Prohibido Rendirse Al Corazón by luisavilaok at Inkitt
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Prohibido rendirse al corazón

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Summary

Lautaro Ferraro ya no es aquel niño asustadizo que se bloqueaba en la cancha; ahora es el Golden Boy del club de rugby. Educado, cerebral y poseedor de una técnica impecable, es la gran promesa del deporte y heredero del apellido que cambió la historia del deporte. Pero la perfección es una cárcel de cristal y su mundo estalla cuando se cruza en el campo con Nico “El Rayo Láser” Soler. Nico es todo lo que Lautaro tiene prohibido ser. Criado en el rugby social de las villas, Nico juega con una furia desordenada, cubierto de tatuajes y una lengua tan rápida como sus piernas. No respeta rangos, no le interesa el apellido Ferraro. La rivalidad es inmediata y feroz porque Nico puede ver algo que Lautaro se esfuerza por ocultar. ID: 2607036283568 Todos los derechos reservados.

Genre
Lgbtq
Author
luisavilaok
Status
Complete
Chapters
41
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

LAUTARO

El rugby en altas ligas no es solamente un deporte, sino que se vuelve una religión de barro, sudor y huesos que crujen bajo una coreografía de violencia organizada. Y yo, por herencia y por condena, soy su sumo pontífice en ascenso.

—¡Empujen, caray! ¡Que se sienta fuerte eso! —grita el entrenador desde la banda, pero su voz me llega como un eco lejano, amortiguado por el rugido de mi propia sangre golpeando contra mis tímpanos.

Estoy metido en el corazón de un ruck. El aire aquí adentro es escaso, una mezcla densa de pasto arrancado, tierra húmeda y el aroma agrio de treinta hombres llevando sus glándulas sudoríparas al límite de su capacidad. Siento el hombro de un pilar rival clavándose en mi esternón y, a mi espalda, el empuje de mis propios compañeros que me usan como escudo humano para ganar un centímetro de ventaja. Es un caos de extremidades, de dedos que buscan el cuero del balón y de rostros apretados contra muslos ajenos.

Cualquier persona normal sentiría pánico. Yo siento que estoy en casa.

O eso es lo que me repito para no volverme loco.

A mis dieciocho años, mi cuerpo ya no es el de aquel niño menudo que se asfixiaba ante un esfuerzo confrontado con mis ataques de asma. He crecido hasta alcanzar el metro ochenta y cinco de la genética Ferraro, pero con una agilidad que mi viejo, Gael, nunca tuvo. Él era una topadora; yo soy un bisturí. Mi piel, blanca como la de Kaia, la pareja de papá (quien no es necesariamente mi madre), está ahora adornada con hematomas que parecen mapas de batallas ganadas y cicatrices que el periodismo deportivo llama “marcas de gloria”. Soy el “Golden Boy” de este club. El heredero. El nene que hace todo bien, que saluda con respeto, que tiene el promedio más alto de su clase y que, en la cancha, juega como si tuviera un tablero de ajedrez en la cabeza.

Pero el ajedrez no tiene este componente físico tan... invasivo.

—¡Abajo, Ferraro! —ruge el Ruso chico, el hijo de uno de los mejores amigos de mi viejo—. ¡Cierra el canal!

Me lanzo al tacle. Mi objetivo es un tercera línea que pesa diez kilos más que yo y que viene lanzado como un proyectil de carne y hueso. El impacto es seco, un trueno que me sacude hasta los molares. Lo envuelvo con mis brazos, mis manos se cierran sobre la tela rugosa de su camiseta y terminamos rodando por el césped.

Y ahí sucede. Otra vez.

Quedo atrapado debajo de él por unos segundos eternos. Siento el calor abrasador de su cuerpo atravesando mi camiseta empapada. Su pecho sube y baja con violencia contra el mío, su respiración agitada me golpea el cuello y puedo oler el vapor que emana de su piel. Es una cercanía brutal, despojada de cualquier sutileza. Siento la dureza de sus músculos, la solidez de sus piernas entrelazadas con las mías mientras luchamos por la posición.

Un chispazo de electricidad me recorre la columna. No es adrenalina. O al menos, no es solo adrenalina. Es algo más profundo, algo que nace en el centro de mi estómago y se expande hacia mis extremidades, una corriente de calor que me hace apretar los dientes, pero no de dolor. Mi cuerpo, traidor y rebelde, reacciona a la presión de ese otro cuerpo con una intensidad que me asusta. Siento un pulso eléctrico entre mis muslos, una estimulación involuntaria producto del roce, del forcejeo, de la testosterona que inunda el ambiente como un gas inflamable.

La voz de mi infancia me grita desde un rincón oscuro de mi mente. Me obligo a soltarlo, a empujar con desprecio, a ponerme de pie con un movimiento mecánico. Mi cara está roja, pero todos asumen que es por el esfuerzo. Mi corazón galopa, pero todos creen que es por el cardio. Nadie ve la cárcel de cristal en la que vivo. Nadie sospecha que el capitán perfecto, el que tiene pósteres en las habitaciones de los juveniles, está luchando una guerra interna para que sus propios instintos no lo dejen en evidencia en medio del predio.

—¡Buena, Lauti! ¡Eso es carácter! —me grita mi viejo desde el alambrado.

Gael Ferraro está ahí, como siempre. Ya no juega profesionalmente, pero su sombra sigue siendo más grande que la de las torres de iluminación. Me mira con ese orgullo que me costó años construir.

El grupo se rompe. Los chicos caminan hacia los vestuarios, dándose palmadas en la espalda, insultándose con ese cariño tosco que solo entendemos nosotros. Yo camino con la cabeza baja, tratando de calmar mi respiración y, sobre todo, tratando de que mi equipo deportivo no revele nada de la tormenta que llevo debajo.

