El pasado nos alcanza
Capítulo 1 - El pasado nos alcanza
Gonzalo golpeaba muy suavemente su pluma contra el escritorio mientras alguien exponía un tema frente a un grupo de cancillería. Sus ojos verdes no dejaban ver lo que realmente pensaba de aquella situación.
Y ahora debía permanecer sentado escuchando a aquellos advenedizos que habían llegado a la cancillería más por acomodo que por mérito, opinando sobre acuerdos que apenas comprendían. Lo más irritante era tener que mantener la expresión correcta, asentir en los momentos adecuados y fingir que realmente le interesaba lo que estaban diciendo.
Era un abogado de tercera o cuarta generación de su familia, formado dentro de una tradición donde el derecho había sido casi un legado familiar. Sin embargo, él había elegido un camino diferente. Había dejado de lado el buffet más importante de Latinoamérica, donde trabajaban no solo su padre y sus hermanos, sino también sus tíos y primos, quienes ocupaban puestos estratégicos dentro de la firma y contribuían a sostener el prestigio que la había convertido. Allí tenía asegurado un futuro brillante por apellido, herencia y trayectoria familiar. Pero Gonzalo había decidido renunciar a ese camino para construir su propia carrera desde abajo dentro del derecho internacional, con la aspiración de convertirse algún día en embajador de carrera.
Fue durante esos primeros años, mientras comenzaba a abrirse camino en ese mundo, cuando conoció a Marcos.
El encuentro ocurrió por una casualidad. Un amigo suyo había sufrido un accidente mientras jugaban al polo y, tras la caída del caballo, existía la posibilidad de que tuviera una lesión neurológica. Lo trasladaron al hospital y allí apareció Marcos, por entonces un médico residente de neurología, que recién comenzaba su especialización.
Gonzalo no imaginaba que aquel encuentro inesperado con un joven médico, completamente ajeno a su círculo social y familiar, terminaría cambiando el rumbo de su vida.
Porque Gonzalo Bosch de la Colina sabía interpretar papeles. Sabía ser el hombre impecable que todos esperaban, vestia un traje no de diseñador sino de un sastre, el sastre de toda la vida de su familia, su elegancia era silenciosa, pero se impone, se notaba a la legua que era un hombre rico, su impecable peinado, su pelo castaño realzaba unos ojos profundos de color verde, su piel blanca escondia secretos muy bien guardados como que se pasaba horas cuidandola, para el su presencia era su moneda de presentacion; media 1,90 altura heredada de su padre, una sonrisa sincera y una elegancia de cuna heredada de su madre una mujer bella, pero fria e implacable que a cambio de una vida comoda habia dado prestancia a su esposo ya que venia de una familia con hasta titulos nobiliarios tenia, pero se habia venido a menos, pero con ciertas conexiones que hicieron que ya su prestigiosa firma legal creciera mucho mas.
Sintió una vibración en el bolsillo de su saco. Disimuladamente sacó el teléfono y observó la notificación.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Fue apenas una mueca, casi imperceptible para cualquiera que no lo conociera, pero demostraba un cariño que rara vez dejaba ver en público.
Su hermoso esposo le había enviado un mensaje. Después de superar la primera crisis importante en su matrimonio de 8 años y de sentir que estaba a punto de perder lo único que ama y amó en su vida, de pronto un escalofrío surco su espina dorsal al recordar como se desarrolló el momento que sintió que su perfecto y controlado mundo se le iba de las manos
La recepción había sido exactamente el tipo de evento al que Gonzalo estaba acostumbrado: nombres importantes, conversaciones cuidadas, sonrisas diplomáticas y personas que parecían moverse dentro de un mundo donde todos conocían a todos.
Marcos, en cambio, observaba ese universo con una mezcla de fascinación y cansancio. Aunque no pertenecía a ese lugar, había aprendido a manejarse allí, como parte de un acuerdo silencioso con su marido, porque sabía que era necesario para que su amorcito pudiera concretar el sueño de convertirse en un diplomático con una carrera exitosa.
Y tal vez, muy en su interior, también era una forma de devolverle el apoyo que había recibido cuando se conocieron. En ese entonces, apenas le alcanzaba para comer y Gonzalo había sido la contención durante horas y horas interminables de guardias: el que lo tapaba cuando se quedaba dormido sobre un libro, el que procuraba que comiera, el que lo llevaba o lo iba a buscar a lugares horribles donde le tocaban sus prácticas, el que alguna vez lo defendió de un paciente violento que no era capaz de esperar su turno, el que soportó interminables quejas de su jefe de práctica y el que lo sostuvo cuando su madre enfermó y murió.
