1. Duró nacimiento condena
El cielo no solo lloraba; rugía. El agua caía con una furia casi personal, golpeando los ventanales de piedra del palacio como si quisiera entrar a la fuerza para reclamar algo. Los relámpagos también acompañaban esa noche. Esos látigos de luz azulada y violenta desnudaban e iluminaban la habitación principal en destellos que hacían que las sombras de las sirvientas parecieran gigantes deformes bailando en las paredes
En el centro de aquel caos, la reina Leonor se moría. O al menos, así se sentía.
—¡Más agua! ¡Traigan más paños limpios, maldita sea! —El grito del médico real cortó el aire, cargado de un olor metálico y denso que se pegaba a la garganta. Sus manos, que alguna vez fueron famosas por su pulso firme, temblaban ahora bañadas en un rojo tan brillante que parecía irreal.
Leonor arqueó la espalda, un gemido ronco escapando de sus labios agrietados. El sudor le pegaba algunos mechones de cabello castaño a la frente, y la sangre... había demasiada sangre. Las sábanas de seda, que alguna vez fueron blancas como el lirio, eran ahora un campo de batalla empapado y oscuro.
—No puedo... —susurró ella, con la voz rota. Sentía que su cuerpo se estaba partiendo en dos, literalmente, como si una cuña de hierro la estuviera abriendo desde dentro—. Por favor... ya no puedo. Quiero descansar.
—Si puede, majestad, ¡hágalo por el primogénito! —El médico no pedía, ordenaba. Su voz temblaba un poco—. Un esfuerzo más. Le prometo que cuando el bebé salga, el dolor se irá. Se lo juro por mi vida su majestad.
Leonor asintió con una desesperación que dolía ver. No era solo el dolor físico; era el peso de una corona, la expectativa de un reino entero que aguardaba un heredero varón.
Afuera, el pueblo rezaba bajo la lluvia, ajeno a que su reina se desangraba entre gritos. Ella esperó, apretando los dientes hasta que las encías le dolieron, aguardando la siguiente ola de agonía.
—¡Puje! —rugió el doctor.
Un rayo cayó tan cerca que el trueno hizo vibrar el suelo. En ese preciso instante, Leonor soltó un alarido que pareció desgarrarle el alma. Sintió algo bajar, un desgarro íntimo y brutal que la dejó sin aliento.
—Ya veo la cabeza —declaró el médico, y por un segundo, hubo un destello de triunfo en sus ojos—. Una vez más. ¡Solo una más su majestad!
Pero Leonor estaba llegando al límite. Sus ojos azules, antes llenos de vida, empezaron a perderse en el techo. El cansancio era una marea negra que la arrastraba.
—Los fórceps —ordenó el hombre con urgencia. Una de las mujeres le entrego ese instrumento. El metal frío chocó contra la carne, un sonido que Leonor recordaría incluso en sus últimos segundos de conciencia.
—¡AH! —El grito fue absoluto.
Con un último tirón violento, el médico extrajo al niño. El silencio que siguió fue casi peor que los gritos, roto únicamente por el llanto agudo y pequeño que llenó la estancia. Una de las parteras envolvió el cuerpo del infante en una manta blanca, mientras el médico cortaba el cordón con manos temblorosas.
Afuera, en el pasillo de mármol, el rey Magnus era una estatua de hielo. Su rostro no mostraba nada, pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el pomo de su espada. Sus consejeros murmuraban a sus espaldas, pero él no los oía. Solo oía la lluvia y los latidos frenéticos de su corazón que estaba a punto de saliste de su pecho. Y de pronto, el llanto.
—Felicidades, mi rey —susurró un consejero con una sonrisa servil—. Su hijo ha nacido.
Magnus cerró los ojos y soltó un suspiro que había contenido durante horas. Pero la alegría duró lo que tarda en apagarse una vela. Las puertas dobles se abrieron de golpe. Una partera salió tropezando, con la falda manchada de un rojo escarlata y el rostro descompuesto por un horror que no podía ocultar.
—Mi rey... tiene que venir —dijo ella, su voz era un hilo quebrado.
—¿Qué pasa? —El corazón de Magnus dio un vuelco—. ¿El niño?
—La reina...
Magnus no esperó. Apartó a la mujer y corrió. Sus botas resonaban contra el suelo, un eco frenético que parecía perseguirlo. Al entrar, el olor lo golpeó como un puñetazo: sangre, sudor y muerte. Vio los cuencos de agua, ahora convertidos en sopa carmesí. Vio al médico, arrodillado entre las piernas de su esposa, levantando la mirada con una expresión de derrota total. El hombre negó con la cabeza lentamente.
