Cuando Lo Sentís by Sole Costa at Inkitt
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Cuando lo sentís

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Summary

Clara Moreno dedicó los últimos años de su vida a convertirse en la mujer que siempre quiso ser. Es docente, independiente y tiene una vida que, aunque no es perfecta, aprendió a sostener con sus propias manos. Después de dejar atrás a su familia, su pasado y todo aquello que alguna vez la definió, Clara está convencida de que no necesita nada más. Hasta que conoce a Bruno. Él aparece en su vida de la manera más inesperada y consigue hacer algo que nadie había logrado en mucho tiempo: hacerla sentir. Lo que Clara no sabe es que Bruno guarda un secreto capaz de cambiarlo todo. Porque Bruno no es simplemente el hombre que conoció en el momento menos indicado. Es el artista internacional del momento. Y mientras Clara se enamora del hombre que cree conocer, el mundo comienza a reclamar al hombre que él ha estado intentando dejar atrás. Entre una vida que construyó con esfuerzo, una fama que nunca pidió y un amor que ninguno de los dos esperaba encontrar, Clara tendrá que descubrir hasta dónde está dispuesta a llegar por alguien que quizá nunca pudo pertenecerle por completo. Porque hay personas que llegan para quedarse. Y otras que llegan para hacerte sentir algo que ya no podés olvidar. A veces, el amor no se piensa. No se planea. Simplemente lo sentís.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El aire del aula de la escuela nocturna estaba denso, impregnado de ese olor rancio a tiza vieja, desinfectante barato y el cansancio acumulado de treinta adultos que venían de cumplir jornadas laborales de ocho horas. Bajo el zumbido parpadeante de un tubo fluorescente que amenazaba con apagarse, Clara sentía el peso del día en los hombros, pero se obligaba a mantener la voz firme.

—La teoría sociológica no intenta explicar individuos aislados —dijo, mientras el trazo negro de su marcador chirriaba limpiamente contra el pizarrón—. Intenta explicar patrones de comportamiento dentro de una sociedad.

Nadie respondió. O casi nadie.

En la tercera fila, dos alumnas tenían las cabezas juntas, con los ojos clavados en un teléfono celular que intentaban camuflar de manera torpe entre carpetas desbordadas y cuadernos de espiral. Clara detuvo su marcha, cruzó los brazos sobre el pecho y exhaló un suspiro contenido, sintiendo esa mezcla tan docente de frustración y paciencia infinita.

—¿Hay algo más interesante que Durkheim ocurriendo en este momento?

Las chicas levantaron la vista sobresaltadas.

—Perdón, profe —balbuceó una—. Perdone.

Clara no se movió de su lugar. Manteniendo la distancia corporal, presionó con la mirada.

—¿Qué están haciendo?

Una de ellas, resignada pero empujada por la urgencia, levantó el celular mostrando una pantalla saturada de gráficos y un contador regresivo.

—Estamos intentando comprar entradas para un show y se agotan muy rápido. Es prácticamente imposible conseguir. Es que… Naro es de otro planeta —suspiró una de ellas.

—¡Naro es un asco! —exclamó un compañero desde el fondo, rompiendo la tensión del aula. El comentario provocó un estallido inmediato: aplausos y risas positivas del sector masculino, y miradas de profundo fastidio y abucheos por parte de las compañeras.

—¿Naro? —Su tono, limpio de prejuicios pero genuinamente ignorante, funcionó como un freno de mano para la discusión.

Varias alumnas se dieron vuelta en sus bancos de madera, mirándola como si acabara de confesar que la Tierra era plana.

—¿No sabe quién es?

Las expresiones de horror colectivo fueron tan exageradas, tan teatrales en su juventud, que Clara tuvo que morderse el interior de la mejilla para contener una sonrisa.

—Lamento decepcionarlas, pero no.

