El Placer No Tiene Edad — Sexo Prohibido Jovencitas Y Viejos by Sofia Rivero at Inkitt
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El placer no tiene edad — Sexo prohibido jovencitas y viejos

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Summary

Relato erótico prohibido de alto voltaje. Jovencitas entregadas al deseo más oscuro, sexo explícito con ancianos, placer clandestino y pecado sin límites. Cuando Gabriela, una princesa de dieciocho años con ojos verde esmeralda y cuerpo de diosa, se arrodilla ante un jubilado de cincuenta y ocho que huele a tabaco y a naftalina, desata un huracán de morbo, pasión y lujuria que ninguna de las dos amigas podrá controlar. Esta historia erótica +18 te sumerge en un torbellino de seducción ardiente, fantasías salvajes y encuentros secretos donde el único pecado es quedarse con las ganas. Tentación prohibida, sexo intenso, caricias atrevidas y la entrega más sensual a lo clandestino: bienvenido al universo de “Las putitas del viejo”, donde la inocencia se corrompe y el placer no tiene edad. Si buscás un relato caliente que explore sin censura el deseo femenino, las relaciones con diferencia de edad extrema y el morbo psicológico de lo prohibido, este texto te dejará sin aliento. ⚠️ Aclaración importante: Esta obra es una ficción erótica destinada exclusivamente a un público adulto mayor de dieciocho años. No se intenta hacer apología de ninguna conducta, ni se promueven relaciones inapropiadas en la vida real. Todos los personajes son ficticios y mayores de edad. La historia explora fantasías desde un enfoque literario y de entretenimiento, sin pretender reflejar valores ni consejos para la realidad. Si sos menor de edad, no leas este contenido. Si sos adulto y te gusta el género, disfrutá con responsabilidad. 🔞🔥

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Princesa con la boca mágica

El viento de la tarde no alcanzaba a disimular el calor pegajoso del asfalto. Juan Camilo Flores pedaleaba con una cadencia irregular, más por inercia que por convicción, sintiendo cómo el sillín de la bicicleta le castigaba los huesos de la pelvis. Hacía tres semanas que el médico, un muchacho con cara de recién egresado y modos de regaño filial, le había dado la sentencia: cero cigarrillos y actividad física diaria. La primera semana había intentado el gimnasio, un galpón de espejos y música electrónica donde las máquinas parecían instrumentos de tortura diseñados para humillar su cuerpo fofo. Después probó salir a correr, pero el espectáculo de su propia respiración asmática y el golpeteo de su barriga cervecera contra el cinturón de la bermuda le resultaron patéticos. La bicicleta había sido un hallazgo casi arqueológico, rescatada del fondo del lavadero. Un mastodonte de hierro con el caño curvado, óxido comiendo la pintura verde agua, y unas cubiertas agrietadas que pedían la jubilación treinta años atrás. Pero algo tenía ese parque. Algo que lo hacía distinto. No había vendedores de globos, ni familias con conservadora, ni esa música infantil que te taladra el cráneo. Era un pulmón verde en medio de la ciudad, con un declive suave de césped raído y una zona de árboles añejos donde la luz caía tamizada, creando un claroscuro limpio, casi irreal. El sendero principal bordeaba el perímetro como una arteria de tierra apisonada, y a esa hora de la tarde, el lugar exhalaba una atmósfera de soledad disciplinada: gente trotando con auriculares, algún perro corriendo detrás de una pelota, y chicas. Muchas chicas jóvenes. Con esas mallas ajustadas que son como una segunda piel, con tops que dejan ver el ombligo, con el pelo recogido en colas de caballo que se hamacan al ritmo del trote.

"Es una forma de motivarme", pensó Juan Camilo mientras dejaba la bicicleta a un costado y se sentaba en un banco de madera descascarada, con la excusa de tomar agua. "La salud es lo primero, me dijo el doctor".

