Capitulo 1
Había visto jardines enteros marchitarse bajo el peso de la sangre y la ambición. Sin embargo, aquella chica seguía sonriendo mientras sostenía un ramo de flores silvestres. Era la última flor que el invierno aún no había logrado destruir.
—Dicen que esta flor florece cuando todo parece muerto. Mi mamá decía que, mientras exista una de estas, siempre habrá esperanza —recordó mientras recogía flores en el parque, envuelta por el vasto invierno.
A sus espaldas, padres tomaban a sus hijos con desesperación mientras una figura imponente anunciaba su llegada. La multitud se alejaba, pero ella seguía recogiendo flores.
A pocos metros, aquella figura se sentó en un banco. Iba acompañado de un hombre vestido de negro.
—¿Por qué todos se van? No parece que fuera a llover...
La figura, sentada en el banco de madera con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas, notó la presencia de la chica.
El silencio que se había apoderado del parque era absoluto, roto únicamente por las hojas que danzaban al caer de los árboles.
Su guardia, un hombre corpulento, se alejó unos metros mientras vigilaba cada movimiento con los ojos entrecerrados. El parque permanecía en una absoluta soledad.
—Qué raro... No hay nadie. Espera... ¿Y ese hombre? —se preguntó mientras miraba a la figura sentada en el banco.
El hombre no levantó la vista cuando escuchó el murmullo, pero su mandíbula se tensó ligeramente.
Había algo diferente en aquella situación.
Normalmente, su sola presencia era suficiente para que la gente cambiara de acera o acelerara el paso. Pero esta vez alguien seguía allí.
Giró lentamente la cabeza hacia donde provenía la voz.
Sus ojos gris oscuro se posaron sobre la figura delgada que se agachaba cerca del jardín, recogiendo flores con movimientos pausados.
El guardia dio un paso al frente, con la mano rozando discretamente la orilla de su chaqueta, pero el hombre levantó una mano sin mirarlo. Un gesto pequeño, casi imperceptible.
Desde la distancia, continuó observando a la chica de contextura delgada, marcada por la falta de alimentos.
Después de un rato, el hombre se levantó y se acercó a ella, manteniendo una distancia considerable.
—¿En cuánto vendes las flores? —preguntó.
La chica se volteó de golpe.
La mirada del hombre se clavó en sus ojos sin reflejar expresión alguna.
—Cinco dólares, ocho flores —respondió con el ramo entre sus delgadas manos.
El hombre sacó un billete de cincuenta dólares y se lo extendió.
—Dame las ocho flores.
Los ojos de la chica se abrieron como platos.
—Discúlpeme, señor, pero no tengo cambio para un billete tan grande.
—Quédate con el resto.
La chica dudó y miró al suelo.
Él seguía observándola. Su mano extendida no se movió ni un milímetro.
Con manos temblorosas tomó el billete.
—Gracias, señor.
—¿Qué hace una chica como tú a estas horas recogiendo flores en un parque? —preguntó sin rodeos.
La chica se tensó ante aquella pregunta. Pensó un momento si responder o no.
—Como puede ver, vendo flores para ganar algo de dinero.
Su mirada permanecía perdida en el suelo, incapaz de sostener aquellos ojos afilados.
El hombre guardó silencio durante varios segundos, analizando su respuesta.
—¿Qué edad tienes?
Aquella pregunta tan personal sorprendió a la chica.
—¿Por qué le importa preguntar semejantes cosas?
Alzó un poco la voz.
El hombre arqueó apenas una ceja.
—No pensé que una chica como tú tuviera ese carácter. Me sorprendes.
Sus palabras no eran precisamente amables, pero tampoco sonaban crueles. Había algo en aquella chica que lo impulsaba a seguir preguntando.
—Tengo veintitrés años —respondió con un suspiro.
—Veintitrés años... Eres muy joven para estar en esta situación.
Dicho eso, el hombre se dio la vuelta y comenzó a alejarse.
El sonido de las hojas secas siendo aplastadas por sus botines era lo único que rompía el vasto silencio.
