Kiss Me Goodbye by Blaire at Inkitt

Kiss Me Goodbye

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Summary

Raive no quiere ser salvado. Fleur no sabe que también necesita serlo. Fleur Michel acaba de convertirse en psiquiatra y recibe a su primer paciente en el área de alta seguridad de un hospital psiquiátrico: Raive, un joven de 28 años considerado violento, impredecible y prácticamente imposible de tratar. Pero cuando Fleur entra en su habitación, descubre que detrás del hombre al que todos llaman monstruo existe alguien mucho más complejo. Entre discusiones, heridas, caramelos y conversaciones que ninguno de los dos esperaba tener, Fleur y Raive comienzan a descubrir algo peligroso: se entienden demasiado bien. Dos personas marcadas por su pasado. Dos formas distintas de sobrevivir. Y un vínculo que quizá nunca debió existir. Porque a veces encontrar a alguien que entiende tus heridas puede ser mucho más peligroso que enfrentarlas a solas.

Genre
Romance
Author
Blaire
Status
Excerpt
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO

En el primer día en el hospital psiquiátrico de Fleur Michel, le indicaron que debía atender de urgencia a un paciente que era famoso por ser violento, ya que había atacado a un par de enfermeras y a su último doctor, a quien le aseguraron, casi le quitó la vida. Él se convertiría en su primer paciente. Recién se había titulado en Psiquiatría como una de las mejores promesas en la zona. No le pareció extraña la llamada de hacía dos meses para explicarle la situación debido a sus antecedentes.

En el penthouse se escuchaba a todo volumen “Na, na, na, na” de My Chemical Romance. Había cajas de cartón vacías en cada rincón debido a su reciente mudanza. Todas con diferentes etiquetas; “baño”, “recamara”, “universidad”, “cocina”. Pero especialmente llamaba la atención una al rincón de la entrada del apartamento: “mierda olvidada”, aún con contenido en su interior, cuidadosamente cerrada con cinta.

Fleur siempre se mantenía en su propio mundo. Vivía sola y estaba decidida siempre a divertirse por su propia cuenta. Su cabello lacio y rubio se mantenía despeinado y de vez en cuando usaba maquillaje, aunque fuera únicamente para ocasiones especiales, en opinión de ella.

Sin apagar la bocina, salió del penthouse con una paleta de caramelo en la boca.

El hospital psiquiátrico se encontraba a apenas dos calles, perfecto para un trabajo recién conseguido de alguien con especial recomendación que apenas había recibido su doctorado.

Caminó por la acera. Con su uniforme médico, su bata de doctora de color blanco lo llevaba en el hombro. Escuchó los típicos ruidos de una ciudad a las 5:30 de la mañana. El sonido de las bocinas del coche, la gente corriendo apresurada. Pero especialmente, en punto de las 5:00 de la mañana, siempre se escuchaban las campanas de una iglesia que se encontraba cruzando un parque, a tres cuadras del hospital. Fleur lo catalogaba como un “sonido de mierda”, el cual la había estado despertando sin falta desde que se mudó a la ciudad.

Entró al Hospital Monte Blair mascando el caramelo, jugueteando con el palito sobrante de la paleta entre sus labios y se dirigió a recepción.

—Hola. Soy Fleur Michel. Me llamaron para asistir hoy en el área de alta seguridad.

La recepcionista inició con una sonrisa ante el saludo de Fleur y se desvaneció de tan solo escuchar “alta seguridad”.

—¿Eres la que recién se graduó?

—Sí —contestó Fleur con una sonrisa gentil.

—Bienvenida. Dame un segundo.

Giró su silla y se levantó a prisa. Casi corriendo.

Fleur levantó las cejas al notar su rostro. De seguro el paciente era algo severamente urgente. Miró el bote de basura y aventó el palito, encestando al punto. La recepcionista volvió.

—Sube el ascensor al piso cuatro. Te esperarán ahí —dijo casi sin aliento por la prisa.

—Gracias. ¿Tú eres…?

—Mónica. Mucho gusto.

Extendió la mano en saludo.

Fleur estrechó su mano.

—Mucho gusto, Mónica.

Sonrió y se dirigió al ascensor.

