Capítulo 1: El favor.
Finn llevaba diez minutos escuchando a Dante caminar en círculos por su propio departamento, y ya le dolía el cuello de tanto seguirlo con la mirada.
—Necesito que me hagas un favor —dijo Dante, por fin, deteniéndose frente al sofá donde Finn tenía las piernas cruzadas y una cerveza a medio terminar.
—Eso ya lo dijiste. Tres veces —Finn levantó una ceja—. Todavía no me has dicho qué favor.
Dante se pasó una mano por el pelo, despeinándolo más de lo que ya estaba. Tenía esa expresión que Finn conocía bien: la de alguien a punto de pedir algo ridículo y que ya lo sabe.
—Es sobre Valentina.
Finn dejó la cerveza en la mesita con más fuerza de la necesaria.
—Ah. La que te dije mil veces “no te metas con esa”. Seguí.
—No es lo que pensás.
—Nunca es lo que pienso, Dante. Y sin embargo siempre terminamos hablando de ella.
Dante se sentó en el borde del sofá, tan cerca que Finn notó las ojeras, la inquietud en las manos que solo aparecía cuando algo lo sobrepasaba de verdad. Ocho años de amistad le habían enseñado a leer esas señales mejor que nadie.
—Me está esperando afuera del trabajo. Dos veces esta semana. Me manda mensajes a las tres de la mañana. Le dijo a mi jefe que somos “casi familia” para que le den mi horario.
—Eso es acoso, Dante. No es una ex pesada, es acoso.
—Ya sé —la voz se le quebró un poco, algo raro en él, que normalmente hablaba de sus problemas como si fueran chistes—. Ya intenté todo. Bloquearla, ignorarla, decirle que no de todas las formas posibles. Nada funciona. Nadie se me quiere acercar porque ella anduvo diciendo por todos lados que soy un violador, pero si cree que estoy con alguien... con un hombre, específicamente... se termina. Tiene esta idea metida en la cabeza de que puede “recuperarme”. Si eso deja de ser posible para ella, se rinde. No sé qué más hacer. Estoy por volverme loco. En la comisaría se me cagan de risa.
Finn entendió hacia dónde iba esto tres segundos antes de que Dante lo dijera, y aun así el estómago le dio un vuelco cuando las palabras finalmente salieron.
—Quiero que finjas ser mi novio.
Silencio. Afuera, un auto tocaba bocina en la calle. Finn miró a su mejor amigo de ocho años —el mismo que lo ayudó a mudarse dos veces, el que lo sostuvo la noche que terminó con Felipe y lloró como un idiota, el que jamás en su vida había mostrado el más mínimo interés en un hombre— y sintió que el aire del living se volvía más denso.
—Dante.
—Sé cómo suena.
—Suena a que querés que tu mejor amigo gay finja ser tu pareja para espantar a tu ex psicótica.
—Cuando lo decís así...
—Es exactamente lo que es.
Dante se frotó la cara con ambas manos y por un momento Finn sintió una lástima genuina, del tipo que no le dejaba decir que no todavía, aunque cada instinto de autopreservación le gritara que corriera.
—No te pediría esto si no estuviera desesperado, Finn. En serio. No sé qué más hacer.
Finn se quedó mirando el techo un momento, pensando. No era que le diera vergüenza fingir nada; llevaba años cómodo con quién era, y una actuación de un par de semanas no lo iba a desestabilizar. El problema era otra cosa, algo más resbaladizo que todavía no quería nombrar: la idea de tomarle la mano a Dante en público, de que alguien los mirara como pareja, no le sonaba exactamente a sacrificio.
Y eso, precisamente, era lo que lo ponía nervioso.
—Tengo condiciones —dijo finalmente.
Dante se enderezó de golpe, con una esperanza tan transparente que resultaba casi cómica.
—Lo que sea.
—No, en serio, escuchame. Esto no puede ser incómodo para mí. Si en algún momento siento que esto es raro, o que me estás usando de más, se acaba. No voy a fingir cosas en las que no estoy cómodo, y vos no me vas a pedir explicaciones sobre dónde está el límite. Eso lo decido yo.
—De acuerdo.
—Y nadie más se entera de que es fingido. Ni Felipe, ni tu hermana, nadie. Porque si esto se sabe, la actuación no sirve de nada.
—Nadie. Lo juro.
Finn lo estudió un momento más, buscando algo —arrepentimiento, duda, cualquier señal de que esto era mala idea— pero solo encontró alivio puro en la cara de su amigo, y quizás algo más debajo de eso que ninguno de los dos iba a nombrar todavía.
—Está bien —dijo por fin—. Pero si esto se pone raro, Dante, te lo voy a decir. Y me vas a escuchar.
—Te lo prometo.
Se dieron la mano, como si fuera un trato de negocios y no la decisión más absurda que ambos habían tomado en años, y por un segundo, cuando la palma de Dante se cerró sobre la suya, Finn sintió algo que no supo nombrar. Lo guardó para después. O para nunca.
—Entonces —dijo Finn, cambiando de tema antes de que su propio cerebro empezara a hacer preguntas incómodas—, ¿cuándo empieza esta obra maestra de teatro?
La respuesta llegó antes de lo esperado.
Al día siguiente.
Finn no había planeado ir al trabajo de Dante esa semana. No tenía ningún motivo, salvo que Dante le había mandado un mensaje a las nueve de la mañana con un tono de pánico que no encajaba con la hora: Vení a la cafetería de la esquina de mi oficina. Ahora. Por favor.
Cuando llegó, entendió por qué.
Valentina estaba parada junto a la entrada del edificio, con un vaso de café que claramente no había comprado ahí, vestida como si hubiera pasado dos horas decidiendo cómo lucir “casualmente perfecta”. Dante estaba a unos metros, con esa sonrisa tensa de quien calcula la ruta de escape más corta.
Finn respiró hondo, cruzó la calle, y en lugar de saludar con la mano hizo lo primero que se le ocurrió: caminó directo hacia Dante y le pasó un brazo por la cintura, como si lo hubiera hecho mil veces antes.
—Perdón la tardanza, bebé —dijo, con una naturalidad que lo sorprendió a él mismo.
Dante se tensó un segundo bajo su brazo —apenas perceptible, pero Finn lo sintió— y luego, para su crédito, se recuperó rápido.
—No pasa nada —contestó, y le rozó la sien con un beso rápido que no estaba en el guion, pero que tampoco se sintió como un error.
Valentina, congelada a unos metros, los miraba con una expresión que pasó de la confusión al desprecio en cuestión de segundos.
—¿Y vos sos...? —preguntó, con un tono que dejaba claro que ya sabía exactamente quién era.
—Finn —dijo él, extendiendo la mano libre con una calma perfecta, aunque el corazón le latía como si acabara de correr una cuadra—. El novio. Próximo marido. Por supuesto.
Y le mostro el anillo que llevaba en la mano izquierda. La palabra le salió fácil. Demasiado fácil.
Y por el rabillo del ojo, notó que Dante lo miraba con algo que no era exactamente alivio.
Era otra cosa.