La chica permaneció inmóvil durante unos segundos, observando cómo aquella misteriosa figura desaparecía poco a poco entre los árboles.
Sin saberlo, aquel encuentro acabaría cambiando la vida de ambos para siempre.
Valery terminó de recoger algunas flores y emprendió el camino hacia su apartamento, un lugar pequeño, viejo, pero acogedor.
Al llegar, abrió la puerta. Un leve chirrido rompió el silencio de la vivienda.
Encontró a su padre sentado en la penumbra de la sala, con una botella de whisky en la mano. Era un hombre de cuarenta y seis años, de cabello negro salpicado de canas. Algunas arrugas recorrían su rostro y su cuello. Sus ojos rasgados, de un marrón tan oscuro que casi parecía negro, y su piel pálida lo hacían verse mucho mayor de lo que realmente era.
—Ya llegué, papá... —anunció.
Sus zapatos desgastados resonaron sobre el viejo suelo de madera mientras cerraba la puerta tras de sí.
—¿Cuánto trajiste, mocosa? —preguntó sin siquiera saludarla.
Su expresión cansada y descuidada quedó iluminada por la pequeña lámpara que colgaba del techo.
«Mejor no le digo a papá lo que gané hoy. Así podré comprar la despensa y no se lo gastará en alcohol...» pensó.
—¡Responde de una maldita vez! —gritó, levantando aún más la voz.
Valery se estremeció.
—Diez dólares, papá... —respondió con la voz temblorosa mientras le extendía un billete de diez dólares.
El hombre tomó el dinero y lo arrugó entre sus dedos.
—Esto es muy poco, maldita mocosa. ¿Te gastas el dinero en la calle comprando estupideces? Que esto no se repita o te echo a patadas de esta casa.
Al pasar junto a ella, le dio una fuerte cachetada que dejó marcados sus dedos sobre la mejilla.
—No te quedes ahí parada como una estúpida. Ve a la cocina y prepara algo de comer.
Ella solo asintió, conteniendo las lágrimas que amenazaban con salir.
No respondió.
Caminó hasta la cocina, preparó unas tostadas y se las sirvió.
Después ordenó todo en silencio y se dirigió a su habitación.
Se dejó caer sobre la cama.
Su rostro quedó hundido contra la almohada.
Las lágrimas comenzaron a caer casi de inmediato.
Intentó ahogar los sollozos entre la tela, pero era inútil.
Desde la sala aún podían escucharse.
Aquello hizo enfurecer todavía más a su padre.
Sus pasos pesados resonaron por el pasillo hasta detenerse frente a la puerta.
La abrió de golpe.
Valery levantó la cabeza sobresaltada.
Su rostro se deformó por el miedo.
—¡Papá, no! ¡Por favor!
Intentó alejarse, arrastrándose sobre las sábanas.
El hombre se acercó sin decir una palabra.
Le dio un fuerte puñetazo en la mejilla.
—¿Cuántas veces te he dicho que no llores?
La sujetó del cabello con una mano y la obligó a acercarse a él.
—¡Papá, suéltame, por favor!
Las lágrimas seguían resbalando por su rostro.
El hombre la empujó sobre el colchón y se colocó encima de ella, inmovilizándola con el peso de su cuerpo.
Su mano tiró aún con más fuerza de su cabello.
—Te ves patética llorando.
Le dio otro puñetazo.
Después, una cachetada.
—Eres igual a tu madre. Las dos son igual de patéticas.
La mejilla de Valery comenzaba a cubrirse de moretones que tardarían varios días en desaparecer.
Sus sollozos se hicieron más débiles, pero las lágrimas seguían cayendo.
Intentó apartarlo empujándolo por el pecho.
No tenía fuerzas.
Su cuerpo, debilitado por la mala alimentación, apenas podía resistirse.
—Papá... para, por favor... te lo suplico...
El hombre apretó aún más el agarre sobre su cabello.
Valery sintió un dolor insoportable en el cuero cabelludo.
