Como empezó todo
-hay cosas que nunca dije en su momento.
•no por que no quisiera decirlas, en realidad es por que nunca encontré el momento de poder expresarme bien, y tampoco vi el momento que ha alguien le gustará escucharme o preguntar que qué tal estoy.
así que las escribí.
-Escribí todo lo que callé mientras sonría, escribí todo lo que me hacía sentir mal y en vez de decir algo solo miraba a otra parte para disimular que no me había dolido.
-Quizás nadie llegue a leer estas páginas.
-quizá si.
-pero por una vez no quiero pensar en lo que los demás esperan escuchar de mí.
-Quiero decir todo lo que siento y pienso. Aunque sea aquí dentro de este texto.
-Esto no es una historia sobre mi.
•Es una historia de todas las cosas que nunca dije.
⭐️ CAPÍTULO 1
Cómo empezó todo
Todo empezó a finales de sexto de primaria.
A mí me gustaba un chico. Vamos a llamarlo Hugo.
Hugo y yo éramos mejores amigos. En el comedor del colegio, muchas veces hacían bromas diciendo que nos gustábamos, aunque eso es otra historia.
Un día, durante la hora del comedor, estábamos todos sentados en círculo jugando a la botella. Por aquel entonces, si la botella te señalaba, tenías que darle un beso en la mejilla a la persona que te hubiera tocado o cumplir un reto que alguien te pusiera.
Ese día, Hugo estaba muy pegado a mí.
Me pareció extraño porque él no solía juntarse tanto conmigo.
Entonces, uno de mis amigos me puso un reto:
—Dile a Hugo que te gusta.
Me lo puso precisamente porque todo el mundo decía que nos queríamos y, seguramente, le hacía gracia verme pasar vergüenza.
Yo acepté.
Después de aquello me pasé el resto de la tarde nerviosa pensando en qué iba a responderme. Tampoco perdía nada, ¿no?
Si me decía que sí, genial.
Y si me decía que no, siempre podía decir que solo era un reto.
Cuando llegué a casa, seguía nerviosa.
Finalmente, se lo dije.
Y su respuesta fue:
—Lo siento, no eres mi tipo.
Me dolió.
Mucho más de lo que quería admitir.
Pero intenté convencerme de que no importaba. Al fin y al cabo, solo había sido un tonto reto.
Terminó el curso y llegó el verano.
Y fue entonces cuando empezaron los comentarios sobre mi cuerpo.
Yo siempre he sido de creerme demasiado todo lo que me dicen los demás. Si alguien decía algo sobre mí, aunque fuera una broma, yo podía pasarme horas pensando en ello.
Y aquellos comentarios empezaron a quedarse conmigo.
Sin darme cuenta, comenzaron los complejos.
Empezó sin que me importara demasiado.
Yo ya sabía cómo era, pero no estaba constantemente pensando en ello. No me levantaba cada mañana pensando en mi cuerpo ni buscaba defectos en el espejo.
Simplemente era yo.
Realmente, todo empezó con mi familia.
No creo que ellos lo hicieran con maldad. Probablemente, para ellos eran solo comentarios sin importancia, incluso bromas que se decían sin pensar demasiado.
—Madre mía, estás hermosa, ¿eh?
O:
—Tu abuela te ceba, jajaja.
Eran pequeños comentarios.
Nada que, en ese momento, pareciera suficiente para hacerme daño.
Pero poco a poco se fueron metiendo dentro de mí.
Y, sin darme cuenta, empezaron a crear inseguridades que cada vez se hicieron más grandes.
Después estaban algunos amigos.
Ellos también hacían comentarios.
A veces bastaba con una sola palabra.
—Gorda.
Y aunque ellos quizá lo decían como una broma, yo cada vez lo escuchaba de una manera diferente.
Ya no era solamente una palabra que alguien había dicho.
Empezaba a ser una palabra que yo empezaba a creer.
A partir de ahí empecé a cambiar todo de mí.
La forma en que vestía.
La forma en que me veía a mí misma.
Todo.
Desde ahí empecé a evitar las fotos.
Era raro.
¿Por qué?
Porque a mí siempre me había gustado hacerme fotos de todo, en cualquier momento.
En ese momento me entró un bajón.
Un poco raro.
¿Por qué?
Porque no era el típico bajón de “me quiero morir”.
Era un bajón de:
Fingir.
¿Fingir qué?, pensarás.
Realmente, aún no lo sé.
No tenía ganas de nada, pero a la vez sí.
Era como si quisiese hacer cosas, pero había algo dentro de mí parándome.
Cosas normales.
Como estudiar.
No podía.
No porque no quisiese, no podía.
No podía centrarme, aunque fuera un momento, en una cosa.
No sabía lo que me pasaba, ni a mí ni a mi cabeza.
El segundo trimestre suspendí muchas asignaturas.
Pero que muchas.
Intenté ponerme.
Pero no pude.
Y acabó pasando lo que tanto temía.
Repetir.
Me afectó mucho ese verano.
Pero, realmente, lo que más me afectó de todo era el hecho de que ninguna persona estuviera ahí para decirme que iba a salir todo bien.
Solo estuvieron para hacer coñas sobre que no había hecho nada en todo el curso.
A día de hoy, las siguen haciendo cada vez que suspendo un examen.
Pero hay que aprender a cerrar etapas.
¿Por qué?
Si no cerramos etapas, siempre nos quedaremos atascados en el mismo sitio.
Y yo no quiero quedarme ahí para siempre.b








