1. Chilaquiles rojos y café.
La pequeña tuerca del encendedor gira y la flama comienza a quemar el borde superior de la vela haciendo que salten las chispas. Me echo ligeramente hacía atrás al sentir el calor tan cerca, pero mis amigos ya han comenzado a cantar Las Mañanitas.
Siempre he odiado esta parte de los cumpleaños. Es bonito si crees que alguien que te ama está cantando para ti, pero nunca sé que cara poner. Cuando era niña solía llorar, aunque ni siquiera sé por qué, simplemente me invadía un sentimiento extraño, y ahora hay tres pares de ojos sobre mí, por lo que me fuerzo a sonreír hasta que termine.
—...la luna ya se metió— terminan de cantar antes de comenzar a hacer bullicio.
Martha ríe cuando Antonio se acerca a mí, comenzando a bailarme en el regazo como un mal bailarín y muy poco exótico, en un acto más incomodo que provocativo, por lo que lo empujo para que se aparte.
—Que bueno que no te dedicas a eso— escucho a Jose Luis.
Estamos en su casa; su mamá es enfermera y hoy ha tenido guardia de noche, por lo que nos dejó celebrar aquí solos. Los tres intentaron convencerme de que hiciera una fiesta, pero no sabría a quién invitar, ni dónde hacerla, y tampoco tengo mucho dinero para invertirle ahora. Preferí convencerlos de ser sólo nosotros cuatro, igual que siempre. Para mí es suficiente.
La señora Paty estuvo de acuerdo con dejar que también nos quedáramos, mañana hay escuela, así que tampoco pensábamos hacer la gran cosa, la idea era cenar, ver una película y dormir.
Nunca me ha gustado dejar que se queden en mi casa, principalmente porque mis papás parecen estar escuchando, todo el tiempo, y tal vez es mi paranoia, pero hasta yo me siento en poca confianza de ser yo con ellos. Más que nada porque a veces hablas, se asustan, y según ellos eres la que se ofende por todo. Una aprende a callar.
Cuando salí a comer con mi familia en la tarde tuve que decir que estaría con Martha. Lo cual no es una mentira, sólo no dije dónde.
—Estas velas de ahora no se soplan, pero pide un deseo— dice Martha.
Cierro mis ojos y tomo una respiración profunda antes de pensar en un nuevo teléfono.
Soplo al humo que aún suelta y este se desvanece.
—Pediste un novio asquerosamente rico que nos pague todo a los cuatro, ¿verdad?— Pregunta Toño y Martha le da un manotazo en el abdomen soltando una risa corta—. No me digas que desperdiciaste tu deseo.
—Consíguete tu propia novia rica, ¿no?— Sugiere Jose Luis.
—La pedí en mi cumpleaños hace un mes, me regalará una casa en las lomas, yo seré el que vaya a pilates después de dejar a los niños en la escuela, ella hará lo que sea que hagan los ricos.
—Difícil encontrarla si no sales de tu colonia— se burla Marta.
—¡Mi futura esposa será asquerosamente rica o la mujer más hermosa del mundo, no hay punto medio, ni está a discusión! ¿Cómo será tu novia ideal, José?— Se gira a verlo en busca de apoyo— ¿Millonaria o quieres ser tú el macho proveedor?
Río y me pongo de pie para ir al otro extremo de la mesa en busca de un cuchillo para partir el pastel. Una vez que los encuentro, la mirada de José ya está puesta sobre mí. Me sonríe, y cuando regreso a mi lugar, lo escucho decir:
—Como María José.
¿Cómo yo?
Lo miro sin entender a qué parte de mi se refiere, pero al notar que no me presta atención me decido a partir el pastel e ignorar su comentario.
—¿Cómo Majo?— Preguntan mis amigos incrédulos.
—¿Qué tiene?—Cuestiona con inocencia.
Nadie responde nada, y él tampoco aclara qué parte de mi personalidad es la que le gusta, aunque creo que es más bien una broma que nadie ha entendido, a veces las hace y jamás las explica. Da igual. Su personalidad es algo juguetona, es esperado que haga comentarios así.
