La última Página by katerin at Inkitt
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La Última Página

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Summary

Claire Moreau jamás imaginó que una de sus historias pudiera convertirse en su propia realidad. Después de despertar dentro de su novela de dark romance, Claire se encuentra cara a cara con los personajes que ella misma creó: Stella Whitmore, la protagonista destinada a enamorarse de Asher Bennett, un peligroso mafioso y empresario que nunca debió conocerla. Claire sabe que no pertenece a esa historia. Sabe cómo debe terminar. Pero cuando Asher comienza a desviarse del guion y a mirarla de una manera que jamás escribió... Claire empieza a preguntarse si realmente conoce el final de su propia historia.

Genre
Romance
Author
katerin
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Claire.

Siempre me ha parecido un poco extraño que la gente crea conocerme por mis libros. Supongo que es normal.

Cuando escribes historias durante años, terminas dejando pequeñas partes de ti en cada una. Una frase aquí, un personaje allá, una idea que jamás admitirías en voz alta, escondida entre las páginas de una novela que miles de personas leen desde la comodidad de sus camas y, aun así, la mayoría de ellos no tiene ni idea de quién soy realmente y eso me resulta bastante gracioso.

Mis lectores creen que soy una mujer oscura, misteriosa y probablemente un poco perturbada. No los culpo.

Después de todo, fui yo quien escribió sobre hombres obsesivos, mujeres que no sabían cuándo mantenerse alejadas y relaciones que, bajo ninguna circunstancia, deberían considerarse saludables.

El romance nunca fue mi especialidad, el amor, mucho menos. Pero escribir sobre él sí. Y, al parecer, lo hacía bastante bien.

Mi primera novela fue un completo desastre, la segunda, un desastre un poco más bonito, la tercera consiguió que algunas personas supieran que existía y entonces llegó esa novela, la que cambió todo. La que convirtió mi nombre en algo que podía encontrarse en las librerías, en las redes sociales y, para mi desgracia, en la boca de desconocidos que creían saber más de mi vida que yo misma.

La que me convirtió en una autora reconocida, la que hizo que miles de personas se enamoraran de un hombre que, en la vida real, probablemente habría necesitado una orden de alejamiento.

Y no voy a mentir. A mí también me gustaba, no el hombre, claro. El personaje, al menos eso me repetía cada vez que alguien me preguntaba por qué había escrito una historia así. Porque todo era ficción.

Los hombres que perseguían a las mujeres que amaban, las obsesiones, los secretos, las mentiras, las promesas que nadie debería hacer y todo aquello existía únicamente porque yo había decidido ponerlo sobre el papel.

Eso era lo que me gustaba de escribir. Podía crear monstruos y encerrarlos entre dos tapas.

Podía hacer que alguien se enamorara del villano y después recordarle que, al final del día, él no era real, era solo tinta, solo una historia o eso creía.

Porque si hay algo que aprendí después de publicar mi novela más famosa, fue que algunas historias no terminan cuando escribes la última página, a veces continúan o esperan y, en ocasiones, encuentran la manera de salir del papel. La mía lo hizo aunque, por supuesto, yo todavía no lo sabía.

En aquel momento, lo único que me preocupaba era llegar a tiempo a una entrevista que no quería dar y encontrar una manera decente de responder, por quinta vez aquella semana, la misma pregunta.

—¿De dónde sacas tus ideas, Claire?

Sonreí frente al espejo. Qué pregunta tan inocente, si tan solo supieran la respuesta.

...

—¿Estás segura de que no quieres cancelar?

Miré a mi representante por el espejo retrovisor.

—¿Otra vez con eso?

—Solamente quiero saber.

—Me has preguntado lo mismo tres veces desde que salimos de casa.

—Porque tu expresión me dice lo contrario.

—Mi expresión es la misma de siempre.

—Podrías decir que estás enferma.

—No estoy enferma.

—Podrías fingir.

Giré la cabeza lentamente hacia ella.

—¿Quieres que me desmaye frente a las cámaras?

—No sería la primera vez que una celebridad hace algo así para evitar una entrevista.

—No soy una celebridad.

Mi representante levantó una ceja.

—Claire.

—¿Qué?

—Tu último libro lleva dieciocho semanas en la lista de los más vendidos.

—Eso no me convierte en una celebridad.

—Tienes más de tres millones de seguidores.

—La mitad probablemente son cuentas falsas.

—Te reconocieron ayer en una cafetería.

—La chica quería saber dónde había comprado mi bolso.

—Te pidió una foto.

—Después de preguntarme por el bolso.

—Pero te pidió una foto.

Suspiré y volví a mirar por la ventana.

—Esto es exactamente lo que odio de las entrevistas.

—¿Las preguntas?

—La gente.

Mi representante soltó una carcajada.

—Qué suerte que escribes romance.

—Es ficción.

—Ya me lo has dicho.

—Y seguiré diciéndolo.

El automóvil se detuvo frente al edificio donde se realizaría la entrevista.

Suspiré sabiendo que era demasiado tarde para escapar.

—Recuerda —dijo mi representante mientras yo abría la puerta—, sonríe.

—Sé sonreír.

—Y no insultes a nadie.

Me detuve.

—Eso depende de las preguntas.

—Claire.

—Es broma.

No lo era.

Entré al edificio. La entrevista era para uno de los programas de entretenimiento más vistos del país y, por supuesto, habían decidido grabarla en un estudio enorme lleno de luces, cámaras y personas corriendo de un lado a otro como si el mundo dependiera de que una autora de novelas románticas llegara a tiempo.