Un silencio escandalizado recorrió las tres filas del aula. Parecía que la ignorancia de la profesora era una ofensa a la cultura pop contemporánea. Las respuestas empezaron a llover desde distintos rincones, sobreponiéndose:

—Es el cantante más famoso del mundo.

—Todo el mundo lo escucha.

—Agotó tres estadios en menos de una hora. ¡Tres!

Clara volvió a su escritorio, pensando.

—Interesante.

Las alumnas más veteranas intercambiaron miradas de advertencia. En el código oculto de Clara, cuando la palabra interesante salía con ese matiz analítico, normalmente significaba que el descanso era historia y que estaban a punto de ponerse a trabajar en serio.

—A ver —continuó la profesora, dando un paso hacia el centro del aula—. ¿Qué acabas de decir?

—Que es el cantante más famoso del mundo —repitió la chica del celular.

—Nadia, ¿cómo sabés que es el más famoso del mundo?

La alumna dudó, buscando apoyo visual en sus amigas, pero solo encontró ojos curiosos.

—Porque… bueno… todo el mundo lo conoce.

—¿Todo el mundo? Yo no.

—Es una forma de decir, profe.

—Exactamente.

Clara sonrió, sintiendo el chispazo eléctrico de la docencia cuando un concepto abstracto finalmente encaja en la realidad. Se dio vuelta hacia el pizarrón.

—La sociología se interesa mucho por esas expresiones. Cuando decimos “todo el mundo”, generalmente queremos decir “la gente que me rodea”, nuestro pequeño recorte de la realidad. —Se plantó frente a ellos, barriendo el aula con los ojos—. ¿Cuántos acá conocen a Naro?

Casi todas las manos, y un par de los varones rezagados, se elevaron en el aire como resortes.

—Bien. ¿Y cuántas personas acá conocen el nombre de quien ganó el último Premio Nobel de Economía?

Las manos cayeron en seco. Nadie se movió. El silencio regresó, pero esta vez era un silencio de introspección. Clara no pudo evitar que una pequeña mueca de triunfo se le dibujara en el rostro.

—Perfecto —dijo.

Varias alumnas se rieron, captando la trampa pedagógica.

—Entonces, bajo esa lógica, ¿quién es más importante? ¿Naro o la persona que ganó el Nobel?

—Naro —respondió una alumna desde la primera fila, sin pestañear y con una honestidad desarmante.

La clase estalló en una carcajada limpia y generalizada. Clara asintió, disfrutando del debate.

—Gracias por tu honestidad.

Se dio vuelta y, con trazos firmes y en mayúsculas, escribió dos palabras que dividieron el pizarrón en dos hemisferios conceptuales:

FAMA

PRESTIGIO

—La fama y el prestigio no son necesariamente lo mismo —explicó, girándose para enfrentar a su audiencia, que ahora la escuchaba con una atención inaudita—. Una persona puede ser conocida por millones de individuos a través de un algoritmo, y otra puede ser extremadamente influyente para el destino económico de esos mismos millones sin que casi nadie reconozca su cara en la calle.

Los rostros enrojecidos de las nueve de la noche se habían transformado. Clara vio ojos abiertos, biromes suspendidos en el aire.

—Ahora bien, la pregunta sociológica es otra: ¿por qué una sociedad convierte a ciertas personas en celebridades? ¿Qué necesidades afectivas o colectivas satisfacen? ¿Qué representa exactamente para quienes gastan el sueldo de un mes en una entrada?

La conversación se encendió y se extendió durante los últimos cuarenta minutos de la clase. Hubo debate, cruce de opiniones y análisis de consumo cultural. Aunque, por supuesto, Clara notó perfectamente que las dos alumnas de la tercera fila seguían, con movimientos quirúrgicos por debajo de la mesa, actualizando la página de la ticketera.

Clara abandonó la escuela nocturna con la sensación de que alguien le había drenado toda la energía pero satisfecha de, a pesar de todo, haber dado una clase productiva.

