Prólogo
Dicen que los mayores escándalos de la sociedad no nacen de los pecados, sino de los rumores.
Una mirada demasiado larga. Una conversación escuchada a medias. Una puerta cerrada en el momento equivocado. Eso es todo lo que necesita la sociedad para construir una historia, adornarla con detalles inexistentes y repetirla hasta convertirla en verdad. Las habladurías viajan más rápido que cualquier carruaje. Cambian destinos y condenan a inocentes sin necesidad de una sola prueba.
Después de todo, las historias más peligrosas no son las que ocurrieron.
Son las que todos decidieron creer.
En la penumbra de Manchester Square donde se devora reputaciones para desayunar, dos almas rotas arrastraban cadenas invisibles, completamente ajenas al hecho de que estaban a punto de colisionar.
La tormenta rugía afuera cuando el carruaje de los Sunderford había pedido ayuda a Dane Frostcrook. No hubo cortejo. Ni cartas de amor y mucho menos miradas cómplices de amor. Solo dos madres desesperadas detrás de todo y dos jóvenes arrastrados al matadero de las apariencias.
Cuando las puertas del salón se abrieron, sus miradas se cruzaron con la decisión clara.
Él la vio: demasiado brillante, demasiado ruidosa, con una luz que le resultaba ofensiva para el invierno que él llevaba dentro. Pensó que era una imprudente dispuesta a arrastrarlo a su circo del que no quería participar.
Ella lo vio: demasiado frío, absurdamente arrogante, con unos ojos que la juzgaban y la condenaban sin conocerla. Pensó que preferiría el exilio antes que someterse a la amargura de ese hombre.
Sobre la mesa de caoba descansaba un documento que no hablaba de promesas eternas, sino de límites. Cero lazos emocionales. Un contrato diseñado para salvar sus vidas, pero que, sin saberlo, se convertiría en la grieta por la que terminarían escapando todas las verdades que habían pasado un tiempo ocultando.
Dane Frostcrook mojó la pluma en la tinta. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella con una advertencia silenciosa.
—Esto no es un matrimonio, señorita Sunderford —susurró él, con una voz que arrastraba el frío de los últimos cinco años—. Es una tregua. No me pida más que mi apellido, porque no me queda nada más para dar.
Aribel sostuvo su mirada, tragándose el temblor de sus manos y firmando con una caligrafía perfecta.
—No se preocupe, Conde Frostcrook. Su apellido es lo único que me interesa. Su corazón puede quedárselo; dudo que quepa en un lugar tan oscuro.
La trampa estaba pactada. La mentira estaba escrita.
Ninguno de los dos imaginaba que, detrás de las máscaras de frialdad y las sonrisas fingidas, sus secretos estaban peligrosamente cerca de encontrarse, obligándolos a decidir si destruirse mutuamente... o salvarse juntos.
L.I.A.M








