Veneno En La Boca by Nolee Wayland at Inkitt
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Veneno en la boca

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Summary

Para el mundo exterior, soy el privilegiado heredero del imperio Bustamante. Para mi padre, solo soy una propiedad más que controlar a base de órdenes, sonrisas falsas y cadenas invisibles. Escapar de esa jaula con Rafa —el único que nunca me ha traicionado, aunque yo nunca le haya dado más que deseo— era mi único plan para sobrevivir. Pero la libertad fuera de la mansión tiene un precio que no vi venir. Al pisar la ciudad, caigo directo en las garras de Mario: el rival más despiadado de mi familia y dueño del inframundo nocturno. Un hombre acostumbrado a mandar, que choca de frente con mi negativa a dejarme pisar por nadie más. Mario no quiere destruirme; quiere arrebatarle a mi padre lo que más le importa. Pero en un mundo de alianzas peligrosas, lealtades cruzadas y secretos de los que depende la vida de los que quiero, besar al enemigo puede ser la tentación más mortal.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El prisionero

Mi padre, sentado en su silla de cuero marrón detrás de la mesa de caoba, me mira de arriba abajo. Sus ojos grises se cierran lo justo, las comisuras de sus labios se tuercen hacia abajo mientras evalúa la camiseta de Piolín y los vaqueros que llevo puestos. Me importa una mierda que la mire. Que él lleve un traje gris oscuro y yo parezca un crío. Hace tiempo que dejó de importarme lo que piense este hombre.

—¿Qué haces vestido así? —gruñe entre dientes, el ceño fruncido—. Ve a ponerte un traje. Y no me hagas repetir.

—No me gustan los trajes —espeto sin apartar la mirada de él—. Nunca me han gustado. Pero seguro que tú no te acuerdas.

Cruzo las puertas de su despacho de paredes revestidas de paneles de roble oscuro, pulidos hasta un brillo sutil que transmite seriedad y distinción. El punto focal de la habitación es un imponente escritorio de caoba maciza, grande y sin adornos, a excepción de un portarretratos con la foto de la amante de mi padre. Huele a madera vieja y a su colonia de siempre. El mismo olor que me ha acompañado toda la vida. El olor que me ha recordado que yo nunca he sido nada aquí.

La ira se acumula en el rostro de mi padre. Golpea la mesa con fuerza. Me esperaba esa reacción, así que yo no muestro ninguna y eso lo descoloca.

—¿Te atreves a levantarme la voz y a cuestionarme? —dice mi padre mientras gesticula con una mano—. Menuda clase de hijo. Yo no te eduqué para que fueras así.

Sus palabras ya no me hacen daño. Son vacías, huecas a mis oídos.

—¿Así cómo? —digo a la vez que avanzo hacia él—. Ah, no quieres que sea como mi madre.

Mi padre se levanta y pone las manos en la mesa.

—No nombres a esa zorra aquí —grita abriendo mucho sus ojos grises y enfatizando la palabra «zorra».

Siempre encuentra una manera de insultar a mi madre y eso me revuelve las entrañas. No voy a permitir que rebaje a la mujer que me dio la vida. A la mujer que me ha cuidado en la distancia, la que me ha dado el amor que él nunca me ha mostrado. Me acerco a la mesa de mi padre y lo encaro.

—No te atrevas a insultarla.

Mi padre me agarra de la camiseta y me tira hacia él. Puedo oler su apestoso aliento a puro y ron.

—Debiste haber muerto con ella aquel día —escupe entre dientes. Sus ojos encendidos en fuego.

—Qué lástima que no lo hice, ¿eh? —Sonrío de medio lado.

Mi padre suspira con exasperación. Me suelta y me alejo de él.

—Ve a ponerte ese maldito traje ahora mismo. Ya es la segunda vez que lo digo, que no sea una tercera.

—No tengo por qué seguir tus órdenes.

