La ciudad para hacer el amor
Oscar estaba en la cama de mi habitación, desnuda; su uniforme a un lado. Estaba deseosa, con las piernas abiertas, esperando mi próximo movimiento. Me acerqué a ella acariciando suavemente su piel hasta ponerme en medio de sus piernas; besé suavemente su cuello para luego pasar a sus pechos. Podía sentir cómo se retorcía de placer. Poco a poco bajé mi mano a su sexo, ya húmedo; suavemente metí mis dedos. Comenzó a arquear su espalda y, mientras más metía y sacaba mis dedos, más gemidos salían de su boca.
—¿André te hacía sentir igual? —pregunté sin esperar respuesta; ya la tenía.Mis movimientos se volvieron más agresivos mientras le tapaba la boca. Ella intentaba levantarse, pero no pudo; las lágrimas comenzaron a salir de sus hermosos ojos. Estaba al límite. Luego introduje un tercer dedo e, inevitablemente, soltó un grito. Comenzó a moverlos sin esperar más; de su boca salió una súplica:—Ernesto, por favor, saca un dedo; apenas puedo con dos y tú metes tres...
2026, Madrid
Mi nombre es Elizabet Suarco del Valle; provengo de una familia a la que yo llamo de clase media-alta. No soy tan rica para ciertos lujos, pero sí para otros. Mi madre es maestra en una de las universidades más importantes de España y mi padre es un arquitecto bien posicionado. Gracias a eso, mis hermanos y yo hemos tenido una educación de nivel; contrario a lo que se piensa, recibimos las mismas clases y lecciones, lo que equivalía a esgrima, equitación, artes marciales y tiro con armas de fuego. Mi padre creía que todos sus hijos debían estar al mismo nivel, ya que todos éramos iguales; no tenía favoritos, pues nos trataba a todos por igual. Mi madre estaba en desacuerdo con eso, ya que consideraba que yo, como la única hija, debía estar en cosas más delicadas, pero mi padre nunca cedió.Respecto a lo académico, yo tenía planeado irme a una academia de pilotos, ya que quería serlo, y mi padre me apoyaría enviándome a Francia. Mi madre, muy a regañadientes, aceptó; después de graduarme, hice mis maletas y me fui a Francia.
El lugar era pequeño, pero no me quejo; peor es nada. Luego de acomodar mis cosas en el clóset, se me cayó un arete bajo el armario. Al intentar recuperar mi joya, sentí algo como un libro; al tomarlo, me di cuenta de que era un viejo libro de historia de la Revolución Francesa, un tema que me sé de pies a cabeza. Se me hizo muy interesante, así que decidí conservarlo y echarle un vistazo. Mientras leía, un nombre se me hizo muy curioso:Oscar François de Jarjayes.«¿Nunca había escuchado de él?», pensé. Curiosa ante el nuevo descubrimiento, le di una ojeada al libro; mientras más leía, más me emocionaba sobre quién resultaba ser una mujer con nombre, educación y posiciones que siempre le correspondían a un hombre.Conforme los días pasaban, mi interés por ella se volvió increíble; empecé a investigar sobre ella, cómo murió y sus ideales políticos. Era como una Santa Juana de Arco, y yo, como una niña obsesionada con un personaje de una historia. Oscar era hermosa: su bello cabello rubio, ojos claros, piel blanca y labios carmesí. Mirando una imagen en internet y viéndola con su uniforme, me atrevo a decir que se miraba tan sensual que admito que era erótico verla; esperaba no obsesionarme con ella.
Conforme a mi estadía en Francia, comencé a aprovechar mi soledad en mi departamento. Si te lo preguntas, sí, soy lesbiana, y en Francia mujeres hermosas hay por doquier. Había tomado la decisión de follarme a cuantas se me diera la gana; me gustaba ir a bares donde, por mi aspecto masculino, las bragas no me faltaban y terminaba amaneciendo con alguien a mi lado. Y sí, yo soy la activa en el sexo; adoro ver las expresiones de las chicas al ser masturbadas por mí o cómo se les ponen los ojos en blanco cuando les paso la lengua por sus coños excitados. Ya tenía experiencia en usar los dedos y la lengua, así que las chicas salían satisfechas; claro que tenían el detalle de regalarme sus bragas como recuerdo. Pero había un patrón: me acostaba con mujeres rubias, un poco más altas que yo, de ojos claros... mujeres que se parecían a ella, esa mujer del siglo XVII que me tenia poseída como si algún día la encontraría, pero desearía hacerlo y follarla tal como lo hago con las otras chicas, aquí en la ciudad perfecta para hacer el amor.
Una noche, me decidi a salir por algo de divercion, me arregle, me puse un conjuto de una camisa y un pantalon, mi aspecto masculino daba un toque probocador que sabia que gustaba, tome mi cartera y sali. En el bar me pedi un trago para empezar, no habia pasado mucho cuando mis ojos se posaron en una belleza francesa, alta de cabellos rubios, y vestia muy similar a mi, note que me miro asi que decidi dar el primer paso y le mande una copa con invitacion para que se acerque, mi tactica funciono y la chica se acerco sola, -gracias por el trago- me dijo de belleza, -envidio al trago, almenos el tubo la dicha de mujar tus labios- le guiño el ojo ante mi comentario, sobra decir que terminamos en mi departamento, la cargue asta mi cama donde la desvesti sin delicadeza, comence a besar su cuello dejando mordidas en ella, baje a sus pechos, comenzze a jugar con mi lengua succionando su pezon y mondiendolo, maje mi mano a su sexo ya humedo, era claro que rogaba por ser penetrada, introduje mis dedos dentro de ella acelerando el nivel cada vez mas y mas, mis labios apretaban los suyos para callar sus gemidos, no queria que mis vecinos se enteraran de lo que hacia en las noches. ya ambas desnudas baje asta su coño, como vestia ambrienta empece a lamer su clitoris, sentia como se retorcia con apenas mi tancto, introduje mis dedos dentro de ella, cabe decir que le bese asta la sombra, en medio de la noche prendiemdo un cigarro vi en mi computadora la foto de Oscar, ese cuadro que me encantaba, ecxitaba y demas cosas que la mente de una adolecente caliente podria crear, ¿estoy enferma? talvez si y que delicia es estar enferma.








