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PROBLEMAS DE FAMILIA

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Summary

Austin, Texas, ha caído. Un misterioso líquido convierte a una abuela, su hija y su nieta en gigantes colosales. Con una fuerza imposible y un hambre insaciable de poder, las tres someten la ciudad a su voluntad. Michael Winters y sus amigos deberán sobrevivir al mayor error de su familia antes de que no quede ningún lugar donde esconderse.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

CONOCIENDO A LA FAMILIA

I

Michael Miller conducía en silencio por la carretera desierta que se extendía como una herida gris hacia Austin, Texas. El asfalto absorbía el calor del atardecer y lo devolvía en ondas visibles que distorsionaban el horizonte. A su lado, en el asiento del copiloto, Julia Smith observaba el paisaje sin realmente verlo. Tenía veintitrés años, el cuerpo delgado, la piel clara y un largo cabello negro que le caía en mechones pesados sobre los hombros y la espalda. Sus ojos, de un marrón oscuro, parecían cansados.

En el asiento trasero viajaban cuatro personas más.

Marcus Ferguson, de veinticuatro años, ocupaba el lado izquierdo. Era alto, de complexión atlética y piel oscura; las rastas le caían desordenadas sobre los hombros y el cuello. Tenía la mandíbula marcada y una postura firme. Trabajaba como profesor de educación física en una escuela de Oregon. A su lado iba su novia, Samantha “Sammy” Rogers. De piel clara, cabello castaño recogido en una coleta imperfecta y rasgos delicados. Estudiaba medicina en la Universidad de Oregon y aún conservaba esa expresión concentrada de quien está acostumbrada a no perder ningún detalle.

Los dos últimos eran Daniel Mellows y Rebeca Smith. Daniel, de la misma edad que Julia, tenía el pelo corto y un poco rebelde, el rostro alargado y una complexión física delgada. Trabajaba como mesero en un restaurante y llevaba en los hombros esa tensión discreta de quien lleva demasiado tiempo sirviendo a otros. Rebeca, de veintiún años, era la hermana menor de Julia. Compartían el mismo cabello oscuro, aunque el de ella era un poco más rizado, y unos ojos más vivos, menos gastados por el cansancio. Estudiaba veterinaria en la misma universidad que Sammy.

Michael y Julia se habían conocido entre pasillos fluorescentes y cajas registradoras de un supermercado. Ninguno de los dos había conseguido entrar a la universidad. Sin un plan claro y con el tiempo encima, terminaron trabajando para una de esas grandes cadenas que consumen días enteros a cambio de sueldos injustos. Llevaban poco más de un año juntos, el tiempo suficiente para conocerse bien y, al mismo tiempo, para empezar a preguntarse en silencio hacia dónde se dirigían realmente.

El motor del auto ronroneaba de forma constante mientras la carretera seguía abriéndose delante de ellos, larga, vacía y silenciosa.

El objetivo del viaje era asistir a una reunión familiar de los Winters, el apellido por parte de su madre. En cualquier otra circunstancia, Michael habría rechazado la invitación sin pensarlo dos veces. Pero esta vez era distinto.

El tío Bob había muerto de un infarto fulminante. El hombre bonachón y siempre risueño de la familia ya no estaba, y todos los sus conocidos debían reunirse para despedirlo. Incluso si eso significaba que Michael tuviera que romper la promesa que se había hecho a sí mismo años atrás: no volver a pisar Austin. Una promesa que había cumplido desde que se marchó a Oregón a los dieciocho años.

El motivo de sus peores recuerdos en Austin se materializaba en tres figuras concretas: su abuela, su madre y su hermana menor. Había vivido solo con ellas. El padre de Michael murió en un accidente de automóvil cuando este apenas tenía un año. Su hermana nació dos años después que él, pero con el tiempo las cosas solo se volvieron más difíciles.

El tío Bob había sido un faro en medio de aquella oscuridad. Mientras su abuela y su madre lo miraban con desprecio y lo trataban como a un bueno para nada, Bob le mostraba un aprecio genuino. Lo llevaba al parque o al cine, le ayudaba con las tareas de la escuela y, de vez en cuando, le regalaba alguna pequeña cosa que a Michael se le quedaba grabada como un gesto enorme.

El auto atravesó el letrero que daba la bienvenida a Austin y se adentró en la ciudad. Veinte minutos después se detenían frente a la casa de la matriarca de los Winters.