Mi padre rodea la mesa. Mira a sus hombres. El aire se espesa.

—Tú —señala a uno de sus hombres, corpulento y con el cabello castaño sobre los ojos— y tú —apunta a otro más delgado y con el pelo recogido en una coleta baja—. Quitadle la ropa y sujetadlo bien —dice a la vez que empieza a desabrochar su cinturón. Desde que era pequeño ha usado la violencia conmigo para que respete sus órdenes, algo que nunca he hecho.

Rafa, mi única compañía en esta casa, se pone delante de mí. Su ancha espalda bloquea mi vista.

—Jefe, no tiene por qué llegar a estos extremos. Yo haré que se ponga un traje.

No veo su cara, pero oigo su voz. Firme. Controlada. Sin un solo temblor. Es el Rafa profesional. El hijo del sucesor de la mano derecha de mi padre. El que obedece. El leal.

Cierro las manos en puños. Me muevo lo que los hombres de mis padres me permiten, pero me anclan otra vez a mi sitio. No digo nada para no poner a Rafa en más problemas, pero me arde la lengua por decirle que se calle y que ese viejo me pegue como siempre.

—¿Te atreves a cuestionarme tú también? —espeta mi padre a Rafa.

—Jefe, no era mi intención. —Rafa agacha la cabeza.

Mi padre se queda pensativo; su mente retorcida está tramando algo.

—Cinco minutos. —Una sonrisa cruel baila en sus labios—. Si no consigues que se ponga un traje, haré que tú castigues a mi hijo.

No puedo ver la expresión de Rafa, pero sus hombros se elevan y aprieta los puños. Él nunca me haría daño, de eso estoy seguro.

Aunque me duele en el alma que me imponga obedecer a este maldito viejo, comprendo que Rafa está tan atrapado en esta situación como yo. Con un nudo en la garganta y el corazón pesado, salgo del despacho. Recorro los largos y anchos pasillos a grandes zancadas, mis playeras resonando contra el suelo de mármol como un eco de mi frustración.

Escucho los pasos de Rafa detrás de mí, un recordatorio constante de su presencia protectora, incluso en este momento de tensión. Su cercanía me reconforta y me irrita a partes iguales.

Cuando llego a mi cuarto, decorado al gusto de mi padre, me detengo en seco. La habitación es un recordatorio más de mi falta de control sobre mi propia vida. De que aquí solo soy un prisionero. Los muebles de madera antiguos, tallados con intrincados diseños, parecen burlarse de mí con su opulencia. La imponente cama con dosel domina el espacio, sus cortinas de seda susurrando secretos de una época pasada. Las paredes tapizadas con un delicado papel de seda color crema con motivos florales en oro, reflejan la luz de la lámpara.

Me dirijo hacia el gran ventanal y lo abro de par en par, desesperado por un soplo de aire fresco. La brisa nocturna acaricia mi rostro, trayendo consigo el aroma de los jazmines del jardín. Respiro profundamente, intentando calmar el torbellino de emociones que me consume.

Siento la presencia de Rafa en el umbral de la puerta. No necesito girarme para saber que está ahí, observándome en silencio, probablemente debatiéndose entre el deber y sus sentimientos.

—Cierra la puerta —le digo con voz queda, sin voltear a verlo. Escucho el suave clic de la cerradura y sus pasos acercándose con cautela.

—Nico —susurra.

Cierro la ventana de golpe y me encuentro con su reflejo en el cristal. El traje negro se ajusta a su cuerpo como una segunda piel, realzando su figura esbelta con una elegancia sobria. Su cabello castaño oscuro, peinado hacia atrás con precisión, le da un aire de seriedad. Sin embargo, su rostro, aunque aparentemente sereno, deja entrever una tristeza que lucha por permanecer oculta. Sus ojos marrones, fijos en los míos verdes, delatan un dolor silencioso que intenta disimular, pero que se asoma inevitablemente en su mirada.

