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Imperio mármol y sangre

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Summary

¿Qué estarías dispuesta a perder por el hombre que nunca debiste amar? Isabella De Luca nació para ser perfecta. Hija de una de las familias más poderosas de Italia, creció rodeada de privilegios, reglas y expectativas. Su futuro parecía escrito desde antes de que pudiera decidir por sí misma. Hasta que conoció a Matteo. Él pertenecía a un mundo que jamás debía tocar. Un mundo de peligro, secretos y lealtades que podían costarlo todo. Años después, cuando Isabella cree haber encontrado en Alessandro Moretti la vida tranquila y perfecta que siempre soñó, el pasado vuelve a reclamarla. Dos hombres. Dos mundos. Una elección imposible. Porque algunos amores no desaparecen. Solo esperan el momento adecuado para volver a destruirlo todo.

Genre
Romance
Author
Valentina
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

La mujer perfecta


Hay personas que nacen para construir.

Otras…

para sobrevivir.

Yo tuve que aprender a hacer ambas cosas.

Milán olía a lluvia.

El pavimento todavía conservaba el brillo del agua cuando una camioneta negra se detuvo frente al edificio principal de De Luca Group.

Las puertas de cristal se abrieron incluso antes de que el conductor descendiera.

—Buenos días, señorita De Luca.

—Buenos días, Enzo.

Isabella salió del vehículo con un portafolio de piel negra bajo el brazo.

Vestía un traje sastre negro de líneas impecables, una blusa color marfil y unos tacones que resonaban con firmeza sobre el mármol del vestíbulo.

No caminaba deprisa.

Tampoco despacio.

Simplemente avanzaba con la seguridad de quien nunca había tenido que demostrar que pertenecía a un lugar.

Los empleados comenzaron a saludarla.

—Buenos días, señorita De Luca.

—Buenos días.

—Mucha suerte en la reunión.

—Gracias.

No respondía por compromiso.

Respondía porque conocía a las personas.

—¿Cómo sigue tu hija, Paolo?

El hombre sonrió sorprendido.

—Muchísimo mejor, gracias por preguntar.

—Me alegra escuchar eso.

Unos metros más adelante, una joven del equipo de limpieza dejó caer una carpeta llena de documentos.

Las hojas se dispersaron por el suelo.

Antes de que la muchacha pudiera agacharse, Isabella ya estaba recogiendo los papeles.

—Lo siento muchísimo, señorita…

—No pasa nada.

Le acomodó la carpeta entre las manos.

—Respira. Todos tenemos mañanas difíciles.

La joven sonrió, aliviada.

Anna apareció a su lado con una tableta electrónica.

—Los inversionistas ya están reunidos.

También llegaron los representantes de Florencia.

—Perfecto.

Mientras caminaban hacia el elevador, Anna repasó la agenda.

—Hay un problema.

El señor Bianchi insiste en que el proyecto no será rentable.

Dice que el retorno de inversión tardará demasiado.

Isabella ni siquiera disminuyó el paso.

—¿Trajo sus propios estudios?

—Sí.

—Perfecto.

Así será más fácil demostrarle que está equivocado.

Anna sonrió.

Después de cinco años trabajando con ella, todavía le sorprendía la tranquilidad con la que enfrentaba cualquier reto.

La sala de juntas quedó en silencio cuando Isabella entró.

Doce inversionistas.

Tres arquitectos.

Dos representantes del gobierno local.

Y un proyecto valuado en cientos de millones de euros.

El señor Bianchi fue el primero en hablar.

—Señorita De Luca, antes de comenzar quiero dejar claro que considero demasiado optimista su proyección comercial.

Con el debido respeto…

no invertiría un solo euro en este desarrollo.

La sala quedó completamente inmóvil.

Isabella sonrió con serenidad.

No respondió de inmediato.

Tomó uno de los planos y caminó hasta la maqueta ubicada al centro de la mesa.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Claro.

—¿Cuánto tiempo permanecen, en promedio, las personas dentro de un centro comercial antes de decidir irse?

Bianchi frunció el ceño.

—No lo sé.