Había intercambiado una guardia para acompañar a su esposo esa noche. Era un esfuerzo por estar allí, por compartir esa parte de la vida de Gonzalo, pero una vez más había terminado sintiendo que ocupaba un lugar incómodo dentro de un escenario que nunca terminaba de pertenecerle.
Cuando aquel actor de Hollywood se abrió paso entre la gente que lo rodeaba, Marcos vio cómo las miradas comenzaban a seguirlo. Los murmullos aparecieron inmediatamente.
El hombre se acercó con una familiaridad que lo dejó inmóvil. Dos besos, una sonrisa, un gesto juguetón con la corbata y, mientras miraba a Marcos a su lado, sintió la mirada de desprecio de quien parecía considerarlo un simple acompañante. Entonces se inclinó hacia Gonzalo y le susurró al oído:
—¡Quiero verte, darling!
Marcos no dijo nada. No podía hacerlo. No allí. No con todos mirando.
Pero algo dentro suyo volvió a romperse.
Porque no era la primera vez.
No era el actor.
No era esa noche.
Era la suma de todas las veces anteriores.
Y Gonzalo todavía no entendía que para Marcos el problema nunca había sido su pasado.
El problema era que algunas personas seguían comportándose como si ese pasado todavía les perteneciera.
El actor dio media vuelta y se perdió entre el gentío que lo miraba pasar como si fuera el cisne más hermoso: etéreo, sigiloso. Una mezcla de víbora y cisne, pensó Marcos, que se dio cuenta de que su rostro transmitía sus pensamientos. Entonces llevó la copa de champagne a la boca como si aquel momento nunca hubiera existido; pero no sabia que tenía más burbujas si el champagne o su sangre que sentía que hervía a borbotones de la rabia.
Pero Gonzalo sintió que el aire se había puesto extraño y, aunque con el rabillo del ojo intentaba mirar hacia donde estaba mirando Marcos, no se atrevió a hacerlo abiertamente.
Marcos no era celoso, pero sabía que a su esposo le incomodaba su pasado promiscuo, porque ese pasado solía aparecerse demasiado seguido. Como nunca había terminado mal con esas personas y, además, muchas seguían formando parte de su círculo social, era inevitable cruzarlas.
Siempre había un “otro más”. Y ese también? Como que la lista nunca se terminaba a pesar que ya llevaban 8 años juntos, cuando se olvidaba de alguna de estas escena venía una nueva a recordarle que el pene de su esposo no tenía freno en el pasado.
Esta vez no iba a ser la excepción. Es más, Gonzalo todavía no sabía que aquello iba a ser apenas la punta de un iceberg en la relación tan pacífica que llevaba con su esposo.
En el auto, como iban con chofer, no voló ni una mosca. Era un silencio incómodo. Si bien Gonzalo intentó ser cariñoso con Marcos, este no lo aceptó como lo hacía siempre, la indiferencia cortaba el aire. Su mirada estaba fija en el paisaje a través de la ventanilla, aunque en realidad no estaba mirando nada.
La cabeza de Marcos volvía una y otra vez a escenas como la que habían vivido con Nathan Cole, así se llamaba el actor, y sentía que la sangre le iba hirviendo, aunque como es medico sabia que eso no funcionaba asi pero igual sentia un calor que subía y bajaba que aceleraba su corazón de rabia
Si bien, cuando iban con chofer, era él quien se bajaba para abrirles la puerta a sus jefes, esta vez Marcos descendió como una ráfaga. Cuando Gonzalo solo vio su estela, supo que el enojo era mucho más profundo de lo que había imaginado. Pero, como jamás habían tenido una discusión realmente grave, se dirigió al ascensor confiado.
Solo alcanzó a ver cómo las puertas se cerraban. Levantó la mano para intentar detenerlas, pero fue inútil. El ascensor comenzó a subir.
Jamás Marcos había hecho algo así.