—José, ¿puedes traer los platos?— Pregunta mi amiga haciendo una seña a la cocina—. Y que Toño te ayude con los vasos y cubiertos.
Martha es vivaz, siempre sabe que responder y cómo resolver cualquier situación. Sé que algo pretende con enviarlos a ambos lejos.
Ellos asienten y comienzan a alejarse para ir a la cocina, por lo que mi amiga se pega a mí y pregunta en voz baja:
—¿Le crees?
Ya sabía.
—Dijo que quiere una novia como yo, no que le gusto yo.
—Si le gustaría alguien como tú, no veo por qué no notas que le gustas tú.
Tampoco veo por qué pueda gustarle.
—No creo— le sonrío y dejo de cortar—. Que no te quite el sueño, José dice muchas cosas, y pocas veces habla en serio.
—Pero a ti te gusta, ¿no?
No lo voltearía a ver dos veces en la calle. Nunca se me ha cruzado por la cabeza verlo de otra forma. No he dado a entender que sí.
—Es mi amigo— niego.
—Sí, ajá. Y tú eres su amiga.
Río ante la mueca de decepción que ha puesto, y ya no respondo ya que los hombres regresan al comedor.
—Señoritas— exclama Antonio pasándome los platos—, trae eso para acá— le extiende la mano a José y él le pasa los cubiertos—. Este es para la cumpleañera.
Señala el trozo más grande y cuando lo pongo en un plato me quita el cuchillo para seguir sirviendo él.
Terminamos llevándonos la comida a la sala, donde José enciende su proyector y podemos ver la película juntos. Afuera hace bastante calor para ser abril, pero la sala está tan fría que José tuvo que ir a su cuarto por algunas colchas para compartir.
Estoy entre Martha y Antonio en el sillón grande, él comienza a usar el control remoto para ir entre las películas que aparecen en la pantalla intentando encontrar alguna que suene bien, y cuando llega el dueño de la casa, mi amigo se detiene exclamando:
—¡Yo quiero la de superhéroes!
Me giro a verla y noto como se la arroja a la cara haciéndome reír, luego nos extiende una color gris a mí y a Martha, la cual extendemos para poder compartir.
—Dame espacio— dice comenzando a ponerse entre yo y Antonio.
Martha me da un leve codazo por debajo de la manta, y yo se lo regreso esperando que eso la detenga.
Intento hacerle espacio yo también moviéndome hacia mi amiga, aunque posa su mano en mi pierna, no sé si está apoyándose para quedar sentado o si es una forma de pedir que no me aleje, pero termina logrando entrar en ese espacio, y cubriéndose con la colcha de su amigo también.
Elegimos la película y comemos pastel en silencio. Aunque para la mitad, Martha tiene la cabeza recargada en mi hombro y se aferra a mi brazo como lo haría a un peluche, lo que me deja saber que seguro se ha quedado dormida.
A ella le encanta el contacto físico, antes de conocerla a mí no tanto.
—¿Y a que hora se acaba esto?
Suspiro y me acomodo mejor en el sillón. Lo que llama la atención de José.
—Creo que ya todos estamos cansados— dice con voz suave—. Les dejé el cuarto de visitas listo a ti y a Martha.
—¿Y si me quedo aquí?— La escucho preguntar en voz baja.
La risa de Antonio se hace presente, y de inmediato lo veo ponerse de pie para venir hacía nosotras.
—Vayan arriba, nosotros limpiamos— jala de su brazo y ella se pone de pie de mala gana.
Aunque creo que le vendría bien.
—Yo limpio— dice José—. Vayan a cambiarse y elegir sus camas. Sólo guardo el pastel y pongo los platos en el lavabo.
—Te ayudo— decreto.
Niega y se pone de pie— Ve, no es nada.
Toño me hace una seña, ya que él es quien conoce mejor el segundo piso y es quién podría guiarme. Incluso toma las mochilas de Martha y mía.