El vestuario es el templo de la masculinidad hegemónica. Huele a ungüento analgésico, a desodorante barato y a bromas que tienen el mismo nivel de evolución que un hombre de las cavernas.

—Che, ¿vieron cómo lo dejó Lauti al gordo? —dice Benjamín (sí, el mismo que en mi infancia era mi mayor enemigo, ahora es mi compañero de equipo porque la vida tiene planes y giros inesperados)—. Parecía que se lo quería comer en el suelo. ¡Cuidado, gordo, que el Capitán te tiene ganas!

Las carcajadas estallan en el vestuario. Yo me saco los botines con una parsimonia estudiada, ignorándolos. Benjamín ya no me bullinea como antes; ahora es una especie de “amigo” que usa la ironía para marcar territorio. Sigue siendo un idiota, pero un idiota con el que comparto vestuario.

—Dejen de decir pavadas —respondo con mi mejor voz de quien sabe mantener la cordura—. Solo cerré el canal.

—¡Mira al pulcro! —se ríe otro—. Ferraro, eres tan perfecto que me das asco. Seguro después de esto te vas a ver una ópera o a leer un libro de poesías, ¿no?

—Voy a estudiar para el parcial de anatomía, que algunos de acá no saben ni dónde tienen el fémur —les retruco, logrando que el foco cambie de mis “ganas” a su ignorancia. Paralelo a mi carrera en el rugby, estoy haciendo el cursillo para entrar a medicina porque mi padre dice que el éxito en el arte y en el deporte es 90% suerte, 9% contactos y 1% talento.

Me saco la camiseta empapada y el vapor del agua caliente ya empieza a inundar el ambiente. Entro a la zona de las duchas. Es un espacio abierto, sin cortinas, donde la desnudez es obligatoria y el juicio es constante. Es el lugar donde más sufro y donde más tengo que fingir.

El agua cae sobre mi nuca, hirviendo. Cierro los ojos, dejando que el vapor empañe mi vista. A mi alrededor, hay cuerpos. Muchos cuerpos. Hombres jóvenes, fuertes, tallados por el gimnasio y el impacto. Escucho el ruido del agua golpeando los azulejos y las voces que rebotan en las paredes.

—...y entonces la mina me dice: “no, pero mi novio juega en el SIC”. Y yo le dije: “bueno, entonces deberías buscarte a alguien que sepa qué hacer con una pelota de verdad” —cuenta uno, seguido de risas ruidosas.

—¡Eres un animal! —grita otro—. Che, ¿vieron al nuevo del apertura de la reserva? Tiene una pinta de chorro que no cuadra con su manera de ser. Dice que no le gusta el asado porque es vegetariano. Ah y que es “bisexual”—. Lo menciona como a una palabra de gracia.

—Ufff jaaaaa, ese dura dos entrenamientos. En este club no queremos maricas —sentencia Benjamín, mientras se refriega el jabón con una energía innecesaria—. El rugby es para hombres, no para nenas que se cuidan las uñas.

Siento un pinchazo de asco en el estómago. Me cae pésimo ese discurso. Me revuelve las entrañas la facilidad con la que usan esas palabras para marcar quién pertenece y quién no.

Pero no lo hago, tengo una reputación que cuidar.

Me paso el jabón por los brazos, tratando de concentrarme solo en el ruidito del agua. Pero es difícil cuando tienes a un compañero a medio metro comentando el tamaño de los músculos de otro, o cuando el roce accidental de un hombro bajo la ducha me vuelve a disparar esa chispa de corriente que trato de apagar con pensamientos aburridos.

Anatomía. Origen e inserción del músculo deltoides. El ciclo de Krebs. La formación del scrum en la liga francesa.

Es agotador. Salgo de la ducha sintiéndome más cansado que cuando terminó el partido. Me seco rápido, me pongo mi ropa impecable (camisa de lino, jeans oscuros, zapatos náuticos) y me peino el pelo castaño con una precisión milimétrica. En el espejo, veo al Golden Boy. El chico que las madres quieren para sus hijas y los padres para sus equipos. Un producto perfecto de la educación de Gael y la sensibilidad de Kaia, destilado en un envase de alta competencia.

Salgo del vestuario y el aire fresco de la noche me golpea la cara. Me siento conflictuado, sucio por dentro, no por el barro, sino por el silencio cómplice que tengo que guardar cada vez que Benjamín abre la boca.

Camino hacia el estacionamiento. Ahí están ellos. Gael y Kaia me esperan apoyados en la camioneta, riendo de algo. Se ven felices. Son la familia perfecta que se construyó sobre las ruinas de un accidente.

—¡Lauti! —me llama mi viejo—. Estuviste increíble hoy, hijo. Ese tacle al final... juro que sentí el golpe desde acá.

—Gracias, pá —le digo, forzando una sonrisa que me sale un poco torcida.

—¿Estás bien? Te noto... tenso —dice Kaia, poniéndome una mano en el hombro.

Ella siempre lee entre líneas. A veces me da miedo que lea demasiado.

—Solo un poco cansado. El entrenamiento fue fuerte —miento, mientras abro la puerta de atrás.

—Es el precio de ser el mejor, campeón —dice mi viejo, arrancando el motor—. Mañana tenemos que ir a ver al sastre para el traje de la gala del club. Quieres estar impecable, ¿no?

—Claro, pá. Impecable. Siempre.

Me hundo en el asiento de atrás y miro por la ventana cómo las luces del club se van alejando El “Reino del Revés” de mi infancia parece una galaxia lejana ahora. Aquí todo está al derecho, todo es cuadrado, todo tiene un color asignado. Blanco o negro. Hombre o nena. Ganador o perdedor.

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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