Customize readability
Aa

La maldición del Séptimo Nombre

All Rights Reserved ©

Summary

El primero te lo dan tus padres. El segundo llega con una decisión irreversible. El tercero con el amor. El cuarto con la pérdida. El quinto con el valor de la sangre. El sexto con la aceptación de tus sombras. ¿Y el séptimo? El séptimo es tu Nombre Verdadero. Jamás se pronuncia en vida. Quien lo alcanza antes de tiempo no se convierte en héroe: se convierte en una amenaza que debe ser eliminada. La regla de oro de la magia es inquebrantable: el séptimo nombre solo pertenece al instante exacto de la muerte. Sirin Adare es la mejor Buscadora de la Orden. Sesenta y tres misiones, cero fallos. Su trabajo es rastrear los nombres de los criminales para llevarlos ante la justicia. Pero su racha perfecta se rompe el día que le asignan una misión imposible: El Rey Sin Nombre. Un hombre sin registros, sin pasado y del que ninguna Buscadora ha vuelto intacta. Cuando por fin lo acorrala en una emboscada, él ni siquiera se defiende. Se limita a dar un paso al frente y susurrarle al oído una verdad imposible: -Ya conozco tu séptimo nombre... y ya te vi morir una vez. Él no es un asesino. Es un hombre marcado por el Nombre del Retorno, una anomalía atrapada en un ciclo eterno, el único que conserva la memoria de un mundo que ya fue destruido. Y Sirin no es la cazadora: es la mujer que, en la vida anterior, provocó el fin de todo al alcanzar su séptimo nombre.

Genre
Fantasy
Author
Yuusita
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El hombre que estaba a punto de perder su libertad no dejaba de sonreír, y eso era lo que más me molestaba de todo el asunto.

—No lo vas a encontrar —dijo—. Llevo veinte años protegiéndolo.

Estábamos en el sótano de una casa de postas a las afueras de Ravenmoor, entre barriles de vino agrio y el olor a humedad de la piedra vieja. Lo habíamos acorralado dos horas antes, cuando intentaba cruzar la frontera con papeles falsos y una bolsa de monedas robadas que ni siquiera se había molestado en esconder bien. Era un contrabandista de poca monta, del tipo que la Orden normalmente ni se molestaba en perseguir. Pero este llevaba encima una lista de nombres que no debía llevar, y eso lo convertía, de repente, en alguien importante.

—Todo el mundo dice eso —contesté, sin levantar la vista del círculo de sal que había trazado a su alrededor—. Y sin embargo aquí estás, sentado, esperando a que lo encuentre.

Se llamaba Bastian Coll de nacimiento. Lo sabía porque estaba en su ficha, junto con un segundo nombre —Bastian el Sordo, se lo había ganado en una pelea de tabernas hacía ocho años, cuando perdió la mitad de la audición del oído izquierdo y decidió no volver a escuchar excusas ajenas— y nada más. Dos nombres. Un hombre de treinta y ocho años con solo dos nombres, lo cual decía mucho sobre lo poco que había vivido de verdad, o sobre lo mucho que había evitado hacerlo.

El tercero, el que yo necesitaba, no estaba en ningún registro. Tendría que sacárselo de dentro.

Me arrodillé frente a él, dejando que el círculo de sal quedara entre los dos como una frontera que ninguno de los dos iba a cruzar todavía. Saqué la aguja de hueso de tejón —el instrumento más antiguo de mi oficio, el que usaban las Buscadoras antes incluso de que existiera la Orden— y la sostuve donde pudiera verla.

—Voy a hacerte una pregunta —dije—, y tú vas a intentar no responderla. Eso está bien. Se supone que tienes que intentarlo.

—¿Y si no hay pregunta que valga? —Su sonrisa tembló, solo un poco—. ¿Y si mi tercer nombre no existe todavía?

Era la primera mentira nerviosa de la noche, y con eso me bastaba. Un nombre que no existe no da miedo. Solo da miedo el que sí existe y se ha estado escondiendo.

—Todo el mundo tiene un Nombre de la Elección a los treinta y ocho años, Bastian. La única pregunta es cuál fue la elección.