Su mano, de nudillos abultados y venas marcadas como ríos en un mapa gastado, rebuscó la botella en la mochila, pero sus ojos derivaban a un costado. Era casi involuntario, un reflejo atávico. Veía pasar a una morocha de caderas anchas, calza negra, el talle torneado por la gimnasia, y sentía en el pecho un pinchazo de admiración estéril. Sabía cómo se veía él mismo: un viejo de cincuenta y ocho años con una nariz grande, ganchuda, que eclipsaba el resto de la cara; canas desordenadas que necesitaban un peine urgente y una barbería todavía más urgente; una barba de tres días, blanca y gris, salpicada como ceniza en la piel flácida de la mandíbula. La bermuda de gabardina y la remera de algodón raída, lavada mil veces, olía a suavizante barato y a un dejo de naftalina que no se iba más. Las zapatillas, unas Topper viejas con la suela gastada hacia adentro, delataban el paso torpe, la pisada insegura. Cuando se inclinó para ajustar la válvula de la rueda, aspiró su propio aliento: café, nicotina añeja en los alvéolos, aunque ya no fumara. Dos semanas sin fumar, un triunfo amargo. Las yemas de los dedos ya no tenían ese tinte amarillo del tabaco, pero los dientes, ésos seguían siendo una hilera despareja de color marfil oscuro, como teclas de un piano viejo.

Pero algo había cambiado en él. En el reflejo del vaso de agua, al volver del parque, se veía menos gris. El ejercicio, o quizás la rutina de venir al parque, le había devuelto un apetito que creía perdido. Apetito por la comida, por el aire denso de las tardes, por la visión de esas mujeres jóvenes que pasaban sin mirarlo, invisibles para él como él lo era para ellas. No era un degenerado, se decía. No babeaba. No miraba de forma obscena. Sólo observaba, con la distancia de un coleccionista que admira una pieza de museo, sabiendo que jamás va a tocarla.

Ese martes, el calor era más bochornoso. La tierra del sendero, reseca, levantaba una polvareda finita que se pegaba al sudor de los tobillos. Juan Camilo había completado dos vueltas al circuito, con la respiración ya más acompasada, cuando decidió tomar un desvío por la zona arbolada. La frescura de la sombra le cayó sobre los hombros como un alivio líquido. Y justo ahí, a unos veinte metros, la vio.

Estaba agachada junto a la bicicleta, una máquina moderna de montaña, blanca con detalles negros, las ruedas gordas con tacos pronunciados, la suspensión delantera brillante. Pero era ella. No la bicicleta. Era su figura delgada, la cintura fina ceñida por un short negro de tiro alto, las piernas largas y torneadas que salían de las zapatillas blancas como dos esculturas de bronce claro. El top a rayas multicolor, de esos que dejan los hombros completamente desnudos, se tensaba sobre la espalda recta. El cabello, un castaño claro casi rubio, larguísimo, le caía lacio como una cortina de seda líquida hasta la cintura, ocultando el rostro mientras ella forcejeaba con la cadena. Se había salido, trabada entre el piñón y el cuadro. La escuchó resoplar, un quejido suave, frustrado, casi infantil. Vio sus dedos manchados de grasa tirando sin fuerza, con la ineficacia adorable de quien jamás ha tenido que arreglar nada.

Juan Camilo apoyó la bicicleta, se bajó con la torpeza de quien no encuentra el equilibrio en el primer intento, y caminó hacia ella con las manos en los bolsillos, tratando de que su sombra no la asustara. Cuando estuvo a dos metros, ella levantó la vista.

Los ojos verdes lo atravesaron como un pinchazo de esmeralda líquida, profundos y curiosos, sombreados por unas pestañas largas que no necesitaban rímel. El rostro era de una suavidad principesca, de esas que parecen esculpidas en marfil: pómulos suaves, nariz recta, y unos labios carnosos, naturalmente rosados, que entreabiertos dejaban ver unos dientes parejos y blancos.