—Cuarenta y tres minutos.

Ella tomó un lápiz y dibujó una nueva distribución sobre el plano.

—Si movemos la plaza gastronómica a este punto, obligamos al flujo peatonal a recorrer todo el corredor principal antes de salir. Eso aumenta la permanencia promedio, incrementa las ventas de los locales y eleva automáticamente el valor del arrendamiento.

Guardó silencio unos segundos.

—Ahora sí…

yo invertiría hasta el último euro.

Nadie habló.

Bianchi observó el plano.

Después volvió a mirarla.

Y sonrió.

—Retiro mi objeción.

Tiene razón.

Por primera vez en la mañana, Isabella permitió que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro.

No había ganado una discusión.

Había convencido a un hombre de cambiar de opinión.

Y esa era la única clase de victoria que realmente le interesaba

Los aplausos llenaron la sala.

Uno a uno, los inversionistas se acercaron para felicitarla.

—Ha sido un placer trabajar con usted, señorita De Luca.

—La visión que tiene para este proyecto es extraordinaria.

—Esperamos volver a reunirnos muy pronto.

Isabella estrechó cada mano con la misma educación con la que había iniciado la reunión.

Nunca apresuraba una despedida.

Nunca hacía sentir a alguien menos importante.

Cuando el último invitado salió, la puerta se cerró lentamente.

El silencio volvió a ocupar la sala.

Anna dejó escapar un suspiro.

—¿Sabes que acabas de cerrar el proyecto más importante del año?

Isabella miró la maqueta sobre la mesa.

Edificios.

Áreas verdes.

Fuentes.

Familias caminando por calles que todavía no existían.

Sonrió apenas.

—Solo es el principio.

Anna negó con la cabeza mientras recogía los documentos.

—Eso es lo que más me desespera de ti.

—¿Qué cosa?

—Nunca disfrutas una victoria.

Isabella guardó silencio unos segundos.

—Porque siempre hay otra responsabilidad esperando.

Salieron de la sala.

Mientras caminaban hacia la oficina principal, varios empleados la felicitaron.

Ella respondió a todos.

Recordó nombres.

Preguntó por familias.

Escuchó problemas.

Para muchos era la directora general.

Para otros…

Simplemente era Isabella.

Al entrar a su oficina, dejó el portafolio sobre el escritorio y, por primera vez en toda la mañana, se quitó discretamente los tacones.

Suspiró.

Anna la observó divertida.

—Al fin una prueba de que eres humana.

Isabella soltó una pequeña risa.

—Prométeme que eso nunca saldrá de esta oficina.

—Mi silencio tiene precio.

—¿Cuál?

—Que desayunes.

Isabella hizo una mueca.

—No tengo hambre.

Anna cruzó los brazos.

—Eso dijiste ayer.

Y antier.

Y la semana pasada.

Sin esperar respuesta, tomó el teléfono interno.

—¿Dos cafés?

Isabella levantó una ceja.

—El mío sin azúcar.

—Ya lo sé.

Hace cinco años que lo sé.

Minutos después, una secretaria dejó dos tazas sobre el escritorio.

Isabella dio el primer sorbo.

Frunció ligeramente el ceño.

—Está frío.

Anna sonrió con satisfacción.

—Lo sabía.

Por eso ya pedí otro.

Isabella negó con la cabeza, divertida.

—No sé quién cuida a quién.

—Yo solo hago mi trabajo.

Las dos rieron.

Mientras esperaba el segundo café, Isabella caminó hasta el enorme ventanal que dominaba el centro de Milán.

Desde ahí podía ver gran parte de la ciudad.

A su derecha descansaban varios premios internacionales de arquitectura.

A la izquierda, una fotografía de Marbella y Vittorio tomada muchos años atrás.

Y, justo frente a ella, sobre un librero de nogal…

Una pequeña motocicleta Ducati roja de colección.

Anna siguió la dirección de su mirada.

—Nunca entendí por qué conservas esa miniatura.

Isabella tardó unos segundos en responder.

Después sonrió con una nostalgia que ni ella misma comprendió.

