Capítulo 1. Dosis Mínimas
Crecí rodeada de hombres convencidos de que el poder les pertenecía por naturaleza. Por eso no debería sorprenderme estar sentada en la reunión semanal del Consejo de Estrategia de la Corona, escuchándolos debatir sobre fiestas conmemorativas y la estética de los nuevos jardines mientras el pueblo clama por hospitales y una alimentación digna.
Si vuelvo a escuchar una palabra más sobre el color perfecto para las bancas del parque, juro que empezaré a devorar mi propia lengua.
—Disculpen la interrupción, excelencias —elevé la voz lo suficiente para romper el murmullo, notando de inmediato cómo sus rostros se contraían en muecas de desagrado—. Entiendo que la apariencia de las áreas recreativas del palacio es vital para su comodidad, pero ¿no sería este el momento de tratar asuntos de verdadera relevancia?
Me dedicaron esa mirada de absoluto desprecio que reservan para lo que ellos llaman mis “trivialidades”.
—Por supuesto, princesa. ¿Qué tragedia mundial desea salvar hoy? ¿La hambruna, las guerras fronterizas o alguna otra de sus... grandiosas ideas? —preguntó Lord Draas, con un fastidio que no se molestó en ocultar.
Lo observé durante unos segundos.
—Ignoraré su tono condescendiente, Lord Draas. Entiendo que prefiera ignorar la realidad, pero debemos priorizar la calidad de vida del pueblo sobre el barniz de nuestros alrededores —comenté con la seguridad gélida que me caracteriza—. ¿De qué nos sirven los senderos bonitos cuando no tenemos un sistema sanitario decente? ¿De qué sirve organizar otra celebración de tres días si nuestros soldados regresan de las fronteras sin atención médica?
Algunos consejeros bajaron la mirada. Otros fingieron revisar documentos.
Sabía que los estaba incomodando.
Y, sinceramente, no me importaba.
—El presupuesto destinado a esas celebraciones ya fue aprobado —intervino otro Lord —. No podemos modificar cada decisión porque la princesa considere que existe una alternativa más conveniente.
—No estoy hablando de conveniencia. Estoy hablando de necesidad.
—La Corona no puede gobernar basándose únicamente en las necesidades inmediatas del pueblo —respondió otro consejero—. También debemos preservar nuestra imagen, nuestras tradiciones y la estabilidad de la corte.
Solté una risa seca.
—Qué curioso. Siempre encuentran dinero para preservar las tradiciones, pero nunca para mejorar aquello que realmente sostiene al reino.
Ellos se miraron entre sí, carraspeando con incomodidad antes de que uno se atreviera a responder.
—Entendemos su preocupación, Alteza, pero nuestro sistema ha funcionado de manera correcta durante siglos.
—¡Pero puede mejorar! —alcé la voz, sintiendo el calor de la indignación subir por mi cuello—. Que algo haya funcionado durante siglos no significa que deba permanecer igual otros mil.
—¡Basta, Venus! —exclamó mi padre con una rudeza que solo logró alimentar mi furia—. No habrá más discusiones sobre esos arreglos por el momento.
Giré el rostro hacia él.
—¿Por el momento?
—He dicho que el tema está cerrado.
—¡Ah! ¿Pero sí podemos organizar banquetes y derrochar el tesoro en vanidades? —le espeté, usando el mismo tono tajante con el que él me había interrumpido—. Porque, aparentemente, alimentar el orgullo de unos cuantos nobles es mucho más importante que alimentar a quienes trabajan para mantener este reino en pie.
El rostro de mi padre se endureció.
—¡Soy el Rey y este tema está cerrado! —rugió con su voz de mando—. ¡Esta reunión ha terminado! Pueden retirarse todos... menos tú, Venus.
Los consejeros se levantaron casi de inmediato.
Sus rostros reflejaban una satisfacción mal disimulada al ver cómo mi propio padre me arrebataba la autoridad frente a ellos.
Algunos evitaron mirarme; otros ni siquiera se molestaron en esconder su sonrisa.
Los observé salir uno a uno.
Cuando la pesada puerta de roble se cerró tras el último de ellos, el silencio de la sala se volvió insoportablemente pesado.
Mi padre golpeó la mesa con una fuerza que hizo tintinear las copas.
—¡Que sea la última vez que te atreves a enfrentarme delante del Parlamento!
—¡Y que sea la última vez que me hablas así delante de ellos! —exclamé, dejando que mi furia estallara—. ¡Soy la heredera al trono y exijo el respeto que mi posición merece!
—Una heredera no cuestiona a su Rey frente a sus súbditos —dijo él, intentando ponerse en pie con dificultad, aunque sus piernas flaquearon—. Una heredera respeta las tradiciones y acata órdenes.
Lo observé tambalearse durante un segundo.
La enfermedad estaba consumiéndolo poco a poco, aunque él se empeñara en ocultarlo detrás de su corona y su orgullo.
—Pues las tradiciones son una mierda, y cuando sea reina voy a...
—¡Cuando seas reina! —me cortó con un grito cargado de bilis—. Aún eres solo una niña malcriada que cree tener la solución a todo mirando desde la barrera. No sabes nada.
Sentí que aquellas palabras me atravesaban.