— ¿Quieres que te ayude? — Juan Camilo esbozó una sonrisa que pretendía ser amable, pero que él sabía mostraba el desastre amarillento de sus dientes. Su voz sonó ronca, por la falta de uso y el tabaquismo pretérito.

Gabriela lo miró de arriba abajo. Un barrido rápido que empezó en las zapatillas viejas, pasó por la barriga redonda, la remera deformada, y terminó en los ojos grises, cansados pero amables, del anciano. "Parece inofensivo", pensó. "Un viejito cualquiera del barrio". No había peligro en esa narizota, en esas manos temblorosas. Así que sonrió, y la sonrisa transformó el paisaje anodino del parque en un jardín secreto.

— Sí, sola no puedo. Es nueva esta maldita bici y ya me dejó tirada — dijo ella, con una voz cantarina, dulce, pero con un dejo de picardía que no encajaba del todo con la escena de damisela en apuros.

Él no dijo mucho más. Sacó del bolsillo de la mochila un estuche de cuero ajado, y de ahí una llave inglesa diminuta. Se inclinó con un crujido de vértebras, sus dedos se movieron con una seguridad sorprendente, aflojando la tuerca trasera, destrabando el eslabón rebelde, ajustando la tensión. Eran manos que habían trabajado toda la vida, manos que sabían de caños, de roscas, de maderas y metales. Un oficio que el cuerpo no olvida. En tres movimientos, la cadena volvió a su lugar. La hizo girar los pedales con el pie para comprobarlo.

— Listo. Ya está — murmuró, enderezándose y limpiándose la grasa en la bermuda.

— ¡No lo puedo creer! — Gabriela aplaudió un aplauso mudo, pura expresión facial — ¿Cómo hiciste tan rápido? Sos un genio. Gracias, de verdad, gracias.

— No es nada, che. Una pavada. Tenía la cadena mordida, nomás.

— Pavada para vos, porque yo seguía acá hasta mañana — ella rió, echándose el pelo hacia atrás con un gesto que dejó al descubierto la línea esbelta del cuello —. En serio, mil gracias... ¿cómo te llamás?

— Juan Camilo. Y vos...

— Gabriela. Pero decime Gabi.

El diálogo se estiró. Él, al principio, respondía con monosílabos, pero ella parecía genuinamente interesada en conversar. O quizás no tenía apuro. Él le dijo que había venido al parque por recomendación médica, que odiaba el gimnasio, que su bicicleta era un fósil. Ella señaló la bicicleta oxidada contra un árbol y largó una carcajada cristalina.

— ¿Y vos? — preguntó él, con la necesidad de seguir escuchando esa voz, de sentir en la cara esa atención exclusiva que no recibía desde hacía décadas —. ¿Sos profesional o venís a pasear?

— Vengo por deporte. Estoy en la facultad, primer año de psicología, pero los martes tengo la tarde libre. ¿Vos vivís por acá cerca?

— A unas quince cuadras. Vengo casi todos los días. Le estoy tomando el gustito a esto de pedalear. Y además... — se detuvo, buscando un chiste que la haga reír —, el paisaje ayuda.

Gabriela arqueó una ceja, pero no se ofendió. Lo miró con una atención clínica, como evaluándolo. "Sabe que estoy viejo y feo", pensó él. "Sabe que la estoy mirando. Pero no se incomoda. ¿Por qué no se incomoda?".

— ¿Y no venís con tu mujer? — preguntó ella de repente, como quien pregunta la hora.

El golpe fue seco, pero Juan Camilo se lo esperaba. Siempre llegaba, tarde o temprano, la pregunta que separaba a los vivos de los muertos.

— Soy viudo. Hace más de cinco años ya. Así que vengo solo.

Los ojos verdes se nublaron un instante, ese velo de piedad obligatoria que la gente pone como quien se cubre la boca al bostezar.

— Ay, perdón. No tendría que haberte preguntado.

— No pasa nada. Ya está, fue hace mucho.