—Ya estamos aquí —dijo Michael.

—Parece que está toda la familia de tu madre —comentó Marcus, asomándose un poco.

Michael sacó la cabeza por la ventana y observó la cantidad de vehículos estacionados a lo largo de la calle y en la entrada.

—Supongo que también habrá amigos de la familia. El tío Bob era muy conocido por aquí —añadió.

Julia lo miró de reojo.

—¿Te sientes bien?

—Sí, claro. Sin problema. Todo bien —respondió él con una sonrisa que no terminaba de afirmarse.

—Si algo te molesta o te incomoda, dímelo —insistió ella en voz baja.

Desde el asiento trasero, Daniel se removió con impaciencia.

—¿Podemos dejar toda esta asquerosa cursilería y bajar de una vez? Me estoy orinando.

—Por eso no tienes novia —le soltó Sammy entre risas.

—¿Y yo para qué quiero novia? Estoy perfectamente bien solo —replicó Daniel.

—Ya, basta. No empiecen —intervino Julia, adoptando ese tono de autoridad que usaba cuando el grupo amenazaba con desordenarse—. Bajemos y entremos. Y recuerden sus modales.

Michael fue el primero en bajarse del auto. Julia lo siguió, y detrás de ellos el resto del grupo. Caminaron juntos hacia la entrada de la casa. Michael tocó la puerta y, tras unos segundos, esta se abrió.

Del otro lado apareció una mujer de proporciones extremas.

Tenía el cabello corto, de un rubio desgastado por los años, y la piel blanca, tersa y cuidadosamente mantenida. Su vientre era sorprendente: plano, firme y esbelto, fruto evidente de años de disciplina física. Esa estrechez en la cintura solo hacía más brutal el contraste con el resto de su cuerpo.

Sus muslos eran gruesos, pesados, de una densidad casi obscena. Se ensanchaban con fuerza desde las rodillas hasta unas caderas desmesuradas, creando una silueta imposiblemente curva. Encima de ellos, los glúteos se alzaban enormes, redondos y repletos, tan voluminosos que tensaban cualquier tela que intentara contenerlos. Cada leve movimiento hacía que aquella masa se removiera con un peso tangible, lento y pesado.

Pero lo verdaderamente descomunal estaba en su pecho.

Sus senos eran colosales. Dos masas gigantescas, pesadas y erguidas que dominaban por completo su torso. No tenían la firmeza artificial de unos implantes: eran carne natural llevada a un extremo casi grotesco, víctimas de una macromastia descontrolada.

Cada uno alcanzaba un tamaño descomunal, fácilmente superior a un Z-cup, con un volumen tan extremo que cualquier comparación resultaba insuficiente. Eran senos de varios kilos cada uno, carne natural hinchada hasta un punto casi grotesco por una macromastia descontrolada. Se proyectaban hacia adelante con una presencia abrumadora, redondos y repletos, manteniendo una forma levantada a pesar del peso brutal que cargaban

El peso era imposible de ignorar. Cada seno tiraba hacia abajo con una gravedad propia, hundiendo profundamente las tiras del top y dejando surcos rojizos en los hombros. Al respirar, ambos se movían con lentitud pesada, un balanceo denso y cargado, como dos sacos de carne caliente que se arrastraban uno contra el otro.

Cada uno de ellos era una montaña biológica de volumen absurdo, con venas marcadas bajo la piel clara y una pesadez que parecía tirar hacia abajo a pesar de su forma levantada. El escote que formaban era profundo, imposible de ignorar, y la tela del top a rayas rojas y negras apenas lograba cubrirlos, hundida entre aquella abundancia desmedida.

En el centro de cada seno, los pezones sobresalían de forma imposible de ignorar. Eran enormes, gruesos y oscuros, hinchados y protuberantes, mucho más grandes de lo que la anatomía normal permitiría. Se alzaban firmes sobre areolas anchas y expandidas, contrastando contra la piel clara con una presencia casi obscena. Incluso bajo la tela del top, su forma se marcaba con claridad, empujando el tejido hacia afuera.

Era un cuerpo construido a base de excesos biológicos: cintura estrecha, caderas anchas, muslos poderosos y un pecho tan extremo que parecía desafiar la anatomía misma.

—Oh, Michael. Qué bueno que viniste —dijo la señora.

