Capítulo sin título 1
Nonato
—Pero doctor... ¡se mueve! —dijo el padre de Nonato.
El doctor, con un gesto categórico, volvió a confirmar lo que él se negaba a creer.
—Lo lamento mucho, pero su hijo está muerto. Debe tener paciencia, don Carlos; a veces los cuerpos presentan este tipo de espasmos, aunque nunca había visto uno que durase tanto. Es extraño.
El doctor dio unas palmadas afectuosas al padre y luego fue a llenar el formulario. El cadáver de Nonato llevaba sus manos al rostro, como quien trata de despertar de una pesadilla. El padre cubría su boca con una mano que no alcanzaba a esconder una mueca donde se mezclaban terror y tristeza. Deseaba que su hijo descansara después de dieciocho años de sufrimiento desde su «nacimiento». Luego, la rara enfermedad que lo había convertido en un chico delgado, pálido y triste.
Y ahora, lo que debería ser un descanso para él y para Nonato, se había transformado en una grotesca escena de horror. El doctor llevaba dos horas esperando. La enfermera que lo había cuidado en sus últimos días, por otra parte, se negaba a acercarse al cuerpo, ya que, cuando lo había intentado, Nonato la había agarrado firmemente de las ropas, causándole un ataque de histeria.
—Debo retirarme —dijo el doctor—. No hay nada que yo pueda hacer ahora. Sea paciente.
Entregó el certificado de defunción al padre, le dio la mano mirándolo a los ojos con compasión.
—Cuente conmigo para lo que necesite —dijo y salió de la habitación.
Afuera, los amigos y vecinos curiosos esperaban la oportunidad de despedirse del «vampiro», como lo llamaban cariñosamente, pero Carlos mantenía puertas y ventanas cerradas; la casa aún estaba en penumbras, como cuando Nonato vivía. Carlos no quería que nadie viera a su hijo en ese estado.
—Descansa ya, hijo —dijo acercándose cautelosamente al cadáver, evitando mirarlo directamente y haciendo un gesto dudoso para tocar la frente de su hijo que, con sus garras bajo el mentón, parecía una mantis religiosa esperando el momento para atacar.
Esa noche, los servicios funerarios no pudieron con Nonato. Después de varios intentos de meterlo en el ataúd, los hombres se rindieron. Una camisa rasgada y una herida en la mejilla habían sido suficientes para sellar su victoria. Nonato no se va, no aún. Los hombres, dieron algunas explicaciones y pidieron disculpas. Luego acordaron con el padre dejar el féretro junto a la cama.
—Usted nos avisa, por favor —dijo uno de ellos, persignándose, mientras ambos se retiraban.
Carlos se quedó sentado en silencio junto a la cama, la cabeza apoyada en las manos y los ojos cerrados, pero despierto. A medianoche un ruido llamó su atención. Carlos supo de que se trataba. Saturno, el gato negro de la casa, había cazado un ratón y lo devoraba con fruición. En condiciones normales se habría levantado para expulsar a Saturno de la casa, pero ahora era distinto. Carlos se quedó quieto, escuchando el triturar de huesos, luego el irritante sonido del gato lamiendo sangre. Mientras tanto otro sonido se mezclaba con los de afuera. En la oscuridad de la habitación Nonato al parecer se estaba mordiendo una mano. Carlos, atento a los sonidos, era una gárgola que adornaba este escenario grotesco.
Con la primera claridad del día llegó la señora Rosa, ella era la única persona autorizada por el padre para ver a Nonato.
—Déjeme rezarle al niño —dijo —.
Carlos no era creyente, pero la situación era insostenible.
—Pase, no se acerque mucho, por favor —le advirtió—.
