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Subarmónicos de Traición

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Summary

Mara Sterling nació para ser un satélite.Durante años, su existencia ha sido una órbita perfecta alrededor de una luz que no le pertenecía: la de Kaelen. Él es el sol que sostiene su sistema, el eje sobre el que gira el orgullo del Gobierno de la Unión. Ser una Sterling es habitar un privilegio que abrasa, una herencia de expectativas que amenaza con reducirla a cenizas. En una galaxia de orden gélido, Mara es una disonancia. Una mente fracturada por el Nemu, un ruido constante que solo el silencio de los fármacos logra contener. Ella es la anomalía que el sistema intenta corregir. Pero cuando la gravedad se quiebra y el vacío empieza a reclamar, Mara se descubre a la deriva. Su huida la conduce al corazón de la D-SIG, una unidad de inteligencia de la Hegemonía Argentum. Allí, bajo la sombra inescrutable del Comandante Arctum, Mara encontrará algo que ninguna medicina ha podido darle: en la frecuencia de los alienígenas, el caos de su cabeza finalmente se detiene. En esa calma peligrosa, tendrá que elegir entre seguir siendo el reflejo de la luz, o descubrir si su propia oscuridad es capaz de devorar la conspiración que se oculta tras las estrellas.

Genre
Scifi
Author
Llordian
Status
Excerpt
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1. Anomalías y Legados


Mara

[Archivo de Red de la Coalición – Fecha Estelar 442.9] “El Legado Kaelen es condecorado con la Cruz de Éter tras la pacificación del Cinturón de Magma. Se le atribuye la salvación de tres millones de almas. El Almirantazgo lo define como 'el pilar sobre el que se asienta nuestro futuro'.”


[Boletín de Noticias de la Unión – Fecha Estelar 445.1] “Hito Histórico: El Legado Kaelen es nombrado primer oficial de enlace en el Programa de Integración Táctica Humano-Argentum. Por primera vez en la historia, un humano comandará una unidad mixta bajo la supervisión del Alto Mando de Plata...”

La luz ámbar del InterPuls palpitaba en la penumbra de mi celda —o habitación, según lo generoso que fuera el día—. Cerré la pantalla con un gesto cansado, atrapando el último titular con la punta de los dedos como quien intenta apresar una mota de polvo antes de que desaparezca.

Con un movimiento fluido, lo arrastré hacia la carpeta titulada simplemente: Familia.

Antes de cerrar la interfaz, mis dedos dudaron sobre el archivo que la presidía.

Lo abrí con un toque casi reverencial. Era una fotografía antigua de grano desgastado; la única prueba de que la felicidad no siempre había sido una extraña.

En ella, mi madre aparecía abrazada a mi padre con una confianza que me dolía contemplar. Ella tenía esos mismos ojos gris tormenta que ahora veía en Kaelen; una mirada profunda y eléctrica que parecía capaz de ver a través del vacío. Estaba sonriendo. Era una sonrisa abierta, luminosa, una que yo jamás llegué a conocer.

Según Kaelen, el día que llegó el informe de la muerte de nuestro padre bajo los cuernos de los Ur-Grak, esa luz se apagó para siempre. Mi madre se convirtió en una sombra silenciosa que nos contaba cuentos de monstruos para protegernos, hasta que el dolor terminó por consumirla también a ella.

En la foto, mi padre sostenía mi pequeño bulto envuelto en mantas mientras Daniel, el Alto Custodio, reía con una fuerza que casi podía oír a través de los píxeles, cargando a un Kaelen de seis años subido a caballito. Daniel, con su piel oscura y su presencia protectora, era el único color vibrante que quedaba en mi definición de hogar.

Cerré la imagen con un nudo en la garganta. Esa foto almacenaba un espejismo de lo que podríamos haber sido si la galaxia no fuera un lugar tan hambriento.


—Concéntrate, Mara —me susurré, limpiándome un rastro de sudor.— Los fantasmas no pagan el Gravamen.


Esa carpeta era mi santuario y mi condena. Estaba llena de fotos en alta resolución de las medallas de mi hermano, de sus discursos grabados donde su voz sonaba como acero templado; toda esa gloria de hierro que la Unión distribuía como propaganda. Kaelen ya no era un hombre; era una leyenda de carne y hueso que nuestra especie adoraba como un amuleto.

Para mí, era simplemente el chico que me tapaba con la manta cuando las noches en el orfanato se volvían demasiado frías. Mucho antes de que los protocolos de intercambio se lo llevaran a los barracones de la Academia Ares, en aquella colonia remota donde el aire olía a sudor y gloria, lejos del silencio estéril de Selene.


—Algún día tendrán que imprimir papel solo para tus medallas, Kael —murmuré. Mi voz fue devorada por el silencio estéril de las paredes de metal corrugado.


Me quedé mirando el vacío un segundo más, sintiendo el peso físico de su ausencia. No era solo que lo extrañara; era el peso de su nombre sobre mis propios hombros, una carga invisible que me obligaba a mantener la espalda recta incluso cuando quería derrumbarme.

