Capítulo I
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Por fin había llegado mi día favorito de la semana.
Domingo.
Mi día de descanso.
Trabajaba en una librería y adoraba mi trabajo, pero también adoraba estar en casa.
Creía que una cosa no le quitaba valor a la otra.
Además, habría sido pecado no construir un lugar al que amar.
Eran las ocho de la mañana y el departamento estaba en un silencio delicioso.
Mis roomies solían pasar el verano con sus familias, así que ese día estaba sola.
Y me encantaba.
No porque no disfrutara vivir con ellas, sino porque había algo profundamente reconfortante en escuchar solo el ruido de la cafetera y saber que nadie iba a interrumpir la paz de la mañana.
Ni iba a pisar el suelo mientras seguía húmedo.
Los domingos siempre hacía lo mismo:
Ponía música.
Preparaba café.
Lavaba la ropa.
Limpiaba el departamento.
Y dejaba todo listo para empezar la semana con el pie derecho y la cabeza en calma.
Podía sonar aburrido.
A mí me parecía perfecto.
Me había costado mucho construir ese espacio y no había nada que valorara más que eso.
Llegar a casa.
Cerrar la puerta.
Y sentir que, por fin, había un lugar que también era mío.
Mientras el café terminaba de hacerse, miraba el reloj por costumbre.
No tenía que ir a trabajar.
Al día siguiente volvería a la librería.
Había conseguido ese empleo hacía un año gracias a la mamá de una compañera de la universidad.
Cristina, la dueña, había decidido darme una oportunidad y todavía sentía que había sido una de las mejores cosas que me habían pasado desde que empecé Literatura Contemporánea.
Trabajar rodeada de libros mientras estudiaba literatura era casi hacer trampa.
Pero ustedes no le dijeran a nadie.
Aunque, claro…
El descuento para empleados tampoco ayudaba demasiado a mi autocontrol.
La semana anterior había comprado un libro que no era indispensable, pero mi alma sí necesitaba.
Así que, bueno, ahí estaba.
Esperando turno junto a los otros diez.
Ya lo sabía.
No había autocontrol cuando se trataba de libros.
¿Pero quién podía culparme?
Si sabían de alguien, no me lo dijeran.
Ahora sí.
Por fin, una taza humeante de café.
Ese departamento no tenía balcón y era lo único que lamentaba.
Me habría gustado poder sentarme por las mañanas con un cigarrillo y mi café mientras recibía un delicioso baño de sol.
Pero, bueno, no se podía tener todo.
Y lo decía como una observación, no como una desagradecida.
La rutina continuaba:
La música ya estaba.
El café también.
Ahora seguía separar la ropa y poner la lavadora.
Primero lo más pesado, que en verano prácticamente no existía.
Aunque sí existían las sábanas.
Y era exactamente lo que haría.
Luego del café, obvio.
Tomarlo frío no era una opción.
Ahora sí.
A seguir.
Quitar sábanas y fundas de almohadas.
Lavadora.
Jabón líquido.
Perfume para ropa.
¿Treinta minutitos?
Perfecto.
Volver a la habitación mientras movía las caderas al son de una buena salsa, también.
Sacudir el colchón y las almohadas.
Desinfectante en aerosol para el colchón con olor a frutos rojos.
Mi favorito.
Dejar todo en su lugar y pasar al escritorio.
Aunque ahí no había tanto por hacer.
Desempolvarlo.
Acomodar los libros —aunque ya estuvieran acomodados—.
Y dejar el último que había terminado en su lugar.
La parte más difícil:
Decidir cuál sería el próximo.
¿Comedia romántica?
Mmm…
No creía.
¿Poesía narrativa?
Tal vez.
¿Realismo mágico?
El que recién había terminado era realismo mágico, así que no.
¿Crónica?
Me gustaría, pero no sabía si quería habitar esa realidad en ese momento.
¿Policial?
La mayoría eran muy entretenidos.
¿Romance lésbico gótico?
Podía ser.
Así me entretenía con la vida amorosa de alguien más.
¿Terror?
Ahora que estaba sola no era una opción.
No era cobardía.
Era supervivencia.
Leería el que había comprado hacía poco, así dejaba de acumularlos.
Aunque el de romance gótico podría ser…
Bueno.
Ese sería.
Ya estaba.
El sonido de la lavadora, al terminar, tomó la decisión por mí.
Extendí las sábanas y seguí con la misión.
Dividí la ropa.
Menos mal que la mayor parte de mi ropa era negra.
No me imaginaba qué haría si usara muchos colores distintos.
¡Moriría!
Estaría en la encrucijada de no saber si dividirla por colores, por tipos de tela, por ropa delicada o por frecuencia de uso.
¡Ay, no!
Listo.
Tres tandas más y cerraba la lavandería.
Pero que no se me olvidaran las toallas del cuerpo, las de manos y la del rostro.
Todo por aparte, obvio.
Mi vecino también aprovechaba el domingo.
Tenía la música tan alta que eclipsaba la mía.
Lo detestaba un poco.
Aunque no en el sentido literal.
Otro café mientras limpiaba y organizaba la cocina, por supuesto.
Lavé, sequé y limpié la estufa.
Segunda tanda de ropa.
Pasé a la sala:
Organicé las sillas.
Limpié el comedor.
Y saqué el polvo de los muebles mientras cantaba la canción del vecino.
Ni modo.
Muy sabio el dicho:
Si no puedes con tu enemigo, únetele.
Mis roomies decían que era una obsesiva con la limpieza.
Ordenada me gustaba más.