Los tres vamos arriba, pero se siente mal que haya ofrecido su casa para mí y no pueda siquiera ayudarle a recoger algo.
Mi amigo nos muestra la habitación de invitados y Martha ni siquiera se pone la pijama, sólo va directo a la cama y se echa boca abajo, dejando los pies colgar al suelo.
—Te vas a caer— dice Toño comenzando a rodarla, pero apenas lo logra—. No mames. Hazle espacio a Majo.
Se queja sin abrir los ojos y yo río al ver como mi amigo sigue empujándola hasta que logra su cometido.
—Listo— suspira girándose a verme—. La puerta de enfrente es el baño, dejó toallas y esas cosas antes de que llegaran— señala afuera en el pasillo y yo asiento—. Yo voy al cuarto de Pepe Lucho— dice ese apodo que siempre me hace reír—. Si quieres ir abajo que sepas que no pienso ir.
—¿Bueno?
Sonríe y se encoje de hombros.
—Sólo digo.
Toño sale del cuarto y se encierra en uno que está a un par de metros de aquí. No puedo evitar quedarme frente a la puerta, y es que algo me pide que baje y le ayude antes de que decida subir, pero mi parte más racional dice que me eche a dormir de una vez porque el simple hecho de pensar en bajar me causa algo raro en el estómago. Debe ser haber escuchado ese comentario. ¿En qué pienso? Jamás hemos sugerido nada, es la primera vez que José dice algo raro sobre mí, seguro ni siquiera fue tan en serio. Yo no me lo tomé en serio, ¿por qué ellos sí? ¿Saben algo que yo no?
Ni siquiera parecía importarle, está claro que se refería a otra cosa, algo muy específico de mi personalidad y no terminó de hablar. Entendieron mal y me han dejado pensando igual.
Tomo una respiración profunda y cierro la puerta para ir a mi mochila aprovechando que mi amiga está dormida, así puedo cambiarme sin molestia alguna.
Cuando apago el foco y me echo a su lado, la escucho decir:
—¿Por qué te saboteas?
Quisiera ver su rostro, aunque la oscuridad no me deja, y seguro tampoco hay muchas expresiones, se escucha bastante dormida.
—¿Cómo?
—Te conozco desde que entramos a la carrera y ya casi acaba. Nunca te he visto hablando con alguien, ni ligando, ni dejando que te liguen o diciendo que te gusta alguien...— escucho un bostezo—. Pero José es José— dice aunque no sé a que se refiere—. ¿Segura que no te gusta?
Esto ya se está volviendo raro.
—Ya duérmete.
—Yo pienso que guapo no es.
Que mal se escucha decirlo de esa forma. Tan lindo que es, tan amable y buen amigo.
—¡Martha!
—Ay, pues no dije mentiras, y no significa que no me caiga bien— se queja y se gira dándome la espalda—. Pero no es Toño, ¿sacas?— Casi la escucho sonreír.
Claro, él es la cara bonita que opaca a cualquiera que tenga a lado. No por nada ha tenido siempre a tantas detrás, eso es lo que le sube el ego, supongo. Su físico tiene un aire tierno con esos ojos grandes verdes, y su labio grueso que te hace creer que siempre está haciendo un puchero. A él siempre lo voltean a ver dos veces en la calle, y en el super, y en la escuela... su personalidad es muy enérgica, le gusta hacer reír a la gente, por lo que hasta las chavas más obsesionadas con tipos altos deciden olvidar el detalle de que no llega al metro setenta.
A él lo conocí en la prepa. Solía odiarlo, pero teníamos amigos en común y se sentaba a mi lado en el salón; no podía escapar de él. Por obvias razones, creía que el mundo giraba a su alrededor. Sólo pensaba en beber, sólo hablaba de las fiestas a las que iba, las chavas que lo perseguían, y parecía no importarle nada más que su propio disfrute.