Yo no era una salvadora, ni un pilar, ni el futuro de nadie. Yo solo era la otra mitad de su sangre, la parte defectuosa que se quedaba atrás, atrapada en la gravedad de una base lunar mientras él orbitaba la grandeza. Kaelen estaba allí arriba, aprendiendo las tácticas de los Argentum, codeándose con seres cuyas mentes eran tan afiladas y gélidas como sus armaduras de plata.

De repente, tres golpes secos en la puerta fracturaron el silencio.


—¡Mara! —la voz del instructor llegó distorsionada por el intercomunicador.— Las clases de Resonancia empiezan en cinco minutos. Si el Nemu no fluye hoy, te quedarás en los barracones el fin de semana.


Suspiré, y fue entonces cuando lo sentí: ese hormigueo frío, un rastro de electricidad estática que serpenteaba en la base de mi columna, justo donde los nervios se encuentran con el metal.

El maldito Nemu.

Esa energía azulada y rebelde que latía dentro de mis células, una marea extraña que no pedí y que parecía tener voluntad propia. Estaba ahí, esperando a ser domada, o quizás esperando el momento justo para devorarme desde dentro.

Me puse en pie, sintiendo cómo el uniforme de la Academia, áspero y rígido, me recordaba mi lugar en la cadena de mando.

Fuera de esa habitación yo no era una persona sino un activo de la Unión bajo observación, un experimento biológico que aún no sabían si era una herramienta útil o un residuo peligroso; una anomalía contenida, intentando que su propio poder no la consumiera desde dentro como una brasa que nunca termina de apagarse.


—Ya voy —respondí al intercomunicador, aunque sabía que el instructor ya no estaba al otro lado.


Abrí la puerta y el aire reciclado del pasillo me golpeó el rostro con su olor a amoniaco y desinfectante. Me enfrenté al corredor de hormigón y a las miradas que, como siempre, buscaban en mis facciones un rastro, una sombra o un destello de la grandeza de Kaelen.

Caminando rápido hacia el pasillo principal, me detuve un instante, hipnotizada por la pantalla gigante que dominaba el corredor. En ella, se proyectaba en un bucle infinito la ceremonia de intercambio.

Mi hermano aparecía impasible, envuelto en su uniforme de gala, pero mis ojos se desviaron hacia la figura a su lado. Era un Argentum. Las placas pulidas del rostro del alienígena parecía fluir como mercurio sólido, y sus movimientos eran tan calculados que resultaban antinaturales. Se decía que eran seres de hielo, que su honor no era un concepto moral, sino una ley física tan infranqueable como la gravedad.

Me estremecí sin saber por qué, sintiendo un frío que no venía del aire acondicionado. Me pregunté, con una mezcla de fascinación y pavor, si algún día yo también vería el mundo a través de esos ojos de rapaces, despojada de toda emoción humana, convertida en un mecanismo de guerra perfecto.

Retomando el paso, sentí cómo los hombros se me encogían de forma instintiva. El peso de las miradas de los cadetes era casi físico. No me veían a mí; buscaban un reflejo, una chispa de la gloria que envolvía a mi hermano.

Kael es el sol.

Un astro abrasador cuya gravedad mantenía unida a la humanidad en este nuevo y precario orden galáctico. Emitía una luz tan cegadora que hacía que el resto del universo pareciera sumido en una penumbra perpetua. Y yo... yo no era más que un planeta errático, una roca fría y oscura atrapada en su órbita, cuya única función era reflejar un brillo que no me pertenecía. Todos esperaban ver en mi rostro el amanecer que él representaba, sin entender que la luz de un sol, vista de cerca, no ilumina: solo sirve para quemar lo que toca.

Apreté el paso, sintiendo el leve y constante zumbido de los implantes en la base de mi cráneo. Kael no lo tenía; él no necesitaba magia espacial para ser grande. Pero yo formaba parte de ese escaso quince por ciento de la humanidad cuya genética había sido declarada "compatible" por las Vessarys.

Aquellas criaturas etéreas nos habían enseñado a manipular la energía de la galaxia, a torcer el espacio a nuestra voluntad, pero el proceso estaba lejos de ser natural. Requería cables cosidos a los nervios y una predisposición biológica que me hacía sentir más como una herramienta de laboratorio, un prototipo de arma biológica, que como una mujer.

El Nemu no era un don divino, sino el eco de una vibración extraña y parasitaria que me corroía. Con este último pensamiento, llegué a la sala de resonancia, sabiendo por la mirada del instructor que hoy sería la cabeza de turco.


—Llegas tarde, Mara —la voz del instructor, un hombre cuyo rostro parecía haber sido tallado en la misma disciplina brutal de la Academia, cortó mis pensamientos antes de que pudiera cruzar el umbral.


Entré en silencio, con la barbilla baja, evitando cualquier contacto visual. El aire en la sala estaba cargado, denso por la estática que desprendían los otros cadetes.

Al mirar a mis compañeros, sentí esa punzada familiar de no pertenencia. Ellos flotaban en un estado de euforia contenida, una especie de embriaguez de poder.

Manipulaban pequeñas esferas de energía azul con una sonrisa en los labios, moviendo los dedos con la ligereza de un músico, como si el Nemu fuera un juguete nuevo y no una fuerza primordial capaz de desgarrar el tejido de la realidad misma. No veían el peligro, solo el prestigio de ser los elegidos.

