Sinnar: La Heredera del Exilio
Era el año 1320. En un pequeño pueblo donde la paz no existía, la gente intentaba sobrevivir ocultándose de las guerras que devastaban las tierras cercanas. Aun así, aquel rincón, bien escondido entre montañas y bosques, seguía con vida. Sus habitantes se ganaban el sustento como podían, aferrándose a la esperanza de que algún día el horror terminara.
A la orilla de un tranquilo lago se encontraba Sinnar, una mujer marcada por las guerras de su pasado. Su cuerpo estaba cubierto de cicatrices que contaban historias que nadie se atrevía a preguntar. Había sido una guerrera y, en algún momento de su vida, lo había perdido todo.
Mientras meditaba frente al hermoso atardecer, un grupo de niños corría por las calles del pueblo. Acababan de robarle unas manzanas a un vendedor y, entre risas, se dirigieron hacia donde estaba Sinnar.
Ella abrió lentamente uno de sus ojos y esbozó una leve sonrisa.
—¡Sinnar! ¡Sinnar! —gritaron los pequeños mientras corrían hacia ella.
—¿Qué travesura hicieron ahora? —preguntó con una sonrisa, mientras les acariciaba la cabeza.
En ese momento apareció el vendedor, corriendo y gritando con todas sus fuerzas.
—¡Vuelvan aquí, niños ladrones! ¡Esas frutas no son de ustedes!
Sinnar miró con seriedad a los niños, como si estuviera a punto de reprenderlos. Ellos bajaron la cabeza, pero alcanzaron a ver cómo ella les guiñaba discretamente un ojo.
Con un sencillo truco de magia, Sinnar hizo aparecer las manzanas “robadas” y se las entregó al vendedor. En realidad, no eran las que los niños habían tomado, sino otras que el comerciante ya llevaba entre sus mercancías, de modo que este creyó haber recuperado toda su fruta.
Satisfecho, el vendedor siguió su camino sin sospechar nada.
Cuando ya estaba lo bastante lejos, uno de los niños sonrió y dijo:
—Muchas gracias, Sinnar. De no ser por ti, no habríamos disfrutado de estas manzanas.
Sinnar suspiró antes de responder.
—Entiendo que tengan necesidad, pero robar nunca está bien. No deben tomar lo que no les pertenece. Hoy tuvieron suerte... En otros lugares, por algo así, podrían haberles cortado los dedos.
Los niños bajaron la mirada y se disculparon.
Sinnar soltó una pequeña risa.
—Ja, ja... No se preocupen. Ahora será mejor que nos vayamos antes de que ese vendedor descubra que todavía le faltan dos manzanas.
Los niños estallaron en carcajadas y salieron corriendo.
Poco a poco, la noche cayó sobre el pueblo.
Sinnar regresó a su humilde morada. Había una tristeza silenciosa en su mirada. Se sentó junto a una pared agrietada y, a través de un pequeño agujero, contempló la luna que iluminaba el cielo.
Con una rama seca comenzó a dibujar sobre la tierra las iniciales de su padre y de su madre, perdiéndose en recuerdos que solo ella conocía.
A la mañana siguiente, Sinnar conversaba con varios comerciantes en la plaza del pueblo. Sobre un pequeño paño de cuero exhibía unos extraños cristales azulados, pulidos por la naturaleza. Al contacto con la piel desprendían un tenue resplandor y un delicado aroma a hierbas silvestres.
Los vendedores intercambiaron miradas y uno de ellos sonrió con picardía.
—Esos cristales no tienen mucho valor. Apenas sirven como adornos. Te daré unas pocas monedas.
Sinnar los observó en silencio y respondió con tranquilidad.
—Entonces llevaré estos cristales sin valor a personas que realmente sepan apreciarlos. Estoy segura de que encontraremos un precio justo para ambas partes.
Los comerciantes se inquietaron. Uno de ellos, temiendo perder la oportunidad, levantó la voz.
—Muy bien, muy bien... ¿Cuánto pides?
Sinnar tomó uno de los cristales y lo sostuvo entre sus dedos.
—Estos minerales fueron extraídos de galerías enterradas bajo miles de metros de roca. La presión y la oscuridad transformaron su estructura durante siglos. En el mercado negro podría pedir unas seiscientas rupias por su rareza. No son simples piedras; un verdadero coleccionista pagaría un precio razonable por ellas.
Uno de los vendedores tomó uno de los cristales. Al sentir el calor de su mano, este comenzó a brillar con más intensidad y desprendió un suave aroma a hierbas frescas.
—Te daremos trescientas rupias.
—Quinientas —respondió Sinnar sin dudar.
—Trescientas cincuenta.
—Cuatrocientas cincuenta.
—Cuatrocientas.
Sinnar entrecerró los ojos, guardó silencio durante unos segundos y finalmente extendió la mano.
—Trato. Es un placer hacer negocios con ustedes, caballeros.
Después de vender los cristales, Sinnar recorrió el pueblo. Compró algo de ropa, provisiones y alimentos. Cuando terminaba sus compras, un silbido descendió desde lo alto de una roca.
Sin siquiera mirar hacia arriba, sacó doscientas veinte rupias y las dejó sobre una piedra.
—Galear... sigue trabajando en esos cristales. En algún momento dejarán de brillar y no serán más que simples piedras.
Desde la cima respondió una voz grave.
—Cuando llegue ese día, buscaremos otro oficio... y desapareceremos durante un tiempo, Sinnar.
La tarde fue cayendo lentamente, pero en el horizonte algo extraño se sentía en el aire.
Sinnar regresaba a su refugio cuando, de pronto, se detuvo. Alzó la vista y distinguió decenas de pequeños puntos rojos descendiendo desde el cielo.
No eran estrellas.
Eran flechas envueltas en fuego.
Un instante después comenzaron a impactar sobre los techos de paja y las chozas, envolviendo el pueblo en llamas.
Las campanas empezaron a sonar desesperadamente.
Los aldeanos corrían en todas direcciones mientras el humo cubría las calles. Los gritos de auxilio se mezclaban con el estruendo del fuego.
Entonces apareció la caballería.
Jinetes cubiertos con pesadas armaduras atravesaban el pueblo blandiendo espadas y escudos. Incluso sus caballos iban protegidos con placas de acero.
Sinnar quedó inmóvil.
Al reconocer los estandartes, un escalofrío recorrió su cuerpo.
—Los hombres de mi hermano...
Retrocedió lentamente y tomó una espada artesanal de madera que descansaba apoyada contra una pared. Sabía que era inútil frente a soldados de élite, pero no pensaba huir.
Entre las llamas y el humo apareció una figura imponente montando un enorme caballo negro.
Era Narahel.
Su hermano.
El líder del ejército que arrasaba aldeas acusadas de deshonrar al reino o de apoyar la resistencia.
Sinnar quedó paralizada al verlo.
Antes de poder reaccionar, uno de los caballos la embistió con violencia.
Su cuerpo salió despedido y golpeó contra unas rocas.
Todo comenzó a oscurecerse.
Mientras perdía el conocimiento, alcanzó a ver cómo Narahel, sin haberla reconocido, continuaba avanzando con su ejército hasta desaparecer entre el humo y las llamas.








