Capítulo 1
Mer🌺
Mentirle a mi familia nunca estuvo en mis planes. Mucho menos inventarme un novio. Pero cuando un médico te dice que el tiempo de la persona que más amas se está acabando, la moral deja de ser tan importante.
Días antes, Febrero.
El sol de la mañana se colaba por los enormes ventanales de mi oficina, iluminando las carpetas apiladas sobre el escritorio y los ramos de flores recién cortadas que esperaban ser enviados al área de fotografía.
El constante sonido de teléfonos, teclados y conversaciones era, curiosamente, mi lugar seguro.
Aquí todo tenía solución.
Los pedidos se organizaban.
Los clientes negociaban.
Las campañas se planificaban.
Las flores nunca hacían preguntas incómodas sobre mi vida sentimental.
Y eso era un enorme alivio.
Frente a mí, la pantalla del computador mostraba el rostro perfectamente maquillado de la señora Ivanka Petrova, nuestra clienta más importante en Rusia. Llevábamos años trabajando con ella. Adoraba los claveles ecuatorianos y, personalmente, yo adoraba que jamás se retrasara con un pago.
—Entonces, Mer, ¿puedes garantizarme que el recorrido por la finca será completamente privado? —preguntó mientras acomodaba sus enormes gafas de diseñador sobre su impecable moño rubio—. Mi hijo mayor viajará conmigo. Ya lo conoces. Es un hombre de negocios muy serio... muy enfocado. Me encantaría que pudieran conocerse fuera del trabajo. Serías una nuera ideal.
Contuve un suspiro.
Era sorprendente la cantidad de personas que creían que dirigir el departamento de marketing también implicaba estar disponible para un matrimonio por conveniencia.
Sonreí con toda la diplomacia que años de reuniones internacionales me habían enseñado.
—Me halaga mucho, señora Ivanka. De verdad. Pero, por ahora, mi prioridad es la feria nacional y la salud de mi abuela.
La mujer hizo un ligero gesto de decepción.
Antes de que insistiera, añadí con amabilidad:
—Aunque nunca está de más conocer gente nueva. Será un gusto recibirlos cuando lleguen.
Su sonrisa regresó al instante.
—¡Perfecto! Nos veremos en junio.
La videollamada terminó.
Apoyé la espalda contra el respaldo de la silla y estiré los brazos por encima de mi cabeza.
Necesitaba café.
Mucho café.
Aquella tarde almorzaría con mi abuela y, por la noche, todavía debía terminar el catálogo que presentaríamos en la siguiente feria nacional.
Tres golpes suaves en la puerta interrumpieron mis pensamientos.
—Pase.
Israel apareció con su habitual elegancia. A diferencia de mí, él parecía incapaz de verse desarreglado. Incluso con el uniforme quirúrgico y el cabello ligeramente despeinado, seguía teniendo ese aire tranquilo que inspiraba confianza.
En una mano llevaba un enorme ramo de rosas rojas.
—Buenos días, princesa —saludó con una sonrisa—. Escuché que llevas hablando con Rusia desde antes de que saliera el sol.
Me levanté para recibirlo.
—Los rusos no entienden el concepto de dormir.
Nos abrazamos.
Él dejó las rosas entre mis brazos y sonrió satisfecho al ver mi expresión.
—Loren insistió en que te las trajera.
Mi corazón se enterneció al instante.
—Tu esposa definitivamente es mi persona favorita de esta familia.
Israel arqueó una ceja.
—¿Y yo qué?
Lo observé unos segundos, fingiendo analizar la situación.
—Tú ocupas un digno segundo lugar.
—Qué considerada.
Reí mientras buscaba un florero.
—Son preciosas. Gracias. ¿Cómo está Loren?
—Muy bien. Fuimos al control del embarazo esta mañana y luego se fue a abrir la clínica. Antes de salir me obligó... sí, obligó... a venir con flores para ti y para mamá.
—Eso suena exactamente a Loren.