Silencio. Un silencio donde sólo se escuchaba el zumbido de los insectos y el roce del viento en los árboles. Ella lo rompió con un giro súbito, como para aliviar la tensión, yendo hacia su bicicleta y pasando la mano por el cuadro blanco.

— Es linda tu bicicleta — dijo él, por decir algo, odiando haber tensado el ambiente.

— Es un regalo de mi viejo. Para que no ande en bondi.

— La mía es tan vieja que cuando la compré los dinosaurios todavía pagaban impuestos.

Otra vez la risa, más relajada, más cómplice. A Gabriela le gustaba esa simpatía cascada, ese humor de perdedor digno. En la cabeza de ella, sin embargo, se movía otra cosa, un pensamiento que ocultaba detrás de las pestañas bajas, detrás de la conversación trivial. "Es el indicado". Lo supo cuando lo vio acercarse, cuando olió esa mezcla de naftalina y humanidad. Tenía la fantasía desde los dieciséis, un deseo que nunca había confesado a sus amigas, a su psicólogo, a nadie. Hombres mayores. Viejos. Como éste. Con las manos ásperas y el aliento a tiempo. "Es perfecto", pensó, mientras le preguntaba si no le dolían las rodillas con ese asiento tan duro. "Perfecto. Inofensivo. Disponible. Viudo". La palabra le resonó en el estómago, un calor bajando por la pelvis. "Viudo. Solo. Nadie le va a preguntar dónde estuvo". Pero no lo dijo. Habló de las materias de la facultad, de lo difícil que era semiología, todo con una naturalidad infantil, balanceando el cuerpo con un movimiento casi hipnótico de caderas mientras estaba parada junto a la bici. Él la miraba, sin saber si podía mirarla, sintiendo que esa chica era una alucinación producida por la abstinencia de nicotina. Ella ocultaba la fantasía detrás de una sonrisa de niña buena, pero el pulso se le aceleraba en las muñecas, en la garganta, sintiendo un morbo que la enardecía: la idea de seducir a ese hombre desarreglado, de bajarle el cierre, de arrodillarse ante esa decadencia andante.

— Bueno, me tengo que ir — dijo ella, subiendo de un salto a la bicicleta. Los músculos de sus muslos se tensaron al pedalear el primer envión —. Gracias, Juan Camilo. Ojalá nos crucemos de nuevo.

— Sí, ojalá — respondió él, la voz casi un susurro.

La observó alejarse por el sendero de tierra, el short negro que se pegaba a la piel con el movimiento, el top a rayas ondeando como una bandera de feria, el cabello castaño flotando en una estela que dejaba olor a shampoo de coco. La bicicleta blanca devoraba los metros, y la figura de Gabriela se recortó contra el cielo naranja de la tarde, una silueta larga y estilizada que se llevó consigo la belleza del parque.

Juan Camilo se quedó cinco minutos sin moverse. La boca seca. El pecho agitado, no por el ejercicio, sino por una emoción que no sabía nombrar, una mezcla de gratitud, de ridículo y de una excitación remota, casi arqueológica, que creía enterrada junto a su mujer.

Al otro día, ni siquiera dudó en volver. Se bañó con más cuidado, se peinó las canas con agua, se puso una remera un poco menos vieja. El ritual del parque se había convertido en una vigilia. Iba, giraba, miraba. No estaba. Pasó media hora. Cuarenta minutos. Empezó a sentir una opresión ridícula en el esternón, una tristeza absurda. ¿Qué esperaba? ¿Que una chica de dieciocho años, una princesa de cuento, le diera bola a un vejestorio como él?

Estaba a punto de subirse a la bicicleta para volver a su casa cuando la vio pasar como una exhalación. La melena suelta, una calza azul eléctrico, un top negro. Pasó rápido, pero giró la cabeza, y al reconocerlo, le dedicó una sonrisa enorme, un destello de dientes blancos y ojos verdes que iluminó la tarde.

