ᴀᴅᴠᴇʀᴛᴇɴᴄɪᴀ
Los pensamientos perversos no nacen con ruido,
se arrastran en silencio, como un veneno sutil;
entre más me piensas, más te arrastras al olvido,
y en cada pecado, te vuelves más hostil.
Pero dime, mi reina, ¿dónde está la maldad?
Si el cielo nos dio carne, fue para profanarla,
para arrancar el velo de tu falsa santidad
y en la absoluta sombra, aprender a devorarla.
No finjas inocencia, sabes bien a qué voy,
cuando la noche sea nuestra y el mundo quede fuera;
donde nadie te salve del demonio que soy,
y la estricta soledad sea nuestra carcelera.
Tus gemidos serán la sinfonía de mi altar,
un eco de placer atrapado en la penumbra.
Odíame mañana, si te ayuda a respirar,
mientras el alba borra el fuego que nos inunda.
No culpes a mis manos por encender tu humedad,
ni me llames salvaje por romper tu cordura;
es tu propio deseo, tu oculta tempestad,
la que te condena a ser mía en la locura.
𝓙𝓸𝓷𝓪𝓽𝓱𝓪𝓷 𝓜𝓪𝓵𝓿𝓮𝓻𝓭𝓮