Coloqué las rosas en agua y admiré cómo el rojo intenso llenaba de vida la oficina.
—De hecho... vine por otra razón.
Su tono cambió lo suficiente para llamar mi atención.
Me giré hacia él.
—¿Pasó algo?
—No, tranquila. Queríamos invitarte al baby shower. Será algo pequeño, solo familia y algunos amigos... también habrá varios compañeros del colegio que hace años no vemos.
Sentí un nudo en el estómago.
Excompañeros.
Había palabras capaces de abrir heridas que uno juraba tener cerradas.
Esa era una de ellas.
Nunca fui el tipo de chica que disfrutaba las fiestas. Mientras mis hermanos parecían conocer a medio mundo, yo prefería perderme entre libros, campañas publicitarias o cualquier cosa que no implicara bailar con desconocidos.
No ayudaba que, durante años, los demás parecieran empeñados en recordármelo.
“Aburrida.”
“Parece una señora de cuarenta.”
“Seguro vino a revisar si todos pagaron impuestos.”
Con el tiempo aprendí a fingir que esos comentarios no me afectaban.
Mentía bastante bien.
Excepto aquella vez.
Hubo una única fiesta a la que realmente quise asistir.
La de Marcus Cruz. El mejor amigo de Lucas, mi hermano menor.
El chico que llevaba entrando y saliendo de mi casa desde que éramos niños. Siempre era amable conmigo. Mientras los demás me veían como la hermana menor estirada de sus amigos, él encontraba la forma de incluirme en las conversaciones o preguntarme cómo iban mis clases.
Y, como toda adolescente ingenua, confundí esa amabilidad con algo más.
Estaba completamente enamorada de él.
Cuando me invitó a celebrar sus dieciocho años, sentí que me había ganado la lotería.
Pasé una semana entera buscando el vestido perfecto.
Bueno... el que yo creía perfecto.
Era azul marino, largo hasta las rodillas, con unos discretos zapatos de tacón y un bolso a juego. Elegante. Demasiado elegante, descubrí apenas crucé la puerta.
La música hacía vibrar las paredes, las luces de colores recorrían el salón y el olor a alcohol mezclado con perfume barato me golpeó de lleno.
Supe al instante que no pertenecía allí.
Las conversaciones se detuvieron apenas entré.
—¿Va para una gala? —escuché murmurar a una chica.
—No, creo que confundió la dirección.
Las risas no tardaron en seguir.
Apreté con fuerza la bolsa del regalo que llevaba entre las manos.
Respira, Mer.
Todo estará bien.
Entonces lo vi.
Marcus estaba en medio de la sala, rodeado de amigos. Reía con esa facilidad que siempre había admirado y saludaba a todos como si la fiesta existiera únicamente porque él estaba allí.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, sonrió.
Y durante un segundo volví a tener quince años.
—¡Mer! Pensé que no vendrías.
Se acercó para abrazarme con la misma calidez de siempre.
—Feliz cumpleaños.
—Gracias por venir.
Eso bastó para que mi corazón hiciera cosas bastante ridículas.
Pero alguien lo llamó desde el otro lado del salón.
—¡Marcus! ¡Ven acá!
Él me dedicó una sonrisa de disculpa.
—No te vayas, ¿sí? En un rato hablamos.
Asentí.
Nunca volvió.
No porque quisiera ignorarme.
Simplemente... era su fiesta.
Y yo era solo una invitada más.
Dejé su regalo sobre una mesa y respiré hondo.
Tal vez podía intentar integrarme.
Grave error.
Me acerqué a un pequeño grupo de chicas que conversaban cerca de la cocina.
Las sonrisas desaparecieron apenas llegué.
—Hola...
Una de ellas me recorrió de arriba abajo.
—¿Ese era el código de vestimenta? Porque nadie nos avisó.
Las demás soltaron una carcajada.
—Es... un vestido —respondí, sintiéndome cada vez más pequeña.
