Chapter 1
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Soacha amanecía antes que Deiby.
A las cinco y media de la mañana ya se escuchaban los primeros buses pasando por la avenida. Los motores se mezclaban con el ruido de las puertas metálicas de los negocios que comenzaban a abrir y con las voces de las personas que salían de sus casas rumbo al trabajo. Desde la ventana de su habitación entraba un aire frío que hacía que Deiby quisiera quedarse otros diez minutos en la cama.
—Deiby.
No respondió.
—Deiby, ya son las seis.
—Ya voy...
Su mamá abrió la puerta.
—¿Ya va a qué?
Deiby abrió un ojo.
—A levantarme.
—Lleva diciendo eso desde hace diez minutos.
—Es que estoy reuniendo fuerzas.
Su mamá abrió la cortina y dejó entrar la luz gris de la mañana.
—Pues reúna fuerzas rápido porque se le va a hacer tarde.
Deiby se sentó en la cama y miró su habitación. No era grande. Tenía una cama, un escritorio viejo, una silla con una pata ligeramente torcida y una repisa llena de cuadernos. En una esquina había una caja llena de cables, controles dañados, pequeños circuitos y piezas de aparatos que había encontrado en la calle o que alguien había decidido botar.
Su mamá señaló la caja.
—¿Todavía guarda toda esa basura?
Deiby tomó uno de los circuitos.
—No es basura.
—¿Entonces qué es?
—Piezas.
—¿Piezas de qué?
Deiby se quedó pensando.
—Todavía no sé.
Su mamá negó con la cabeza.
—Ese es el problema suyo. Guarda cosas porque cree que algún día las va a necesitar.
—Algún día las voy a necesitar.
—Eso dijo del ventilador dañado.
—Y lo arreglé.
—Después de tres semanas.
—Pero lo arreglé.
Su mamá intentó mantenerse seria, pero terminó sonriendo.
—Bueno. Tiene razón. Ahora báñese.
Deiby se levantó.
Desde pequeño había sido así. No podía ver un aparato dañado sin preguntarse qué había ocurrido. Cuando un control dejaba de funcionar, quería abrirlo. Cuando un celular se trababa, quería descubrir por qué. Cuando veía una computadora, no solamente pensaba en usarla. Quería saber qué ocurría detrás de la pantalla.
Ese era el problema.
Deiby siempre quería saber qué había detrás.
Terminó de vestirse y salió de la habitación. La casa era pequeña. La sala y la cocina prácticamente compartían el mismo espacio. Había una mesa sencilla donde desayunaban y una ventana desde la que se podía ver parte de la calle.
No tenían muchos lujos.
Había meses en los que tenían que organizar muy bien el dinero para que alcanzara para todo. Deiby había visto muchas veces a su mamá sentada frente a una libreta haciendo cuentas. A veces tachaba una cosa, después otra y luego volvía a sumar.
Él sabía que no sobraba dinero.
Por eso casi nunca pedía cosas caras.
Cuando veía algo que quería, primero preguntaba cuánto costaba y después decía:
—No importa.
Aunque sí importara.
Aquella mañana desayunaron tranquilamente.
—¿Tiene tareas? —preguntó su mamá.
—Sí.
—¿Las hizo?
Deiby guardó silencio.
—Deiby.
—Algunas.
—Eso significa que no.
—Estoy terminándolas.
—¿A qué hora se acostó?
Deiby tomó un sorbo de chocolate.
—Como a la una.
Su mamá lo miró fijamente.
—¿Otra vez con el computador?
—Estaba investigando.
—Usted algún día se va a dormir sentado.
—Puede ser.
—No me da risa.
—A mí sí.
Su mamá soltó una pequeña risa.
—Váyase para el colegio antes de que llegue tarde.
Deiby agarró su mochila y salió.
Caminó por las calles de Soacha observando todo como siempre. Los buses, las motos, las tiendas, los cables, los postes y los semáforos. Todo le llamaba la atención.
Para otros eran cosas normales.
Para él eran sistemas.
Un bus necesitaba combustible. Una moto necesitaba electricidad. Un semáforo recibía señales. Una tienda utilizaba computadores. Todo estaba conectado de alguna manera.
Y cuanto más pensaba en eso, más preguntas aparecían.
En el colegio no siempre entendían su obsesión. Algunos compañeros se burlaban porque podía pasar horas hablando de computadores.
—¿Otra vez hablando de eso?
—Sí.
—Usted sí es raro.
Deiby simplemente sonreía.
No le molestaba.
Prefería aprender algo nuevo antes que perder el tiempo intentando demostrarle a alguien que tenía razón.
Durante las clases llenaba sus cuadernos, pero en los márgenes muchas veces terminaba dibujando circuitos, escribiendo palabras relacionadas con programación o anotando preguntas que se le ocurrían.
Sus profesores decían que era inteligente, aunque también reconocían que a veces se distraía demasiado.
Deiby no estaba distraído.
Simplemente estaba pensando en otra cosa.
Cuando regresó a casa aquella tarde, dejó la mochila sobre la cama y encendió el computador.
Era lento.
Muy lento.
A veces tardaba varios minutos en abrir un programa.
Pero era suyo.
Y eso era suficiente.
Deiby había aprendido por su cuenta cosas que muchos de sus compañeros ni siquiera conocían. Programación, redes, sistemas operativos y seguridad informática.