—Hola, abuela. Lamento mucho lo del tío Bob —respondió Michael con frialdad.

Julia y los demás se sorprendieron al escuchar que aquella mujer era la matriarca de la familia. Y no era para menos: se veía demasiado bien y en forma para tener setenta años.

—Chicos, esta es mi abuela, Valeria —les presentó Michael.

—Un placer —dijo Valeria con una sonrisa.

Los muchachos saludaron y se presentaron uno por uno antes de entrar a la casa.

El interior de la vivienda era lúgubre y oscuro, con un aire pesado y poco agradable. El lugar estaba lleno de personas de todas las edades: niños pequeños que jugaban en consolas o con tabletas, adolescentes absortos en sus celulares y adultos que, en su mayoría, conversaban sobre los viejos tiempos. Algunos eran familiares del fallecido tío Bob; otros, simples conocidos o amigos.

—¿Por qué no nos dijiste que tu abuela tenía las tetas gigantes? —le susurró Daniel a Michael—. Casi me da una erección allá afuera.

—Son bastante grandes, la verdad —añadió Marcus, como quien no quiere la cosa.

Sammy no dudó en asestarle un codazo a su novio al escucharlo.

—¿Qué? Solo estoy diciendo la verdad —se defendió Marcus.

—No pensé que fuera necesario mencionarlo —dijo Michael con sequedad.

—¿Puedo sentarme por allá? —preguntó Rebeca—. Me siento un poco mareada por el viaje y necesito poner el celular a cargar.

—Claro, adelante. Siéntete como en casa —respondió Michael.

—Bien. No tomará mucho tiempo.

Rebeca se separó del grupo y fue a sentarse en uno de los sofás de la sala. Conectó ó su celular del tomacorriente y empezó a revisar sus redes sociales.

Segundos después, una enorme sombra cayó sobre ella.

—Disculpa, estás en mi sofá —se escuchó una voz femenina.

El mueble era bastante grande, suficiente para que cuatro personas se sentaran con holgura.

—Hay espacio suficiente para ambas —respondió Rebeca.

—No, no lo hay —replicó la mujer.

Rebeca alzó la mirada y se encontró con una presencia abrumadora.

La mujer que tenía delante era enorme en todos los sentidos. Una venus de piel bronceada, labios carnosos y cabello negro con un flequillo recto que le llegaba hasta el inicio del cuello. Su cuerpo tenía una forma de pera perfecta y exagerada: voluminoso, rollizo, de curvas pesadas y generosas. A diferencia de Valeria, su cintura era ancha, suave, con una pequeña zona de grasa que se acumulaba en los costados y en el bajo vientre, sin llegar a ocultar la desmesura que venía debajo.

Sus pechos eran increíblemente gruesos y pesados. Aunque no alcanzaban el tamaño extremo de los de Valeria, seguían siendo colosales: dos masas amplias, más caídas y acuosas, de aspecto suave y maleable, como si estuvieran hechas de una carne densa y flexible.

Pero el verdadero exceso estaba en su parte inferior.

Sus muslos eran extensos, gruesos y gelatinosos, de una suavidad que delataba la falta de tonificación. La carne se desbordaba con peso propio, ancha y abundante, hasta el punto de que una sola de sus piernas parecía rivalizar con el torso completo de Rebeca. Se rozaban entre sí con cada mínimo movimiento, pesados y calientes.

Y entonces estaba su trasero.

Era desmesurado. Descomunal. Dos planetas de carne y grasa suave que se proyectaban hacia atrás con una arrogancia casi imposible. Redondos, enormes y pesados, se alzaban con una plenitud obscena, separándose apenas en el centro por el profundo surco que formaban. La piel se tensaba sobre aquella masa, pero aún así temblaba con cualquier desplazamiento, delatando lo blanda y abundante que era. Entre la cintura ancha y el arranque de aquellos glúteos colosales se medían ochenta y un pulgadas de contorno: una cifra que abandonaba lo natural y se adentraba de lleno en lo excesivo.

El trasero de aquella mujer no se comportaba como carne ordinaria. Era una masa con voluntad propia, una acumulación de carne y grasa tan densa y abundante que parecía generar su propio campo gravitatorio. Cada nalga se alzaba como una cúpula imperfecta, abultada y pesada, con esa curva exagerada que empezaba demasiado arriba y terminaba demasiado abajo, obligando a la mirada a seguir el contorno completo sin poder detenerse.