Ese gesto le dio cuerda para las siguientes dos vueltas al parque. Media hora después, cuando se cruzaron de frente en el sendero de los árboles, ella frenó de golpe, derrapando un poco la rueda trasera.

— Hola otra vez — dijo, un poco agitada, con un tono más íntimo.

— Hola, vos. Veo que la bici ya no te deja tirada.

— No, aprendí la lección. Ojalá no me pase de nuevo, pero si me pasa, ya sé a quién buscar.

Conversaron apoyados en los manubrios. La charla fue más larga y tendida que el día anterior. Sobre gustos, sobre el aburrimiento de hacer siempre el mismo circuito, sobre lo cara que está la vida. Ella habló de su compañera de departamento, que estudiaba diseño. Él contó alguna anécdota de arreglos, de su jubilación, de que sabía un poco de cada oficio porque en el campo se hacía todo a pulmón.

Y entonces, ella lo dijo. Con una vergüenza estudiada, bajando la mirada y jugando con un mechón de pelo.

— Mirá, Juan... ayer me dijiste que sabés un poco de todo y que estás jubilado, o sea que tenés tiempo...

— Sí. Soy un todólogo en potencia — bromeó él, el corazón empezando a latir más rápido.

— Es que en el departamento que comparto con mi amiga se rompió un caño en la cocina. Pierde agua por abajo de la pileta. Llamamos a un plomero y nos pidió una fortuna, y no encontramos a nadie más... ¿Vos no sabrás arreglarlo? ¿Me lo podrías arreglar? No tenés que hacerlo ahora, pero...

— Ahora, mañana, cuando quieras — se oyó decir a sí mismo, con una rapidez que lo sorprendió —. Yo te lo arreglo. No te voy a cobrar nada, quedate tranquila.

— ¿En serio? — los ojos le brillaron, un destello húmedo, agradecido —. Pero es mucho abuso.

— Para nada. Vamos ahora si te parece, así te olvidás del problema.

El camino al departamento fue un desfile de vértigo contenido. Pedaleaban a la par, a un ritmo lento, para seguir hablando. Gabriela iba delante en los cruces, y él la seguía, mirando cómo la calza se moldeaba a la curva perfecta de sus glúteos, cómo la espalda se erguía grácil. En la subida de una loma, ella se rió y le dijo que no se quedara atrás. La voz dulce se mezclaba con el viento, y a Juan Camilo le encantaba. Le encantaba como un condenado a muerte disfruta la última cena. En el camino, ella le contó que tenía examen de biología la semana siguiente, que su amiga era un desastre con la limpieza, que vivían en un piso alto sin ascensor.

— No me vas a odiar cuando tengas que subir la bici al hombro — se rió ella.

— Estoy en estado físico — mintió él, tocándose la barriga.

Llegaron a un edificio bajo, de ladrillo visto, con una escalera angosta y fría. Ella encadenó su bicicleta en el pasillo de entrada, él apoyó la suya al lado, sintiendo vergüenza del óxido junto al blanco inmaculado. Subieron. El departamento estaba en un tercer piso, y al abrir la puerta, un aroma a esencia de vainilla y a ropa limpia lo recibió. Era un ambiente luminoso, pequeño pero ordenado, con una mesa ratona llena de apuntes y un sillón de pana gastado. No había nadie.

— Mi amiga está en la facu. Tiene clase hasta las ocho. Ponele que viene en una hora. Pasá.

Gabriela lo guió hasta la cocina. Efectivamente, el flexible de la bajada de la pileta estaba partido, una rajadura finita que largaba un hilillo de agua cada vez que abrían la canilla. Una pavada. Él se quitó la campera y apoyó la mochila. Ella, mientras tanto, se movía por la cocina sin cambiar la expresión inocente.

— ¿Mate? — preguntó, con naturalidad.

— Dale, buenísimo.