Para ellos, esto era el tique de salida directo hacia las estrellas. Para mí, era un recordatorio constante de lo que habíamos dejado de ser. Odiaba estas clases de manejo y combate con un fervor que me quemaba la garganta. Odiaba la forma en que las Vessarys nos moldeaban, enseñándonos a canalizar el vacío absoluto para convertirlo en un martillo, en un escudo o en una herramienta de destrucción masiva.


—Mírala —susurró una cadete a mi izquierda mientras pasaba a mi lado con su voz cargada de un veneno que el instructor fingió no oír.— La hermana del Legado llega tarde otra vez. Se nota que las reglas no se aplican a la realeza.


—Tal vez espera que la energía le baje del cielo por derecho de nacimiento —añadió Miller con una risita, mientras ajustaba sus guantes de inducción.— ¿Qué pasa, Sterling? ¿El Nemu se te ha quedado atascado en el linaje?


El instructor, el Comandante Hallaway, permanecía inmóvil junto a la consola central. Sus ojos, negros, observaban cada interacción sin intervenir. En la Academia, el acoso no era una falta de disciplina; era una herramienta de presión para ver quién se quebraba y quién forjaba un carácter de mando.


—Silencio —ordenó Hallaway, aunque su mirada se clavó en mí un segundo más de lo necesario.— Sterling, con Miller. Posiciones de combate. El resto, inicien secuencias de resonancia en grado cuatro.


Me coloqué en mi puesto, sintiendo el peso muerto de los implantes en mi nuca, como si tuviera un parásito de metal anclado a mi sistema nervioso. Miller se situó frente a mí, calentando sus manos con una confianza irritante. Pequeñas chispas de Nemu azul eléctrico saltaban entre sus dedos con un siseo rítmico. Mientras él se preparaba para la caza, mi mente, desesperada por huir, se escapó lejos de allí.

Preferiría estar mil veces en mi habitación, perdida entre libros de leyes y tratados de ética. Las leyes eran lógicas, eran sólidas; eran la arquitectura de la civilización, lo que nos hacía humanos antes de que las estrellas se volvieran un campo de batalla.

En los libros, el mundo tenía sentido y cada acción tenía una consecuencia tipificada. Aquí, en la arena de combate, solo había ruido, estática y una expectativa asfixiante.

Cerré los ojos un segundo, deseando con toda mi alma que el Nemu se apagara. Deseando que el universo dejara de vibrar dentro de mis huesos y me permitiera ser, simplemente, una mujer común. Una civil. Un nadie.


—¿Te has quedado dormida, Sterling? —la voz de Miller sonó peligrosamente cerca.— ¿O estás rezando para que el Alto Custodio venga a salvarte?


El instructor dio la señal y el aire de la sala se fracturó con el siseo del Nemu activándose al unísono. Miller no perdió el tiempo. Tenía esa sonrisa de quien se cree el protagonista de una epopeya bélica, un reflejo perfecto de la ambición que la Unión inoculaba en sus mejores activos.


—Vamos, Mara —provocó, desplazándose lateralmente con una agilidad artificial que hacía que sus pies apenas rozaran el suelo del polímero.— Enséñanos ese brillo de familia. O es que el Legado se llevó toda la chispa y a ti solo te dejó las sobras.


Me mantuve en guardia, con los músculos tensos hasta el punto de la ruptura y el pulso clamando en mis oídos como un tambor lejano. No quería atacarlo. No quería participar en su juego de egos.

Intenté visualizar la estructura de un código civil, la elegancia de una sentencia jurídica, cualquier cosa que anclara mi mente a la lógica humana y no a la marea de vacío que empujaba lacerantemente desde mis entrañas.

Sin embargo Miller era persistente, un depredador que olía el miedo. Lanzó un pulso rápido, una bofetada de energía azul que impactó contra mi hombro izquierdo. El golpe me lanzó hacia atrás, haciéndome tropezar. El dolor fue agudo, eléctrico, y el sabor del ozono inundó mi boca.


—¿Eso es todo lo que la sangre Sterling tiene para ofrecer? —rió Miller, cargando una esfera de energía entre sus palmas que brillaba con una intensidad cegadora.— Eres una decepción para los Sterling. Un peso muerto para la flota.


Algo se rompió entonces.

No fue mi paciencia, ni mi voluntad. Fue la presa física que contenía el Nemu en la base de mi cráneo. El insulto a la memoria de mis padres, la mención de la decepción de mi hermano, la presión de ser un planeta oscuro que nunca emite luz propia, y ese asco visceral por la violencia gratuita... todo se fundió en un solo punto de presión insoportable.

Y entonces, el Nemu respondió. Pero no fue azul. No fue armónico.

Fue un estallido negro y eléctrico, una marea de estática turbia que no obedecía a ninguna ley conocida por la Academia.

Se emitió una onda de choque que parecía nacer del centro de mis huesos como una distorsión del espacio que no emitía sonido alguno; Generó un vacío absoluto, una succión de realidad que devoró la luz de la sala por un milisegundo aterrador. Durante ese parpadeo, el mundo dejó de existir para convertirse en una sombra.

