Capítulo 1
Algo que no sabía que tenía
Hay días en los que me despierto y no recuerdo para qué.
No es que quiera morirme. Dios, no. He visto suficientes películas de Lifetime para saber que esa frase suena a llamada de auxilio, y yo no necesito que nadie me salve. Solo necesito... no sé. Que alguien me explique por qué levantarme a las seis de la mañana para ir a una oficina que huele a café rancio y ambición reprimida sigue siendo mejor opción que quedarme bajo las sábanas contando las manchas de humedad en el techo.
Son once manchas. Las conté esta mañana.
Mi nombre es Laura Mendoza, tengo cuarenta y dos años, y soy agente publicitaria en una empresa donde mi juventud se fue pero mi puesto no. Eso último debería ser bueno, supongo. Estabilidad. Seguridad. Todas esas palabras que usan los adultos funcionales para justificar que sus sueños se murieron de forma natural, sin violencia, como si eso fuera consuelo.
El divorcio de Rodrigo fue hace tres años. No fue traumático. No hubo gritos, platos rotos, escándalos. Solo... desgaste. Dos personas que fueron amantes y terminaron siendo compañeros de cuarto que compartían una hija y el silencio. El divorcio más aburrido de la historia. Ni siquiera tengo una historia digna de contarle a mis amigas en una copa de vino. Solo firmamos papeles, nos repartimos los muebles, y cada uno siguió su camino hacia la nada.
Sofía, mi hija, tiene veintiún años. Está en la universidad. Vive la vida que yo no pude tener: fiestas, amigos que la quieren, un novio que la mira como si ella inventó el sol. Anoche llegó a casa a las tres de la mañana riendo, con el lápiz labial corrido y el perfume de cerveza barata en la ropa. Yo estaba en la cocina, tomando mi tercer té de manzanilla de la noche, y la escuché. No la regañe. ¿Para qué? Ella está viviendo. Yo ya viví. O eso me digo.
Lo peor no es la soledad. La soledad es silenciosa, paciente, se sienta en el sofá contigo y no te juzga. Lo peor es la frustración. Esa sensación de que tu cuerpo sigue ahí, con su piel y su calor y sus ganas, pero no hay nadie a quien ofrecérselo. Ni siquiera a ti misma.
Porque masturbarte a los cuarenta y dos no es un acto de placer, es un acto de mantenimiento. Como cambiar el aceite del coche. Lo haces porque si no, algo se rompe.
Y entonces, esta mañana, Martín —mi jefe, un hombre que sonríe con los dientes pero no con los ojos— me dijo que tenía una “gran oportunidad”.
—Laura, la empresa quiere que seas mentora de una pasante. Es del programa de la universidad. Muy prometedora.
Mentora. Pasante. Universitaria
Quise tirarle el café en la cara. No porque sea una mala idea, sino porque yo era la que necesitaba ser mentorada. Yo era la que necesitaba que alguien me enseñara cómo volver a sentir algo. Pero en lugar de eso, me dieron una carga más. Otra persona a la que cuidar, guiar, contener. Como si no hubiera hecho eso toda mi vida.
—¿Cuándo empieza? —pregunté, y mi voz sonó tan plana que ni yo me reconocí.
—Hoy. A las diez.
La vi antes de que ella me viera.
Estaba en la sala de reuniones, junto a la ventana, con la luz de octubre derramándose sobre ella como si el sol tuviera favoritos. Llevaba un suéter de rayas —amarillas y negras, como una abeja— y unos lentes que le quedaban un poco grandes, como si se los hubiera prestado alguien más listo. Su cabello era rubio, recogido en un moño desordenado que dejaba escapar mechones rebeldes. Parecía... joven. No solo en edad. Joven de verdad. De esa juventud que no sabe que es temporal.
Y entonces me miró.
No fue un momento cinematográfico. No hubo música de violines ni cámara lenta. Solo... ella giró la cabeza, sus ojos encontraron los míos, y algo dentro de mí —algo que creía muerto, o quizás nunca había existido— se despertó
.
Fue como encender una luz en una habitación que no sabía que tenía. Me miraba como si yo fuera interesante. Como si los cuarenta y dos años que cargaba no fueran una sentencia, sino... algo más.
—Señora Mendoza —dijo Martín detrás de mí, y casi salté—. Te presento a Valeria Castellanos. Valeria, Laura será tu mentora durante las próximas semanas.
Valeria sonrió. No fue una sonrisa de pasante nerviosa. Fue una sonrisa que llegó a sus ojos, que arrugó la esquina de su boca de una forma que me hizo querer saber qué la había hecho reír antes.
—Mucho gusto, señora Mendoza —dijo, y extendió la mano.