No contestó. Cerró los ojos con la fuerza de quien intenta no ver algo que ya está viendo de todas formas, y yo empecé a hablar en el tono bajo y parejo que mi maestra me enseñó hace diez años, el que no suena a amenaza ni a súplica, el que simplementeespera.

—Cuéntame de la noche en que decidiste que ibas a ser distinto de tu padre.

Fue un tiro a ciegas, pero certero: siempre lo era, con hombres como él. Bastian abrió los ojos de golpe, y en ese instante, bajo la piel de su muñeca izquierda, algo se movió como una anguila bajo el agua. Las letras ascendieron despacio, trazo a trazo, hasta quedar visibles: un nombre que él llevaba veinte años sin decir en voz alta ni ver escrito, y que ahora yo tenía delante, brillando con la tinta pálida y azulada de los nombres recién revelados.

Kestrel, el que no heredó nada.

Lo anoté en mi cuaderno con la letra apretada que mi maestra siempre decía que algún día me destrozaría la muñeca, y sentí la satisfacción de siempre: pequeña, seca, profesional. No era alegría. Era la certeza de un trabajo bien hecho, del tipo de certeza que se puede llevar a un informe y cobrar.

—Con esto es suficiente —dije, guardando el cuaderno—. La Orden decidirá qué hacer contigo. Yo solo encuentro nombres, Bastian. No decido condenas.

—Eso es lo que todas decís —murmuró él, ya sin sonrisa—. Como si encontrar el nombre de alguien no fuera ya una condena en sí misma.

No respondí. En parte porque no tenía una buena respuesta, y en parte porque llevaba diez años sin permitirme pensar demasiado en esa frase, la que decían todos, tarde o temprano, cuando veían su propio nombre escrito en la letra de otra persona.

Salí del sótano cuando el cielo empezaba a aclarar por el este, con ese gris sucio que en Ravenmoor pasa por amanecer entre finales de invierno. Dos agentes de la guarnición local esperaban fuera para llevarse a Bastian; no me molesté en verlos hacerlo. Ese no era mi trabajo. Mi trabajo terminaba en el momento en que el nombre quedaba escrito, y todo lo que viniera después —juicios, condenas, la vida entera de un hombre reducida a una ficha con tres líneas— pertenecía a otras manos.

Era la misión número sesenta y tres desde que me nombraron Buscadora completa. Sesenta y tres nombres encontrados. Cero fallos.

En la Orden, ese número tenía un peso que yo procuraba no pensar demasiado, porque pensarlo se parecía peligrosamente a estar orgullosa, y el orgullo, según mi maestra, era el primer paso hacia el error que arruina una carrera.“El día que creas que ya sabes leer a una persona, Sirin, esa persona te va a mentir mejor que tú a ti misma.”

Aun así, caminando de vuelta hacia la posada donde había dejado mi caballo, no pude evitar sentir el peso satisfactorio de la racha. Sesenta y tres. Ningún nombre se me había resistido nunca más de una noche.

El mensajero me estaba esperando en la puerta, con la casaca gris de la Orden empapada de rocío y una expresión que reconocí antes incluso de que abriera la boca: la de alguien a quien han hecho madrugar para entregar algo importante y que preferiría estar en cualquier otro sitio.

—Buscadora Sirin Adare —dijo, con la formalidad rígida de quien ha repetido la frase todo el camino para no equivocarse—. El Alto Archivista requiere su presencia. Hoy. Sin demora.

—Acabo de cerrar un caso —contesté, aún con la aguja de tejón guardándose en su funda de cuero, todavía tibia—. Necesito dormir cuatro horas y presentar el informe.

—El informe puede esperar. —El mensajero bajó la voz, aunque no había nadie más en la calle a esa hora—. Esto no.

No dijo nada más. No hacía falta. Los mensajeros de la Orden no viajaban de noche por casos ordinarios, y los Altos Archivistas no reclamaban a una Buscadora recién salida de una misión salvo que algo se hubiera torcido en algún lugar mucho más importante que un sótano de Ravenmoor.

Hasta ese momento había supuesto que ganarme el rango de mejor Buscadora activa de mi generación significaba que había visto ya lo peor que la Orden podía pedirme.