Miller salió despedido como una muñeca de trapo, su cuerpo perdió toda inercia humana. Impactó contra la pared de aleación reforzada con un estruendo metálico que resonó en mis propios dientes. Los escudos de práctica, diseñados para absorber impactos de grado militar, saltaron por los aires convertidos en fragmentos de luz rota. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier explosión; un silencio cargado de ozono quemado y de algo que olía a tormenta vieja.

Todos me miraban. Sus rostros, antes burlones, eran ahora máscaras de pavor. Miller gemía en el suelo, retorciéndose débilmente, rodeado de chispas residuales de un color violeta oscuro, casi negro, que no figuraba en ningún manual de la Academia. Era una energía que no debería estar allí.

El instructor Hallaway se acercó a mí. Su rostro, habitualmente de piedra, estaba pálido, y su mano temblaba levemente mientras buscaba el comunicador en su cinturón táctico.


—Sterling… eso no ha sido una técnica de combate. Ha sido un descontrol sistémico —su voz oscilaba entre la ira y un miedo que intentaba sepultar.— Has puesto en peligro a toda la unidad. Lo que acabas de liberar... es inestable. Es peligroso.


—Él... él me provocó —susurré, bajando la vista hacia mis manos. Todavía vibraban con una estática oscura, una negrura que parecía lamer mis dedos antes de desvanecerse en el aire frío.


—¡FUERA! —rugió el instructor, recuperando su máscara de mando.— Estás sancionada. Si no puedes controlar lo que llevas dentro, aprenderás disciplina por el camino largo, el camino que no requiere Nemu, sino voluntad. Diez vueltas a la pista exterior. AHORA! Y ni se te ocurra usar la energía para aligerar el peso de tus botas. Quiero que sientas cada gramo de tu cuerpo.


Salí de la cúpula sintiendo el peso de mil ojos clavados en mi nuca, como agujas calientes atravesando mi uniforme.

Afuera, la libertad tenía un sabor amargo. La pista era un anillo de hormigón crudo bajo un cielo plomizo que recordaba al color de un cadáver. El polímero grisáceo de la Academia se extendía bajo mis pies como una mancha de aceite persistente en el paisaje lunar.

Empecé a correr. Al principio, mis movimientos eran torpes, cargados de la adrenalina residual del combate hasta que encontré un nuevo ritmo.

Sentía cada impacto seco de mis pies contra el suelo, el aire gélido y reciclado quemándome los pulmones en cada inspiración, y el sudor empezando a empapar el cuello de mi uniforme. Era el castigo perfecto: recordarme que, a pesar de la energía espacial y de los implantes que habían cosido a mis nervios, seguía siendo de carne y hueso. Una humana débil dando vueltas en torno a un centro que no comprendía.


Una vuelta. Dos vueltas.


El Nemu seguía allí, arañando mis terminaciones nerviosas como un cable pelado que chisporrotea bajo la lluvia. Me pedía paso, me pedía que le permitiera impulsarme, que hiciera mis zancadas más largas y mi respiración más eficiente. Pero lo ignoré con una terquedad feroz. Prefería el dolor físico, el ardor de mis cuádriceps agotándose y el sabor a sangre en la garganta, antes que la extrañeza de sentirme un arma.

Mientras corría, miré hacia el cielo con el cuello tenso y la respiración rota. Deseaba con toda mi alma que las estrellas pulsaran hacia mí en una señal, un código de luz que solo yo pudiera descifrar, lejos de las órdenes y los gritos.

El Nemu siempre se descontrolaba. Nunca era esa energía azul limpia y armónica, casi musical, que los instructores comparaban con el movimiento de las olas. El mio salía sucio, una estática turbia y rebelde que parecía burlarse de las leyes de la simetría y el equilibrio que tanto amaban las Vessarys.

Extrañamente, mientras el sudor me escocía en los ojos y el cansancio empezaba a nublar mi vista, sentí un chispazo de auténtica felicidad.

Si mi energía seguía siendo un desastre cromático, si mi resonancia continuaba siendo un ruido ininteligible y violento para los escáneres de la Unión, las Vessarys terminarían por rendirse conmigo. Cuando llegara la gran revisión, me descartarían. Me declararían "incompatible", "fallida" o simplemente un "error de sistema".

Y entonces, a mis veinticinco años, la sombra de mi hermano dejaría de quemarme. Podría empezar mi propia vida. Podría cambiar el uniforme por una túnica de leyes, el Nemu por la retórica, y la Luna por el cristal de Pangea Stellarix.

Ser un fracaso para ellos era la única forma de ser libre para mí.

La Academia no solo se especializaba en el arte de matar y en la fría eficiencia de la destrucción; por pura necesidad logística, también era el nexo del conocimiento galáctico, la puerta de entrada a una sabiduría que la humanidad apenas empezaba a balbucear. Yo soñaba con los archivos de ciencia pura, con las bibliotecas de derecho comparado de Pangea Stellarix. En mi mente, ese planeta artificial de ingeniería imposible —una estructura de anillos y luz que desafiaba todas las leyes de la astrofísica— no era solo una sede diplomática. Era un santuario donde las grandes especies de la galaxia convivían en un equilibrio frágil pero hermoso.