Dentro del ascensor Fleur presionó el botón 4. Se puso la bata de doctora y removió más caramelos en los bolsillos del uniforme. Respiró hondo y decidió no sobrepensar. El ascensor se abrió.

Al menos eran seis personas quienes cuchicheaban a la puerta del ascensor, mismas que Fleur notó, fingieron que todo estaba en orden apenas notaron su presencia. Cuatro de ellos llevaban el uniforme de enfermería, otro era un doctor algo mayor.

Fleur fijó los ojos en su brazo vendado. “A él lo atacó”, pensó para sí misma. El último hombre vestía saco y corbata. Su semblante serio hizo saber a Fleur que era alguien especialmente importante.

—Buenos días —dijo ella con ojos curiosos —. Soy Fleur Michel, recién graduada.

—Buenos días, señorita Michel —dijo el hombre de corbata. Sus manos estaban dentro de los bolsillos del pantalón y tenía el ceño fruncido.

—Soy Carlos Patterson, director general del Hospital Monte Blair. Disculpe que no sea recibida en una oficina más privada pero es de suma importancia que no bajemos la guardia con el paciente. Esta fue una noche difícil. Entenderá que hay algo de tensión esta mañana.

Fleur escaneó con los ojos a los enfermeros. Cayó en cuenta de un joven robusto que tenía una rajada desde su ojo izquierdo hasta su labio inferior que a pesar de notarse que ya se había limpiado, las gotas de sangre aún se asomaban en la herida. Por un momento sus pensamientos se clavaron en el enfermero.

—¿Doctora?—insistió Patterson.

De un sobresalto Fleur respondió.

—Por supuesto. Entiendo totalmente. Quisiera conocer más detalles sobre el paciente antes de entrar a examinarlo, si no es molestia.

Los presentes se miraron entre sí, con angustia en sus rostros.

—El hombre de 28 años fue ingresado hace dos semanas —dijo finalmente el doctor con vendaje en su brazo —. Había sido cuidado por su propia familia con cuidados específicos por parte de este hospital, hasta un episodio… desafortunado…— Su rostro se mantuvo en el suelo, sin expresión. —Su nombre es Raive.

—¿Raive, qué? —preguntó Fleur por su apellido.

Ignorando completamente su pregunta, el doctor continuó.

—Es un chico sin ningún rumbo. Sus episodios violentos pueden aparecer incluso si no le gusta alguna expresión de su rostro. Le recomiendo que tenga especial cuidado. —Los ojos del hombre giraron de un lado a otro aún fijos en el suelo, intentando recordar con los labios apretados—. Está atado desde que llegó. Es de suma importancia que no lo suelte si aprecia algo de su vida.

Cuando Fleur abrió la boca para hacer otra pregunta, Patterson interrumpió.

—Bien —Hizo un aplauso finalizando la presentación —. Los enfermeros estarán por el pasillo si necesita cualquier cosa. Sean sedantes, nuevas correas, o lo que sea.

La prisa en sus palabras indicaban que deseaba irse ya.

—Bienvenida a bordo, señorita Michel. Doctor Lewis…— se dirigió al otro hombre y lo encaminó a otro pasillo. Los enfermeros les siguieron el paso. Fleur se quedó sola en el corredor.

Fleur sonrió con los labios ladeados.

—Cobardes de mierda —susurró.

Sin papeleo sobre el paciente, así como registros médicos, tenía que investigar sola qué ocurría con el tal “Raive”. Exhaló hondo y abrió la puerta de la habitación.

La luz del sol matutino apenas iluminaba la habitación. Acercó su mano al apagador y descubrió que el foco no servía. Miró su reloj. Apenas marcaban las 5:55 de la mañana.

—Joder —masculló Fleur.

—¿Qué pasa, doctora? ¿Tan pronto te aburrí que ya tienes prisa de irte?

La voz de Raive resonó por lo que parecía una pequeña habitación. Su pregunta fue sarcástica, pero su voz salió de su garganta en un tono amenazante.

Fleur apenas podía ver los pies de la cama con la poca luz que entraba por la ventana alta.

