𝕰𝖑 𝕻𝖗𝖊𝖑𝖚𝖉𝖎𝖔.
El palacio imperial nunca había estado tan silencioso antes. Y este, no era un silencio de calma, era el tipo de silencio que aparecía cuando demasiadas personas intentan no decir en voz alta lo que todos están pensando.
En el ala oriental, la cámara de la emperatriz estaba abierta de par en par, sirvientes corrían por los pasillos con cubetas de agua caliente, vendajes y telas que regresaban manchadas de rojo oscuro.
Los médicos entraban y salían con el rostro pálido, murmurando órdenes urgentes. El olor metálico de la sangre flotaba en el ambiente, Vaelion lo percibió incluso antes de cruzar la puerta... Tenía ocho años, era demasiado para comprenderlo todo, pero lo suficientemente grande para saber que algo andaba terriblemente mal.
Un guardia intentó detenerlo.
—Alteza, no puede entrar.
Pero en ese mismo momento uno de los medicos salió apresurado solicitando más agua, el guardia se giró para responder y fue suficiente para Vaelion. Se deslizó dentro de la habitación, en donde el caos era peor de lo que imaginaba.
La enorme cama imperial estaba rodeada de médicos y sirvientas, las sábanas estaban empapadas de sangre, las cortinas habían sido corridas para dejar pasar más luz, y sobre las mesas cercanas se acumulaban instrumentos y telas rojas.
En el centro de todo, la emperatriz yacía recostada entre almohadas, su piel estaba tan pálida que parecía traslúcida, su cabello rubio caía sobre almohadas como un río de oro pálido, suave y luminoso incluso bajo la luz incierta de la mañana. Era un tono extraño y hermoso, tan claro que a veces parecía casi oro plateado.
𝘌𝘭 𝘮𝘪𝘴𝘮𝘰 𝘵𝘰𝘯𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰𝘴 𝘢𝘯̃𝘰𝘴 𝘥𝘦𝘴𝘱𝘶𝘦́𝘴 𝘵𝘰𝘥𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘦𝘳𝜄́𝘢𝘯 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘦𝘭 𝘴𝜄́𝘮𝘣𝘰𝘭𝘰 𝘮𝘢́𝘴 𝘪𝘯𝘤𝘰𝘯𝘧𝘶𝘯𝘥𝘪𝘣𝘭𝘦 𝘥𝘦 𝘴𝘶 𝘴𝘦𝘨𝘶𝘯𝘥𝘰 𝘩𝘪𝘫𝘰.
—¡Más presión! —ordenó uno de los médicos— ¡No podemos perderla ahora!
Le respiración de la emperatriz era irregular, sus labios temblaban mientras intentaba hablar.
—Mi bebé... ¿está... bien?
Las lágrimas corrían lentamente por sus sienes. Nadie le respondió, nadie podía hacerlo. Vaelion siguió la mirada de su madre, a unos pasos de la cama había una cuna imperial, descansaba junto a una mesa cubierta de telas; dentro estaba el recién nacido, sin moverse y sin llorar. Su piel tenía un tono extraño, pálido, con sombras azuladas alrededor de los labios, estaba tan quieto que por un instante Vaelion pensó que ya era demasiado tarde y una sensación fría se instaló en su pecho.
En medio del caos, sus oídos se cerraron a los gritos desesperados de los médicos, avanzó con lentitud hacia la cuna, el bebé era increíblemente pequeño, su cabello aún húmedo ya mostraba un destello dorado, suave, claro como el de la emperatriz. Vaelion extendió la mano con cautela, sus dedos apenas rozando la manta.
—Despierta... —susurró—. Por favor...
No sabía por qué lo decía, solo sabía que el silencio del bebé le resultaba insoportable, entonces ocurrió algo tan pequeño que casi nadie más lo notó, el pecho del bebé tembló, fue un movimiento mínimo, como si algo dentro de él intentara enseñarle cómo respirar.
Vaelion se quedó inmóvil, un segundo después, los labios diminutos del niño se contrajeron y un sonido débil escapó de su garganta, no fue un llanto, fue apenas un suspiro roto, pero era vida... Vaelion sintió algo cambiar dentro de él en ese instante.