Lo imaginaba como un paraíso donde la justicia no era una opinión, sino una constante universal tan sólida como la velocidad de la luz. Un lugar donde las palabras tenían más peso que los pulsos de energía. Pero para mí, atrapada en esta roca estéril y polvorienta, Pangea era una quimera que ni siquiera había podido rozar con la punta de los dedos.

Me detuve un segundo para recuperar el aliento, apoyando las manos en mis rodillas. El aire entraba en mis pulmones como cuchillos de hielo. Desde la pista de atletismo de la Base Selene, la vista era una condena monótona: la Luna se extendía como un desierto de polvo gris, un cementerio de cráteres profundos y sombras alargadas donde la cúpula de la Academia se alzaba como una burbuja de arrogancia humana frente al vacío infinito.

Éramos intrusos, jugando a ser dioses con cables pegados a la nuca.

Levanté la vista. Sobre mi cabeza, la Tierra colgaba en la negrura absoluta, una joya azul y lejana que brillaba con una fragilidad insultante. Se sentía más como un recuerdo genético que como un destino real; un hogar que nos había expulsado hacia las estrellas y que ahora nos pedía el alma a cambio de no olvidarnos.

Aquí, en el silencio opresivo de la baja gravedad lunar, el castigo se sentía casi como una liberación espiritual. Cada paso pesado sobre el regolito, cada sacudida de mis músculos, era una distancia más que ponía entre la soldado que ellos querían fabricar y la mujer que deseaba estudiar las leyes que gobernaban el cosmos. El dolor físico era mío; el Nemu era de ellos. Y mientras me dolieran las piernas, sabía que todavía seguía siendo Mara.


—Ocho vueltas más, Sterling —gritó el sistema de megafonía de la pista. La voz metálica y carente de matices rebotó en el vacío del hangar exterior, distorsionada por los filtros de audio.— Mantén el ritmo o duplicaremos la sanción por desacato. El cronómetro no se detiene por el cansancio.


Me obligué a enderezar la espalda, sintiendo un crujido en la base del cráneo donde el implante parecía protestar por la falta de actividad.

Volví a trotar, aunque mis pulmones pedían tregua. Mis pies golpeaban el suelo lunar rítmicamente, levantando pequeñas nubes de polvo gris que caían con una lentitud exasperante.


Pum, pum, pum. 


Tres latidos para el deber, para la Unión y para el apellido que cargaba como una losa. Un latido, solo uno, para mi secreto más profundo: la esperanza de ser, por fin, un fracaso oficial. La ambición de que las Vessarys me miraran y no vieran en mí más que un residuo inútil, permitiéndome así caer en el olvido, donde nadie pudiera encontrarme, salvo los libros.




***************


Kaelen

El siseo de las juntas de presión fue lo único que rompió el silencio sepulcral de mis aposentos. Era un sonido sutil, casi orgánico, muy distinto al traqueteo hidráulico de las naves de la Unión. Con un esfuerzo que se sentía más mental que físico, me desprendí de las piezas de mi armadura de combate. El metal humano, pesado y tosco, cayó al suelo con un estrépito que me pareció una falta de respeto, un insulto sonoro en este lugar donde hasta el aire parecía desplazarse con una precisión geométrica.

Me froté el cuello, donde la interfaz de enlace aún ardía con el calor residual de la última sincronización. Me quedé mirando el mamparo de plata líquida frente a mí. El interior de la nave no tenía remaches, ni cables expuestos, ni el caos funcional al que los humanos estábamos acostumbrados. Era un entorno de un minimalismo aterrador; superficies curvas de un material reflectante que no llegaba a ser espejo, iluminadas por vetas de luz tenue que emanaban de las propias paredes.

Zuri se habría vuelto loca intentando hackear una interfaz que parecía respirar en lugar de procesar, y Viktor... Viktor probablemente habría intentado desmontar el mamparo solo para ver si el motor funcionaba por física o por magia negra de la vieja colonia. El caos funcional de nuestra tripulación, con sus gritos y sus cables pelados, se sentía como un recuerdo de otro siglo en este entorno gélido.

Estaba en el corazón de su flota, en el epicentro de un poder que nos superaba por milenios. Lo había logrado. Había llegado a donde ningún humano había puesto el pie sin estar encadenado. Pero la sensación de triunfo se evaporaba cada vez que recordaba con quiénes compartía el oxígeno en esta tumba de lujo.

Los Argentum.

De niño, en las noches cerradas de la Tierra, mi madre me contaba historias sobre ellos para que no me alejara de las luces de casa. En sus relatos, eran los monstruos que habían bajado de los cielos cuando el hombre apenas empezaba a mirar hacia arriba; seres que no conocían la piedad y que habían alimentado nuestras pesadillas durante milenios.

Ahora, de adulto y con una hoja de servicios manchada de sangre, me daba cuenta de que mi madre se había quedado corta. No eran monstruos de cuento; eran aves prehistóricas que se habían negado a extinguirse, evolucionando hasta convertirse en algo letal, perfecto y horriblemente hermoso.

Me daban escalofríos. No por su crueldad, sino por su ausencia total de desorden.

Recordé las noches de guardia en la Academia Ares, cuando Matt me juraba que los Argentum no tenían sangre, sino nitrógeno líquido. 'Cuando se te acerquen, Kael, notarás que la temperatura a tu alrededor baja quince grados', decía Matt con esa seriedad alemana suya antes de soltar una carcajada y apostar su ración de cena. Ahora, en el corazón de su flota, no me reía. Matt se había quedado corto; el frío que desprendían no era solo térmico, era un aviso biológico de que aquí, el calor humano era una anomalía.