—Sé más que tú —me puse roja de ira, apretando los puños a los costados—. Estudio cada día, analizo al pueblo y entiendo lo que necesitan mientras tú te escondes tras estos muros.
—¡No es suficiente! —gritó—. Y es precisamente esa actitud caprichosa la que me ha llevado a tomar una decisión definitiva respecto a tu ascenso.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué decisión?
Mi padre se quedó en silencio durante unos segundos. Caminó lentamente hasta uno de los ventanales, apoyando una mano sobre el marco mientras contemplaba los jardines que acabábamos de discutir.
—Por derecho de nacimiento, eres la siguiente en la línea —declaró con una solemnidad amenazante—. Pero en mil años, ninguna mujer de los Varkas ha gobernado sola.
Fruncí el ceño.
—Esa tradición dejó de aplicarse hace generaciones.
—No —replicó él, girándose hacia mí—. Simplemente nunca hubo una mujer lo bastante ambiciosa como para desafiarla.
—Entonces supongo que soy la primera.
Una sonrisa amarga apareció en sus labios.
—Ese es precisamente el problema.
Sentí que algo dentro de mí se tensaba.
—Habla claro.
Parecía agotado, pero sus ojos conservaban aquella dureza que había aprendido a temer desde niña.
—Venus Varkas, para que puedas reclamar el trono cuando mi enfermedad me impida gobernar... —bajó la voz hasta convertirla en un susurro letal—, tendrás que contraer matrimonio antes de cumplir los veintiséis años.
Parpadeé.
Por un instante pensé que había escuchado mal.
—¿Qué?
—Has oído perfectamente.
—No puedes estar hablando en serio.
—De lo contrario, la corona pasará directamente a tu hermano, Valentín.
El mundo pareció detenerse.
Valentín.
Mi propio hermano.
No porque fuera más preparado. No porque hubiera demostrado ser mejor gobernante. No porque el reino lo necesitara.
Simplemente porque había nacido hombre.
—No puedes hacer eso —mascullé, colocándome una máscara de frialdad mientras mis ojos ardían por las ganas de llorar.
—Puedo y lo haré.
Sentí un vacío abrirse en mi pecho.
Siempre supe de aquella vieja ley. La estudié cuando era niña, igual que cada norma absurda escrita por nuestros antepasados. Pero jamás imaginé que él realmente intentaría usarla contra mí.
No después de todo lo que había hecho para convertirme en la heredera perfecta.
Había aprendido historia, política, estrategia, economía y diplomacia. Había pasado años sentada en reuniones donde hombres mucho mayores que yo cuestionaban cada una de mis opiniones.
Había demostrado una y otra vez que podía gobernar.
Y ahora todo aquello podía desaparecer porque no tenía un esposo.
—¿Y si no quiero casarme?
—Entonces no tendrás la corona.
—¿Y si el hombre que elija no es digno de gobernar?
—Ese será tu problema.
Solté una risa incrédula.
—¿Eso es todo? ¿Puedo dirigir un reino, negociar tratados, administrar sus riquezas y decidir el destino de miles de personas, pero necesito un hombre a mi lado para demostrar que soy capaz de llevar una corona?
—Necesitas un esposo porque la tradición así lo establece.
—La tradición no gobierna este reino.
—Todavía no.
Lo miré fijamente.
Entonces comprendí que aquella conversación nunca había sido una discusión.
Mi padre no estaba intentando convencerme.
Ya había tomado su decisión.
—Ya está hecho. Porque soy el Rey y hago mi voluntad —sentenció—. Veremos si con un hombre a tu lado dejas, finalmente, de intentar actuar como uno.
Sentí que mis uñas se clavaban en las palmas de mis manos.
No le daría el gusto de verme llorar.
No allí.
No frente a él.
—¿Y cuándo esperas que encuentre a ese hombre?
—Antes de cumplir los veintiséis.
—Eso no responde mi pregunta.
—Tendrás pretendientes suficientes. Eres la heredera de Varkas. Encontrar marido no debería ser difícil.
—Encontrar un marido no es difícil —respondí con una sonrisa fría—. Encontrar uno que no sea un imbécil interesado en mi corona será otra historia.
Mi padre me sostuvo la mirada.
—Aprenderás a elegir.
—No. Aprenderé a sobrevivir.
Me di la vuelta antes de que pudiera ver el temblor de mis labios.
Salí de la sala sin decir una palabra más, con la espalda tan recta que dolía. Caminé por el pasillo mientras los guardias y sirvientes apartaban la mirada al verme pasar.
No sabía qué me dolía más.
Que mi padre dudara de mi capacidad para gobernar.
O que hubiera encontrado una manera de arrebatarme aquello por lo que había luchado toda mi vida.
Al cruzar el umbral, mis dedos rozaron inconscientemente el pequeño frasco que siempre escondía entre los pliegues de mi vestido.
Me detuve durante un instante.
Lo sentí contra mi piel
Pequeño.
Peligrosamente familiar.
Mi padre creía que me había acorralado, pero solo me había dado una dirección.
Si necesitaba un esposo para reinar, lo conseguiría.
Encontraría al hombre adecuado, cumpliría con su maldita tradición y tomaría la corona.
Pero había algo que mi padre no había considerado.
Yo jamás había sido buena obedeciendo.
El reinado de las mujeres en solitario no comenzaría con un decreto.








