Capítulo 1

Las cosas no cambian de golpe, nunca. Siempre hay indicios, señales… visibles para aquellos que saben dónde mirar.
Lyria podía sentirlo en sus huesos, alterando su sangre. El bosque estaba demasiado silencioso; los animales, los murmullos de aleteos, de pasos, hojas moviéndose, ramas agitándose… nada. Había un silencio que erizaba cada uno de sus nervios. Una tranquilidad que gritaba peligro.
Llevaba toda la mañana así, ajena a las órdenes de la abuela, actuando como autómata, sabiendo que había un problema, pero siendo incapaz de localizarlo, sabiendo que cuando lo consiguiera averiguar, ya sería tarde.
- ¡Lyria! Te estoy hablando.
El fastidio en la voz de Eiria era evidente.
- Lo siento, me desconecté.
Eiria resopló.
- ¿No me digas? Llevas toda la mañana desconectada me parece. Has dado tantas vueltas a esa flor que la pobre ya está medio marchita.
Lyria bajo la mirada a sus manos; el lirio descolorido por el paso constante de sus dedos, los pétalos empezando a enrollarse sobre sí mismos.
Suspiró con pesadez.
- Lo siento, hoy… no sé…
- Lyria, ¿estás bien?
La preocupación tiñó el rostro lleno de pecas de Eiria, su amiga era por lo general solitaria, introvertida y taciturna, pero estaba realmente preocupada por algo y Lyria no era una persona que exagerara.
- Quizás deberíamos volver. Creo que lo único que necesitas es comer algo con mucho azúcar que haga que nos tengan que llevar rodando hasta el valle.
Lyria sonrió.
Eiria era una persona completamente opuesta a ella, extrovertida, cariñosa, divertida. El color rojo de su pelo un indicativo del polvorín de energía que albergaba en su interior. Para Eiria no había mal que un postre no arreglara, y Lyria en ese punto coincidía completamente con ella.
- Creo que tienes toda la razón.
Ambas recogieron sus cestas y bajaron entre bromas, planeando qué podían comer y apostando quién comería más.
Cuando el nudo en el estómago de Lyria empezaba a deshacerse todo su cuerpo se tensó, su piel se erizó y su corazón se aceleré. Sujetó la mano de Eiria con fuerza, parándola en seco.
- ¿Lyria?
- Corre.
Apenas un susurro, una palabra que no salió conscientemente de sus labios, que no tenía sentido ni para ella misma; solo sabía que tenían que correr, que estaban en peligro.
- ¿Lyria te has vuelto loca?
- Corre.
Esta vez más alto, más alterado.
- ¡Ya! – gritó.
No espero que actuara, sin soltarla empezó a correr. Y el bosque cobró vida, el silencio mortal que había estado atormentando a Lyria se llenó de pájaros volando en estampida, de ramas rompiéndose, de pasos rápidos y fuertes sonando cada vez más cerca. Alguien se acercaba.
Al vislumbrar la aldea se pararon en seco, el humo ya creaba fantasmagóricas figuras en el cielo, el fuego engullía todo, como un aura infernal enmarcando toda la aldea. Figuras corriendo, gritos de terror, gritos de lucha, sonido de acero…
Estaban siendo atacados.
Los pasos por detrás se acercaban.
- Tenemos que ir a la ruta de escape – susurró Lyria.
- No podemos rodear la aldea, vienen por detrás, nos alcanzarán. Y meternos ahí es un suicido.
- No tenemos opción.
Volvió a sujetar su mano con fuerza y la arrastró hacia el infierno.
Era una pesadilla. Cuerpos mutilados, rostros sin vida congelados en una máscara de terror.
- Mis padres…
- Eiria…
- Tengo que buscarles.
- Eiria, no.
- Tengo que hacerlo.
Eiria miró a su amiga, aterrada pero decidida, no se iría sin sus padres.
- Nos vemos allí.
Le dio un abrazo tenso y salió corriendo, su figura siendo oculta por el humo.
Lyria corrió hacia su casa. La abuela debía estar todavía allí. Era una casa apartada, seguramente el horror aún no había golpeado allí.
Pero sí lo había hecho, la casa estaba en llamas, cristales rotos, pero no había sangre, no había cadáver.
- ¡Abuela!
Lyria intentó controlarse, controlar su pánico, su ansiedad.
- Concéntrate – se ordeno a sí misma -. ¡Concéntrate, maldita sea!
Siempre había sido natural para ella sentir a las personas. Había sido entrenada para este tipo de situaciones, no podía fallar a la hora de la verdad.
Se agachó, posando una mano sobre la tierra. Cerró los ojos y se obligó a respirar profundamente, una y otra vez, calmando su respiración, calmando su pulso.
Y entonces lo sintió, un tirón, leve, pero suficiente.
Corrió hacia el bosque, la oscuridad de la luna nueva no le permitía ver hacia donde iba, pero el enemigo tampoco la vería a ella.