Él acercó lentamente su rostro hasta quedar a pocos centímetros del de ella.
Su aliento, cargado de alcohol y tabaco, golpeó la cara de la joven.
—Solo eres una bastarda inútil.
La soltó de golpe.
Antes de marcharse, le dio un último puñetazo.
El golpe fue tan fuerte que Valery perdió el conocimiento.
Un hilo de sangre comenzó a salir de su nariz mientras su cuerpo quedaba completamente inmóvil sobre la cama.
Un tiempo después, el padre regresó a la habitación.
En una mano llevaba un pañuelo con alcohol.
Se acercó lentamente hasta ella y lo colocó cerca de su nariz.
Poco a poco, Valery comenzó a recuperar la conciencia.
—Papá... no más... —murmuró con la voz quebrada.
Al abrir los ojos, retrocedió instintivamente.
—¿Papá...? ¿Qué haces aquí?
El hombre bajó la cabeza.
Por primera vez en mucho tiempo, su expresión mostraba un arrepentimiento sincero.
—Vine a pedirte perdón, hija. Estaba borracho... no estaba en mis cinco sentidos. Lo siento. De verdad siento mucho lo que hice. Por favor... perdóname.
Levantó lentamente una mano.
Valery se tensó, creyendo que volvería a golpearla.
Pero, en lugar de eso, él acarició con cuidado su mejilla lastimada.
Ella lo observó durante unos segundos.
—Papá... por ahora no puedo perdonarte. Que estés ebrio no significa que tengas derecho a golpearme de esa manera.
Sus palabras salieron cargadas de tristeza.
El hombre asintió lentamente.
—Lo entiendo... No voy a presionarte. Te daré el tiempo que necesites.
Se hizo un breve silencio.
—Ya es tarde. Descansa.
Valery asintió con la cabeza.
Se acomodó entre las sábanas mientras él caminaba hacia la puerta.
Antes de salir, apagó la luz.
Se quedó unos segundos observándola desde el marco de la puerta.
Después salió de la habitación y cerró con un suave clic.
El hombre regresó a la sala.
Esta vez no tomó la botella de whisky.
Simplemente se dejó caer sobre el sofá y permaneció mirando el techo durante largos minutos.
«Tengo que cambiar...»pensó.
Una pequeña lágrima recorrió lentamente su mejilla.
«No puedo seguir así... soy un terrible padre.»
A la mañana siguiente, Valery se levantó temprano.
Se arregló con un vestido blanco de estampado floral rojo, el mismo que su madre le había dejado antes de morir.
Preparó el desayuno: huevos revueltos con pan tostado y mantequilla.
El resto de la mañana lo dedicó a arreglar las flores que había recolectado la noche anterior.
Hizo ramos grandes, medianos y pequeños. Los envolvió con papel transparente y los sujetó con un cordón rojo.
Sonrió con dulzura al contemplarlos.
—Qué hermosas son las flores... Siempre tan delicadas.
Ya eran las once de la mañana cuando su padre se levantó.
—Buenos días.
Valery se tensó apenas escuchó su voz.
—Buenos días. Dentro de un rato saldré a vender. No vuelvas la casa un desastre. En la mesa tienes el desayuno.
El hombre se acercó lentamente hasta quedar a su lado.
Tomó una de las flores entre sus dedos y la observó durante unos segundos.
—Te están quedando hermosos los ramos. Si quieres... puedo acompañarte.
Valery levantó la vista con sorpresa.
—¿En serio?
—Sí. Me arreglaré y venderemos todos esos ramos tan hermosos.
Una sonrisa iluminó el rostro de la joven.
Organizó cuidadosamente todos los ramos dentro de una cesta de mano.
Mientras tanto, su padre fue a su habitación y se puso la ropa más presentable que tenía: unos pantalones desgastados, una camisa de rayas algo manchada y unos zapatos negros bastante usados.
Minutos después, ambos salieron del apartamento.
Recorrieron parques, semáforos y pequeños cafetines ofreciendo flores a quienes pasaban.