Mientras caminaba hacia la parada de colectivo, su teléfono sonó. Era un mensaje de Paula.

Paula: Necesito salir.

Clara: Obvio que no.

Paula: Por favor.

Clara: No.

Paula: Clarilulululu

Clara: Paula.

Paula: Clara cerró los ojos.

Paula: Maxi está de novio.

Clara: Hace tres meses que dejaste de ver a ese inútil. Y si seguís llorando por ese imbécil voy a empezar a cobrarte terapia.

Paula: Entonces vení a tomar algo conmigo así me despejo. Y quizás tenés suerte y conozco a otro para distraerme.

Clara: Tenés que aprender a estar sola, Paula. No quiero salir, trabajé todo el día.

Paula: Por favor.

Clara miró el cielo oscuro. Sabía que iba a terminar aceptando. Como siempre.

El departamento de Clara era un dos ambientes cómodo en zona oeste. Poco luminoso, ordenado y silencioso. El living tenía un sillón gris esquinero como nuevo, una mesa ratona de madera vacía y un televisor colgando de la pared, según Clara, como un accesorio tradicional occidental. Frente al living había montado su biblioteca: repleta de libros de sociología, educación y literatura. Sobre el escritorio se acumulaban apuntes, exámenes para corregir y alguna que otra taza de café olvidada. Su estudio estaba donde debía tener un juego de comedor… pero ella no era una persona que invitara gente a su casa. La decoración era sencilla, por no decir nula: cero fotos familiares, una planta que luchaba por sobrevivir y un par de cuadros de ciudades europeas que había visitado años atrás.

Llegar a casa se sentía como hacer un breve corte a un globo y desinflar de a poco, disfrutando la sensación de dejar salir el aire. Clara tomó una botella de agua de la heladera y, mientras bebía, pasó al estudio. Por un momento miró la pila de apuntes para leer y los exámenes por corregir. “Quizás debería quedarme y ponerme al día con esto”, pensó. Bufó. Ya era demasiado tarde para cancelarle a Paula y, a decir verdad, una copa de vino no le venía mal. Estaba bajo mucho estrés. Fue directo a ducharse.

El dormitorio seguía la misma lógica. La cama siempre tendida, la ropa cuidadosamente acomodada y varios libros cerrados sobre la mesa de luz. Era un hogar acogedor, aunque a veces, cuando llegaba de una larga jornada de trabajo, incluso para la persona más solitaria, el silencio le parecía demasiado grande.

Mientras secaba su cabello castaño, pensaba qué ponerse. Quería verse bien pero priorizando ante todo la comodidad. Eligió sus jeans favoritos de tiro alto y lavado claro, de esos que calzan perfectos y se sienten listos para cualquier plan. Los combinó con una musculosa negra de satén; el detalle de encaje en el escote le sumaba una pizca de delicadeza, pero para mantener el look bajo sus propios términos —casual, relajado y completamente lejos de cualquier intención de ser provocativa— se puso encima un blazer sastrero negro largo, sin abotonar y totalmente abierto que neutralizaba el conjunto. El calzado era igual de simple: unas sandalias negras de tira que le garantizaban caminar sin vueltas. Antes de salir, se miró al espejo, pintó solo sus labios y salió sintiéndose ligera y segura.

Paula era al cien por ciento el opuesto de Clara. A su amiga no le daba ni un gramo de vergüenza vivir cómodamente del negocio de su familia; de hecho, lo llevaba con un orgullo natural, como si el éxito de sus padres fuera una extensión lógica de su propia piel. Se movía por el mundo sabiendo que la red de seguridad económica siempre estaría ahí para sostenerla. Para Clara, sin embargo, mirarla desde la sombra era un recordatorio constante de sus propios fantasmas. Para ella, aceptar el dinero o los privilegios no era comodidad. Era, lisa y llanamente, pedirle favores al diablo, una deuda invisible que tarde o temprano vendrían a cobrarle.