Estaba a punto de descubrir lo equivocada que estaba.

El Gran Archivo de la Orden ocupaba siete plantas bajo la ciudadela de Aldenmark, y decían —aunque nadie lo había contado nunca en voz alta, por razones obvias— que guardaba un registro parcial de casi cada nombre pronunciado en el continente en los últimos dos siglos. Yo solo había bajado hasta la tercera planta en toda mi carrera. Esa mañana, agotada, con la ropa todavía oliendo a sótano y sal, me hicieron bajar hasta la sexta.

El Alto Archivista Verren me esperaba solo, sin escribientes, sin guardias, en una sala circular donde las paredes estaban cubiertas de cajones diminutos hasta donde alcanzaba la vista. Era un hombre menudo, de manos manchadas de tinta permanentemente, y en los cinco años que llevaba conociéndolo nunca lo había visto sin al menos dos ayudantes a su lado.

Verlo solo me dijo, antes de que hablara, que fuera lo que fuese, no querían que hubiera testigos.

—Sesenta y tres nombres —dijo a modo de saludo, sin levantar la vista de un expediente que tenía abierto sobre el atril—. Ninguno resistido más de una noche. ¿Sabes cuántas Buscadoras han conseguido esa cifra antes de cumplir los veinticinco años, en toda la historia registrada de la Orden?

—No tengo curiosidad por saberlo, Archivista. Estoy cansada y sucia, y me han dicho que esto no podía esperar.

Algo parecido a una sonrisa cruzó su cara, aunque no llegó a asentarse.

—Tres. Y ninguna de las tres duró viva más de un año después de la misión que voy a asignarte.

Eso sí consiguió que me despertara del todo.

Verren cerró el expediente que tenía delante y, por primera vez, me miró directamente. Tenía los ojos de alguien que llevaba mucho tiempo cargando con algo que no le correspondía y que estaba a punto de pasarme, con alivio y con culpa a partes iguales.

—Hace dos semanas, tres Buscadoras experimentadas intentaron localizar a un hombre conocido en los informes de frontera como el Rey Sin Nombre. —Hizo una pausa, como si el título le costara pronunciarlo—. Ninguna volvió con un nombre. Una no volvió, sin más.

—¿Contrabandista? ¿Insurgente?

—No lo sabemos. —Verren se pasó una mano por la cara, y por primera vez pareció simplemente cansado, no formal—. Llevamos ocho años con expedientes abiertos sobre él en cuatro reinos distintos. Le atribuyen la caída de dos casas nobles, tres levantamientos fronterizos y la desaparición completa de una guarnición entera en las montañas de Kethra. Y en ocho años, Sirin, no hemos conseguido ni un solo nombre suyo. Ni el de nacimiento.

Eso me detuvo de verdad. Un hombre sin Nombre de Nacimiento registrado no era solo alguien cauteloso. Era alguien que había sido borrado de los archivos a propósito, o que nunca había estado en ellos, lo cual era casi imposible en un continente donde cada nacimiento se anotaba por ley en los tres días siguientes.

—Entonces no me estáis pidiendo que encuentre un nombre —dije despacio—. Me estáis pidiendo que encuentre el primero.

—Te estoy pidiendo que hagas lo que ninguna Buscadora en la historia de la Orden ha conseguido hacer. —Verren empujó el expediente hacia mí, y por primera vez en toda la conversación, su voz bajó hasta convertirse casi en un susurro—. Y te estoy pidiendo que lo hagas sabiendo que las tres que lo intentaron antes eran mejores que tú en todo, menos en una cosa.

—¿En cuál?

—Ninguna de ellas volvió creyendo que él las conocía a ellas primero.

No entendí la frase del todo, no esa noche. La entendería tres días después, en un camino de montaña, cuando un hombre sin nombre me mirara a los ojos y dijera algo que ninguna víctima había dicho jamás a una Buscadora en el instante de ser encontrada.

Abrí el expediente. Estaba casi vacío: un mapa con avistamientos marcados en tinta roja, tan dispersos que no formaban ningún patrón reconocible, y una sola línea escrita a mano en la primera página, con una letra que no reconocí y que, según Verren, pertenecía a la última Buscadora que había vuelto con vida de intentarlo.

