1. Cruce de palabras
A las seis y media, el despertador estaba sonando en casa de Miguel, pero no lo había oído. Estaba durmiendo de forma plácida y se sentía con ganas de levantarse. Sólo Paula, su madre, lo estaba escuchando.
Por su parte, Elena y Antonio, se estaban preparando para el trabajo y universidad respectivamente.
Paula estaba enfadada con el resto de integrantes de la familia y dispuesta a hacer lo posible para arreglar la situación, pero no encontraba la tecla.
Para demostrar quien mandaba, ella gritó.
—¡¡¡¡ Os queréis despertar de una vez!!! ¡¡¡¡Llegaréis tarde a la facultad y trabajo. Os estoy avisando por vuestro bien!!! —dijo abriendo la ventana.
—Ahora me levanto, solo un minuto —respondió Miguel poniéndose las manos a la cabeza.
—Estoy preparando los cereales. Te doy diez minutos —advirtió.
Los dos que faltaban, Elena y Antonio hicieron lo propio, aunque les daba mucha pereza asistir al trabajo, porque era su obligación. Si no, no tendrían dinero para sobrevivir.
Miguel, un adolescente de 19 años con los ojos marrones y le gustaba la ropa elegante, vivía con su familia formada por: Paula y Antonio, sus padres y Elena, su hermana en el Paseo de la Castellana. A él le apasionó leer libros e incluso escribir poesía. Era un verdadero genio. Sus compañeros de instituto elogiaron sus habilidades.
Realizó una excelente selectividad, al sacar un ocho de media entre bachillerato y la prueba de acceso a la universidad. Su ilusión era hacerlo bien cada día que pasaba. Estaba estudiando para convertirse en un profesor en un instituto de Madrid. Gozaba de ciertas habilidades para educar y enseñar a los jóvenes.
Sin embargo, le estaba costando bastante algunas asignaturas, pero prefería ser fiel a su estilo. Contaba con un brillante futuro por delante. Para lograrlo, sus cuentas pendientes eran evidentes: estudiar un poco más al día; interesarse por las asignaturas que formaban parte del grado de Magisterio.
Antonio, su padre, un hombre de mediana edad de 50 años moreno con pelo largo castaño y ojos marrones, trabajaba como policía. Un magnífico empleo, ya que se había sacado las oposiciones. Sus compañeros alababan su labor, pues era complicado hacerlo bien.
Paula, su madre, era una empresaria de 45 años de una casa rural y poseía bastante dinero, con la finalidad de educar a sus hijos lo mejor posible. Su negocio le iba bien, aunque no era para echar cohetes. Tenía los ojos verdes y era rubia como Miguel.
Elena, su hermana, ejercía de recepcionista en un hotel, tras pasarse la carrera de Turismo. Como pasatiempos, iba a clases particulares de piano. Era bastante buena, pero prefería ser cauta, ya que el éxito era para los mejores y por los que se lo proponían más.
Miguel tenía sueño y no se podía levantar, ya que el día anterior había organizado una cena, juntamente con unos amigos. Pasaron una brillante noche.
Aguantó el equilibro, se puso encima de las mantas y alzó el vuelo para estar de pie. Se acercó a la ventana para abrirla y observó a unos bonitos pájaros que volaban a su alrededor. Trató de darles un poco de comida, aunque se asustaron y se largaron.
Su estómago hacía ruido de las ganas de comer que tenía, pero no se quería pasar de la raya. Mientras Paula le estaba preparando el desayuno, se dirigió al baño para cepillarse los dientes.
Sin embargo, tardó más de lo previsto, porque quería esforzarse porque era una de sus asignaturas pendientes tanto en el hogar como en el día a día. Se secó las manchas con una toalla. Cuando terminó, le agradeció este detalle, pero le advirtió de un aspecto importante en la vida.
—¡Muchas gracias! —dijo Miguel con un tono amable, poniéndose las manos en los pantalones.
