UN
Qué pesada es mi jefa.
Al final tendré que darle la razón a media oficina y aceptar que ella y Sergio, el guapo de la empresa, tienen sus queberes. Intentaba no ser malpensado ni entrar en la ruleta de chismes en la que todos han caído, pero la realidad supera cualquier rumor Desde enero trabajo en Keller industries, una corporación francesa. Soy el asistente de la directora de delegaciones y, aunque el trabajo me gusta, la explotación es constante. Solo le falta encadenarme al escritorio y tirarme un pedazo de pan para comer. Cuando por fin terminó la montaña de informes que me exigió para mañana, los dejo en su oficina y salgo sin mirar atrás. Necesito despejarme o terminaré en los periódicos como el asesino en serie de jefes egolatras. Son más de las once de la noche.
En la calle cae un aguacero tremendo. corro hacia el estacionamiento subterráneo donde me espera mi fiel palomito, un toyota corolla 2020. Entro al garage empapado y le doy al control remoto; el auto parpadea sus luces en bienvenida. Me meto rápido. No soy miedoso, pero no me agradan los estacionamientos tan solitarios a estas horas. Inconscientemente empiezo a recordar películas de terror donde el tipo de negro aparece de la nada
Ya resguardado, aseguró las puertas, sacó un pañuelo de mi mochila y me secó la cara. Cuando voy a meter las llaves en el contacto, se me resbalan de las manos. Maldigo en penumbra y me agacho a buscarlas. Toco el suelo con las manos, esquivo un paquete de chicles olvidado y por fin las encuentro. En ese momento escuchó unas risas cercanas y me asomo con cuidado por la ventana
Entre risas y complicidad veo acercarse a mi jefa y a Sergio. Se ve que se la están pasando a todo dar, lo cual me molesta un poco; yo trabajando hasta casi medianoche y ellos de fiesta. De pronto, se apoyan en la columna contigua y se besan, escondido en el interior de mi carro para no ser descubierto, contengo la respiración, si se dan cuenta de que estoy aquí, me muero de vergüenza. De repente, mi jefa suelta su bolsa y le toca la entrepierna a Sergio con total decisión. El le responde metiendo la mano por debajo de su falda, la empuja contra la columna y comienza a presionarse contra ella.
Quiero marcharme, pero estoy atrapado.Si me muevo, sabran que los he cachado, así que me quedó agazapado, mirando la escena sin poder evitarlo. Sergio la obliga a darse la vuelta, la apoya sobre el capó del auto de al lado y le baja la ropa interior. Escuchó que le pregunta qué quiere que le haga, y ella murmura algo, totalmente entregada a la causa. Entonces le abre las piernas y se acerca a su sexo para estimularla con la boca. Ella suelta un gemido y yo me tapo los ojos por instinto, la curiosidad termina ganándome. Veo cómo se incorpora, la agarra del cabello y mueve sus dedos con un ritmo que haría suspirar a cualquiera. Respiro con dificultad. Esto me supera.
Por mucho que me cueste admitirlo, presenciar esto me esta poniendo frenético. Mis relaciones sexuales suelen ser normales, tirando a predecibles, así que ver algo tan explícito en vivo me esta excitando. Sergio se baja el cierre del pantalón, saca su miembro y se introduce en ella de una sola estocada. Noto mis pezones duros y de pronto me doy cuenta de que deslice la mano por debajo de mi camisa sin pensarlo. La retiró de inmediato, aunque mi cuerpo protesta. Minutos después, tras varios gemidos, ambos se recomponen, suben a su vehículo y se van. Respiro aliviado.
Cuando vuelvo a quedarme solo en el estacionamiento, me incorporo en el asiento. Me tiemblan las manos y las rodillas, y mi respiración sigue acelerada. Cierro los ojos un momento para tranquilizarme mientras imagino lo que sería tener una experiencia de ese calibre. Diez minutos después, salgo de ahí. Me voy a tomar unas cervezas con mis amigos, porque definitivamente necesito enfriar la mente.








