Prólogo
La voz fresca del mar arrastró la espuma a los pies de la muchacha con una invitación. Sek’hara tiró su manto de dormir a la arena húmeda. Avanzó con pasos tranquilos, hasta que el sonido ondulante del vacío le tupió los oídos.
Una mano gigantesca atravesó el agua turbia desde el fondo del mar y le ofreció asiento sobre sus dedos. La subió con rapidez a los cielos. Sus pies se hundieron en las humeantes nubes blancas. El frío nocturno le llegó punzante a los pulmones.
El guardián de la familia pasó de largo a todo galope y apenas alcanzó a ver el manto blanco sobre la arena. Regresó, desmontó de un salto y se quitó las correas de cuero cruzadas sobre el pecho. Lanzó las espadas tras sí, sin quitar la mirada del agua tranquila, buscando de un lado a otro, hasta que la luna le hizo el favor de lanzar un destello casi imperceptible sobre la seda blanca del vestido. De un momento a otro ya estaba nadando hasta ella.
–¡Hara! –El agarre por las axilas la sacó a la superficie de un tirón.
–¡No! ¡Déjame, Kenso! ¡Suéltame! – gorgojó.
Un forcejeo violento interrumpió el vaivén de la marea hasta que el joven la hizo retroceder. Cuando el agua volvió al nivel de sus tobillos, él atrapó su cara enrojecida entre las manos y buscó sus ojos con desesperación. Ninguno de los dos pudo decir nada. Por un largo rato se quedaron allí de pie, desafiándose con miradas violentas mientras recuperaban el aliento.
–Esta no es la solución – el Guardián le gruñó entre dientes.
–Qué lástima. Por lo menos lo intenté – dijo ella con una sonrisa rota y lo besó.
Kenso se estremeció, confundido y agitado. Se echó atrás, pero Sek'hara siguió el ritmo de sus pasos y volvió a atraparle los labios. Continúo buscando que le devolviera el afecto, y por primera vez en mucho tiempo, el guerrero se dejó vencer. Atrapó su cintura en un abrazo desesperado.
–Esta no es la solución – repitió sin efecto alguno. Inspiró el aroma a aceites de su cabello mojado y no pudo detenerse, murmuró una frase en su idioma, mirándola a los ojos –Ue simstra.
El mar todavía los envolvía cuando cayeron, rindiéndose el uno al otro, justo en la orilla, donde había ido a parar el manto que cubría sus hombros. Y la luna los vio dilatarse y expandirse hasta hacerse un sólo ser.