Es más, al terminar las fiestas ese solía ser el momento que más esperaba. Apenas se quedaban solos, se transformaba en ese esposo fogoso que lo besaba y acariciaba durante el viaje hasta que, al cruzar la puerta de su casa, ambos terminaban haciendo el amor con la misma pasión con la que se habían contenido toda la noche.
Los minutos que esperó a que el ascensor volviera se le hicieron interminables. Jugaba nerviosamente con la punta del pie mientras intentaba encontrar la manera de arreglar aquella situación. Permanecía con las manos hundidas en los bolsillos, con la misma expresión de un niño que espera, resignado, el reto que sabe que merece.
Cuando entró a la habitación ya vio a Marcos cambiado. Llevaba ropa deportiva.
—¿Tanto tiempo había pasado? —se preguntó.
Veía cómo se movía con movimientos rápidos y enojados; se le notaba la furia por los poros. Gonzalo seguía con la vista clavada en la punta de sus zapatos, las manos en los bolsillos y la corbata aflojada. Intentó empezar a hablar cuando vio que un bolso caía sobre la cama y, seguido de eso, la ropa comenzaba a volar desde el vestidor hasta el colchón. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que algo muy grave estaba pasando.
Lo que nunca alzaba la voz le salió sin poder evitarlo.
—¡Marcos!
Inmediatamente volvió a controlar el tono. Su cuerpo no sabía hacia dónde moverse, si ir a agarrar el bolso o acercarse a donde estaba su amor tirando la ropa con esa cara, esa cara tan bella, ahora completamente transformada por la rabia.
—¿Qué pasa? —fue lo único que le salió—. ¿Por qué estás poniendo la ropa en el bolso?
Marcos se acercó y empezó a meter la ropa adentro.
—Me voy.
No dijo nada más.
Gonzalo se acercó con desesperación y empezó a sacar la ropa que estaba dentro del bolso. Marcos la volvía a guardar y, con los dientes apretados, lo fulminaba con la mirada. Gonzalo sacaba la ropa una y otra vez, y Marcos, con cada vez más rabia, la volvía a empujar dentro del bolso.
Entonces Gonzalo, como si fuera un niño, agarró el bolso.
Marcos se quedó inmóvil un instante. Se llevó las manos a la cintura y lo miró con una mezcla de incredulidad y enojo.
—No seas infantil.
Gonzalo, con el bolso colgado del antebrazo y las manos juntas, suplicaba.
—Por favor... por favor, no hagas esto. Por favor, hablemos. Nunca hiciste esto...
Esa última frase fue como avivar todavía más el fuego. Vio cómo el rostro de Marcos se transformaba.
Marcos alzó la voz por primera vez en esa habitación. Qué decía, en esa casa. Esa casa solo había sido testigo de escenas de amor. Era su primera casa juntos, la casa de recién casados, la que los había visto hacer el amor en cada rincón, llenarse de mimos, despertarse cada mañana entre caricias antes de que cada uno partiera hacia su trabajo. Era la casa donde, por primera vez, habían compartido su amor con sus familias. Una casa llena de risas, de amigos que, a veces con un poco de envidia, admiraban la dulzura de aquella pareja.
Gonzalo estaba desesperado. Toda su templanza diplomática, su educación inglesa y esa personalidad conciliadora que había construido durante toda su vida se vinieron abajo. Estaba preparado para mediar entre países enfrentados, pero descubrió, con un dolor insoportable, que no estaba preparado para apaciguar el enojo del hombre que amaba.
Marcos vomitó las palabras, no las dijo.
—¡Ahora el pito de mi esposo es internacional! ¡Una mariquita atravesó todo el salón del Palacio Antúnez y, delante mío, le dijo no sé qué cosa al oído! ¿Qué sigue? ¿Una felación en la escalera de la facultad de derecho, conmigo al lado brindando con una copa de champagne?
En ese momento, Marcos, que medía un metro ochenta, parecía medir tres metros. Estaba con los brazos cruzados, gritando, mientras Gonzalo se hacía cada vez más pequeño frente a él.
—Por favor, mi vida. Nathan no creo que sepa que estoy casado. Es un actor muy ocupado, lo conocí hace muchos años y lo nuestro fue solo sexo.
—¿Así que el señor Nathan Cole, el que ganó un Oscar, para vos es “Nathan” y solo se la metiste y sacaste hace muchos años? ¿Y por qué será que cada vez que estamos en un evento público aparece una persona en la que el pito de “mi marido” —deletreó la frase con un desprecio que jamás Gonzalo le había escuchado— estuvo adentro?