Cada gluteo era una esfera imperfecta de poder blando, una masa que no solo ocupaba espacio, sino que lo reclamaba. Cuando ella se movía, la carne no se limitaba a temblar: se expandía en ondas lentas y profundas, como si un mar espeso y cálido se agitara bajo la piel. El peso real de aquellos glúteos se sentía en el aire, una gravedad propia que hacía que el suelo pareciera ceder un milímetro cada vez que ella desplazaba el peso de un pie al otro. Eran tan densos que, al sentarse, la grasa se desparramaba hacia los lados y hacia atrás en un desborde lento y inevitable, formando un continente de carne que tardaba segundos en recuperar su forma original.

Aquel trasero eran tan grande que resultaba casi violento solo con existir. Tan grande que convertía el resto del cuerpo en un accesorio. Era el tipo de magnitud que no se podía ignorar.

Ni disimular.

Ni olvidar.

Rebeca desconectó su celular y se puso de pie con rapidez. En cuanto dejó libre el asiento, la mujer enorme se dejó caer sobre el sofá con un estruendo sordo que hizo temblar el mueble y vibrar el piso debajo. Su trasero colosal se expandió al impacto, ocupando la totalidad del sofá de un solo movimiento. Los jeans azules se tensaron hasta el límite, hundidos entre aquella masa casi imposible de contener, estirados con violencia sobre cada curva desbordante.

—No te he visto por aquí. ¿Cuál es tu nombre? —preguntó la mujer, acomodándose con pesadez.

—Me llamo Rebeca. Vine con Michael. Unos amigos y yo lo estamos acompañando —respondió ella.

—Oh, así que Michael está aquí —dijo la mujer con una sonrisa leve—. Yo soy su madre. Mucho gusto. Mi nombre es Andrea Winters.

En ese momento Michael y los demás aparecieron detrás de Rebeca.

—Hola, mamá. Tiempo sin vernos —dijo Michael.

Andrea se levantó del sofá con una rapidez que resultaba casi incongruente con el peso enorme de sus piernas y su trasero. El mueble crujió al liberarse de aquella masa, y en un solo movimiento envolvió a su hijo en un abrazo apretado.

—Oh, hijo mío. Me alegra tanto volver a verte después de todos estos años —dijo contra su cabello, apretándolo contra su cuerpo.

Michael correspondió el abrazo con frialdad, rígido entre aquellos brazos.

—Es bueno verte a ti también —mintió.

Andrea se separó apenas lo suficiente para mirarlo de arriba abajo, todavía sujetándolo por los hombros.

—Estás hecho todo un hombre —dijo con una sonrisa—. Te extrañe bastante. ¿Por qué no llamabas?

—Tengo una vida muy ocupada —dijo Michael—. Por cierto, déjame presentarte a mis amigos.

El grupo saludó a Andrea con amabilidad, cada uno diciendo su nombre. Después tomaron asiento y empezaron a conversar entre ellos, llenando la sala con un murmullo ligero.

Hasta que, de pronto, una voz femenina, fuerte y explosiva, irrumpió en el ambiente:

—¡Hola, hermanito!

Todos voltearon al mismo tiempo.

En el umbral había aparecido una mujer joven de cabello rojo, largo y rizado. Tenía la piel color canela, ojos negros y un rostro salpicado de pecas que le daban un aire salvaje. Su figura, al igual que las de su madre y su abuela, era una oda a la exageración… pero en una versión más joven, más tensa y más agresiva.

Su cuerpo era un reloj de arena llevado al extremo. La cintura se hundía estrecha y marcada, casi ofensiva en lo delgada que resultaba comparada con lo que había arriba y abajo. Encima, sus pechos se alzaban enormes, firmes y pesados, redondos como dos melones hinchados por la juventud. No alcanzaban la desmesura enferma de los de Valeria, pero tenían una proyección potente, alta y orgullosa.

Más abajo, las caderas se abrían anchas y pronunciadas. Sus muslos eran gruesos, densos y carnosos, tan voluminosos que se tocaban entre sí al caminar. Tenían peso, pero también una firmeza joven que los hacía verse poderosos.

Y entonces estaba su trasero.