—Buenos días —dijo la doctora sin un solo gramo de miedo en su voz —. ¿Cómo estás esta mañana? ¿Necesitas algo?

Raive soltó una risa sin ningún toque de diversión.

—Es la pregunta más jodidamente estúpida que me han hecho en semanas, doctora. ¿Cómo crees que estoy si me tienen atado a esta cama como a un puto animal?

—De acuerdo.

Con la luz ya iluminando un poco más, se fijó en un sofá alejado de la cama y tomó asiento.

Prosiguió.

—Mi nombre es Fleur Michel. Seré tu nueva doctora asignada. Significa que estoy a cargo de ti y puedes pedirme cualquier cosa que necesites.

—No pedí que una nueva escoria me cuide como a un niño de cinco años —se burló Raive. Su resoplido resonó en la pequeña habitación.

La luz en la habitación ya empezaba a iluminar a Raive. Fleur distinguió las correas que ataban sus muñecas en la cabecera de la cama y sus pies en unos barrotes. Usaba la bata para los pacientes del hospital y el color blanco ya estaba percudido. La doctora distinguió que además estaba rota, posiblemente por uno de sus encuentros violentos. El cabello negro de Raive estaba largo y embarañado. Cubría su rostro.

—No hagas eso, doctora —sentenció Raive.

—¿No hacer el qué?

—No me estudies con esa mirada como a un inservible experimento. Estoy atado. Pero eso puede cambiar si quieres.

Raive tensó las muñecas atadas. El sonido de las correas crujiendo resonó fuerte. Fleur notó lo que parecía una sonrisa torcida bajo ese cabello enmarañado.

Ignoró la amenaza de Raive. Colocó sus codos sobre sus rodillas y juntó sus manos. Reflexiva.

—Mira. Debo hacerte algunas preguntas. Esto con el fin de saber exactamente cómo puedo servirte de la mejor manera.

—Entonces traeme una hamburguesa y una puta. Con eso estaré bien servido y podrás irte a la mierda —se burló—. A no ser que también quieras unirte a la fiesta, doctora —Su carcajada fue más para intimidar que para divertir.

—¿Sabes por qué te trajeron aquí?

—Para pudrirme aquí adentro ya que mi jodida familia decidió que ya no les servía. —Su voz se tensó casi en un susurro.

Fleur comenzó a perder la paciencia.

—Mira, Raive. Estoy aquí para hacerte mejorar, pero necesito que cooperes conmigo.

El cuerpo de Raive se tensó bajo las correas.

—¿Hacerme mejorar, dijiste?

Por primera vez miró a Fleur. Las pupilas en sus ojos oscuros se dilataron de furia. La luz finalmente dejó ver a la doctora el rostro de su paciente. Pálido, con los labios secos por deshidratación y una ligera marca en su frente de lo que posiblemente fue un arañazo de algún enfermero. Su cuerpo tenía heridas desde sus pies hasta sus brazos, donde tenía vendas viejas que ocultaban alguna herida grave.

—¿Eres acaso otro de esos idiotas que piensa que con solo hacerme preguntas de mierda podrá “curarme” mágicamente? —Raive escupió las palabras—. ¡No necesito tu ayuda!

Fleur no vaciló en su próximo movimiento. Se levantó con una calma impresionante luego de ser salvajemente amenazada por su paciente y se dirigió a la puerta.

Raive sintió confusión. Cualquier otra persona habría corrido o reaccionado con otro de esos sedantes, pero Fleur mantuvo la calma.

—¡No te atrevas a irte ahora, miserable!

Raive vio cómo Fleur se detuvo ante la petición sin mirarlo. Solo se mantuvo de espaldas con completa seguridad, pero eso solo lo desconcertó más.

—¿Qué putas? ¿Acaso crees que puedes entrar aquí a decirme toda esa mierda y luego irte sin mirar atrás? ¡No me conoces, doctora! —rugió.

—¿Me dejarás hacer mi trabajo, Raive? —dijo Fleur, aún sin mirarlo. Con una calma impresionante.

—Tu puto trabajo no me importa, doctora —rió corto, sin estar animado.

—Muy bien.

Fleur continuó el paso hacia la puerta.