—Porque me la regaló alguien que creyó en mí cuando todavía no era nadie.

Anna esperó que dijera algo más.

No lo hizo.

En ese momento, el celular de Isabella vibró sobre el escritorio.

En la pantalla apareció un nombre.

Alessandro ❤️

Isabella respondió casi de inmediato.

—Hola.

—¿Interrumpo?

La sola voz de Alessandro tenía un extraño efecto sobre ella.

Siempre sonaba tranquila.

Segura.

Como si nada malo pudiera ocurrir mientras él estuviera al otro lado de la llamada.

—Nunca.

—¿Cómo salió la reunión?

—Muy bien.

Hubo un pequeño silencio.

Después él habló con una sonrisa que casi podía escucharse.

—Lo sabía.

Porque jamás he dudado de ti.

Ella apoyó una mano sobre el cristal del ventanal.

—¿Ya desayunaste?

preguntó él.

Isabella cerró los ojos.

Sonrió.

—Buenos días para ti también.

—Respóndeme.

—Todavía no.

Del otro lado hubo un suspiro resignado.

—Cinco minutos.

—¿Qué?

—Baja en cinco minutos.

Estoy esperándote.

Cuando las puertas del elevador se abrieron, el aire fresco de la mañana entró al vestíbulo.

Isabella dio unos pasos hacia la salida.

Entonces lo vio.

Apoyado con tranquilidad sobre un Aston Martin azul marino.

Traje azul oscuro perfectamente confeccionado.

Camisa blanca.

Corbata de seda.

El cabello impecable, como siempre.

Alessandro Moretti levantó la vista al verla y sonrió.

No era una sonrisa ensayada.

Era la sonrisa de un hombre que todavía se sorprendía de tenerla frente a él.

Entre sus manos sostenía un ramo de peonías blancas.

Las favoritas de Isabella.

Ella negó con la cabeza, divertida.

—No puede ser…

Él caminó hasta ella.

Antes de decir una sola palabra, tomó con delicadeza un mechón de su cabello y lo acomodó detrás de su oreja.

Después besó su frente.

Con calma.

Como si ese gesto fuera un ritual que jamás quería perder.

—Felicidades.

—¿Qué haces aquí?

—Celebrar.

—¿Celebrar qué?

Él la miró como si la respuesta fuera obvia.

—A ti.

Ella soltó una risa.

—Alessandro…

No tenías que hacer todo esto.

—Claro que sí.

Le entregó las flores.

—Hace tres meses dijiste que las peonías blancas te recordaban los jardines donde jugabas cuando eras niña.

Nunca volviste a mencionarlo.

Pero yo sí lo recordé.

Isabella bajó la mirada hacia las flores.

No recordaba haberle contado eso.

Él sí.

Como recordaba tantas otras cosas.

Abrió la puerta del copiloto.

—Hay algo más.

Sobre el asiento descansaba una pequeña caja negra.

Isabella la tomó con curiosidad.

Dentro había un llavero de oro blanco con forma de una grúa de construcción.

Le dio la vuelta.

En la parte trasera estaba grabada una frase.

“Para que nunca olvides que construyes los sueños de muchas personas.”

Durante unos segundos no pudo decir nada.

—Es precioso…

Alessandro sonrió.

—No por el llavero.

Por lo que representa.

Ella levantó la vista.

—Hoy todos te felicitaron por un proyecto.

Yo quiero felicitarte por la persona que eres cuando nadie te está mirando.

Por la forma en la que saludas al personal de limpieza.

Por cómo recuerdas el nombre de los hijos de tus empleados.

Por cómo haces sentir importante a cualquier persona que se cruza contigo.

Hizo una pausa.

—Eso fue lo que me enamoró de ti.

No tu apellido.

No tu empresa.

Tú.

Los ojos de Isabella se humedecieron apenas.

Él tomó su mano con delicadeza.

—Hay días en los que me pregunto qué hice para merecerte.

Ella sonrió.

Era un hombre bueno.

Atento.

Paciente.

Caballeroso.

El tipo de hombre con el que cualquiera imaginaría una vida tranquila.

