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El cadáver del sector 7

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Summary

Elías Navarro conoce cada vibración de la estación científica Kepler. Por eso, cuando una alerta térmica lo conduce hasta una cámara que no aparece en ningún plano activo, sabe que algo está mal. Dentro encuentra un cadáver. Lleva su uniforme, su identificación y su rostro. Y no murió recientemente: lleva meses muerto, durante un periodo que Elías recuerda haber vivido por completo. A más de cuatro años luz de cualquier ayuda, los registros de Kepler empiezan a contradecir los recuerdos de su tripulación mientras la propia estación insiste en que todo funciona con normalidad. Para descubrir qué ocurrió, Elías tendrá que averiguar qué pruebas puede seguir creyendo cuando cuerpo, memoria y archivos ya no cuentan la misma historia. Ciencia ficción, misterio espacial y terror de identidad en el universo de Relatos del Vacío.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 — Registro incompleto

ARCHIVO RECUPERADO RV-006

Origen: estación científica Kepler

Fecha del incidente: 17 de octubre de 2174

Integridad del registro: 31 %

Ocupantes registrados al perder contacto: 16

Identificaciones válidas transmitidas: 16

Firmas biológicas detectadas: [DATO CORRUPTO]

Advertencia de recuperación:

No envíen una misión de rescate.

No permitan que Kepler se aproxime a ninguna colonia.

Si un tripulante identificado como Elías Navarro solicita autenticación, no respondan.

Si afirma ser el único superviviente, no respondan.

Si afirma que todavía es humano—

Elías despertó a las cinco treinta y cuatro con los pies fuera de la cama y la explicación preparada antes de abrir los ojos: había vuelto a caminar dormido.

Permaneció sentado, esperando que el anillo terminara de acomodarse a su cuerpo. En Kepler, abajo siempre apuntaba hacia el casco exterior. Al otro lado del anillo, a menos de cien metros sobre su cabeza y más allá del eje en microgravedad, otras personas vivían de pie en dirección contraria.

La iluminación del camarote aumentó lentamente desde el zócalo. Sus botas estaban junto a la puerta, donde no las había dejado. Una película gris cubría las punteras.

Elías se inclinó y rozó el polvo con el índice. Fino. Metálico. No era residuo del anillo habitado. Podía proceder de una carcasa abrasada, de un conducto antiguo o de cualquiera de los compartimentos de servicio que llevaban años acumulando partículas en rincones donde los filtros no alcanzaban.

—Kepler, historial de acceso nocturno.

—No se registraron aperturas autorizadas para el camarote K-0714 durante el periodo de descanso.

La voz de la estación surgió de la pared con su neutralidad habitual. Elías miró la puerta cerrada.

—Eso no fue lo que pregunté. Mis accesos de las últimas seis horas.

Hubo una pausa mínima, la necesaria para que el sistema fingiera que cada respuesta acababa de ser pensada.

—Telemetría personal no disponible entre las 03:07 y las 03:24.

Diecisiete minutos.

Elías levantó la mano para frotarse la cara y descubrió un corte bajo el pulgar. Era una línea limpia, de poco más de un centímetro. No recordaba habérselo hecho. Tampoco había enrojecimiento alrededor ni la leve tensión que dejaba el sellador médico cuando uno se curaba a oscuras y con prisa.

Presionó. Dolía, aunque menos de lo que esperaba.

—Motivo de la pérdida.

—Interrupción local de sensores.

—¿Falla?

—Interrupción local de sensores.

—Gracias por la precisión.

La estación no respondió al sarcasmo. Nunca lo hacía, aunque Mara sostenía que sí distinguía cuándo alguien intentaba provocarla. Elías había replicado que reconocer una conducta no equivalía a entenderla. Era una de esas discusiones que habían sobrevivido a años de viaje y que ninguno de los dos esperaba ganar.

Sacudió las botas sobre una lámina de embalaje, dobló el polvo dentro y lo guardó en el cajón de herramientas. Después se vistió, pegó una tira dérmica sobre el corte y revisó la puerta. El registro local coincidía con el central: ninguna apertura desde las 22:11.

Dos sistemas de acuerdo no convertían un dato en verdad. Solo significaban que habían aprendido la misma versión.

Se dijo que era cansancio. Durante las últimas tres semanas había cubierto turnos dobles por una oscilación térmica en el sector 5. Podía haber traído el polvo la noche anterior. Podía haberse cortado reparando una válvula. Podía haber movido las botas medio dormido y después olvidarlo.

Tres explicaciones mediocres formaban, a veces, una explicación suficiente.