Nonato no se movía ahora, pero Carlos sabía que era mejor mantener una distancia prudente. La señora Rosa estaba acostumbrada a la palidez cadavérica de Nonato; lo miró con ternura, pues ella era lo más cercano a una madre que el joven había tenido. Se acercó al borde de la cama mientras en su mente pasaban imágenes de su relación con la familia. Se vio llegando el primer día para ayudar a la joven pareja recién mudada en las tareas del hogar; recordó con cariño los primeros años de felicidad, pero rápidamente esos recuerdos se tornaron dolorosos: El complicado embarazo, la discusión de la pareja esa fatídica noche y las terribles imágenes del sufrimiento de Laura en su prematuro trabajo de parto mientras ella la atendía a la espera de la ambulancia.
Rosa tomó su rosario y comenzó a rezar con fervor. El rostro de Nonato mostraba un sufrimiento antinatural. En su mente trataba de superponer a lo que veía el rostro tranquilo y resignado del niño enfermo. Ahora todo lo que quedaba de «su niño» era un cuerpo maltratado que se retorcía lentamente en su lecho. El olor a putrefacción empezaba a ser evidente en la cálida mañana de verano. Rosa con entrecortadas oraciones y sus temblorosas manos unidas esperaba un milagro que no llegaba. Por fin, agotada e ignorando las advertencias del padre, se acercó al joven, llorando y suplicando a Dios para que cesara esa pesadilla. Se inclinó sobre la fría frente de Nonato y sus lágrimas cayeron sobre la piel cerosa del muerto. Nonato abrió sus ojos secos, sus labios se separaron emitiendo un gemido débil y liberando un hilo de líquido pestilente.
Al escuchar el alarido de horror de Rosa, Carlos entró apresuradamente. La mujer estaba tendida en el suelo, inconsciente. En ese momento, algo se rompió en Carlos. De alguna forma tenía la esperanza de que el amor de esa mujer lograría calmar al cuerpo de su hijo, pero no había funcionado. Entonces, una rabia visceral lo invadió, dirigida hacia el ser que había consumido años de su vida y que ahora se negaba a partir. Con fría determinación, miró al cadáver; nada quedaba del niño que él había criado por amor.
Carlos estaba dispuesto a meterlo en el féretro de una buena vez, sellarlo y enviarlo cuanto antes al cementerio. Después de sacar a Rosa de la habitación, cerró la puerta con llave. Se acercó al cadáver y con un gesto de asco lo tomó firmemente de sus muñecas; el cuerpo respondió con una fuerza opuesta y se volvió completamente rígido. Nonato acercó las manos a su pecho con tal violencia que Carlos sintió cómo los músculos se desgarraban bajo la piel del muerto.
Aun así, Carlos no aflojó.
—¡Basta ya, maldito bastardo! —gritó el hombre al borde de la locura, tratando de tirar a Nonato desde la cama al ataúd abierto.
—¡No es mi culpa, maldito engendro! ¡Fuiste tú! ¡Tú la mataste!
Fue entonces cuando Carlos, montándose sobre el cadáver, lo trató de estrangular. Las garras del muerto reaccionaron con una fuerza y rapidez sobrenatural, atrapando a Carlos y llevándolo hacia sí a la vez que la parte superior del cuerpo se incorporaba de su pestilente lecho.
Ambos torsos chocaron violentamente.
Un alarido inhumano brotó del cuarto. El sonido gutural heló la sangre de los curiosos que esperaban afuera y fue seguido por un golpe pesado; luego, un silencio sepulcral.
Cuando lograron, por fin, forzar la puerta, los testigos que miraron la escena cubrieron sus rostros con las manos, tratando de borrar una imagen que los acompañaría por siempre. Carlos estaba dentro del ataúd abierto, con una mano roja y brillante en su cuello y la otra colgando al borde del féretro; los ojos abiertos miraban fijamente el cielo del cuarto. Su cuello estaba destrozado. De su pecho colgaba, aferrada aún, una mano y el antebrazo de Nonato.
Nonato yacía pálido; su boca abierta era un pozo lleno de sangre fresca y carne. De su brazo cercenado brotaba un líquido espeso que se abría camino sobre las sábanas hasta caer por el borde de la cama, sobre el cuerpo de su padre. Sus ojos estaban cerrados y su rostro estaba en paz. No había rigidez.
Se había ido. Por fin.