No tuvo que adentrase mucho antes de verla, un bulto encogido, apoyado en un árbol.
- ¡Abuela! Estoy aquí, estoy aquí.
Lyria intentó incorporarla, apenas un rastro de vida en ella.
- Niña… - su voz era apagada, pero oírla fue el mayor bálsamo para su alma – Niña, ¿no te han encontrado?
- ¿A mí? ¿Esto es por mí?
- Criatura… Por qué si no atacarían esta aldea. Somos demasiado pequeños, sin poder, sin recursos, al margen de todo y de todos. No tenemos nada que nadie quiera.
- Pero eso es imposible.
- No niña, nada es imposible, ya deberías saberlo.
- ¿Y qué hacemos ahora?
La anciana abrió los ojos y la miró con intensidad, miles de pensamientos pasaban por sus ojos, pero Lyria no era capaz de leer ninguno.
- Tú continúas. Sabes qué debes hacer – indicó con contundencia.
- Abuela… No puedo. Aún no. No sin ti.
- No puedes cambiar mi destino, niña. Mi camino acaba aquí.
- ¡Cállate!
Lyria intentó levantarla, para encontrarse con un gemido ahogado. Reviso sus manos, llenas de sangre. En el abdomen de la anciana había una enorme mancha de sangre. La herida era demasiado profunda, demasiada sangre…
Sin embargo, debía intentarlo. Aparto la tela, dejando descubierta la herida. Sus manos temblando.
Las manos curtidas por el tiempo sujetaron sus manos con calma, la serenidad frente al terror.
- Abuela, por favor… Déjame intentarlo.
La anciana se limitó a sonreír con calma, negando suavemente con la cabeza. Acariciando sus manos con cariño.
Colocó un objeto en sus manos. Al verlo Lyria lo sintió frío, pesado. Un simple colgante, elegante, sencillo, delicado. Un regalo y una condena.
- No olvides cuál es tu camino. No olvides tus enseñanzas. Tu deber. Prométeme que no lo harás.
- Abuela…
- ¡Prométemelo!
Lyria solo podía mirar con impotencia, sin saber qué decir, qué hacer. Solo pudo asentir; un gemido doloroso brotando de su pecho.
Los ojos de la anciana de ablandaron.
- Niña… El mayor regalo que me hizo la diosa fue ponerte en mi vida, darme el privilegio de guiarte. No me arrepiento de nada. He tenido una vida larga y feliz. Espero que tú también puedas tenerla.
Los arrugados dedos acariciaron el rostro lleno de lágrimas de Lyria. Poniendo sus últimas energías en ese gesto.
- No puedes quedarte más tiempo. Vete. Ahora.
La persona que había guiado sus pasos, la que había sido su familia iba desvaneciéndose segundo a segundo, y sabía que no podía hacer nada. Que no debía hacer nada más que dejarla marchar. Pero su cuerpo simplemente no se movía.
Debía soltarla.
Debía darle la espalda y continuar. Las enseñanzas de esa mujer estaban marcadas en su alma. No podía fallarle.
Pego su frente a la de la anciana. El dolor estrujando su corazón con saña.
- Gracias por todo… - apenas un susurro ahogado entre lágrimas, pero perfectamente claro a sus oídos - Te quiero.
- Mi pequeña niña… Vete.
Lyria cerró los ojos con impotencia. Apretó los dientes mientras abrazaba con fuerza un cuerpo que ya estaba abandonado este mundo. Una parte de ella rompiéndose mientras sus dedos se aflojaban. Y tras unos segundos salió corriendo sin mirar atrás.
La aldea tenía una ruta de escape, una salida para casos de emergencia. Una vía oculta que les daría el tiempo para huir sin ser vistos. Lyria fue directamente allí.
El dolor emocional entumeciendo cualquier dolor físico. Tenía una promesa que cumplir, un deber grabado en su alma desde que nació. No podía fallar. No lo haría.
La anciana se quedó mirando como Lyria se alejaba. Era su deber, era su obligación. Oh, pero que dichosa obligación. Nunca quiso ser madre. Su deber sagrado por encima de todo. Nunca dudó, nunca quiso otra cosa.
Pero enseñar a esa niña, guiarla, criarla... fue un regalo que nunca supo cuan maravilloso sería.
- Te he mentido, niña. Hay algo de lo que sí me arrepiento. Siento no haber podido ser más tu abuela que tu maestra. Vive pequeña mía…
Lyria siguió corriendo, ajena a los últimos deseos de la anciana, pero arropada por ellos.
Al acercarse a la cascada pudo ver varias figuras tenues moviéndose sigilosamente.
Lyria cogió su daga. No era una gran luchadora, pero sabía sorprender, su constitución delicada daba a la gente la sensación de no ser una amenaza. No necesitaba más. Una distracción, un fallo. Ser infravalorada siempre era una ventaja.
Sujetó con más fuerza la daga. Ralentizó su respiración, buscando desaparecer, fundirse con las sombras.