—¿Le gustaría una hermosa flor para una bella dama? —preguntó el padre a una mujer de mediana edad.
La señora sonrió, algo sonrojada.
Aceptó el ramo y le entregó diez dólares.
Las horas fueron pasando.
Poco a poco, la cesta comenzó a vaciarse.
Cuando el sol empezó a ocultarse en el horizonte, decidieron dirigirse a un lago cercano para intentar vender los pocos ramos que aún quedaban.
—Papá, ya solo quedan cinco ramos de los veinticinco que hice —dijo Valery con alegría.
—Lo estás haciendo muy bien.
Ella sonrió.
—Gracias, papá.
Se acercó despacio y le dio un pequeño abrazo.
El hombre permaneció inmóvil durante unos segundos.
Sintió algo extraño en el pecho.
No sabía si era calidez...
O vergüenza.
Al caer la noche, él se encargó de vender los últimos ramos mientras Valery aprovechó para recoger algunas flores que crecían cerca del lago.
—Papá, las flores de este lugar son hermosas.
El hombre la observó en silencio antes de responder.
—A este lugar traía a tu madre cuando éramos jóvenes. Le encantaba venir en invierno para ver florecer una única especie.
Valery levantó la mirada con curiosidad.
Entre sus manos ya sostenía varias flores de diferentes colores.
—¿Y si buscamos la flor favorita de mamá?
Aquella pregunta hizo que el corazón del hombre diera un vuelco.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Esas flores solo florecen en invierno... y ahora estamos en verano. Pero te prometo que, cuando llegue el invierno, te traeré para que las veas.
Los ojos de Valery brillaron de emoción.
—Está bien.
Sonrió.
—Entonces vamos a casa.
Los dos emprendieron el camino de regreso.
Las calles estaban decoradas con árboles de hojas rojizas y anaranjadas.
El viento las levantaba formando pequeños remolinos que recorrían las aceras.
Era una noche tranquila.
Al llegar al apartamento, Valery, agotada por el largo día, entró directamente a su habitación.
Dejó la cesta sobre una pequeña mesa y comenzó a ordenar las flores que había recogido junto al lago.
Sin darse cuenta, el cansancio terminó venciendo.
Se quedó dormida con una pequeña flor aún entre sus manos.
En la sala, su padre permanecía sentado en silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, el apartamento se sentía en paz.
A altas horas de la madrugada, la oscuridad de la habitación desapareció poco a poco.
La mente de Valery comenzó a llenarse de recuerdos que parecían más reales que un simple sueño.
—Mamá, ¿podemos ir por un helado? —preguntó una pequeña niña que sostenía entre sus manitas un ramo de flores silvestres.
La mujer sonrió con ternura.
—Cariño, hoy no puedo. Tengo que trabajar, pero el fin de semana te llevaré y te compraré el helado más grande de la tienda.
La pequeña bajó la cabeza con un gesto de desilusión.
—Está bien, mamá... Entiendo.
Evelyn acarició su cabello con cariño antes de salir de la pequeña casa rumbo a su trabajo.
Al llegar a la floristería, una señora mayor la recibió con una sonrisa.
—Evelyn, por fin llegas. Ya se está haciendo tarde.
—Mis disculpas, señora Rosa. Estaba preparándole el desayuno a mi hija.
—No te preocupes. Ponte a trabajar.
Evelyn sonrió y comenzó a acomodar ramos y flores en los estantes del local.
Las horas transcurrieron con tranquilidad.
Alrededor del mediodía, una pequeña figura apareció corriendo por la puerta.
—¡Mami! ¡Saqué un diez en mi examen de matemáticas!
La mujer dejó inmediatamente lo que estaba haciendo y tomó a la niña entre sus brazos.
—Mi hermosa hija... Tan inteligente como su madre.
La pequeña soltó una alegre carcajada.
Las cuatro de la tarde llegaron rápidamente.
Evelyn terminó su jornada laboral.
—Hasta mañana, señora Rosa.