—Uno muy caro, por cierto.
—¿No es la hija de los Hernández?
—Sí, la ricachona.
—¿Y qué hace aquí? Pensé que la gente como ella solo iba a eventos con alfombra roja.
Bajé la mirada hacia mis zapatos.
Jamás me había considerado superior a nadie.
Ni siquiera sabía de dónde habían sacado esa imagen de mí.
—Relájense —dijo otra, riéndose—. Seguro vino a enseñarnos cuánto cuesta un bolso de diseñador.
Aquello fue suficiente.
Me di media vuelta antes de que notaran el ardor en mis ojos.
Busqué el rincón más alejado de la casa y me refugié allí con un vaso de jugo que jamás probé.
Las horas pasaron lentamente.
Marcus seguía riendo.
Bailando.
Abrazando gente.
Sin darse cuenta de que yo llevaba toda la noche deseando volver a casa.
Lucas me encontró cuando la fiesta ya estaba terminando.
—¿Qué haces aquí escondida?
Me encogí de hombros.
—Nada... observando.
Frunció el ceño.
—Marcus estaba preguntando por ti hace un rato.
Sonreí sin ganas.
—Creo que las fiestas y yo hablamos idiomas diferentes.
Lucas soltó una pequeña risa.
—Siempre has sido rara.
Lo dijo sin maldad.
Pero dolió igual.
Tomé mi bolso.
—Mejor me voy.
Esperé que insistiera.
Que preguntara qué había pasado.
Que notara mis ojos rojos.
No lo hizo.
Simplemente abrió la puerta para que saliera. Aquella noche comprendí que daba igual cuánto intentara agradarle a la gente. Ellos ya habían decidido quién era:
La niña rica.
La estirada.
La orgullosa.
Si insistían en convertirme en el objeto de sus burlas en sus historias... quizás dejar de defenderme iba a ser menos agotador.
—Mer...
La voz de Israel me devolvió al presente.
Parpadeé varias veces antes de volver a encontrarme en mi oficina.
Él seguía observándome con preocupación.
—No tienes que venir si no quieres. Loren lo entenderá.
Suspiré.
Tal vez unos años atrás habría inventado cualquier excusa.
Pero ahora las cosas eran diferentes.
No iba por mis excompañeros.
Ni por una fiesta.
Iba por mi hermano.
Por Loren.
Y por el pequeño sobrino que estaba a punto de llegar para revolucionar nuestras vidas.
Le sonreí.
—Iré.
—¿Segura?
—Completamente. Es el baby shower de mi sobrino. No me lo perdería por nada.
Israel me envolvió en un abrazo corto y cariñoso.
—Sabía que dirías que sí.
Yo solo esperaba que el pasado decidiera quedarse donde pertenecía.
Porque había personas que uno nunca esperaba volver a encontrar.
Y otras... que jamás conseguía olvidar.
Israel me envolvió en un abrazo corto, de esos que siempre lograban hacerme sentir un poco mejor.
—Sabía que dirías que sí.
Antes de que pudiera responder, el timbre de la entrada resonó por toda la oficina.
—Es mamá —dijo mirando la hora—. Nos va a matar si hacemos esperar a la abuela.
Solté una risa.
—Como si alguna vez se hubiera atrevido.
—Tienes razón... primero nos sermonea y después nos sirve el doble de comida.
Tomó su chaqueta del respaldo de la silla y caminó hacia la puerta.
—Vamos, princesa.
El aroma a comida casera nos recibió incluso antes de cruzar el jardín.
La casa de mi abuela siempre olía igual: pan recién horneado, canela y flores frescas. Era uno de esos lugares donde el tiempo parecía detenerse.
Ella ya estaba sentada en la cabecera de la mesa con su inseparable vajilla de flores azules. Su cabello completamente blanco contrastaba con la calidez de su sonrisa, esa que conseguía hacerme olvidar cualquier problema... aunque fuera por unos minutos.
Al vernos entrar, abrió los brazos.