Visualicé al Comandante Argentum que me había recibido en la pasarela. No eran criaturas que se dejaran ver con facilidad; había algo en su especie, una reserva casi sagrada sobre su propia anatomía, que obligaba a la imaginación humana a rellenar los huecos de la peor manera posible. Su mandíbula era un ángulo de hueso y metal biológico, una estructura diseñada para resistir presiones que aplastarían un cráneo humano sin el menor esfuerzo.

Lo poco que había quedado expuesto a mi vista era su cuello, donde la protección de la armadura cedía el paso a una especie de capucha corta, una membrana de tejido reforzado que nacía de sus potentes trapecios para proteger la yugular. Allí, la piel se revelaba tal cual era: densa, rugosa, de un tono oscuro que absorbía la luz, escondida bajo el brillo artificial de las placas de plata que recubrían el resto de su cuerpo como una segunda piel infranqueable. Era una textura que hablaba de una resistencia biológica evolutiva, de siglos de adaptación a entornos hostiles donde la piel blanda y húmeda de un humano no habría durado un segundo.

Y luego estaban sus ojos. Profundos, rapaces, brillando con una inteligencia fría y cenicienta que parecía procesar mis debilidades, mi ritmo cardíaco y mi capacidad de respuesta antes incluso de que yo pudiera abrir la boca para saludar.

Sus rostros estaban marcados por vetas de un azul tan intenso que, en la penumbra minimalista de la nave, se volvía negro, como ríos de tinta eléctrica fluyendo bajo la superficie de plata.

Eran gigantes. Todos superaban los dos metros, con una constitución muscular explosiva que desafiaba la estética humana: hombros anchos como los de un titán que descendían hacia una cintura fina, casi aerodinámica, diseñada para el movimiento rápido y compensada con huesos de cadera prominentes y anchos. Su nariz era apenas una hendidura plana, fundida en el rostro para no ofrecer puntos débiles, y cuando abrían la boca de labios finos, revelaban una hilera de dientes afilados como agujas, listos para desgarrar. Siempre llevaban las manos enguantadas, ocultando garras de cuatro dedos que hacían que cada uno de sus gestos, por muy diplomático que fuera, pareciera una amenaza contenida.

Me senté en el borde de la litera —una superficie lisa que se adaptaba a mi peso con una eficiencia inquietante—, sintiendo el frío de la nave filtrarse en mis huesos. Estaba rodeado de la mejor combinación de belleza y muerte que la galaxia había parido.

Sin embargo, eche de menos los bandazos de Sora al entrar en la atmósfera y el olor a café quemado que siempre inundaba su cabina. Él decía que un piloto que no siente la nave en los huesos es solo un pasajero con suerte; me pregunté qué diría de este silencio absoluto, de esta navegación que no dejaba ni un solo rastro de vibración en el asiento.

Extrañaba su humor afilado, ese estilo japonés tan contenido que te soltaba una frase lapidaria justo cuando creías que no estaba prestando atención. Pero, sobre todo, eché de menos su forma de romper el protocolo. En las largas guardias, cuando la nave entraba en suspensión automática para el descanso del piloto, Sora siempre encontraba una forma extraña de sacarme de mi ensimismamiento.

Podía aparecer con un juego de cartas holográficas trucado o contar un chiste absurdo sobre los ingenieros de la Unión con una cara tan seria que me obligaba a reír solo por la confusión. Sora era el ruido necesario en mi sistema; aquí, sin él, el silencio se sentía como una advertencia.


—Solo es una alianza, Kael —me dije a mí mismo en un susurro que apenas alteró la acústica perfecta de la habitación. Mi voz sonó pequeña, casi patética, en la inmensidad de aquel acorazado que parecía una catedral dedicada al vacío.— Solo son tácticas militares. Geopolítica de alto nivel. Nada más.


Pero las palabras no lograban calmar la inquietud que me subía por la nuca. Me preguntaba si los Argentum eran capaces de sentir algo parecido a la preocupación, o si su biología simplemente no contemplaba el concepto de "nerviosismo".

Al caminar por los pasillos, me había cruzado con varios de ellos y la sensación era siempre la misma: una guardia alta, gélida y absoluta. No sabía si era su estado natural o si la presencia de un "bárbaro" humano a bordo los obligaba a mantener sus garras listas bajo los guantes de plata. Había xenofobia en el aire, una forma de desprecio refinado que no necesitaba palabras; bastaba con la forma en que desviaban sus ojos rapaces cuando yo pasaba, como si mi mera existencia fuera un error de cálculo.

Mientras miraba la puerta sellada de mis aposentos, no pude evitar pensar en Mara. Ella estaba a salvo en la Luna, a miles de años luz de esta frialdad metálica, rodeada de humanos, estudiando y soñando con una paz que aquí arriba parecía una fantasía infantil. Al menos uno de los dos Sterling podía dormir sin soñar con garras de plata y ojos que parecían no parpadear nunca.