—¡No te atrevas a ignorarme así, maldita escoria! ¡Todos ustedes son iguales! ¡Dicen basura médica esperando que ceda a sus reglas de mierda! ¡No saben de lo que soy capaz! ¡Detente, pedazo de...!

Fleur ya estaba abriendo la puerta, pero los insultos de Raive volvieron la situación en un reto para ella. Azotó la puerta y se dirigió a Raive con pasos firmes, quedando a pocos centímetros de su cara.

—¿Quieres que me ponga ruda? —dijo Fleur con determinación —. Juguemos tu juego entonces, puto psicópata.

Raive se sintió asombrado por la respuesta de Fleur. Tan directa, sin la condescendencia de cualquier otro doctor y sobre todo, sin miedo. Ella no apartó la vista.

—Vaya, vaya, doctora… ¿Cómo dijiste que te llamas?

—Fleur Michel —dijo con la misma firmeza, sin apartar la mirada.

—Fleur —repitió con su constante tono amenazante —. Creo que me agradas —Hizo una sonrisa torcida —. Eres la primera persona que me habla con esas pelotas y vive para contarlo… Por ahora.

—¿Se supone que debes asustarme? No me importan tus amenazas vacías. Si no lo notaste tú estás atado y yo tengo la libertad de hacer contigo lo que me plazca.

Raive distorsionó conscientemente esa afirmación. Mantuvo su sonrisa, mostrando ahora sus colmillos.

—¿Lo prometes, Fleur? Cuando quieras puedo hacerte desear todo lo que te plazca.

La broma le pareció buena a Fleur. Soltó una risa corta y se giró en 180 grados para mantener la compostura.

—Raive. ¿Quieres sentirte bien para poder salir de aquí? —su voz se suavizó.

—Salir de aquí. No te engañes, doctora. Tú y el resto de tus amiguitos de allá afuera saben que no saldré de aquí y menos con estas cadenas atadas a mi cuerpo —dijo en tono sombrío.

Sin apartar la mirada ni la distancia entre ellos, Fleur le dedicó una sonrisa.

—Entonces trabajemos para lograr lo contrario. Te preguntaré de nuevo. ¿Quieres sentirte mejor?

Raive mantuvo su mirada amenazante, pero su voz se tornó más seria y su sonrisa se desvaneció.

—¿Por qué no querría sentirme mejor, Fleur? Yo te lo explico —Su voz se volvió más profunda —. Cada vez que he querido algo mejor me lo han arrebatado. Mi propia familia me abandonó aquí y cada escoria de médico que ha entrado por esa puerta solo me hace preguntas inútiles como si fuera un experimento fallido. Así que dime tú, Fleur —A pesar de estar atado su rostro se acercó más al de la doctora, tensando las correas y el tono de su voz —. ¿Qué es lo que te hace diferente al resto?

Cada palabra que salió de la boca de Raive resonó en la cabeza de Fleur en su propia voz. Sin pensarlo bajó la guardia y recordó su propio pasado.

—Entiendo lo que dices. Cada vez que confías en algo o alguien que asegura ser tu salvador, aquél al que puedes contarle todas tus confidencias ciegamente y te vuelves vulnerable, para que un día, simplemente te muestre su verdadero rostro y te arrebate tu última esperanza.

—Lo entiendes, ¿eh?

Era la primera vez que alguien reconocía su dolor, en lugar de minimizarlo o intentar arreglarlo.

—Entonces dime, doctora —la voz de Raive bajó y el tono amenazante, se volvió casi vulnerable. Intentó ocultar su nerviosismo lamiendo sus labios —. ¿Qué resultó para ti? ¿Cómo superas esa mierda si nada funciona? —dijo en tono burlón y con una sonrisa torcida.

Fleur dudó en contestar, pero la plática comenzaba a parecerle interesante. Inhaló aire por la nariz antes de hablar.

—Pues… yo dejé de esperar nada de nadie. Si nada funcionó es porque el mundo no lo hace. Así que, comencé a pensar solo en mí. Primero yo, después yo y al final yo. Siempre pensando únicamente en mi bienestar. Lo que sea que llegue del exterior es lo menos importante.

