. Solo debes dejar de ser tan perezosa.

—No tengo de otra; es algo genético —le respondo.

—Lo dudo mucho.

—Mejor guarda silencio si no quieres que te lance un sartén —le sonrío con sarcasmo, aunque él sabe que no estoy hablando en serio.

Luego de esa pequeña charla, Finnick siguió cocinando y yo aproveché para poner la mesa. Tenía tanta hambre que no podía apartar la vista de la comida mientras él servía las porciones. Se veía deliciosa, y el aroma era otro nivel; solo el olor bastaba para hacerme olvidar cualquier cosa.

—¡Esto huele increíble! —exclamé en un susurro.

Nos sentamos y agradecí por la comida antes de probar el primer bocado. Al momento en que la comida tocó mi paladar, me quedé sin palabras. El sabor era único, como si nunca antes hubiera probado algo igual. Estaba realmente delicioso.

—¡¿Por qué nunca me dijiste que sabías cocinar tan bien?! —le comenté entre bocados, sorprendida por el talento que desconocía.

—Ahora lo sabes —dice, mirándome con una sonrisa—. Por cierto, tienes salsa en la boca. Límpiate antes de que tengas toda la cara manchada.

Me limpio rápidamente, sintiéndome un poco avergonzada, y terminamos de comer en un cómodo silencio. Una vez saciada, me siento en el sillón y sacó el celular. Para mi sorpresa, tengo varias llamadas perdidas de Adeline. Supongo que, al no encontrarme en casa, se imaginó lo peor; las preocupaciones de una hermana mayor nunca parecen disminuir.

Marco su número, poniéndome el celular entre la oreja y el hombro.

—¿Blair? —responde casi de inmediato—. ¿Dónde estás? ¿Por qué no has vuelto a casa?

—Me secuestraron —bromeo, sonriendo para mis adentros—. Me han permitido una llamada antes de encerrarme para siempre.

—No digas esas tonterías —responde con un suspiro—. Estaba preocupada; estuve a punto de llamar a Dahlia.

—Tranquila, estoy bien. Solo me rompí… déjame ver… sí, solo me rompí una pierna.

—Blair, es mejor que pares o juro que voy hasta donde estás.

—Como sé que eres capaz de hacer eso… —veo a Finnick llegar y recostarse en el sillón jugando con una almohada—, prefiero no arriesgarme a ese extremo.

—Ahora dime la verdad, ¿dónde estás? ¿Quieres que pase por ti?

—No te preocupes —respondí, lanzandole una mirada a Finnick.

—¿Estás segura? Bueno, entonces vuelve pronto.

—Está bien, estaré en casa en unos minutos.

Cuelgo y me pongo de pie, recogiendo mi bolso y acercándome a Finnick, que parece estar a punto de quedarse dormido en el sillón. Levantó un pie y le doy un toque suave para que abra los ojos.

—Si estás muy cansado, pediré un taxi —digo, buscando mi celular—. Ya me alimentaste, así que por hoy estamos a mano.

Apenas empiezo a girarme hacia la puerta, escucho sus pasos detrás de mí. Rápidamente está de pie y listo con las llaves y un abrigo en mano, dándome una mirada que mezcla cansancio y paciencia.

—Ya, vamos —dice con una media sonrisa.

Salimos hacia su auto, y yo me subí de copiloto. Me ajusté el cinturón mientras él encendía el motor. El trayecto fue tranquilo, sin contratiempos. Después de unos minutos, llegamos frente a mi casa. Me dejó justo al lado del portón.

Tomé mi bolso y desabroché el cinturón. Me despedí de Finnick, quien quedó parqueado hasta que entrara. Lo vi irse mientras cerraba la puerta detrás de mí.

—¡Buenas noches! ¡Ya llegué! —anunció en voz alta al entrar, arrastrando los pies mientras subía las escaleras.

Apenas llegué a la mitad del camino, Adeline apareció de la nada, tomándome de la muñeca y llevándome al sofá del segundo piso.

—¿Qué sucede? ¿Por qué me arrastras de repente? —le preguntó, confundida.

—Acaso… ¿te trajo Finnick o vi mal? —preguntó con sus ojos brillando con curiosidad.

—Ah, eso. Sí, él me trajo. ¿Por qué? —respondí, tratando de sonar despreocupada.

—¿Tú y él…? —dejó la frase en el aire, levantando una ceja con una sonrisa insinuante.

—¡No! Claro que no —exclamé, rodando los ojos. Sin embargo, al ver su expresión, no pude evitar reír un poco—. ¿De dónde sacaste esa idea?

Adeline se encogió de hombros, recostándose en el sofá y lanzándome una mirada que mezclaba curiosidad y diversión.

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