Un pitido agudo y persistente, una frecuencia que cortaba el silencio como un bisturí, fracturó mis pensamientos. El InterPuls  en mi antebrazo derecho proyectó una luz ámbar parpadeante: una notificación de prioridad desde la Base Selene.

Suspiré, cerrando los ojos un instante mientras el cansancio me pesaba en los párpados. Las noticias de la Luna rara vez eran buenas cuando involucraban a mi hermana.

Abrí el archivo y el informe de sanción se desplegó en el aire, con letras rojas que parpadeaban con una urgencia acusadora. 

Descontrol de Nemu. Daños materiales de grado tres. Agresión a un cadete.



—Maldita sea, Mara —susurré, frotándome las sienes con fuerza. ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil con ella?


Activé la llamada de larga distancia, un enlace cuántico que costaba más créditos de los que un civil vería en su vida. Mientras la señal cruzaba el vacío insondable entre el acorazado Argentum y la Luna, una imagen mental de ella se formó en mi mente, tan nítida que me dolió el pecho.

Mara era como contemplar el reflejo vivo de nuestro padre. Tenía ese mismo cabello cobrizo, un incendio de hebras que parecía atrapar la luz incluso en la penumbra, y una piel pálida que contrastaba con unos ojos avellana capaces de pasar de la dulzura más absoluta a la tormenta más feroz en un segundo. Su rostro era ovalado, de facciones finas y delicadas, y siempre llevaba el cabello recogido en un moño desordenado, una batalla perdida de la que siempre escapaban mechones rebeldes que ella se apartaba con una impaciencia característica.

Ella nunca lo conoció. Él murió en el espacio profundo mucho antes de que la humanidad fuera siquiera un susurro reconocido por el Velo, antes de que los Argentum decidieran que podíamos ser útiles. Cayó defendiendo una colonia agrícola aislada bajo el ataque de los Ur-Grak, una de esas razas bestiales que la galaxia prefería mantener ocultas en sus rincones más oscuros para no asustar a los diplomáticos de Pangea.

Aún sentía un escalofrío al recordar las grabaciones clasificadas: eran moles enormes de cuatro brazos, auténticos tanques biológicos. Poseían dos extremidades principales de una fuerza bruta aterradora, capaces de doblar acero, y un par más pequeño en el pecho para manipular herramientas con una precisión quirúrgica que resultaba grotesca en seres tan masivos.

Su piel era un exoesqueleto de placas superpuestas de color ocre y óxido, una armadura natural que los hacía casi imparables ante el armamento convencional. Pero lo peor, lo que poblaba las pesadillas de los supervivientes, era su cuerno frontal hueco; un resonador sónico capaz de emitir bramidos de baja frecuencia que desorientaban los sentidos, reventaban cristales y hacían sangrar los oídos antes de que sus cuatro ojos rojos fijaran su objetivo final.

Los Ur-Grak nos odiaban con una furia ancestral; nos veían como una plaga advenediza que les había robado el puesto y el reconocimiento en Pangea Stellarix.

Mi padre murió entre el polvo y los bramidos de esos monstruos para que nosotros tuviéramos un futuro fuera del barro.

Daniel había intentado evitarnos ese destino. Aún recordaba la calidez de sus manos grandes rodeando las mías cuando apenas tenía diez años; recordaba su piel oscura, profunda como el ébano, y esa sonrisa brillante que de niño me parecía el fenómeno más maravilloso del universo.

Tras el entierro de mi padre, su mejor amigo se enfrentó a la burocracia del Gobierno de la Unión para adoptarnos, para darnos un hogar que no oliera a desinfectante militar. Pero la Unión no regala la supervivencia. Nos negaron el derecho a ser sus hijos alegando que éramos "activos de alto potencial" y nos marcaron con el Gravamen de Sangre antes de que Mara aprendiera siquiera a multiplicar.

Él nunca se rindió. Esperó en las sombras de cada uno de nuestros internados, enviando mensajes que el reglamento prohibía, hasta que mi graduación en la Academia Ares me permitió, por fin, tener a Mara bajo mi cuidado legal. Daniel era nuestro verdadero norte, el único que no nos veía como armas, sino como los hijos de su hermano de armas.

Y ahora ella estaba desperdiciando ese sacrificio en una pista de atletismo lunar, acumulando sanciones por no saber —o no querer— contener el Nemu que la Unión le había dado a cambio de su libertad.

La conexión del Puls finalmente se estabilizó tras un breve baile de estática. La imagen holográfica de Mara apareció frente a mí, pequeña, azulada y vibrante. Se veía agotada, con el rostro cubierto de sudor y los mechones de pelo cobrizo pegados a la frente por el esfuerzo físico de las vueltas.

La vi allí, tan parecida a nuestro padre, y por un microsegundo el Legado de enlace desapareció; solo quería atravesar el vacío y apartarle ese mechón de pelo de la cara, pero entonces recordé la sanción y recuperé la voz de mando


—¿Otra vez, Mara? —dije, tratando de que mi voz no sonara tan severa como el protocolo militar exigía, pero fallando en el intento.— Me acaban de llegar los informes de Selene. ¿Qué demonios ha pasado esta vez?