Gonzalo intentó explicarlo con la calma que lo caracterizaba, esa forma casi irritante de ordenar las situaciones como si todo pudiera resolverse encontrando la explicación correcta.
—Marcos, no podés ponerlo en el mismo lugar. Nathan hace años que no viene acá, hace mucho que no nos vemos. Es probable que ni siquiera supiera de nuestro casamiento.
Marcos lo miró fijamente.
No era la primera vez que escuchaba una explicación parecida.
—¿En serio?
Gonzalo frunció apenas el ceño.
—¿Qué?
—Que siempre encontrás una explicación. Siempre.
Marcos caminó unos pasos por la habitación, intentando ordenar la bronca que llevaba acumulando desde hacía demasiado tiempo.
—No hay un solo evento público al que vayamos en el que no termine pasando algo así, Gonzalo. No hay uno. Siempre aparece alguien que se acerca demasiado, alguien que cree que porque tuvo una historia con vos tiene algún tipo de derecho todavía.
Gonzalo permaneció en silencio. Porque sabía que algo de eso era cierto.
—Y no me digas que no saben, porque muchos saben perfectamente quién soy. Muchos estuvieron en nuestro casamiento.
Marcos soltó una risa amarga.
—¿Te acordás de nuestro casamiento?
La pregunta hizo que Gonzalo levantara la vista.
—Porque yo sí me acuerdo. Me acuerdo de estar en nuestra propia fiesta de casamiento y sentir que algunos estaban más preocupados por demostrarte que todavía podían tener acceso a vos que por celebrar que estábamos empezando una vida juntos.
Gonzalo bajó la mirada.
—Marcos...
—No, déjame terminar.
Su voz no era un grito. Era peor. Era la voz de alguien que llevaba mucho tiempo guardándose algo.
—Un polista se acercó en nuestra boda y esa noche, delante mío, sabiendo perfectamente quién era yo, y tuvo la cara de decirte que el hecho de estar casado no impedía que ustedes siguieran encontrándose en el club para practicar en el baño, lo dijo mirandome a los ojos.
El silencio fue inmediato.
Incluso Gonzalo, que había aprendido a no sorprenderse por casi nada, sintió nuevamente la incomodidad de aquel recuerdo.
Porque era verdad.
—Yo nunca oculté mi pasado. Sé que no soy ejemplo de nada, pero jamás lo negué. ¿Por qué ahora estás celoso de él?
Apenas terminó de decirlo, se dio cuenta de que había vuelto a avivar el fuego y que ahora las llamas lo abrazaban.
—¡Seguís sin entender nada! Sos un hombre tan inteligente... pensé que esa inteligencia también era emocional. Sería tan fácil todo si yo estuviera “celoso” —hizo el gesto de las comillas en el aire—. ¡El problema sos vos!
Gonzalo se señaló con un dedo.
—¿Yo?
—¡Sí, vos! Vos, que no sabés cómo parar a esa gente. Además, siempre los justificas. El que te agarró el bulto en medio de tu cumpleaños y casi te da un pico, vos lo justificaste con un “estaba borracho”. El que, en medio del casamiento de tu prima, encima un tipo casado con la mujer más chusma de la alta sociedad de Buenos Aires, vino a proponerte ir al baño para recordar viejos tiempos.Ellos son unos desubicados. Pero el que estaba ahí, dejando que eso pasara, sin hacerse respetar en esta nueva etapa y, sobre todo, sin hacerme respetar a mí, fuiste vos.
Y, al decirlo, Marcos lo señaló con el dedo.
—¿Y sigo? Porque tengo muchos más para recordarte.
El único que me importa sos vos, le dijo a Gonzalo, yo nunca te fui infiel.
-“Claro que no significan nada para vos. El problema es que ellos no actúan como si no significaran nada.”
En un movimiento inesperado, Marcos le arrebató el bolso del brazo a Gonzalo. Él ni siquiera intentó impedirlo. Permanecía petrificado ante la catarata de situaciones que Marcos acababa de enumerarle, pruebas que él siempre había dejado pasar como simples anécdotas protagonizadas por gente desubicada. Jamás se le había ocurrido que Marcos hubiera guardado cada una de ellas en silencio para vomitárselas, todas juntas, esa noche.