Si el de Andrea era una masa pesada y ancha, el de su hija eran dos globos enormes, altos y proyectados hacia atrás. Redondos, firmes y claramente separados, se movían con un rebote corto y pesado a cada paso. No se veían suaves ni caídos: se veían grandes, tensos y difíciles de ignorar.

Setenta pulgadas de trasero gordo y colosal que se sentían incluso antes de verse. Era un peso real, una densidad que empujaba el aire y obligaba al espacio a reorganizarse a su alrededor. Cada nalga era una masa pesada y abundante, tan llena de carne que parecía generar su propia gravedad. Al caminar, el movimiento no era ligero ni decorativo: era un desplazamiento de volumen puro, una ola lenta y espesa que hacía temblar la tela y dejaba una sensación de impacto en el suelo.

Visto de cerca, el surco que los dividía era profundo y definido, una hendidura oscura que acentuaba todavía más la independencia de cada nalga. Parecían dos entidades separadas, dos globos de carne compacta que se rozaban apenas en el centro antes de separarse de nuevo. Cuando ella caminaba, la luz se deslizaba sobre la superficie tensa, subrayando cada contorno, cada microtemblor, cada segundo en que aquella carne se negaba a pasar desapercibida.

La carne era caliente. Densa. De esa clase de suavidad que se hunde bajo los dedos y tarda en volver. Cuando ella se movía, el trasero reaccionaba con retraso, como si la grasa tuviera memoria y se negara a seguir el ritmo de los huesos. Subía apenas, se detenía un instante y luego caía con un peso sordo y contundente, un rebote corto pero cargado de masa que hacía vibrar todo a su alrededor. En conjunto, su cuerpo parecía una versión más joven y agresiva del exceso que ya corrían por la familia.

Su nombre era Rachel, hija de Andrea y hermana menor de Michael.

Llevaba unos leggins negros tan apretados que la tela se tensaba hasta el límite alrededor de sus caderas anchas y sus muslos gruesos. La camiseta blanca, corta, se estiraba sobre el volumen de su pecho y dejaba a la vista su ombligo.

Michael se puso de pie… y se quedó quieto.

Para su sorpresa, ahora medía exactamente lo mismo que su hermana, a pesar de ser dos años mayor. Pero el contraste era brutal: el cuerpo de Rachel era más ancho, más pesado, más lleno. Donde él era más angular, ella era pura masa y curvas densas.

Ella se abalanzó sobre él sin aviso.

—¡Hace mucho que no nos veíamos, hermanito! ¡Te recordaba mucho más grande! —dijo Rachel, riendo, mientras lo envolvía con los brazos.

El impacto fue inmediato. Su cuerpo enorme se estrelló contra el de Michael con todo su peso. Los senos pesados se aplastaron contra su pecho, el vientre suave pero voluminoso empujó el suyo hacia atrás, y las caderas anchas lo rodearon, casi encerrándolo. Cada movimiento de Rachel hacía que su volumen se desplazara sobre él, pesado, ineludible. El leggins negro crujía bajo la tensión de sus muslos al apretarse, y el simple hecho de respirar hacía que su pecho subiera y bajara con una fuerza que lo comprimía un poco más.

Michael sintió cómo el aire se le escapaba del pecho. No era un abrazo. Era una aplastante demostración de tamaño.

—Y yo te recordaba más pequeña —logró decir, la voz ahogada por la presión de aquel cuerpo.

Rachel no se separó. Al contrario: se apretó todavía más, usando su propio peso para mantenerlo inmóvil, como si disfrutara de lo fácil que resultaba dominarlo solo con su masa.

Luego de separarse, los compañeros de viaje de Michael se acercaron y hablaron un poco con Rachel.

—¿Y en qué trabajas? —preguntó Julia, intentando sonar casual.

Rachel se encogió de hombros, sin ningún tipo de vergüenza.

—Tengo un OnlyFans —respondió con total despreocupación—. Me da para vivir y darme algún que otro lujo. Lo veo como un trabajo cualquiera.

Julia parpadeó, claramente sorprendida, y forzó una sonrisa un tanto tensa.

—Claro… es una forma de verlo.

Hubo un silencio breve e incómodo antes de que la conversación se dispersara.

Media hora después, todos se habían arreglado y vestido con ropa formal. Trajes oscuros, vestidos negros y zapatos impecables. Estaban listos para acudir al entierro del tío Bob.

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