Chapter 1:La fotografía que no debía existir
La lluvia había comenzado antes de que Avelira llegara a la cafetería.
Golpeaba los cristales con una insistencia casi hipnótica, mientras las luces de la calle se reflejaban sobre el pavimento mojado. Era una de esas tardes en las que el cielo parecía haberse olvidado de cómo volver a ser azul.
Avelira empujó la puerta de la cafetería y entró.
El sonido de una pequeña campanilla anunció su llegada.
—Un chocolate caliente, por favor —dijo mientras se quitaba la chaqueta.
La cafetería estaba casi vacía.
Solo había unas cuantas personas repartidas entre las mesas. En una esquina, un chico revisaba varias fotografías que tenía extendidas frente a él.
Avelira no le prestó demasiada atención.
Hasta que una fotografía cayó al suelo.
El viento que entraba por la puerta la hizo deslizarse lentamente hasta detenerse justo junto a sus zapatos.
Avelira se agachó para recogerla.
Y entonces se quedó inmóvil.
Era una fotografía de ella.
No una fotografía parecida.
No alguien que se le pareciera.
Era ella.
Avelira aparecía sentada en aquella misma cafetería, junto a la ventana, sosteniendo una taza entre las manos.
Reconoció incluso la pequeña pulsera que llevaba ese día.
Pero había algo imposible.
La fotografía parecía haber sido tomada desde el otro lado del local.
Y Avelira todavía no se había sentado allí.
Ni siquiera había llegado a esa mesa.
Levantó lentamente la mirada.
El chico de las fotografías la observaba.
Tenía una expresión extraña, como si verla allí acabara de confirmar algo que llevaba mucho tiempo esperando.
—¿Dónde conseguiste esto? —preguntó Avelira.
El chico se levantó.
—Yo la tomé.
Avelira frunció el ceño.
—Eso es imposible.
—Lo sé.
Él caminó hacia ella y tomó la fotografía.
Por unos segundos ninguno dijo nada.
Después, Avelira volvió a mirar la imagen.
Había algo escrito en la parte posterior.
Con una letra cuidadosamente trazada decía:
«No todas las historias comienzan cuando dos personas se conocen.»
Avelira sintió un escalofrío.
—¿Quién escribió esto?
El chico negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Y tú quién eres?
Él tardó unos segundos en responder.
—Adrián.
—¿Adrián qué?
—Adrián Vega.
Avelira guardó silencio.
No sabía por qué, pero aquel nombre le resultaba extrañamente familiar.
Como si lo hubiera escuchado antes.
En algún lugar.
En algún momento.
Adrián volvió a recoger las fotografías de la mesa.
Entonces Avelira vio otra.
Era mucho más antigua.
El papel estaba amarillento y los bordes estaban desgastados.
La tomó antes de que Adrián pudiera detenerla.
En la imagen aparecía una casa que Avelira no reconocía.
En la parte inferior había una fecha.
12 de octubre de 1998.
Pero lo que realmente hizo que su corazón se detuviera por un instante fue lo escrito detrás.
Dos palabras.
Dos palabras que no tenían ningún sentido.
Avelira Noé.
Avelira levantó lentamente la mirada.
—¿Por qué aparece mi nombre aquí?
Adrián no respondió.
—Adrián.
Él la miró.
Y por primera vez, Avelira notó miedo en sus ojos.
—Porque esa es la pregunta que llevo intentando responder desde hace tres meses.
Avelira sintió que el ruido de la lluvia desaparecía.
—¿Tres meses?
Adrián asintió.
—Tres meses antes de conocerte.
Ella miró nuevamente la fotografía.
Después lo miró a él.
—Entonces… ¿cómo sabías mi nombre?
Adrián guardó silencio.
Y justo cuando parecía dispuesto a responder, las luces de la cafetería se apagaron.
Todo quedó oscuro.
Un segundo.
Dos.
Y entonces una fotografía cayó sobre la mesa.
Ninguno de los dos la había colocado allí.
Adrián encendió la linterna de su teléfono.
La luz iluminó lentamente la imagen.
Avelira dejó escapar un pequeño suspiro.
Era una fotografía de ambos.
Juntos.
De pie frente a aquella misma cafetería.
Pero no había sido tomada ese día.
Porque en la esquina inferior de la fotografía aparecía una fecha.
18 de octubre de 1998.
Adrián palideció.
Avelira apenas pudo pronunciar una palabra:
—¿Qué…?
Él observó la fotografía durante varios segundos.
Después dijo, casi en un susurro:
—Creo que acabamos de encontrar algo que nunca debió existir.