Aunque tampoco podíamos guiarnos por la opinión de dos personas que decían que cocinaba bien solo porque siempre tenían hambre.
Traidoras.
Tampoco era literal.
Tercera tanda de ropa.
Era turno del baño.
Mi parte favorita.
Un consejo para limpiar el baño, porque en eso sí era buena:
Primer paso:
Sacar todo para que quedara completamente desnudo.
Segundo paso —y el más desagradable—:
Limpiar el inodoro con mucha agua, jabón y cloro.
Tercer paso:
Limpiar la ducha.
Las paredes también, que ya me los imaginaba.
Cuarto paso:
Lavamanos y espejo.
Quinto paso:
El piso.
Sexto paso:
Secar todo.
Séptimo paso —también desagradable—:
Vaciar y limpiar la papelera.
Octavo paso:
Volver a poner todo en su lugar.
Noveno paso, y el más importante:
Narrarlo todo para hacerlo más divertido.
Décimo paso:
Darse un merecido baño.
La satisfacción de ducharte, salir y que el olor a limpio de tu casa te recibiera era uno de esos placeres de la vida que no tenían precio.
Elegí un short de pijama y una camiseta tan desgastada que, si hubiera salido con eso puesto, seguro alguien me habría dado una moneda o un pan.
Pero como no iba a salir, estaba bien.
Mi estómago se hizo presente y bajé la mano para callarlo por instinto.
Fui a la cocina.
Abrí la nevera.
Y las sobras del arroz con pollo del día anterior parecieron brillar como un salvavidas para un náufrago.
Microondas y un par de minutos.
Perfecto.
Comida recalentada, un vaso de agua y una serie que no te pedía mucho más que estar ahí.
Para mí, ese era un plan perfecto para una tarde de domingo.
❀
La tarde siguió avanzando.
El sol empezó a caer poco a poco.
Las persianas comenzaron a bajarse.
Y el sonido de los coches se hizo menos intenso.
Yo seguía en el mismo sitio.
Solo que ahora con el plato y el vaso vacíos, las piernas sobre otra silla y el cenicero descansando a mi derecha.
El sonido del teléfono me trajo de vuelta a la realidad.
WhatsApp: Las locas del 7A
Érica:
Espero que no nos estés echando mucho de menos.
Elis:
Seguro está puliendo las rayas de las baldosas. JAJAJAJA.
Érica:
Te creo.
Elis:
Ya la conoces. JAJAJAJA.
Yo:
Ya veo que no están lo suficientemente ocupadas ordeñando vacas.
Érica:
JAJAJAJAJA.
Elis:
Ya te dije mil veces que no ordeñamos vacas.
Yo:
Eso ya pude notarlo.
Elis:
Eres insoportable.
Yo:
Aprendí de las mejores.
Érica:
¡Oye! Yo no dije nada.
Elis:
Cállate, Érica. Tú empezaste.
Yo:
¡Pelea, pelea, pelea! JAJAJAJA.
Érica:
Solo queremos saber que estás bien.
Por un momento no supe qué responder.
Siempre me había resultado incómodo corresponder a la preocupación de otros.
Yo:
Estoy bien. No limpié las rayas de las baldosas, jajaja. Estoy por lavar los platos e irme a dormir. ¿Ustedes qué tal están?
Elis:
Nosotras estamos bien. Miramos una serie y Érica no hace más que extrañar a Daniel por los rincones de la finca. JAJAJAJA.
Érica:
Eso no es cierto.
Yo:
Le creo a Elis.
Me gustaba seguirle el juego a Elis solo para molestar a Érica.
Ya podía imaginarme su cara de fingida indignación.
Érica:
Ustedes no tienen remedio.
Yo:
Es un talento que amas.
Elis:
X2.
Yo:
Me alegra que estén bien. Saludos a sus papás.
Érica:
Mañana, cuando llegues del trabajo, avisa y hacemos videollamada.
Yo:
Oki. Besos y linda noche.
Recibí dos mensajes más:
Uno de buenas noches.
Y otro con un corazón.
Esos ya no los respondí.
❀
Me quedé un rato más revisando WhatsApp y algunos mensajes pendientes.
Contesté unos cuantos y seguí ignorando otros.
No por grosería.
Más bien por incomodidad.
Con el tiempo había aprendido a distinguir una cosa de la otra.
Me levanté.
Estiré las piernas e intenté despertar mientras soportaba el hormigueo insoportable que dejaba pasar tanto tiempo en la misma posición.
Apagué el televisor.
Cerré la persiana.
Llevé los platos a la cocina, los lavé y los dejé en el escurridor.
Me tomé otro vaso de agua.
Apagué las luces.
Entré a mi cuarto.
Cerré la puerta.
Fui al baño.
Me cepillé los dientes.
Me lavé la cara.
Me puse la crema.
Y, por fin, me fui a la cama.
No precisamente a dormir.
Había algo en entrar a mi habitación y encontrarla en silencio que siempre lograba reconfortarme.
Reconocer ese espacio como mío.
Saber que, aun con la ciudad andando allá afuera, yo seguía ahí.
Y eso nadie podía arrebatármelo.
Encendí la lámpara.
Me metí bajo las sábanas.
Revisé las alarmas.
Acomodé las almohadas.
Sí.
Eso definitivamente era paz.
También un poco de soledad.
Pero con el tiempo había aprendido que ambas podían coexistir.
Y que eso tampoco estaba mal.
Los sonidos de la ciudad fueron apagándose poco a poco.
Entonces apagué la lámpara.
Mañana el día volvería a esperarme.
Y eso también estaba bien.