—Amiga, amo tu outfit. Al fin dejaste ese look de "soy una docente deprimida" —saludó Paula apenas subieron al auto.

—Ja —ironizó Clara poniéndose el cinturón de seguridad—. Soy docente, pero no estoy deprimida. Y vos estás igual que siempre: rubia, despampanante y tarada.

—Solo escuché "despampanante" —bailoteó Paula en su asiento poniendo primera.

Su melena rubia caía en ondas perfectas alrededor de su rostro, una piel bronceada con un brillo impecable y una sonrisa enorme, blanquísima, que parecía publicidad de dentífrico. Llevaba una remera negra de mangas largas translúcidas, con el pecho cubierto por un intrincado bordado de pedrería plateada que destellaba con cada luz del lugar. Lo combinaba con una minifalda de tiro alto, medias cancan oscuras que estilizaban sus piernas y unos botines de cuero negro de taco intermedio. Paula era la polaridad de Clara, pero indiscutiblemente fiel. Y Clara se lo agradecería por siempre.

Una hora después estaban entrando a un bar escondido detrás de una puerta negra sin cartel. Habían tenido que decir una contraseña ridícula para ingresar. El lugar estaba iluminado apenas por luces ámbar y música suave. Fue entonces cuando reconoció al hombre detrás de la cabina del DJ.

—No puede ser —murmuró.

—¿Qué? —preguntó Paula.

—Ese es Zeta Bosio.

Paula la observó confundida.

—¿Y quién es?

—No puedo creer que me preguntes eso.

Por primera vez en la noche, Clara sonrió. Quizás no había sido tan mala idea salir.

El lugar tenía esa onda de bar escondido que se las sabe todas. En el techo, un par de lámparas de cristal gigantescas que parecían robadas de un palacio; abajo, una barra moderna con una luz LED potente que hacía brillar las banquetas cromadas desde el piso. Todo el fondo estaba empapelado con un diseño rojo y dorado exagerado, dándole un aire medio teatral, como de otra época, mientras los hombres de la barra se movían sin hacer ruido sirviendo tragos.

Entrada la madrugada, Paula estaba conversando animadamente con un extranjero alto de ojos claros. Clara siempre pensaba que la educación bilingüe que habían recibido desde pequeñas le servía a Paula para hacer relaciones internacionales. Por lo poco que había podido escuchar Clara, era sueco o de algún país nórdico. Parecía un vikingo.

Unos tragos después, Paula había desaparecido, dejando solo un mensaje rápido: “Amiga me voy a ir con Yvar. No me odies. Perdón, perdón, perdón. Te pago el auto de regreso”.

—La voy a matar —murmuró Clara para sí misma.

—¿A quién? —La voz masculina apareció a su lado.

Ella levantó la vista. Un hombre se había sentado en el sillón contiguo. Lucía el cabello oscuro, rizado y a la altura de los hombros, y una barba incipiente muy prolija. Campera de cuero negra sobre una remera básica del mismo color, complementada con una fina cadena de oro y un dije redondo. Vestirse para los hombres siempre era más sencillo, pensó Clara.

—A mi amiga.

Él sonrió. A pesar de la oscuridad del lugar, era realmente muy atractivo.

—¿Qué tan grave es?

—Me abandonó, y es súper peligroso lo que acaba de hacer.

Su sonrisa se desvaneció. Tenía una expresión tranquila.

—Entonces supongo que yo debería agradecerle.

—¿Por qué?

—Porque tengo que hacerte compañía hasta que sepas que ella está fuera de peligro. Lo que quiere decir que puedo hablar con vos.

Clara arqueó una ceja.

—Bruno —dijo él, tendiendo su mano frente a ella.

—¿Qué?

—Mi nombre. Me llamo Bruno.

Ella soltó una pequeña risa. Por un momento dudó en darle su nombre y simplemente explicarle que ya se iría, pero… ¿qué podía pasar?

—Clara.

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