El mundo de Magnus se detuvo.
—Leonor... —susurró, acercándose a la cama. Se dejó caer de rodillas y tomó su mano. Estaba fría, demasiado fría.
—Que bueno que estés aquí, Magnus... —Leonor sonrió, pero era la sonrisa de un fantasma. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de sombras oscuras.
—No hables, cariño. Vas a estar bien. Te pondrás bien y criaremos a nuestro hijo —mentía Magnus, y ambos lo sabían. Las lágrimas empezaron a desbordar sus ojos, quemándole las mejillas.
—No mientas... —ella soltó una risita débil que terminó en un quejido—. Siento el frío en mis dedos. Magnus... prométeme algo.
Él asintió, apretando su mano como si pudiera transmitirle su propia vida.
—Prométeme que la cuidarás... sin importar las circunstancias —rogó ella, reuniendo hasta el último gramo de fuerza que le quedaba—. Promételo... por el amor que me tienes.
—Lo prometo. Te lo juro —dijo él, aunque no entendía del todo sus palabras.
Leonor suspiró. Fue un sonido suave, casi de alivio. Su cabeza se ladeó pesadamente sobre la almohada de seda y su mano se deslizó de entre las de Magnus, quedando inerte sobre la sábana.
—¿Qué haces? —rugió Magnus cuando vio al médico acercarse para cubrirle el rostro con la sábana blanca—. ¡No la cubras! ¡Está dormida! ¡Maldito seas, revísala otra vez!
—No puedo hacer nada, mi rey —dijo el anciano con voz queda—. Ha perdido demasiada sangre. Nuestra reina se ha ido.
Magnus iba a estallar, a destruir la habitación, a matar a alguien, cuando un llanto lo interrumpió. Se giró hacia la partera que sostenía el bulto blanco. Con una mezcla de esperanza desesperada y dolor, se acercó y le arrebató al bebé de los brazos. Quería ver la cara de su heredero, el niño que le había costado la vida a su único amor.
Apartó la manta. El aire se escapó de sus pulmones.
—¿Qué es esto?
—Es su hija, mi rey —respondió el médico con cautela.
—¿Hija? ¿Es una niña? —Magnus la miró con una mezcla de confusión y rechazo. Pero entonces, la manta se deslizó más y reveló algo imposible. La pequeña cabeza del bebé no tenía el cabello oscuro de Magnus ni el castaño de Leonor. Era blanco. Un blanco puro, níveo, antinatural.
—¿Qué demonios es esto? —Magnus le devolvió el bebé a la mujer como si quemara.
—No lo sé, señor... nació así —balbuceó la partera.
En ese momento, el cura del palacio entró en la habitación. Sus ojos se fijaron en la niña y luego en el cadáver de la reina. Su rostro se endureció con un fanatismo gélido.
—Es un mal augurio, majestad —sentenció el anciano—. Ningún niño nace con el cabello de la muerte. Es una señal. Dios ha rechazado a esta criatura y, por su causa, se ha llevado a nuestra reina. Ella es la culpable.
El silencio que siguió fue sepulcral. Magnus miró el cuerpo de su esposa, el amor de su vida, ahora un bulto bajo una sábana manchada. Luego miró a la pequeña cosa que lloraba, esa criatura de cabellos blancos que le recordaba a los huesos secos.
—¿Qué sugiere que hagamos? —preguntó Magnus. Su voz ya no era la de un hombre, sino la de un extraño.
—Hay que deshacerse de ella —propuso el cura sin pestañear—. Es de mala suerte para el trono.
Nadie se atrevió a respirar. Magnus cerró los puños. Recordó la última petición de Leonor. "Prométemelo". Un nudo de odio y deber se apretó en su pecho.
—No —dijo Magnus, y su voz cortó el aire como una guillotina—. Sea como sea, lleva mi sangre. Vivirá. Pero la quiero lejos de mí. Crecerá en el ala oeste del castillo, oculta. Será una doncella, nada más. Y que les quede claro: no quiero volver a verla. No quiero que me hablen de ella. Para mí, esa niña murió hoy, igual que su madre.
Sin mirar atrás, sin dedicarle una última caricia al cuerpo de su esposa o una mirada a su hija, el rey Magnus salió de la habitación. Afuera, la tormenta finalmente empezó a apaciguar, dejando tras de sí un reino sumido en el silencio y una princesa marcada por la tragedia antes de su primer aliento.