El corredor del anillo vibraba bajo sus plantas. No era una sacudida, sino el rumor grave y continuo de toneladas girando alrededor del eje. Elías conocía Kepler por esos sonidos. La circulación del agua producía un temblor fino detrás de los paneles; los intercambiadores añadían pulsos regulares; los cojinetes magnéticos del anillo sostenían una nota demasiado baja para oírla y lo bastante fuerte para sentirse en los dientes.

En la primera intersección, el tablero de turnos anunciaba relevos en medicina, laboratorio y seguridad dentro de la siguiente media hora. Para cuando terminara de desayunar, el tránsito matinal debería haber ocupado el anillo.

De camino al comedor pasó la palma por una rejilla de ventilación. Flujo normal. Temperatura apenas inferior a la programada. La condensación en la unión de dos paneles tenía el grosor de siempre.

—K-0714, operativo —dijo Kepler al reconocerlo en el control de intersección.

Elías apoyó un dedo en el lector por costumbre, aunque la puerta ya se había abierto.

—Buenos días para ti también.

La puerta se cerró a su espalda. Elías continuó hacia el comedor sin pensar en el saludo.

Mara estaba sola en una mesa, abrazada a una taza de cerámica azul que había sobrevivido a dos mudanzas orbitales, una caída en microgravedad y una reparación de Elías tan fea que la grieta parecía una cicatriz blanca. Tenía el cabello todavía húmedo y una pantalla de comunicaciones suspendida frente a ella.

—Llegas tarde —dijo.

—Son las cinco cincuenta y dos.

—Exacto.

Elías obtuvo café del dispensador. El líquido olía vagamente a cereal tostado y sabía a todo lo que había circulado alguna vez por el sistema de agua. Se sentó frente a ella.

—¿Otra ventana perdida?

Mara cerró la pantalla con dos dedos.

—La ventana estuvo donde debía. El paquete no. Recibimos el encabezado de una actualización desde el repetidor exterior y después treinta y ocho segundos de vacío.

—¿Ruido?

—Vacío. El ruido existe.

Él bebió y vio que ella miraba sus botas.

—¿Trabajaste en el eje?

—Ayer.

—No ayer.

Elías bajó la vista. Había limpiado las punteras, pero quedaban partículas grises alrededor de las costuras.

—Debí de patear media estación mientras dormía.

—Otra vez.

—Una vez no es «otra vez».

—La semana pasada despertaste en el suelo.

—Eso fue una maniobra defensiva contra la litera.

La sonrisa de Mara duró poco. Extendió la mano sobre la mesa, no para tocarlo, sino para girar su taza hasta ocultar la grieta.

—Anoche estuve oyendo la grabación de mi cumpleaños —dijo—. La del concierto.

Elías recordó la fecha: 8 de junio. Recordó la iluminación de emergencia en el módulo de comunicaciones, siete personas apretadas entre consolas y un pastel hecho con proteína de reserva. Recordó que había modificado los tonos de diagnóstico para que Mara pudiera tocarlos desde la consola. Ella improvisó la melodía porque llevaba meses diciendo que el silencio entre transmisiones era peor que la estática.

Vio la forma de onda del archivo. Vio su nombre en los metadatos. Vio a Mara riéndose con una mano sobre la boca.

Pero no oyó la melodía.

—Espero que hayas borrado mi solo —dijo.

—¿Cuál de los dos?

Elías sostuvo la taza a medio camino.

—Solo hubo uno.

—El segundo. Después de que Park derramó el café sobre la consola.

—Park tiró el café el siete, durante la prueba general. Tu cumpleaños fue el ocho. La alarma del reciclador entró al final por accidente, pero no hubo un segundo solo.

—Claro.

Mara bebió sin apartar los ojos de él.

Elías reconstruyó el archivo con la facilidad de una lista de mantenimiento: seis minutos y doce segundos, alerta del reciclador en el minuto cuatro, informe del café fechado el día anterior. Todos los datos estaban ahí. La melodía, no.

—Estás mezclando dos registros —dijo.

—Ya.

—¿Qué?

—Nada. Lo recordaba distinto.

—Recuerdo ambas cosas.

Mara asintió. La pantalla volvió a abrirse frente a ella, convirtiéndose en una pared translúcida entre los dos.

Elías tomó otro sorbo. La respuesta le había salido demasiado rápida. Podía explicar los tonos, la frecuencia de cada diagnóstico y el momento exacto en que Park había cortado la alerta. No podía hacer que la música sonara dentro de su cabeza.