Me volteo hacia él, muy serio.

—¿Por qué? —espeto mientras me acerco a él.

—Deberías ponerte un traje, no quiero ser el que te castigue —responde con un deje de dolor en su voz. Uno que ignoro.

—¡Debería dejar que me castigues! —grito—. ¡Así no decidirías por mí, joder!

Rafa se acerca con pasos suaves. Sus ojos, cargados de una ternura que me sobrepasa, no se apartan de los míos. Toma mi rostro entre sus manos y me acaricia las mejillas con los pulgares. El contacto me provoca un escalofrío inmediato; mi cuerpo reacciona a su cercanía como siempre lo hace: buscando el calor, la descarga, la distracción.

Nos miramos en silencio. En su mirada hay demasiado: miedo, esperanza y ese afecto profundo que yo no sé ni quiero corresponder.

Lentamente, acerca sus labios. Siento su aliento cálido contra mi piel. No hay romanticismo en mi pecho, solo la impaciencia del deseo acumulado tras un día infernal. Necesito borrar las órdenes de mi padre, y la piel de Rafa es mi mejor anestesia.

—¿Puedo? —susurra contra mi boca. Su voz suena ronca, pero hay una grieta en su tono. Una nota de derrota, como si supiera de antemano que para mí esto solo es un escape.

—Rafa, no preguntes. Solo hazlo —le exijo, tirando de él sin miramientos.

Ropa, fricción, calor. Apoya su boca en la mía con una delicadeza que me desespera; yo no quiero delicadeza, quiero intensidad. Abro los labios y fuerzo el contacto, buscando la invasión de su lengua. Mis manos se aferran a su cintura con brusquedad, arrastrándolo hacia mí para anular el espacio.

Deslizo las manos bajo su chaqueta, buscando ansioso la piel de su espalda. Su tacto me enciende, como siempre. La atracción física está ahí, eléctrica y adictiva. Necesito más de él. Siempre necesito usar su cuerpo para apagar mi cabeza.

Sin embargo, Rafa rompe el beso y se echa hacia atrás. Siempre lo hace justo cuando la línea amenaza con cruzarse.

Se queda a centímetros de mí, respirando agitado. En sus ojos veo el deseo atrapado contra el deber... y esa sombra constante de tristeza. La mirada de un hombre que se conforma con darme la piel porque sabe que jamás le daré el corazón.

—Solo tenemos cinco minutos, no podemos ir más lejos —susurra.

—¿Por qué? Nunca quieres ir más lejos, aunque sabes que te deseo, Rafa.

—Tengo mis razones —me contesta secamente.

Pero sus ojos lo dicen todo: porque esto no es real para ti.

La frustración y el deseo se pelean en mi mente, mientras que en la mirada de Rafa la lucha es entre el deber y el querer.

—Eres un idiota —digo, dándome la vuelta. Camino hacia el armario y lo abro de un tirón—. Voy a ponerme el maldito traje que mi padre me exigió. —Giro la cabeza sobre el hombro para mirarlo, dejando que una sonrisa pícara baile en mis labios—. O qué, ¿en realidad prefieres castigarme?

Rafa se tensa por un segundo, sorprendido por la provocación.

—Nunca te haría daño, Nico. Por eso te pido que aguantes un poco más. Te sacaré de aquí.

—Una mierda aguanto más, esta noche me piro.

Rafa abre la boca para replicar, pero se lo piensa. Su puño se aprieta y se abre en un gesto de absoluta impotencia. Finalmente, solo asiente.

—Esta noche —repite en un murmullo, como si intentara convencerse a sí mismo—. Te sacaré de aquí.

Sale de la habitación y cierra la puerta tras de sí. Al quedarme a solas, no puedo evitar pensar en la forma en que me ha mirado antes de irse.

Como si estuviera despidiéndose de algo que nunca llegó a tener.

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