CAPÍTULO 1 EL RITMO DE UNA VIDA
Es increíble la energía que puede llegar a tener un joven de veintitrés años. En aquellos días, antes de que todo empezara, era un estudiante de Grado Superior. Estudiaba Electrónica y no se me daba nada mal: las buenas notas llegaron y, con ellas, nuevas responsabilidades. Ahora tenía que hacer las prácticas empresariales y, en efecto, las empecé. Pero había un problema: no eran remuneradas, por lo que, si quería dinero para subsistir, debía buscarme un trabajo paralelo.
Tras numerosos intentos fallidos, mi padre decidió ayudarme. Me dijo que hablaría con un buen amigo suyo, gerente de un restaurante en Les Gavarres. No pasó mucho tiempo hasta que me llegó la noticia de que tenía una entrevista. Cuando llegó el día, acudí un poco más tarde de lo acordado. Allí me recibió Musta, el gerente. Vio que no tenía mucha experiencia laboral, pero sí muchas ganas de salir adelante, así que no se lo pensó mucho y accedió a darme el trabajo.
Yo estaba sumamente nervioso. Miraba la carta y me preguntaba cómo demonios iba a aprenderme todos los platos tan rápido, pues el puesto que se me había asignado era el de cocinero. En ese momento salió un trabajador que iba al vestuario; me vio agobiado y se acercó a tranquilizarme. Su nombre era Alejandro. Me dijo que fuera poco a poco, que no me preocupara, pues tendría un equipo que me ayudaría en el proceso. Sus palabras me sirvieron de consuelo; además, era un compatriota: venía de Colombia, al igual que yo, y eso me dio ánimos.
Me fui del local, cerré la puerta y me di la vuelta para mirar el letrero luminoso: Foster’s Hollywood. Sonreí aliviado pensando que había encontrado mi salvación. No tenía ni la menor idea de que acababa de cruzar la puerta de entrada al infierno.
La vida se había vuelto implacable. Madrugaba para ir a las prácticas, asistía a clases por la tarde y por la noche trabajaba en el restaurante. No tenía ni un segundo de descanso, algo que admiraba mi amiga Tania. Era una chica delgada y rubia que regentaba un bar justo debajo de mi casa. Solía bajar allí a tomarme unas cervezas y aprovechábamos para desahogarnos mutuamente. Entre largas charlas envueltas en el tenue humo de porros de chocolate compartimos risas, lágrimas y recuerdos. Se creó un vínculo tan fuerte que llegué a enamorarme de ella, aunque, por desgracia, fue un amor no correspondido. Aun así, seguí adelante conservando su amistad: salimos de fiesta, disfrutamos la vida y vivimos la juventud en todo su esplendor.
Con el tiempo logré terminar mi primer año de estudios. La empresa donde hacía las prácticas me ofreció un contrato y acepté, pero me negaba a dejar mi trabajo en el restaurante. Al igual que me ocurrió con Tania, con mis compañeros de la cocina había formado un lazo muy especial.
Allí había empezado desde abajo, lavando platos. El agua me dejaba las manos arrugadas como si hubiese estado en la piscina durante horas; los platos parecían infinitos, no paraban de llegar y formar montañas. Sin embargo, con el tiempo y con los zapatos mojados, me fui volviendo mucho más veloz, tanto que hasta me daba tiempo de bailar y bromear con las camareras. En cuanto el jefe de cocina, Larbi, vio que ya iba sobrado, empezó a dejarme más tiempo en los fogones. Para ese momento ya me sabía la mayoría de los entrantes, pero aún me faltaban los platos principales. Todavía me quedaba mucho camino por recorrer, pero lo podía sentir: este trabajo era diferente al de la electrónica.
En la electrónica estaba rodeado de gente mayor y tenía que interpretar planos o construir máquinas. En la cocina no; la cocina era adrenalina pura. Y me gustaba porque allí todos estábamos en el mismo barco. El trabajo en equipo era esencial, y lo más placentero era el ritual que teníamos al terminar la jornada: nos reuníamos en las mesas de afuera y contábamos anécdotas mientras bebíamos, comíamos y fumábamos. Era un momento de desconexión del trabajo, pero de profunda conexión con los compañeros. Y yo me negaba a renunciar a ese sentimiento de pertenecer a algo.