—Tengo una cosa que decirte. Cuando yo no esté, quien te hará todo. Tienes que aprender a ser más independiente. Aún eres joven, pero no debes olvidar estas palabras —sentenció Paula porque quería mucho a su hijo.
Cuando llegó a la cocina, Elena y Antonio estaban sentados en una desordenada mesa. Ellos dos estaban tomando un café con leche con unas tostadas.
—¡A qué esperas para sentarte y comer. ¡Si no espabilas, perderás el autobús! —alzó la voz Elena con la misión de que Miguel la hiciera caso.
—De acuerdo ¿Y qué pasa si llegó un día tarde en mi vida? —se puso tenso y duro Miguel.
—Estás insoportable hoy... Haz lo que quieras... —dijo Elena cabreada y afectada por su actitud.
En vez de seguir con la conversación, prefirió centrarse en tomarse el café con leche y comerse el bocadillo de jamón york y queso. Se sintió como en casa. En cambio, Elena no miró a la cara a su hermano durante el desayuno y le demostró su valía. Cuando terminó, el teléfono sonó. Miguel dudó si cogerlo o no. Avisó a su madre, Paula.
—¿Lo tengo que coger o no o es un desconocido para nosotros? —preguntó Miguel.
—Mejor que no… Nunca se sabe. La juventud está perdida —respondió Paula.
En la educación primaria, Miguel había sufrido acoso escolar por parte de un amigo suyo que se llamaba Eusebio y su interior transmitía miedo e inseguridad. Sin embargo, Miguel prefirió ser valiente.
—Debe ser un amigo mío de ayer. Lo cogeré —dijo convencido.
—Soy un amigo tuyo, Miguel... Eusebio —se burló por teléfono.
—¿Qué quieres de mi? —dijo con el corazón acelerado.
—Solamente comunicarte que tengo intención de hacerte daño a ti y a tu amiga si tienes, claro —amenazó Eusebio con una voz rara, inmadura y en un tono alto—. Le gustaba hablar de estas cosas por teléfono y se obsesionaba. Tenía denuncias de otras personas.
Tras colgar, se sintió fatal por no haber obedecido las órdenes de Paula y de hacer la contraria a su hermana. Su madre se acercó.
—La persona que te haya dicho esto no vale como persona de nuestra sociedad —dijo consciente de que su familia podría tener graves problemas.
—Me vengaré de él —afirmó Miguel.
—No lo hagas, podría ser peligroso. Avisaremos a la policía. Si decides hacer algún movimiento, yo tengo que saberlo ¿De acuerdo? —abrazó Paula a Miguel con toda su alma.
—Estoy de acuerdo contigo.
—Prefiero que no vayas a la facultad. Avisaré al profesor Jorge —dijo Paula.
—Vale más así por el momento, que no haya amenazas por la calle y me transmitan más inseguridad de la que ya estoy teniendo —dio la razón a Paula—. Realmente, estaba satisfecho de no asistir a la universidad por las circunstancias, pero sentía que tenía que mejorar en este apartado.
De esta manera, la familia entró en una fase de ansiedad y de inseguridad, aunque no estaban dispuestos a ceder el terreno.
Él se dirigió a su habitación a echar la siesta porque su cabeza estaba dando vueltas. Paula marcó el teléfono de la policía con la idea de avisarles. A pesar de las amenazas, trató de convencerla para asistir a la universidad, pero no estaba segura. Por esta razón, habló con él sobre el tema y discutieron bastante.
—¿Por qué tengo que permanecer en casa sin hacer nada? —gritó Miguel a Paula enfadado porque no le dejaba hacer su camino.
—Alguien de la calle te podría perseguir y matarte. ¿No te das cuenta? —sentenció Paula.
—Sí, pero prefiero ser valiente y no cobarde como pretendes —echó la bronca a su madre por no dejarle ir a la universidad.
—Haz lo que quieras —dijo con una voz elevada.
Tras este episodio, se echó las manos a la cabeza con la intención de olvidarse de la bronca.