El pulcro Gonzalo, el impecable, estaba parado, desaliñado, con los hombros caídos. Su peinado, ensayado y acomodado millones de veces, ahora estaba revuelto. Sus ojos, vidriosos, todavía no terminaban de entender qué era lo que estaba pasando.
Marcos, en un solo movimiento, volvió a meter la ropa dentro del bolso. Gonzalo, ya sin fuerzas, intentó arrebatárselo una vez más.
—Me voy a dormir al sanatorio. No quiero quedarme esta noche acá porque no quiero decirte algo de lo que después me arrepienta. Necesito calmarme y hoy, acá, no lo voy a lograr.
Levantó la frente, como si necesitara enarbolar el poco orgullo que todavía le quedaba.
Gonzalo lo sujetó del brazo.
—No manejes vos... Hoy tomaste.
—Tomaré un taxi —contestó Marcos sin mirarlo.
Se dirigió al living. Las llaves brillaban sobre la mesita. Antes de que pudiera tomarlas, Gonzalo, en un movimiento casi infantil, las agarró y las escondió detrás de la espalda.
Marcos soltó un resoplido de fastidio.
—Jamás me mostraste que fueras tan infantil. Dame mis llaves.
Gonzalo se acercó lentamente. Sin dejar de esconder las llaves detrás de la espalda, intentó robarle un beso.
Marcos logró esquivarlo y lo miró con desprecio intentó rodearlo para alcanzarlas, pero Gonzalo acortó la distancia entre los dos. Buscó su boca en un beso breve, torpe, desesperado, más nacido del miedo que del deseo.
Marcos giró apenas la cara.
—No.
Antes de que pudiera apartarse, Gonzalo lo abrazó con fuerza.
No era un abrazo posesivo.
Era el abrazo de alguien que sentía que, si lo soltaba, iba a verlo cruzar la puerta.
—Soltame.
Marcos intentó apartarlo.
—Gonzalo, soltame.
Él negó con la cabeza sin aflojar los brazos.
—Por favor...
—¡Soltame!
Cuanto más forcejeaba Marcos, con más desesperación parecía aferrarse Gonzalo.
Marcos forcejeó unos segundos más, intentando liberarse de los brazos de Gonzalo.
Pero él no lo soltaba.
Entonces, en un movimiento impulsivo, Marcos le propinó un pisotón.
Gonzalo lo soltó inmediatamente y gritó por el dolor, sorprendido más por el gesto que por la fuerza del golpe.
Fue apenas un instante.
El tiempo suficiente para que Marcos recuperara las llaves que habían quedado en el suelo.
Sin mirarlo, corrio hacia la puerta.
Gonzalo todavía seguía inmóvil, intentando procesar lo que acababa de ocurrir.
Marcos salió rápidamente y, antes de que pudiera reaccionar, cerró la puerta con llave del otro lado.
Gonzalo golpeó la puerta, gritando para que Marcos no se fuera, pero, en el fondo, sabía que eso no iba a resultar.
Se dejó caer al piso, llevó las rodillas contra el pecho y se agarró la cabeza. Todavía no podía creer que, en apenas un par de horas, su vida se hubiera desmoronado de esa manera. Su vida perfecta. Su pareja perfecta. Su casa perfecta. Su amor perfecto.
Y fue entonces cuando el miedo que lo había acompañado toda la vida salió a flor de piel: el miedo al abandono.
El solitario Gonzalo y su doble apellido. El niño que esperaba que el chofer, y no su mamá como los otros chicos, lo fuera a buscar. El que solo había sentido el calor de una caricia a través de su niñera, una mujer humilde que lo amaba por un salario, la única de quien conoció la calidez de un abrazo, y no de aquella que debía habérselo dado.
Pero, para esa mujer, él, como sus hermanos, no era más que un cumplimiento social. Una equis en un listado de cosas que había que hacer.
“Hijos”. Tilde.
Pasar al siguiente punto.
Y así se había manejado el parte de su vida.
“Sexo”. Listo.
Hasta que Marcos llegó a ella.
Entonces, de aquel listado, se tachó todo.
Solo quedó una única línea:
“Amor”. Listo.









Dios Mio ni por que es Gay respeta
Tengo ganas de golpearlooo
Gonzalo de mierda si no conoces el respeto ven te lo muestro a cachetadas