El verano antes de entrar a la universidad me envió un mensaje para ir a entregar la papelería juntos y desde que lo vi ese día lo noté con una actitud bastante más agradable. Desde el primer día—hasta hoy que estamos iniciando octavo—hemos estado en todas nuestras clases juntos. Hasta pude admitirle que antes era despreciable y me dió la razón. Fue a terapia, y yo sigo creyendo que su psicólogo debería de ganar millones ahora mismo. Lo convirtió en quien se hizo mi mejor amigo
Se necesita mucha valentía para admitir los errores de uno mismo.
No entiendo de dónde viene esta confesión, aunque tampoco me sorprendería que Martha haya caído en ese encanto.
—¿Te gusta Toño?
—Si me lo doy, pero no le digas.
Creo que a pesar de que puedo admitir que tiene lo suyo, hemos llegado a un nivel de hermandad donde no puedo verlo como todas, hasta me parece raro cuando alguien lo menciona.
Niego y vuelvo a mirar al techo.
De pronto se hace el silencio y creo que se ha quedado dormida, pero cuando cierro mis ojos la escucho decir:
—Pero tú te darías a José.
Me preocupa que lo diga tan segura. ¿Qué parte de mí dice eso? Yo detesto estas cosas sin compromiso.
—No quiero darme a nadie.
—¿Por qué no? Que sea casual, divertido— siento su mano posarse en mi cadera y comienza a menearla.
—No me interesa.
Además, nunca es casual. Nunca. Siempre alguien siente algo, siempre alguien busca algo, siempre alguien sale herido, siempre alguien termina molesto.
—¿Te interesa en serio?— Cuestiona apartándose—. Está bien si no quieres lo casual, pero siempre dices que quieres conocer a alguien, y cuando muestran interés en ti no te das la oportunidad de conocerlos. ¿Es porque ustedes se gustan? Por eso sabía que rechazabas a otros, pero con él también te saboteas.
—No es cierto.
—Lo hiciste hoy, dijo quería una novia como tú, y creo que eso deja claro que tú le gustas.
—Seguro era un chiste o piensa de mí como tú de Toño.
—¿Es tan malo o increíble que a alguien le gustes en serio?
Suspiro y me giro dandole la espalda también.
No le gusto. José Luis es muy directo siempre, me lo hubiera dicho de ser así. Además, yo sabría si me gusta. ¿Cómo podría engañarme a mí misma con eso? No es mi tipo.
Pero dejando de lado a la persona, ¿acaso no tiene razón Martha sobre que llevo años sin salir, hablar ni tener nada con nadie? ¿Qué me ha pasado? ¿Por qué yo no veo cuando me están ligando? ¿O espanto a los hombres?
—Martha, ¿de verdad crees que me saboteo?
Espero respuesta, pero no llega, y el silencio de la habitación casi me responde por si solo un: sí.
•••
La alarma suena y yo soy quien la apaga. Mi amiga prefiere despertar veinte minutos antes de que sea hora de irse, pero se respeta.
Me pongo de pie pasándome las manos por el rostro y tomo mi mochila para llevarla al baño. Son las cinco de la mañana. La madre de José debería estar llegando a las ocho, una vez que acabe su guardia, por lo que seguro no la vemos hoy, y no sé a que hora vayan a despertar los hombres. Soy una maniática de la puntualidad, espero no molestarme si me hacen llegar tarde. La primera clase es a las siete y eso me preocupa.
Debí cambiarles las horas de sus alarmas adelantándolas unos minutos
Tomo una ducha rápida, me cepillo los dientes y cuando quiero comenzar a maquillarme, escucho que tocan la puerta.
—Voy.
Al abrir encuentro a José. Va en pijama aún y se ve muy adormilado. Supongo que pretende usar el baño.
—Ya salgo— digo tomando mi mochila, pero él niega.
—Quería preguntarte si quieres desayunar algo. Pensaba hacer chilaquiles.
Alzo mis cejas y me llevo las manos al pecho.
—¿Para mí?
—Para los cuatro— bosteza recargándose en el marco de la puerta.
—Buu, ya perdí mi privilegio de cumpleaños— bromeo y él sonríe—. ¿Rojos o verdes?