Raive entrecerró los ojos, analizando esas palabras.

—¿Así como así? Olvidar a todos los que me han jodido y ser solo… ¿Egoísta?

Soltó una risa.

—Fleur, no sabes lo que me estás diciendo. Si de pronto solo comienzo a pensar en mí mismo, quién sabe de qué seré capaz.

Hasta ese momento, Fleur continuaba de pie, a pocos centímetros de Raive. Comenzó a profundizar en la conversación, sintiéndose cómoda. Acercó el sofá un poco más a la cama y se sentó.

—No lo malinterpretes tanto, Raive. Es bastante simple. Si nadie te ataca, tú no atacas. — Fleur carraspeó —. Además, a veces es necesario ser egoísta.

Ver a Fleur sentarse tan cerca hasta poder oler el shampoo que usó en su cabello removió algo en el interior de Raive. La poca distancia que la doctora impuso entre ambos lo hizo apretar sus nudillos, haciendo crujir las correas que ataban sus manos. Si Lewis se hubiera sentado ahí, Raive no hubiera respondido igual.

—No atacar.

Más que repetir las palabras de Fleur, Raive estaba dictando una orden para sí. Su cuerpo se tensó por un momento y su respiración se aceleró.

—Así que, Fleur… —pestañeó, volviendo a la conversación. Sus dientes mostraron sus colmillos. Su mirada se clavó en los ojos verdes de la doctora y la profundizó—. Dices que simplemente olvido que me trajeron aquí pudriéndome y lo ignoro.

—¿Por qué no lo ves de otro modo?

—¿De qué otro modo lo veo, doctora? Mis padres decidieron que les estorbaba y me abandonaron atado a esta habitación.

—No lo estás entendiendo, Raive.

Fleur pausó antes de continuar, pero su paciente se adelantó.

—¿Qué quieres que entienda? Pretendes que entienda por qué mi propia familia me trajo aquí, pasando hambre, atado con correas como a un puto animal, doctora. ¿Si entiendo su cobardía se supone que debo sentirme mejor?

—Raive. No se trata de entenderlos a ellos. Ellos no te entendieron a ti.

—¿Qué? —Frunció el ceño.

Fleur vaciló si continuar con la conversación. De pronto entendió que no se trataba de cualquier persona a la cual aconsejar en la banqueta de un parque. Raive era su paciente.

Se recargó en el respaldo, pensando cómo desviar la conversación.

—No, Fleur. Explica eso. No me digas consejos vacíos suponiendo que me conformaré con más preguntas —levantó la voz.

Fleur miró los ojos de Raive y apretó los labios. Finalmente suspiró.

—Está bien.

Acomodó una pierna sobre el sofá, reduciendo todavía más la distancia entre ambos. La naturalidad con la que conversaba con él resultaba desconcertante. No solo porque era su paciente, sino porque era la primera vez en meses que alguien simplemente no le tenía miedo. Sus puños se apretaron más en las correas, queriendo ocultar su nerviosismo.

—Cuando ellos te trajeron aquí —continuó Fleur—, solo estaban reaccionando a tus acciones. No entendieron qué ocurría o por qué actuaste como lo hiciste. Ellos simplemente eran como animales. Se asustaron y crearon su escudo protector. Pensaron que trayéndote aquí se protegían ellos mismos. Mira, no sé cómo será tu relación con ellos, pero solo representas lo que les asusta.

Raive más tranquilo con la conversación, pero sin bajar la guardia, rió, pero más que con furia, lo hizo con amargura.

—Qué ironía. Así que todos estamos locos de diferente forma. Ellos por miedo y yo por… Por lo que sea que me pase.

Fleur se cruzó de brazos de forma pensativa y observando a su paciente con atención.

—¿Miedo a lo que no han podido controlar, quizá?

La mirada de Raive dejó todo peligro. Sus ojos se desviaron a la pared blanca de la habitación y se volvieron reflexivos, como si estuviera viendo su propio miedo en ella.

—Sí. Soy todo lo que la gente teme. No encajo en nada de lo que ellos conocen, como esas casillas de “depresión”, “psicosis”, “trastornos”. Yo… soy simplemente diferente.

