Capítulo 1
Mi cuerpo emitía estrés y cansancio con cada suspiro que daba. El ambiente en el ascensor era tan tenso (aunque no tanto como los músculos de mi espalda). De vez en cuando, le hacía muecas a las cámaras de seguridad mientras fingía ver TikToks en el celular. Hoy había sido uno de esos días caóticos en el café, y estaba completamente segura de que mañana sería igual.
Camino a mi apartamento, alcancé a escuchar una acalorada discusión proveniente del pasillo de mis vecinos. No le di mucha importancia; solo necesitaba una ducha relajante y clavarme en la cama hasta el día siguiente. Ningún pleito ajeno me iba a perturbar el sueño.
Al despertar, mi cuerpo estaba esparcido por toda la cama, una clara señal de que había descansado de maravilla. Disfruté el momento, sabiendo que toda esta paz y energía desaparecerían en cuanto comenzara otra jornada laboral. Para deshacerme de las malas vibras, salí al balcón. El aire fresco de la mañana se apresuró a acariciarme el rostro mientras mis queridas plantas me daban los buenos días. En respuesta, me dispuse a dejarlas presentables, quitándoles las hojas secas con cuidado.
—¿Y esto? —murmuré extrañada.
Mi querida Atiny, una de mis plantas favoritas, estaba siendo aplastada por un sobre blanco.
—¿Qué clase de monstruo te hizo esto?
Recogí el sobre, pero lo solté de inmediato por puro instinto. Estaba manchado. Tenía gotas secas de un líquido rojo. Sospechaba perfectamente qué era, pero mi mente se negaba a aceptarlo. Tal vez no era para tanto. ¿Y si solo era pintura? Una rápida olfateada me confirmó el peor de mis miedos: efectivamente, era sangre. Pensé que era posible que alguien hubiera tenido un accidente.
—¿Quién habrá sido el desgraciado? —dije en voz alta, intentando restarle importancia para no entrar en pánico.
De lo poco que se podía leer en el exterior del sobre, logré distinguir la dirección. Era exactamente la de mi vecino de al lado. Tal vez se le cayó en medio de la discusión de la noche anterior. Pero... ¿y si en verdad hizo algo malo y lo estaba ocultando?
—Ya deja de preocuparte, Seri —me regañé a mí misma—. No permitiré que nada ni nadie arruine mi día.
Dejé la misteriosa carta sobre la mesa del comedor y me apresuré a prepararme para ir a la universidad.
___
Al final del día, entre los exámenes sorpresa de los profesores y los clientes del café que ponían a prueba mi cordura, todo mi mantra de "nada va a arruinar mi día" se fue directo por la cañería. Regresé a casa de mal humor, aunque el panorama mejoró un poco gracias a unos postres que me regalaron en el trabajo.
—¡Qué calor hace aquí! —le reclamé con fastidio a la cámara del ascensor. Quienquiera que revisara esas grabaciones ya debía estar harto de mí.
Normalmente, a estas horas de la noche solo me dedicaba a descansar. Sin embargo, mientras me comía el postre, sentía que el sobre me miraba desde la mesa y me susurraba: «Ábreme». Por más que intentara mantener la calma, la curiosidad terminó ganándome.
Me acerqué, tomé el sobre con cuidado de no dejar mis huellas dactilares y extraje la dichosa carta. Para mi sorpresa y frustración, el papel estaba completamente en blanco. No había nada escrito.
Solté un suspiro pesado.
—Me dejaron con las ganas.
Unas ganas que, tristemente, me espantaron el sueño. Tenía impulsos de levantarme e ir a tocar la puerta de mi vecino para preguntarle sobre el sobre, pero no me parecía nada prudente. Ir a la medianoche a interrogar a alguien sobre un papel manchado de sangre y sin texto era una idea genuinamente estúpida. Me repetí eso una y otra vez en la mente hasta que, por fin, logré conciliar el sueño.
Tik... tik...
Un sueño que no duró mucho.
Tik... tik...
Parecía que algo estaba golpeando el cristal de la ventana. Me tapé con las cobijas, negándome a revisar.
Tik, tik, tik, tik.
—Ya voy... —Apreté el rostro contra la almohada para ahogar un grito de frustración y me levanté pesadamente para ver qué pasaba.
El ruido provenía del balcón. Un ave picoteaba el cristal con insistencia, como si exigiera que le abriera la puerta. «¿Te imaginas que fuera un animago?», pensé con ironía. Me negué a dejarla entrar; en su lugar, le hice señas exageradas con las manos para que se fuera. Pero el dichoso animal insistió, clavando sus ojos en mí.
—Te dejaré entrar, pero si me atacas, te convierto en brocheta —amenacé, abriendo un poco el ventanal.
Sorprendentemente, la expresión del pájaro mostró un destello de desconcierto, como si hubiera entendido mi amenaza. No sabía si la falta de sueño me estaba volviendo loca, pero el ave miró a su alrededor antes de saltar hacia el interior. Traía un pedazo de papel en el pico, el cual colocó justo al lado del sobre.
Antes de largarse volando por donde vino, me lanzó una última mirada que parecía decir: "Más te vale que no lo tires".
Definitivamente, esta era la noche más perturbadora de mi vida. Si le contaba esto a mi madre, me diría que dejara de comer azúcar antes de dormir.