Y, sin embargo…

Había un rincón dentro de ella que permanecía en silencio.

Como una habitación cuya puerta nunca había conseguido abrir.

Alessandro la observó unos segundos.

La conocía demasiado bien.

—No desayunaste.

Ella soltó una risa.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando no desayunas te muerdes el labio por dentro.

Instintivamente, Isabella dejó de hacerlo.

Él sonrió con ternura.

—Lo ves…

Tenía razón.

Ella negó con la cabeza.

—¿Cómo puedes fijarte en esas cosas?

Alessandro encogió ligeramente los hombros.

—Porque llevo años mirándote.

Y todavía encuentro algo nuevo todos los días.

El teléfono de Alessandro vibró.

Miró la pantalla apenas un instante.

Su expresión cambió por una fracción de segundo.

Tan rápido que cualquiera habría pensado que lo imaginó.

Silenció la llamada.

Guardó el teléfono en el bolsillo.

Y volvió a sonreír como si nada hubiera ocurrido.

—Vamos.

Te debo un desayuno.

Ella asintió.

Sin saber que aquella llamada…

Era el primer secreto que Alessandro acababa de esconderle.

A más de trescientos kilómetros de Milán…

El sonido metálico de una llave inglesa golpeó el suelo.

—¡Romano!

Un joven mecánico asomó la cabeza desde debajo de un automóvil.

—¿Qué pasó?

—Ya puedes irte.

Matteo salió lentamente.

Se limpió las manos con un trapo ennegrecido por la grasa.

Todavía llevaba la camiseta negra del taller.

El tatuaje que asomaba por su antebrazo desapareció en cuanto bajó la manga.

—¿Vienes mañana?

—Como siempre.

Tomó las llaves de su Golf GTI.

Antes de subir, cruzó la calle hacia una pequeña cafetería.

Era una costumbre.

Café.

Una hamburguesa para llevar.

Y cinco minutos de silencio antes de regresar a casa.

Mientras esperaba su orden, una revista colocada junto a la caja llamó su atención.

La tomó casi por inercia.

En la portada aparecía una fotografía de la inauguración del nuevo proyecto inmobiliario de De Luca Group.

En el centro…

Isabella.

Vestida completamente de negro.

Sonriendo para las cámaras.

El tiempo pareció detenerse.

Matteo no sonrió.

No habló.

Solo recorrió la fotografía con la mirada.

Como si intentara descubrir en aquel rostro a la misma chica que una vez había conocido.

La cajera rompió el silencio.

—¿La conoce?

Él tardó unos segundos en responder.

Después cerró la revista con cuidado.

Como si fuera algo frágil.

—Hace mucho tiempo.

Pagó el café.

La hamburguesa.

Y, antes de salir, compró la revista.

Ya dentro del coche la dejó sobre el asiento del copiloto.

Encendió el motor.

Pero no arrancó.

Apoyó ambas manos sobre el volante.

Cerró los ojos apenas un instante.

Habían pasado seis años.

Seis años sin verla.

Seis años de llamadas que terminaron convirtiéndose en silencio.

De regalos que nunca llevaban remitente.

De cumpleaños recordados a la distancia.

Abrió los ojos.

Miró la revista una vez más.

Rozó la fotografía con el pulgar.

Y, por primera vez en todo el día…

Sonrió.

No era una sonrisa de felicidad.

Era la sonrisa de alguien que acababa de confirmar que la persona más importante de su vida seguía existiendo.

Giró la llave.

El motor cobró vida.

Y el Golf desapareció entre las calles mientras la revista permanecía sobre el asiento del copiloto.

Abierta exactamente en la página donde Isabella seguía sonriendo.

A cientos de kilómetros de distancia, Isabella levantó la vista hacia el cielo gris de Milán exactamente al mismo tiempo que Matteo detenía el coche en un semáforo.

Ninguno de los dos podía verlo.

Pero ambos pensaron en la misma persona con apenas unos segundos de diferencia.

¿Quién es Matteo Romano… y por qué una simple fotografía fue suficiente para detenerle el mundo?

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