Mientras él se agachaba con la linterna y la llave de pico, escuchaba el ruido de la pava, el golpe del paquete de yerba contra la mesada. La bombilla sonó metálica al raspar el fondo del mate de vidrio. Y Gabriela se acercó para alcanzárselo. Al levantar la vista del caño, él la vio de cuerpo entero en la penumbra de la cocina. Se había sacado las zapatillas. La calza azul eléctrico no era una simple calza, era una segunda piel que definía cada línea, el surco de los isquiotibiales, la tensión de los gemelos, la unión etérea de los muslos. El top negro, ajustado, le recogía los pechos pequeños y firmes, marcando con descaro los pezones endurecidos por el frescor del mármol. El ombligo era un punto de sombra en un abdomen liso que se hundía y se ensanchaba en la cadera fina. Olía a sudor limpio, a shampoo de coco y a bronceador.

— Gracias — dijo él, apartando la mirada rápido, concentrándose en la rosca.

Las manos le funcionaban como nunca. En quince minutos, el caño estaba ajustado, sellado, seco. Cerró la llave de paso, la abrió. Probó. Ni una gota. Juntó las herramientas con parsimonia, envuelto en un silencio denso que lo ponía nervioso.

— Listo — anunció, secándose el sudor de la frente —. Ya no pierde más.

— ¿Cuánto es? — la voz de Gabriela sonó detrás de él, más cerca de lo que esperaba. Se dio vuelta. Ella estaba apoyada en el marco de la puerta, los brazos cruzados bajo el pecho.

— Ya te dije, nada. Es un favor.

— Nada en la vida es gratis, Juan Camilo.

Él sonrió, incomodísimo, buscando la campera.

— Que seas buena compañía alcanza.

— No. No alcanza.

El tono cambió. Fue una transmutación instantánea. La niña inocente que hablaba de la facultad desapareció. Los ojos verdes se oscurecieron, tomando un matiz esmeralda profundo, las pupilas dilatadas. Avanzó un paso. Él retrocedió medio sin querer, trabándose con la mochila en el suelo. Gabriela avanzó otro paso más, sosteniéndole la mirada con una fijeza felina, hipnótica.

— ¿Qué... qué hacés? — preguntó él, la voz un hilo ronco.

Ella no respondió. Simplemente se dejó caer, suave, doblando las rodillas hasta tocar el piso de cerámica fría. El gesto fue fluido, ceremonial. Desde abajo, levantó la cabeza, el cabello castaño cayendo en cascada sobre los hombros desnudos, el cuello tenso, los labios carnosos entreabiertos. Sus manos pequeñas se posaron sobre las rodillas huesudas de Juan Camilo, subieron lentamente por la tela de la bermuda, sintiendo el temblor de los músculos flacos.

— Esperá... — él apoyó su mano sucia de grasa sobre la de ella, un intento fútil, casi un acto reflejo de caballero en desuso. Pero la mano de ella ya estaba en la hebilla del cinturón.

— Shh.

El chasquido del metal al soltarse sonó como un disparo en la cocina silenciosa. Bajó la cremallera con una lentitud insoportable, diente por diente. El sonido áspero, íntimo, vibró en la boca del estómago de él. Por dentro, en la mente de Juan Camilo, se libraba una guerra. "Está loca. Soy un viejo. Esto está mal. Pero Dios...". Sus dedos se crisparon en el aire y luego bajaron rendidos, aferrándose al borde de la mesada. Gabriela metió la mano dentro de la bragueta, tanteando entre el algodón gastado del bóxer, hasta encontrar la carne tibia y blanda, aún encogida por el miedo y la sorpresa. Lo sacó afuera con un cuidado maternal, exponiéndolo al aire.

Lo observó. Estaba flácido, vulnerable, con la cabeza cubierta aún en su mayor parte. La piel tenía un tono más oscuro, surcada por venas azuladas. Lo sostuvo entre el índice y el pulgar, como si fuera un objeto de valor.