La tomé. Su piel estaba cálida, ligeramente húmeda, como si ella también estuviera nerviosa a pesar de la sonrisa. Y cuando nuestros dedos se tocaron, sentí algo que no debería haber sentido. Algo que no me correspondía sentir.
No lo ignoré.
—Llámame Laura —dije, y mi voz sonó más baja de lo que pretendía.
Valeria parpadeó. Una, dos veces. Y luego asintió, y su sonrisa cambió de forma. Se volvió más pequeña, más privada. Como si supiera algo que yo todavía no me atrevía a nombrar.
Valeria aprendió rápido. Demasiado rápido.
En dos horas, ya manejaba el software de diseño que a mí me había costado semanas dominar. En tres, había propuesto una idea para la campaña de un cliente que era... buena. No solo buena. Era mejor que lo que yo había estado trabajando durante días
.
—¿De dónde sacaste esto? —le pregunté, señalando su pantalla.
Se encogió de hombros, y un mechón rubio cayó sobre su frente. Quise apartárselo. No lo hice.
—Supongo que me gusta observar a la gente —dijo—. La publicidad no es vender productos, ¿verdad? Es vender emociones. Y las emociones... se ven en los ojos.
Me miró cuando dijo eso. Directamente a los ojos. Y yo, que llevo veinte años en este negocio aprendiendo a no ser transparente, sentí que ella me leía como si fuera un anuncio de descuento en el periódico.
Durante el resto del día, fingí profesionalidad. Le expliqué protocolos, le mostré archivos, le di consejos que ella ya no necesitaba. Pero cada vez que ella se inclinaba sobre mi hombro para ver algo en mi pantalla, cada vez que su cabello rozaba mi mejilla, cada vez que su mano se acercaba demasiado a la mía al señalar un detalle... yo sentía.
Cuando ella no veía, la miraba.
Y cuando ella sí me miraba, fingía que no lo hacía.
Pero lo hacía.
Llegué a casa a las ocho. La puerta estaba abierta —Sofía nunca cierra con llave, como si el peligro no existiera para la gente que aún cree que el mundo es amable— y escuché risas desde la entrada. No risas de amigas. Risas de dos personas que están haciendo algo que no deberían hacer en la sala de una madre que paga el alquiler.
Los encontré en el sofá. Sofía y Mateo, su novio de cuento de hadas, enredados como si el sofá fuera una isla desierta y yo no existiera. Su mano estaba debajo de su camiseta. La de ella, en su cabello. Se besaban con esa urgencia que solo tienen los jóvenes que creen que el tiempo es infinito.
—¡Ey! —grité, y los separé de un golpe en la cabeza a cada uno. No fuerte. Lo suficiente para que se dieran cuenta de que el mundo real existe—. ¡Dejen sus cochinadas a un lado! Hay habitaciones en esta casa.
Sofía se rio, sin vergüenza, y Mateo se puso colorado como un tomate. Son tan jóvenes que ni siquiera saben que deberían sentir vergüenza. Me pasaron de largo, riendo, rumbo a su habitación, y yo me quedé en la cocina con el eco de su felicidad resonando en mis huesos.
Abrí la nevera. Había sobras de ayer. Las calenté sin ganas. Subí a mi habitación con el plato en una mano y una cerveza en la otra —la primera en meses, pero hoy lo merecía.
Encendí la televisión. Puse una serie que no recuerdo cuál era. Algo con abogados, o médicos, o gente hermosa con problemas que no son reales. Miré la pantalla sin verla.
Y pensé en Valeria.
En su sonrisa. En su mano cálida. En la forma en que me miró cuando dijo que las emociones se ven en los ojos.
No debería estar pensando en ella. Tiene veintiún años, es la amiga de mi hija —o al menos podría serlo—, y es mi pasante. Soy su mentora. Soy la adulta. Soy la que debería saber mejor.
Pero mientras la serie seguía sonando de fondo, y la cerveza se volvía tibia en mis manos, y la oscuridad de mi habitación me envolvía como una promesa de silencio... cerré los ojos.
Y la vi.
No como la vi hoy, profesional, sonriente, joven.
La vi como la quería ver. Cerca. Tan cerca que podía sentir su aliento en mi cuello. Tan cerca que no había espacio para la razón.
Abrí los ojos de golpe. La serie seguía. Mi plato estaba frío. Mi cerveza, tibia.
Y yo... yo estaba viva de una forma que no recordaba.
Era peligroso. Era estúpido. Era todo lo que no debería ser.
Pero por primera vez en años, sentí algo que no era vacío.
Y eso, por alguna razón que no entendía, me asustó más que la muerte misma.