Sin perder tiempo, cerré el balcón y obstruí cada entrada habida y por haber en el apartamento para que ningún otro ser extraño se metiera. Me puse unos tapones en los oídos y regresé a la cama.Mi cuerpo emitía estrés y cansancio con cada suspiro que daba. El ambiente en el ascensor era tan tenso (aunque no tanto como los músculos de mi espalda). De vez en cuando, le hacía muecas a las cámaras de seguridad mientras fingía ver TikToks en el celular. Hoy había sido uno de esos días caóticos en el café, y estaba completamente segura de que mañana sería igual.
Camino a mi apartamento, alcancé a escuchar una acalorada discusión proveniente del pasillo de mis vecinos. No le di mucha importancia; solo necesitaba una ducha relajante y clavarme en la cama hasta el día siguiente. Ningún pleito ajeno me iba a perturbar el sueño.
Al despertar, mi cuerpo estaba esparcido por toda la cama, una clara señal de que había descansado de maravilla. Disfruté el momento, sabiendo que toda esta paz y energía desaparecerían en cuanto comenzara otra jornada laboral. Para deshacerme de las malas vibras, salí al balcón. El aire fresco de la mañana se apresuró a acariciarme el rostro mientras mis queridas plantas me daban los buenos días. En respuesta, me dispuse a dejarlas presentables, quitándoles las hojas secas con cuidado.
—¿Y esto? —murmuré extrañada.
Mi querida Atiny, una de mis plantas favoritas, estaba siendo aplastada por un sobre blanco.
—¿Qué clase de monstruo te hizo esto?
Recogí el sobre, pero lo solté de inmediato por puro instinto. Estaba manchado. Tenía gotas secas de un líquido rojo. Sospechaba perfectamente qué era, pero mi mente se negaba a aceptarlo. Tal vez no era para tanto. ¿Y si solo era pintura? Una rápida olfateada me confirmó el peor de mis miedos: efectivamente, era sangre. Pensé que era posible que alguien hubiera tenido un accidente.
—¿Quién habrá sido el desgraciado? —dije en voz alta, intentando restarle importancia para no entrar en pánico.
De lo poco que se podía leer en el exterior del sobre, logré distinguir la dirección. Era exactamente la de mi vecino de al lado. Tal vez se le cayó en medio de la discusión de la noche anterior. Pero... ¿y si en verdad hizo algo malo y lo estaba ocultando?
—Ya deja de preocuparte, Seri —me regañé a mí misma—. No permitiré que nada ni nadie arruine mi día.
Dejé la misteriosa carta sobre la mesa del comedor y me apresuré a prepararme para ir a la universidad.
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Al final del día, entre los exámenes sorpresa de los profesores y los clientes del café que ponían a prueba mi cordura, todo mi mantra de "nada va a arruinar mi día" se fue directo por la cañería. Regresé a casa de mal humor, aunque el panorama mejoró un poco gracias a unos postres que me regalaron en el trabajo.
—¡Qué calor hace aquí! —le reclamé con fastidio a la cámara del ascensor. Quienquiera que revisara esas grabaciones ya debía estar harto de mí.
Normalmente, a estas horas de la noche solo me dedicaba a descansar. Sin embargo, mientras me comía el postre, sentía que el sobre me miraba desde la mesa y me susurraba: «Ábreme». Por más que intentara mantener la calma, la curiosidad terminó ganándome.
Me acerqué, tomé el sobre con cuidado de no dejar mis huellas dactilares y extraje la dichosa carta. Para mi sorpresa y frustración, el papel estaba completamente en blanco. No había nada escrito.
Solté un suspiro pesado.
—Me dejaron con las ganas.
Unas ganas que, tristemente, me espantaron el sueño. Tenía impulsos de levantarme e ir a tocar la puerta de mi vecino para preguntarle sobre el sobre, pero no me parecía nada prudente. Ir a la medianoche a interrogar a alguien sobre un papel manchado de sangre y sin texto era una idea genuinamente estúpida. Me repetí eso una y otra vez en la mente hasta que, por fin, logré conciliar el sueño.
Tik... tik...
Un sueño que no duró mucho.
Tik... tik...
Parecía que algo estaba golpeando el cristal de la ventana. Me tapé con las cobijas, negándome a revisar.
Tik, tik, tik, tik.
—Ya voy... —Apreté el rostro contra la almohada para ahogar un grito de frustración y me levanté pesadamente para ver qué pasaba.
El ruido provenía del balcón. Un ave picoteaba el cristal con insistencia, como si exigiera que le abriera la puerta. «¿Te imaginas que fuera un animago?», pensé con ironía. Me negué a dejarla entrar; en su lugar, le hice señas exageradas con las manos para que se fuera. Pero el dichoso animal insistió, clavando sus ojos en mí.
—Te dejaré entrar, pero si me atacas, te convierto en brocheta —amenacé, abriendo un poco el ventanal.
Sorprendentemente, la expresión del pájaro mostró un destello de desconcierto, como si hubiera entendido mi amenaza. No sabía si la falta de sueño me estaba volviendo loca, pero el ave miró a su alrededor antes de saltar hacia el interior. Traía un pedazo de papel en el pico, el cual colocó justo al lado del sobre.
Antes de largarse volando por donde vino, me lanzó una última mirada que parecía decir: "Más te vale que no lo tires".
Definitivamente, esta era la noche más perturbadora de mi vida. Si le contaba esto a mi madre, me diría que dejara de comer azúcar antes de dormir.
Sin perder tiempo, cerré el balcón y obstruí cada entrada habida y por haber en el apartamento para que ningún otro ser extraño se metiera. Me puse unos tapones en los oídos y regresé a la cama. Ahora sí, absolutamente nadie me iba a arruinar el sueño.
Ahora sí, absolutamente nadie me iba a arruinar el sueño.