No porque quisiera convertirse en criminal.
Simplemente quería entender.
Cada vez que encontraba algo que no sabía, lo investigaba. Si no entendía una palabra, buscaba qué significaba. Si encontraba un concepto difícil, lo estudiaba. Si un programa fallaba, intentaba descubrir por qué.
Podía pasar horas así.
El mundo desaparecía.
Solo existían él y la pantalla.
Aquella tarde estaba intentando resolver un ejercicio cuando escuchó unos golpes en la puerta.
—¿Deiby?
Era su mamá.
—Ya voy.
Abrió.
Ella tenía una caja entre las manos.
—¿Qué es eso?
—Se lo dieron a un vecino.
Deiby miró la caja.
—¿Y?
—Dice que no lo quiere.
—¿Qué hay ahí?
—Un computador.
Deiby abrió los ojos.
—¿Un computador?
—Sí.
—¿Funciona?
—No sé.
—¿Me lo puedo quedar?
Su mamá soltó una pequeña risa.
—Ni siquiera sabe si funciona.
—No importa.
—Pues mire primero.
Deiby abrió la caja.
Dentro había un computador viejo.
Mucho más antiguo que el que ya tenía.
La carcasa estaba rayada, tenía polvo, el teclado estaba incompleto y la pantalla tenía una mancha oscura en una esquina.
Deiby lo sacó con cuidado.
—Este está viejo.
—Entonces no lo quiere.
—No. Está perfecto.
Su mamá lo miró como si estuviera loco.
—¿Qué tiene de perfecto?
Deiby sonrió.
—Que nadie más lo quiere.
Durante las siguientes horas intentó hacerlo funcionar.
Limpió el polvo.
Revisó los cables.
Conectó el equipo.
Nada.
Lo intentó otra vez.
Nada.
—Vamos...
Presionó el botón.
La máquina hizo un sonido extraño.
Deiby abrió los ojos.
La pantalla parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Después apareció una imagen.
Deiby sonrió.
—Vamos...
El computador comenzó a encender.
Tardó casi cinco minutos, pero finalmente mostró una pantalla de inicio.
Deiby se quedó mirándolo.
No sabía por qué, pero tenía una sensación extraña.
Como si acabara de encontrar algo importante.
Abrió algunos programas. Todo parecía normal. Había archivos viejos, documentos sin importancia y carpetas que probablemente habían pertenecido al dueño anterior.
Hasta que encontró una carpeta sin nombre.
Deiby frunció el ceño.
La abrió.
Estaba vacía.
—Qué raro.
Cerró la carpeta.
Después volvió a abrirla.
Seguía vacía.
No le dio importancia.
Continuó revisando el computador.
Pasaron varios minutos.
Entonces encontró algo todavía más extraño.
El equipo tenía una fecha de modificación reciente en algunos archivos, aunque parecía llevar años guardado.
Deiby se quedó mirando la pantalla.
—Eso no tiene sentido.
Abrió uno de los archivos.
No apareció ningún texto.
Solo una serie de símbolos.
Deiby intentó entenderlos.
No pudo.
Por primera vez aquella noche sintió algo diferente a la simple curiosidad.
Sintió que alguien había dejado aquello allí.
Como si estuviera esperando a que alguien lo encontrara.
Esa noche su mamá lo encontró todavía sentado frente a la pantalla.
—Deiby.
—¿Qué?
—A dormir.
—Ya casi.
—Siempre dice eso.
—Esta vez sí.
—¿Qué está haciendo?
Deiby miró la pantalla.
—No sé todavía.
Su mamá se acercó.
—¿Y por qué está tan concentrado?
Deiby se quedó pensando.
—Porque siento que este computador tiene algo.
—¿Algo como qué?
—No sé.
Ella lo miró durante unos segundos.
Después apagó la luz de la habitación.
—Cinco minutos.
—Diez.
—Cinco.
—Bueno.
Su mamá salió.
Deiby volvió a mirar la pantalla.
La habitación quedó en silencio.
Afuera seguían pasando los buses. Las luces de la calle entraban por la ventana. El computador continuaba funcionando.
Deiby movió el mouse.
La pantalla se congeló.
—¿Qué?
Esperó.
Nada.
Entonces apareció una ventana que él no había abierto.
Solo tenía una línea de texto:
¿QUIERES SABER QUÉ HAY DETRÁS?
Deiby dejó de respirar por un instante.
Miró hacia la puerta.
Después volvió a mirar la pantalla.
Pensó que era algún mensaje viejo.
Movió el mouse.
La ventana desapareció.
Deiby se quedó quieto.
Después sonrió.
—Interesante.
No sabía que aquella palabra sería el comienzo de todo.
No sabía que aquel computador terminaría conectado con el mayor misterio tecnológico de la historia.
No sabía que algún día miles de personas buscarían el nombre que todavía ni siquiera había inventado.
Y mucho menos sabía que, años después, cuando el mundo escuchara hablar de GHOST-15, algunos investigadores comenzarían a reconstruir su historia desde aquella pequeña casa de Soacha.
Desde aquella habitación.
Desde aquel computador viejo.
Y desde aquella noche.
Porque antes de convertirse en el hacker más buscado del planeta...
Deiby solamente era un niño que quería descubrir qué había detrás de una pantalla.
![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)