—¡Mis niños! Pensé que ya se habían olvidado de esta pobre anciana.
Fui la primera en abrazarla.
—Eso jamás, abuela.
—Menos mal, porque ya estaba planeando desheredarlos.
—¿Y qué nos vas a dejar? —preguntó Israel divertido.
Ella levantó la barbilla con fingido orgullo.
—Mis recetas.
Todos reímos.
Era imposible no hacerlo con ella.
El almuerzo transcurrió entre anécdotas de mis padres, bromas de Israel y los constantes elogios hacia Loren por el embarazo. Incluso Lucas, desde el extranjero, apareció unos minutos en una videollamada para saludar antes de volver al trabajo.
Por un instante pensé que aquella tarde terminaría sin preguntas incómodas.
Debí saber que estaba siendo demasiado optimista.
Mientras servía un poco más de postre en mi plato, sentí la mirada de mi abuela sobre mí.
Levanté la vista y ella sonreía. Esa sonrisa tranquila que siempre precedía a las conversaciones importantes.
—Mercedes...
Ahí estaba.
—¿Sí, abuela?
—¿Y tú para cuándo?
Mis padres intercambiaron una mirada. Israel carraspeó y bebió un largo trago de agua.
Yo suspiré por dentro.
—¿Para cuándo qué?
Ella negó con la cabeza, divertida.
—No te hagas la desentendida— Apoyó su mano sobre la mía, era cálida y se sentía tan frágil. Mucho más frágil de lo que recordaba.
—Quiero verte feliz, mi niña.
Sentí un nudo en la garganta.
—Lo soy.
—No hablo del trabajo.
Su voz seguía siendo suave, pero había algo distinto en ella.
Algo que me heló la sangre.
—No quiero irme de este mundo sin saber que habrá alguien que cuide de ti cuando yo ya no pueda hacerlo.
El comedor quedó completamente en silencio.
Ni siquiera el sonido de los cubiertos rompía aquella tensión.
—Abuela...
—Solo quiero conocer al hombre que algún día sostendrá tu mano cuando tengas miedo. Al que celebre tus logros. Al que te recuerde descansar cuando trabajes de más.
Sonrió con tristeza.
—Alguien que te mire como yo te miro.
Mis ojos comenzaron a arder.
Siempre había odiado hablar de mi vida amorosa.
Pero verla así...
Tan pequeña.
Tan vulnerable.
Me rompía el corazón.
Respiré hondo.
—Te prometo que estoy bien.
Ella negó despacio.
—No me prometas eso. Prométeme que no vas a seguir enfrentando el mundo sola.
Las palabras se quedaron atoradas en mi garganta.
Miré a mis padres.
Luego a Israel.
Todos evitaban intervenir.
Porque, en el fondo, compartían el mismo miedo.
Entonces hice la única cosa que se me ocurrió.
La única capaz de devolverle aquella sonrisa.
Tomé sus manos entre las mías.
—Te lo prometo.
Ella me observó con atención.
—La próxima vez que nos reunamos aquí...
Tragué saliva.
—Vendré con alguien.
Su rostro se iluminó como el de una niña la mañana de Navidad.
—¿De verdad?
Asentí.
—Te lo prometo.
Mi madre dejó caer lentamente el tenedor.
Israel estuvo a punto de atragantarse con el agua.
Mi padre levantó ambas cejas, claramente sorprendido.
Y yo...
Yo acababa de firmar la promesa más estúpida de toda mi vida.
Porque no tenía novio.
Ni candidato.
Ni siquiera un hombre que pudiera fingir serlo.
Mientras todos celebraban la noticia, una única pregunta comenzó a martillar mi cabeza.
¿Dónde se consigue un novio en menos de un mes?
Porque conseguir uno ya parecía una misión imposible.
Lo que todavía no sabía... era que el destino ya tenía preparado al candidato perfecto y también... a la última persona que habría elegido para fingir enamorarme.