Después del desayuno inspeccionó la oscilación térmica del sector 5. Durante más de una hora midió caudales, corrigió dos décimas en un intercambiador y sustituyó un sensor que todavía habría resistido varios meses. El trabajo tenía la ventaja de exigir respuestas concretas. Una bomba vibraba o no. Una válvula cerraba o perdía presión. Ninguna le pedía recordar cómo había sonado una canción.

A las 07:18, mientras guardaba el sensor retirado, el comunicador de su muñeca vibró.

MANTENIMIENTO TÉRMICO — SECTOR 7

CÁMARA 307

DESVIACIÓN: −4,8 °C

PRIORIDAD: RUTINARIA

Elías amplió la orden y se la reenvió a Mara. El rostro de ella apareció en la pequeña pantalla de su muñeca, iluminado por los monitores de comunicaciones.

—No hay cámara 307 en el mapa activo.

Mara consultó algo fuera de imagen.

—Entonces será un número heredado.

—Los números heredados aparecen vinculados al compartimento actual. Este no.

—¿Quieres que lo revise?

—Primero voy a comprobar si existe.

—Y con esa mano deberías pedirle a alguien que vaya contigo.

—Para una desviación de cinco grados.

—Para una habitación que no está en el mapa.

Elías cerró el maletín de herramientas.

—Si no regreso, puedes quedarte con mis filtros de repuesto.

—Qué íntimo.

—Son los originales, no los compatibles.

Antes de cortar la comunicación, Mara bajó la mirada. Elías alcanzó a verla morder la piel junto a una uña.

Desde el sector 5, la ruta más corta descendía dos niveles antes de cruzar al dominio de seguridad del sector 7. Allí los pasillos eran más estrechos, las superficies más claras y el aire más seco. Había pocas razones para visitarlo desde que Sato trasladó la mayor parte de las reservas clínicas al sector 2.

Elías siguió la ruta sugerida por Kepler hasta un corredor sin tránsito. La iluminación se encendía por segmentos delante de él y se apagaba a su espalda.

A mitad de camino se detuvo.

Una bomba trabajaba detrás de la pared.

No aparecía en el esquema de mantenimiento. Aun así, podía oír el pequeño desequilibrio del rotor: tres pulsos regulares, una vibración corta y después un roce. Apoyó la mano en el panel. Estaba frío.

—Kepler, identifica el equipo activo en mamparo siete-tres.

—No hay equipos activos asignados a esa ubicación.

El rotor volvió a rozar.

—Entonces tienes una pared con arritmia.

Retiró el panel de inspección. Al girar el primer tornillo, el corte bajo el pulgar se abrió contra la empuñadura. Una gota oscura manchó la tira dérmica. Elías cambió la herramienta de mano y siguió trabajando.

Los tornillos ofrecieron más resistencia de la esperada, como si alguien los hubiera apretado hacía poco. Detrás encontró una línea de refrigeración antigua, todavía presurizada. Una película de condensación recorría la tubería hacia el fondo del corredor.

La siguió.

La cámara 307 estaba al final, más allá de una curva que no figuraba en el plano general. La puerta carecía de placa, pero alguien había grabado el número directamente sobre la pintura.

No una vez.

Seis.

Las marcas se superponían con distinta profundidad. La más antigua estaba casi borrada. La última dejaba rebabas de metal brillante en los bordes.

Elías miró sus botas.

El polvo acumulado en las costuras tenía el mismo brillo.

Durante unos segundos solo escuchó la bomba oculta y su propia respiración. Después apoyó la muñeca en el lector.

ACCESO DENEGADO.

—K-0714. Mantenimiento de soporte vital. Prioridad térmica emitida por sistema.

ACCESO DENEGADO.

Golpeó dos veces la carcasa del lector antes de abrir la tapa. Era un hábito antiguo: el primer golpe revelaba piezas sueltas; el segundo confirmaba que no había sido imaginación. El interior estaba limpio. Demasiado limpio para un dispositivo supuestamente fuera de servicio.

Sacó un puente de diagnóstico.

La cerradura se activó antes de que pudiera conectarlo.

Elías retiró la mano.

—Kepler, ¿autorizaste la apertura?

—La cámara 307 requiere inspección térmica.

—No fue lo que pregunté.

Los pernos retrocedieron uno tras otro. La puerta se separó del marco con un suspiro de presión igualada.

El aire salió por la abertura.

El olor alcanzó a Elías antes que la luz de su lámpara: dulce, espeso, imposible de confundir con refrigerante, humedad o aislamiento quemado.

Era el olor de algo que había sido humano el tiempo suficiente para empezar a dejar de serlo.

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Good Writing

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