Raive suspiró. Estiró sus brazos de entre las correas para acomodarse en la cama, causando que la bata del hospital se deslizara sobre sus hombros, dejando ver a Fleur las cicatrices ocultas en su torso.

Fleur fijó su mirada en cada una de las marcas, que empezaban desde el cuello de su definido cuerpo, recorrió con los ojos su clavícula hasta llegar a su hombro. Cada una de esas marcas señalaban una historia diferente del sufrimiento de Raive. Ella tragó saliva.

—En lugar de comprenderme —continuó Raive—, crearon una burbuja en la que me etiquetan como rata de laboratorio. Me dan pastillas para ocultar a mi monstruo interior.

—Te entiendo.

Por primera vez en mucho tiempo, Fleur sentía que estaba encajando con alguien. Su voz sonó casi como un susurro, se puso en los zapatos de Raive.

Raive posó sus ojos repentinamente en Fleur, que continuaba mirando las cicatrices de su cuerpo descubierto con una atención especial. No trataba de estudiarlo o analizarlo. Tampoco buscaba demostrar una falsa comprensión. Los ojos verdes de la doctora verdaderamente expresaban empatía.

Raive torció una sonrisa.

—Así que entiendes, Fleur. Dime, ¿también tienes cicatrices como las mías o simplemente te gusta lo que ves?

Fleur soltó una pequeña risa nerviosa, pasó su mano al interior de su bolsillo y sacó un caramelo pequeño. Le quitó la envoltura con especial agilidad y se lo metió a la boca.

—Raive, hay más cosas sobre mí de las que me gustaría contar. Pero el paciente eres tú.

Raive resopló.

—¿No vas a decirme que necesito terapia para “entender mis emociones”?

El caramelo de Fleur se movía lentamente dentro de su boca. El leve sonido que producía distrajo a Raive más de lo que a él le hubiera gustado admitir.

Se remojó los labios.

—Todos aquí solo pretenden “curarme”, “medicarme”, “hacerme sentir normal”. Tú sólo te sientas ahí y simplemente dices “lo entiendo”.

—No tengo manera de que conozcas tus sentimientos y tampoco planeo cambiarlos, eso es mierda. ¿Quién más que tú puede conocer qué es lo que sientes emocionalmente? Nadie más que tú sabe lo que se sintió en lo que viviste, sea bueno o malo.

Raive volvió a torcer una sonrisa.

—Vaya, eso es nuevo. No estás aquí para arreglarme ni para hacerme sentir “normal”. ¿Entonces qué haces aquí, doctora? —preguntó aún con la sonrisa torcida.

Fleur quiso reír como si Raive acabara de contar un chiste.

—Veo que no eres un paciente muy cooperativo —Rió —. Pero, estás en lo correcto. No es mi intención cambiar nada de ti. Mi propósito simplemente es mantenerte con vida. Si eso conlleva a toda esa mierda de entender tus sentimientos y sonreír más, dependerá de ti.

Raive se sentía desarmado. Fleur era la primera persona que se reía con él y además la primera que lo trataba como a un igual y no como a un monstruo.

—¿Y qué tal si mantenerme con vida dependiera de seguir siendo violento y desechable? Tienes razón, no soy cooperativo. No quiero tomar esas pastillas de mierda y fingir que estoy feliz.

Fleur mordió el caramelo antes de hablar. El sonido resonó entre la poca distancia entre ella y Raive. Él abrió más los ojos ante su acción. Nadie que hubiese entrado en la habitación antes se atrevería a hacer sonidos abruptos de la nada. No supo si debía reaccionar con una risa o con un reclamo. Respiró fuerte, un poco frustrado.

—No creo que seas desechable —Frunció el ceño —. Aunque, violento… Puede ser.

—Mis padres me abandonaron aquí sin compasión. ¿Cómo le llamas a eso?

Los ojos de Raive comenzaron a mirar las sábanas, con desgana.

—Mira, todos cometemos errores. Tus padres pudieron haber cometido cientos y ahora cometieron uno muy grande.

Los ojos de Raive revelaron algo. Parecía confusión, enojo, tristeza. Pero las palabras de Fleur en una plática tan reveladora y tan reconfortante como para poder admitir, le añadieron una ligera chispa.