Aprieta sus labios y mira hacía arriba como si lo estuviera pensando, luego chasquea sus dedos señalándome.
—Rojos, porque será salsa de chipotle.
—¡Que rico!— Exclamo—. ¿Te ayudo? ¿Qué haces despierto tan temprano?
—Mi alarma estaba programada para dentro de media hora, pero creo que la tubería del baño pasa por mi cuarto, puedo escuchar el agua corriente en la cabecera.
Ah. Eso es mi culpa.
—Ahora tendré minutos extra para lavarme el cabello... y los dientes— frunce el ceño—. Y reposar el almuerzo... y desear estar dormido.
—O para hacerme compañía mientras me maquillo— le sonrío y vuelvo a el lavabo donde continúo con mi rutina.
—Claro, porque soy el anfitrión— asiente y se cruza de brazos, pero no se mueve de su lugar—. Ahora entiendo por qué Martha se maquilla en la primera clase, es muy temprano— dice haciéndome reír—. Sino tendría que estar aquí contigo.
Se adentra un poco más al baño y toma su cepillo de dientes, por lo que me hago a un lado, compartiendo el espejo mientras hace lo suyo.
—Por hacerme compañía te ayudaré a preparar el desayuno o lavar los platos de ayer.
Saca el cepillo de su boca— Ya lavé todo anoche
Dijo que lo haría hoy. ¿Por qué siquiera le creímos? Era obvio que prefería darnos el gusto de que viniéramos a dormir y el quedarse con el trabajo sólo por ser el anfitrión.
Lo miro mal, pero me ignora diciendo:
–¿Y por ofrecer mi casa para tu cumpleaños no hay recompensa?
—Eso fue ayer, ayer me debías todo por ser mi día, hoy no me debes nada así que te pago con mi ayuda— bromeo haciéndolo reír.
Continúa en lo suyo y yo esparciendo mi corrector con cuidado. Cuando se agacha para enjuagarse puedo ver un pequeño agujero en su camisa, y no me resisto la tentación de poner mi dedo justo en ese lugar, lo que lo hace girarse y verme con una mueca.
—Si te hace sentir mejor, la mayoría de mis pijamas están rotas, manchadas o son de partidos políticos.
Ríe un poco más despierto y deja su cepillo antes de volver a su lugar viéndome, lo que me pone algo nerviosa, porque siempre que alguien me mira siento que no hago las cosas igual, como si me saliera todo mal... y preferiría que mi maquillaje saliera bien.
—No te vi en pijama hoy, no puedo saberlo.
—Tal vez deberías invitarme a pijamadas más seguido.
—Está bien, no me insistas tanto— asiente y se apoya en el lavabo ladeando su cabeza mientras sigue mirándome.
—De paso invéntame una excusa para que mis papás no digan que voy a hartar a la familia de Martha por ser una conchuda.
Ríe de nuevo—Dame unas horas y te la doy, mi cerebro no funciona a esta hora.
—Pero si eres primer lugar de generación.
—Después de las siete AM lo que quieras, Majo. Ahorita no— niega y se aparta del lavabo poniéndose en la pared contraria, de forma que quedamos lado a lado viéndolos en el espejo—. ¿Quieres café?— Se revuelve el cabello.
Eso suena a que va a caerme genial.
Sonrío y me giro a verlo, por lo que aunque intenta verse calmado noto que quiere sonreír.
—Voy a ponerlo— se aclara la garganta—. Cuando desocupes el baño me avisas, antes de que Toño se despierte, luego no lo saco de aquí nunca.
Asiento y quince minutos después estoy bajando a la cocina, encontrándome con José Luis frente a la estufa, con una taza de café en la mano izquierda, y moviendo algo de un sartén con la otra.
—¿Qué haces?
—La salsa.
—Uhh— me asomo y el aroma llega a mí de inmediato—. ¡Que rico!— Digo sin poder evitar dar un saltito en mi lugar, lo que lo hace reír—. Deja que el olor llegue arriba y tienes a los otros dos aquí sentados.