—Hasta mañana, hija. Cuídense.
Madre e hija salieron de la floristería tomadas de la mano.
Subieron al automóvil.
Antes de arrancar, Evelyn levantó la vista.
Al otro lado de la calle había un hombre vestido completamente de negro.
Cabello negro.
Piel pálida.
Parecía tener alrededor de cuarenta años.
No hacía nada.
Solo observaba fijamente la floristería.
"¿Quién será... y por qué mira tanto hacia acá?", pensó.
—¿Ya nos vamos, mami? —preguntó la pequeña desde el asiento del copiloto.
Evelyn salió de sus pensamientos y le dedicó una sonrisa.
—Sí, mi amor. Ya nos vamos.
Encendió el automóvil y emprendieron el camino hacia casa.
Con el paso de los minutos, el cielo comenzó a cubrirse de nubes grises.
La lluvia apareció de repente.
Evelyn encendió el limpiaparabrisas y redujo la velocidad.
—Llegaremos un poco tarde, cariño. Está lloviendo muy fuerte.
La niña simplemente asintió.
Mientras tanto...
En casa, el padre de Valery permanecía sentado frente al televisor viendo un partido de fútbol.
Miró el reloj.
Las cinco de la tarde.
Frunció el ceño.
—¿Por qué Evelyn y la niña aún no llegan? Ya pasó una hora desde que salió del trabajo...
Volvió a mirar la pantalla del televisor, aunque ya no prestaba atención al partido.
En la carretera, Evelyn aceleró un poco.
Quería llegar antes de que la lluvia empeorara.
De pronto...
Miró por el espejo retrovisor.
Un automóvil negro venía a gran velocidad.
Cada segundo estaba más cerca.
Evelyn intentó apartarse.
Pero fue demasiado tarde.
Los frenos dejaron de responder.
El impacto fue brutal.
Los dos vehículos chocaron violentamente.
El sonido del metal retorciéndose quedó perdido entre el estruendo de la lluvia.
Todo quedó en silencio.
El conductor del automóvil negro descendió con absoluta calma.
El cuerpo de Evelyn había salido parcialmente del vehículo.
La sangre comenzaba a mezclarse con el agua que corría sobre el asfalto.
Aun así...
Seguía abrazando a su hija con todas las fuerzas que le quedaban.
Protegiéndola.
Evelyn abrió lentamente los ojos.
Frente a ella estaba aquel hombre.
Sus ojos grises se clavaron en los de la mujer.
En sus labios apareció una sonrisa cargada de satisfacción.
—Era tu turno de pagar, Evelyn.
Una oscura carcajada escapó de su garganta.
No había culpa.
No había remordimiento.
Solo satisfacción.
Evelyn apenas consiguió mover la cabeza hacia su hija.
Una pequeña lágrima descendió por su mejilla.
—Te amo, Valery... Eres la mejor hija que pude haber tenido.
Sus ojos se cerraron lentamente.
Y su vida llegó a su fin.
El hombre dio media vuelta y desapareció bajo la lluvia.
...
—¡Mamá!
Valery despertó sobresaltada.
Su respiración era agitada.
Miró a su alrededor.
Solo estaba su habitación.
Solo había sido otro sueño.
La puerta se abrió de inmediato.
Su padre entró preocupado.
—Valery, ¿qué ocurre?
Ella respiró profundamente antes de responder.
—Volví a soñar con la muerte de mamá...
El hombre bajó la cabeza.
Todavía le dolía recordar aquella noche.
Sin decir una palabra, se acercó hasta su hija y la abrazó con fuerza.
—Ya pasó, hija...
Valery rompió en llanto.
Durante varios minutos permaneció abrazada a su padre, dejando salir todo el dolor que llevaba guardado desde aquella noche.
Y, mientras las lágrimas caían en silencio...
Ninguno de los dos imaginaba que el pasado estaba a punto de volver para cambiar sus vidas para siempre.
"Algunas flores nacen incluso cuando todo parece muerto. 🌸"