Por primera vez Raive relajó su cuerpo. Sus manos, ahora con marcas de sus propias uñas en las palmas, se abrieron, colgando sobre las correas que lo ataban. No entendía cómo, pero Fleur era diferente al resto.

—Así que… dices que todo lo que dijeron sobre mí; un fracaso, un error, un monstruo. ¿Todo era mentira? ¿Eran ellos frustrados por su propia mierda? —Sus ojos se entrecerraron con fuerza y apretó sus labios, luchando contra sí mismo en su interior—. Mi padre solía decir que mi nacimiento casi mata a mi madre… Siempre pensé que era mi culpa —dijo en casi un susurro.

—No, no. —Las manos de Fleur se juntaron para tocar la rodilla expuesta de Raive—. Escúchame. Esa mierda jamás ha sido ni será tu culpa. Además, ¿por qué darle tanta importancia a algo que no pasó? No la mataste, Raive.

—No la maté.

Los ojos de Raive se enfocaron en un punto vacío, como si estuviera viendo cada una de las acciones que lo lastimaron.

—Ella aún vive. Casada con mi padre. Sigue siendo esa mujer fría y distante.

Dejó caer su cabeza hacia enfrente. Los mechones oscuros de su cabello cubrieron su rostro, mientras que las correas se tensaron, cargando el peso de Raive.

Fleur observó a Raive con especial cuidado, como una urgencia por protegerlo de todo el daño que sufrió. Con una de sus manos quitó los mechones de cabello del rostro de Raive y suavemente los hizo hacia atrás.

El tacto de Fleur tan sorpresivo fue para Raive un inesperado respiro. Sus dedos rozando su cabello, fue el gesto que no sabía que necesitaba. Se sintió nuevamente como el pequeño que se arrinconaba llorando en la esquina de su habitación, solo que ahora no estaba solo. Tomó un profundo respiro, de esos que no tenía durante años. Un respiro sin dolor.

—Nadie… —Tomó una pausa para respirar —. Nadie nunca me había tocado de esa forma —su voz se quebró.

Fleur se acercó más a Raive para mantener su mano firme contra su rostro.

—Entonces no me apartaré, Raive —dijo en voz baja.

Aún con los ojos cerrados, Raive lanzó un suspiro.


—¿Solo así? ¿Sin nada a cambio? Todos quieren algo a cambio. Que tome los medicamentos, que sea cooperativo.

—Te tocaré sólo si tú quieres.

—Sí quiero, pero… —su voz simplemente demostró temor —¿Y si te lastimo? Siempre lastimo a los que me tocan.

Sus ojos se abrieron y buscaron la mirada de Fleur.

Con la cabeza Fleur negó.

—No digas eso, Raive.

La tranquilidad con la que Fleur dijo esas palabras, junto con la confianza en el tacto de sus manos desconcertó a Raive. En sus movimientos no había ni una pizca de desconfianza o miedo.

—¿Cómo puedes no saberlo, Fleur? ¿Cómo sabes que no arrancaré estas correas y… — sus últimas palabras salieron temblorosas, casi con miedo de su propia violencia. Respiró hondo antes de continuar —. Y hacerte daño como a los otros.

Aún con la misma seguridad que transmitió a Raive tranquilidad, ella apartó sus manos. —¿Ellos te lastimaron?

Con Fleur, Raive se sentía cómodo para hablar. Agradeció en sus adentros que ella le hubiera dado algo de espacio y sonrió con ironía por la pregunta.

—Sí —Apretó los labios con amargura —. Ellos me lastimaron. El día que llegué aquí hace semanas, fue él. El doctor Lewis. Sin conocerme más que por las historias que le contaron, me miró como si fuera basura apenas me conoció…

—¿Tus padres te trajeron aquí? —interrumpió Fleur.

El interés que la doctora no deja de mostrar por Raive lo tranquiliza. Ella le pregunta no por morbo, sino porque, de alguna extraña manera, le interesa lo que ocurrió ese día. Raive lanzó una sonrisa, no amenazante, sino genuina.

—Esta es la historia si tanto te interesa, Fleur.