Asiente y apaga la estufa.
—Siéntate, ya está.
—Te ayudo a prepararlos.
Niega y se mueve dejándome a su espalda cuando me acerco a los platos.
—Dejé tu café en la mesa.
Me giro a ver, y encuentro una taza blanca con dibujos de pajaritos reposando en esta.
—Que servicial amaneces— tomo la taza y me la llevo a los labios para beber un trago.
Se gira hacía el refrigerador donde empieza a sacar un par de cosas antes de ponerlo todo en la encimera.
—No se cumple años todos los días.
—Fue ayer— decreto tomando asiento.
—No importa.
Comienza a servir y en unos minutos ya tiene un plato frente a mí, lo que me sorprende por la rapidez, pero casi de inmediato regresa a preparar lo suyo.
—¿Cuando aprendiste a cocinar?
—Como a los diez— responde a mi espalda y yo comienzo a comer—. Mi mamá se iba a trabajar, me quedaba con mis abuelos, me ensañaron y cuando fui suficientemente grande para quedarme solo empecé con cosas sencillas, y tutoriales de internet.
—Siempre he creído que las personas que dicen no saber cocinar mienten— confieso y se gira a verme con confusión—. Digo, si sigues una receta no hay forma de que salga mal.
—Dile eso a las miles de veces que he tenido que comer porquería.
Río— Esto no es porquería.
—Que bueno, porque me hubiera sentido comprometido a comprarte el desayuno si lo hubiera arruinado— se gira con su plato y toma asiento frente a mí—. Y mi camioneta necesita gasolina, no podía permitirme semejante crimen a mi estabilidad financiera.
Le sonrío y el a mí antes de mirar su plato.
—¿Crees que me pierda de mucho si falto a clase?—Pregunta—. Me falta media hora de sueño.
—Las peleas del profe Infante con Toño— sugiero haciéndolo reír—. Y mi maravillosa compañía.
—Yo creo que en realidad uno va a la universidad a socializar, construir un mejor futuro es sólo si te queda tiempo.
Será un buen día. Hoy tengo mi clase favorita, estoy desayunando delicioso y estaré con mis amigos todo el día. Benditos veintidós.
Asiento y seguimos comiendo antes de que él vuelva a hablar diciendo:
—¿Has pensando en qué hacer después de la graduación?
Definitivamente no pienso mucho en eso. Algunos dicen que no lo hacen por miedo, creo que yo no lo hago porque me parece lejano, incluso si es sólo poco más de un año.
—No— niego—. ¿Y tú?
—Me preocupo mucho por el futuro— admite, lo cual es raro porque jamás lo había mencionado—. Pero Toño dijo que no hay que preocuparse porque capaz ni llegamos, así que me curé de sólo escucharlo— dice haciendo que comience a toser por la risa y eso le divierte aunque no se permite burlarse—. Yo quisiera llegar a los cincuenta, no más, no menos.
—¿Por qué?
—Ya no hay pensión y no pienso trabajar toda mi vida. Medio siglo es suficiente.
—Pues ya casi llevas un cuarto, considera una prorroga—ruedo los ojos divertida—. Yo quisiera vivir el siglo completo.
—¿Para qué?
—No sé— me encojo de hombros—. A ver que pasa. Una buena historia deberé de tener en tanto tiempo.
—Y una muy mala cuando te enteres de mi muerte.
Asiento—Hay que pelearnos cuando cumplas cuarenta para no sentir el duelo, así hasta me alegro.
Me muestra su dedo medio y yo suelto una carcajada.
—¡Oigan!— Escucho pasos en la escalera.
Parece que casi se arrojan al segundo piso; cuando ambos nos giramos a ver encontramos a Martha y Toño bajando, ambos alterados, y bastante despiertos.
—¿Qué pasó?— Pregunto sin saber si debería perturbarme o no.
—Joel está en el hospital— dice Martha.
Historia comenzada: 20 de marzo del 2026