No busques su nombre. Deja que él decida cuándo dártelo.

Levanté la vista hacia Verren.

—¿Por qué yo?

—Porque sesenta y tres nombres sin un solo fallo es la clase de historial que hace que la gente empiece a preguntarse si de verdad existe alguien a quien no puedas encontrar. —Cerró los ojos un instante—. Y porque, si te soy sincero, Sirin, se nos han acabado las Buscadoras dispuestas a intentarlo.

Cerré el expediente. Sentí, por debajo del cansancio y la sal seca en la piel y las cuatro horas de sueño que no iba a tener, algo que no había sentido en las últimas veinte misiones: la punzada fría y precisa de un desafío real, del tipo que no se resuelve con una pregunta bien hecha y una aguja de hueso de tejón.

—Acepto —dije, antes de haber terminado de decidirlo del todo.

Verren no pareció aliviado. Pareció, si acaso, un poco más triste.

—Hay algo más —añadió, cuando ya me había dado la vuelta para salir—. Algo que no está en el expediente porque nadie se atrevió a escribirlo formalmente.

Esperé.

—Los avistamientos no son aleatorios, aunque el mapa lo parezca. —Se acercó un paso, bajando aún más la voz, como si las paredes cubiertas de cajones diminutos pudieran escuchar—. Si los ordenas por fecha en vrz de por lugar, forman un camino. Y ese camino, Sirin, lleva derecho hacia ti. Hacia los lugares donde has estado tú, en los últimos cinco años, casi un mes antes de que tú llegaras a cada uno de ellos.

El frío que sentí entonces no tenía nada que ver con el amanecer húmedo de Ravenmoor.

—Eso no es posible —dije—. Yo no he tenido contacto nunca con...

—Lo sé. —Verren ya se había dado la vuelta, dando la conversación por terminada, como si decir la última frase en voz alta le costara más de lo que estaba dispuesto a admitir—. Por eso te lo cuento a ti sola, y por eso vas a hacerlo sola. Sea lo que sea esto, Sirin, empezó mucho antes de que tú supieras que existía una misión que aceptar.

Salí del Gran Archivo con el expediente bajo el brazo y la sensación, nueva y desagradable, de que por primera vez en sesenta y tres nombres, no era yo quien estaba buscando.

Era a mí a quien llevaban tiempo persiguiendo.

Let Yuusita know what you thought about this chapter!
Love this

1

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

The Luna Trials

Jamie Zahra: i like everything about this book, keeps me on edge at the same time curious and interested

Read Now
The Shifters: Trysta and Fiero

Reabetswe: I chose the ratings i did because I haven't put the book down since starting IT and I love how your writing style is. You have gained a fan from me

Read Now
The Weak Alpha Heir

chewi2: Was great read great plot really enjoyed reading your book 5 stars from me 😃

Read Now
Silver's Second Chance

Clare: Loved the second chance mate story line. But loved even more the strong female lead. Would love to a mini fic of this couple a few years down the line.

Read Now
Fated to My Ex- Best Friend

Saraa: I really admire how unique your plot is. It didn't feel predictable at all. Did you always know how the story would end, or did the ending change while you were writing?

Read Now
The Orc's Pet

Aleesa: I loved reading this book! Great job Stephanie, you have a wonderful talent, thank you so much for sharing it☺️.

Read Now
My Best Friend Forgot to Mention the Werewolves

Grolili : Love love this story!Refreshingly different take on the werewolf stories; no pure withe wolf with hidden powers and magic, no waring, no bitchiness or ancestreal hidden threat with gods and goddesses lurking.Just a very enjoyable love story with lots of humour.

Read Now
His Unexpected Luna

Ingibabes511: Thoroughly enjoyed this short story. It was very well written, some spelling errors but nothing that distracted from the story. Thank you. 💜

Read Now
Alpha Zach

wond3rlalaland: I read this twice and I think it's one of the best i readon tjis app. The plot is good. The writing style shows experience and dedication . Thank you

Read Now