***************


Mara

El mundo a mi alrededor era un desierto de dunas grisáceas hasta que el Puls en mi muñeca empezó a vibrar. La luz ámbar quemó mi piel sudada, proyectando un resplandor de advertencia que conocía demasiado bien.

El dispositivo vaciló, reintentando la conexión a través de los repetidores cuánticos que unían las profundidades del espacio con la Luna, hasta que finalmente la señal se estabilizó en un estallido de píxeles azulados.

Incluso a través de la baja resolución del holograma, pude ver el reflejo de nuestra madre en él. Kaelen era todo suavidad castaña y unos ojos grises que recordaban a las tormentas de la Tierra antes de que el cielo se volviera una ruta comercial. Antes de hablar, hizo un ligero tic con la comisura de los labios, un gesto idéntico al que hacía ella cuando intentaba ocultar que el mundo se estaba desmoronando a su alrededor.

Me dolió verlo.

Nuestra madre nos había dejado cuando yo tenía apenas 5 años, consumida por una enfermedad pulmonar que la Unión no quiso o no pudo frenar porque las viudas no eran rentables en el presupuesto médico de aquel año.

Desde entonces, solo nos teníamos el uno al otro. Éramos dos piezas de un puzzle roto en el orfanato, donde Kaelen aprendió a pelear por mi ración de comida y a vigilar mi sueño en barracones que olían a humedad y miedo. Allí nació su instinto de protección, una armadura invisible que se había vuelto más pesada con cada galón que ganaba en el ejército.

Éramos la propiedad de la Unión. Nos habían criado, nos habían alimentado con raciones sintéticas y ahora nos pasaban la factura con intereses de sangre.


—¿Otra vez, Mara? —su voz llegó con el leve retraso del espacio profundo, cargada de una fatiga que ninguna medalla podía ocultar.— Me acaban de llegar los informes de Selene. ¿Qué ha pasado?


Me detuve en seco, apoyando las manos en mis rodillas, con el pecho subiendo y bajando con una violencia que hacía que el aire reciclado me supiera a hierro.

—Pasó que el espacio no es azul, Kael —susurré, mirando la Tierra sobre su hombro holográfico.— Pasó que el Nemu que me metieron en las venas no quiere ser una ola tranquila. Es un pozo de brea que me odia tanto como yo a él. No es energía, es rabia líquida.


Él suspiró y se frotó los ojos, un gesto que lo despojaba por un segundo de su rango de oficial. Ser huérfano en este universo significaba nacer con una deuda grabada en el código genético. Para los "afortunados" compatibles como nosotros, no existía el retiro, ni las vacaciones, ni los estudios civiles por placer. El ejército era el único camino para pagar el Gravamen de Sangre por haber sobrevivido al hambre.

Kaelen ya estaba en la cima, sirviendo de puente con los Argentum, pero yo seguía atrapada en esta roca, esperando a cumplir los veinticinco para que las Vessarys decidieran si mi vida tenía utilidad táctica o si era un desperdicio biológico.

Por primera vez en mi vida, deseaba con toda mi alma ser basura espacial. Los restos que nadie reclama; chatarra fría flotando en el vacío, libre de deudas y de expectativas.

Apenas terminé de formular el pensamiento, el Nemu me dio un coletazo de dolor en la base del cráneo, una descarga eléctrica y agria que me hizo apretar los dientes. Era como si la energía en mi interior se ofendiera por mi propia debilidad, recordándome con ese latido punzante que yo no era basura, sino una inversión de la Unión. Una herramienta que no tenía permiso para rendirse


—Miller está en la enfermería, Mara —continuó él, endureciendo la voz.— El instructor dice que no fue una técnica de resonancia. Fue un estallido. Sabes que no puedo protegerte como hacía en el orfanato si sigues...


—¿Si sigo siendo yo? —le interrumpí, sintiendo una punzada de amargura.— No me protejas, Kael. No quiero que me salves más. Deja que me vean como una pieza defectuosa y me devuelvan a la Tierra. O mejor, envíame a Pangea Stellarix a estudiar leyes, donde el único poder que importe sea el de la palabra y no el de cuántos vatios puede escupir mi médula.


Hubo un silencio largo y denso. Detrás de él, en la penumbra del acorazado, las sombras de los Argentum se movían como espectros de plata, recordándome que mi hermano estaba solo en un nido de depredadores para que yo pudiera tener una cama en la Luna.


—No es tan fácil, Minion —dijo finalmente, y por un segundo, sus ojos grises se suavizaron con la misma ternura con la que me contaba cuentos en la litera de abajo cuando éramos niños.— El Velo nos observa a través de ti. Eres una Sterling, y eso significa que tus errores se miden en una escala distinta. Intenta aguantar. Solo... intenta no quemar la Academia antes de que yo regrese.


La conexión se cortó con un chasquido estático. El holograma desapareció, dejándome de nuevo sola frente a la Tierra, esa joya azul que nos había dado la vida pero que ahora nos pedía el alma como moneda de cambio.

Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano, ajusté el moño de mi pelo cobrizo y me obligué a recuperar el trote. Mis botas volvieron a golpear el regolito, levantando el polvo de los muertos.


Vuelta número seis.


Un paso más cerca de los veinticinco.

Un paso más cerca de saber si algún día sería la dueña de mis palabras o simplemente un arma con nombre de mujer.

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