Juan Camilo quiso hablar, pero sólo emitió un jadeo ahogado cuando ella, sin aviso previo y sin asco, se lo metió entero en la boca. El calor fue un impacto brutal, húmedo y envolvente, un shock de vida que le bombeó sangre directamente desde el pecho hacia la ingle. Cerró los ojos. Sintió la lengua de ella, áspera y suave al mismo tiempo, presionando contra el frenillo, serpenteando alrededor del glande mientras sus mejillas se hundían en una succión lenta y profunda. Gabriela cerró los ojos también, dejándose llevar por la textura, por el sabor salado y humano, por el morbo de tener la verga de un anciano desconocido descansando sobre su lengua. La sacó un segundo para respirar, con un hilo de saliva conectándola a la punta, y se fue hacia abajo, a la base, a chupar los testículos. Eran pesados, colgantes, arrugados. Los tomó enteros en su boca, uno primero, masajeándolo con la lengua mientras su mano derecha, experta para la edad, bombeaba suavemente el tronco. Luego el otro testículo, aplicando la misma presión tibia, sintiendo cómo el vello áspero le rozaba los labios.

— Ay, nena... — la súplica ronca escapó de la garganta de Juan Camilo, que se atrevió a mirar hacia abajo.

Ella lo miró desde el piso. Los ojos verdes, enormes, brillaban con una excitación animal. Se volvió a meter el miembro en la boca. Ya no estaba flácido. Se había hinchado hasta quedar erecto, una erección completa que no era particularmente larga ni ancha, pero sí dominada por un glande enorme, desproporcionado, rojo, tenso, un casco brillante que a Gabriela le pareció la cosa más obscena y hermosa que había visto. Abrió bien la boca para tragárselo, y sintió cómo esa cabeza gigante raspaba el paladar blando, cómo le llegaba al fondo de la garganta. "Es un viejo. Un simple anciano", se repetía, y el vértigo moral de la situación, la suciedad del acto, le mojaba la entrepierna más que cualquier caricia. Sintió que su propia ropa interior se empapaba.

Él dejó de ser pasivo. La bestia dormida de Juan Camilo despertó con un apetito voraz. Se inclinó un poco, conservando aún parte del pene en la boca de ella, y sus manos grandes y ásperas se cerraron sobre los pechos firmes de Gabriela por arriba del top. Apretó con torpeza, con desesperación, sintiendo la dureza de los pezones contra la palma de su mano, pellizcándolos entre el pulgar y el índice mojado de sudor. El gemido de ella vibró alrededor de su miembro, una onda de placer que le erizó los pelos de la nuca.

Gabriela empalaba su propia boca, buscando ahogarse. "Duele la mandíbula", pensó, el dolor mezclándose con la lujuria. "Nunca un tipo me había durado tanto. Ni los pibes de mi edad... ¿Así son todos los maduros?". La idea la sacudió. Comenzó a tocarse por arriba de la calza azul, frotándose el clítoris con la base de la mano en círculos frenéticos, descoordinados. El placer era un nudo caliente en la base del vientre, un resorte que se tensaba.

Juan Camilo la vio tocarse. Vio su mano atrapada entre sus propios muslos perfectos, el vaivén de su cuello, los ojos llorosos de esfuerzo y gula. El sudor perlaba la frente de él, le corría por las sienes canosas. Un mechón de cabello castaño de ella se pegó a la comisura de sus labios, mezclado con saliva y lubricidad. Él se lo apartó con un gesto casi tierno, para luego agarrarla con las dos manos de la nuca, enredando los dedos en esa mata de seda. Le sujetó la cabeza, firme.

— Quedate quieta — gruñó, con una autoridad que ni él mismo conocía.

Ella obedeció, dejando de moverse, con el miembro gigante ocupando toda su cavidad bucal. Él empezó a embestir. Un vaivén corto, seco, apuntando hacia la garganta. Los ojos de Gabriela se abrieron desmesurados, sintiendo la arcada, sintiendo la falta de aire, pero no lo detuvo. Al contrario, buscó más, empujando su cabeza contra la pelvis de él. El sonido era gutural, obsceno, un gluglú de asfixia que llenaba la cocina. En el forcejeo, el top se le subió un poco, mostrando las costillas marcadas debajo de la piel tensa. Las manos de él bajaron del pelo al cuello, apretando levemente los costados, sintiendo el pulso desbocado de la carótida.

Gabriela sintió el orgasmo llegar sin avisar, como una explosión blanca detrás de los párpados. No hacía falta más que la humillación de estar arrodillada, la falta de aire, el olor a viejo, a metal, a sexo. Su mano en la entrepierna se detuvo presionando fuerte, las caderas se sacudieron en espasmos violentos, un calor líquido empapando la ropa interior, manchando la calza azul eléctrico a la altura del pubis. Un orgasmo hondo, de esos que dejan la mente en blanco y los muslos temblando.

Él lo notó. Vio cómo ella se corría, sintió el aleteo de su garganta en la punta del miembro, y esa imagen, esa sensación, lo destrozó. Le pegó un tirón del pelo para sacarla, pero ella se resistió, clavándole las uñas en los muslos flacos, reclamando lo suyo. Así que la dejó. Volvió a agarrarla de la cabeza, y con un último envión brutal, enterró el miembro hasta la nuez, descargando en el fondo mismo de la garganta de ella. Un chorro caliente y espeso, directo al esófago, sin pasar por la lengua. Fue una eyaculación larga, casi dolorosa, un torrente de años de abstinencia y de una vida gris, vaciándose en aquella boca joven. Gritó bajo, un alarido animal, apretando los dientes amarillos, con los ojos inyectados en sangre.

Luego, el silencio. Sólo la respiración, dos jadeos asmáticos en diferentes alturas. Él la soltó, flácido ya, y el miembro brillante y rojo se deslizó fuera de la boca de ella con un chasquido húmedo. Gabriela cayó sentada sobre sus talones, pasándose la lengua por los labios hinchados, masajeándose la mandíbula, recuperando el aire. No había vergüenza en su postura, sólo una lasitud animal, un agradecimiento que temblaba en sus pestañas mojadas.

Juan Camilo se subió torpemente la bermuda, sintiéndose de repente ridículo, viejo, desnudo en el alma.

— Gracias — dijo Gabriela de repente, con la voz ronca y rota. Carraspeó para aclararla y sonrió, una sonrisa ladeada —. Gracias, por arreglar el caño... y por destaparme la garganta.

La frase fue tan chocante, tan irreal, que él soltó una risa nerviosa, sin saber adónde mirar. Agarró la mochila, necesitando salir de ahí, huir de ese pacto de miradas. Antes de llegar a la puerta de calle, se dio vuelta y la vio ahí, aún tirada en el piso, como una diosa pagana después del sacrificio, con la calza manchada y el top torcido. La luz de la tarde la bañaba en un resplandor dorado.

— Adiós, princesa con la boca mágica — le dijo, la voz firme a pesar del temblor interno.

Ella no contestó, sólo sonrió.

La puerta se cerró detrás de Juan Camilo. Bajó las escaleras con las piernas de goma, mareado, con el sabor del tabaco fantasma en la boca, mezclado con el recuerdo de la saliva ajena. No podía creer lo que había pasado. No era real. Pero el latido en sus sienes le decía que sí, que estaba vivo.

Dentro del departamento, Gabriela se levantó apoyándose en la mesada. Se miró en el reflejo oscuro de la ventana. Había cumplido la fantasía. Chupársela a un hombre mayor. Uno viejo, feo, sudado, con olor a naftalina y manos de plomo. El morbo se había ido de su cuerpo, pero no de su cabeza. No se había ido. No se había ido en absoluto. Al contrario, había crecido, expandiéndose como una mancha de aceite en el agua, reclamando más. Mucho más.

Continuara...

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