Una mujer del equipo me recibió apenas entré.

—¡Claire! Hola, soy Hanna. Qué gusto tenerte aquí.

—Hola.

Sonreí y estreché su mano.

—Te seguimos desde hace años. Estamos muy emocionados.

—Eso espero. Si no, esto sería bastante incómodo.

Hanna soltó una pequeña risa.

—Me gusta tu sentido del humor.

—A mí también.

Ella me miró durante un segundo.

—¿Eso fue una broma?

—No.

Esta vez se rio de verdad.

Bien.

Al menos había conseguido hacer reír a alguien antes de sentarme frente a una cámara.

Me llevaron hasta el camerino, donde una maquilladora se encargó de hacerme parecer una versión ligeramente más descansada de mí misma.

Después de unos veinte minutos, alguien llamó a la puerta.

—Claire, estamos listos.

Perfecto.

Hora de fingir que disfrutaba de esto. Salí del camerino y caminé hasta el estudio.

La presentadora estaba sentada en uno de los sillones frente a las cámaras. Era una mujer de unos treinta y tantos años, con una sonrisa demasiado perfecta y una energía que me hacía pensar que probablemente bebía café como si fuera agua.

Se levantó al verme.

—¡Claire!

—Hola.

Nos abrazamos.

—Es un placer tenerte aquí.

—El placer es mío.

Mentira. Pero sonó convincente.

—Por favor, toma asiento.

Me senté frente a ella, las luces se encendieron, la cámara se posicionó y entonces comenzó.

—Bienvenidos una vez más a Entre páginas. Hoy tenemos a una invitada muy especial. Su nombre se ha convertido en uno de los más conocidos dentro de la literatura romántica contemporánea y, especialmente, del dark romance. Sus novelas han vendido millones de ejemplares y su último lanzamiento continúa entre los favoritos de los lectores.

La presentadora giró hacia mí.

—Claire, bienvenida.

Sonreí.

—Gracias por invitarme.

—Creo que podemos empezar con una pregunta bastante sencilla.

—Eso suena sospechoso.

La presentadora rio.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—¿Sarcástica?

—No —Hice una pausa. —.Solo cuando estoy despierta.

El equipo detrás de las cámaras soltó algunas risas. La presentadora negó con la cabeza.

—Bien. Esto promete.

—Eso espero. Ya me hicieron venir.

—Empecemos por el principio. ¿Cuándo descubriste que querías ser escritora?

Pensé unos segundos.

—No creo que haya habido un momento exacto.

—¿No?

—No. Siempre me gustó escribir. Desde pequeña inventaba historias todo el tiempo. Creo que era mi manera de escapar un poco de la realidad.

—¿Y cuándo decidiste publicar?

—Mucho después. Al principio escribía solamente para mí. De hecho, si alguien hubiera encontrado mis primeros escritos, probablemente habría cambiado de nombre y de país.

La presentadora rio.

—¿Tan malos eran?

—Peores.

—¿Y qué pasó con tu primera novela?

—Fue un desastre.

—¿Qué tan desastre?

—No vendió prácticamente nada.

—¿Te arrepientes de haberla publicado?

—No. —Sonreí. —Creo que todas las historias tienen un propósito. Incluso las malas.

—Entonces, ¿qué propósito tuvo esa?

—Enseñarme qué no hacer.

La presentadora soltó una carcajada.

—Eso fue cruel. Y después llegaron tus siguientes novelas, hasta que publicaste Ecos de medianoche.

El nombre de mi novela apareció en la pantalla detrás de nosotros y mi sonrisa se volvió un poco más sincera.

—Sí.

—Tu gran éxito.

—Mi pequeño monstruo.

—¿Monstruo?

—Escribirlo fue una pesadilla.

—Pero valió la pena.

Miré la pantalla. La portada mostraba a los dos protagonistas y a él.

Asher.

El personaje que había hecho que millones de personas suspiraran, discutieran, lloraran y, probablemente, necesitaran terapia.

—Sí —dije finalmente—. Valió la pena.

—Asher se convirtió en uno de los personajes masculinos más populares de los últimos años.

—Desgraciadamente.

La presentadora abrió los ojos.

—¿Desgraciadamente?

—Es un hombre horrible.

—¡Pero todas están enamoradas de él!

—Ese es el problema.

—¿No te gusta Asher?

La miré.

—Yo lo creé.

—Eso no responde la pregunta.

—Entonces sí. Me gusta. Pero solo porque es un personaje.

—¿Qué tiene Asher que no tengan los demás protagonistas masculinos que has creado?

Pensé en ello.

—Es impredecible.

—¿Y eso te gusta?

—Como escritora, sí.

—¿Y como mujer?

La miré durante unos segundos.

—Como mujer, me gusta dormir tranquila por las noches.

La presentadora soltó una carcajada.

—Creo que acabas de destruir el sueño de miles de lectoras.

—Lo siento mucho.

—No parece que lo sientas.

—No.

La entrevista continuó. Hablamos sobre mis personajes, sobre el proceso de escritura, sobre las escenas que más me había costado escribir y sobre las reacciones de los lectores. Incluso hablamos de los finales.

Hasta que llegó una pregunta que no esperaba. La presentadora cruzó las piernas y miró sus tarjetas.

—Claire, hay algo que tus lectores siempre se preguntan.

—Eso nunca termina bien.

—¿Por qué dices eso?

—Porque cuando alguien empieza una pregunta diciendo que es algo que mis lectores se preguntan, normalmente significa que quiere preguntarme algo que yo no quiero responder.

La presentadora sonrió.

—Quizá tengas razón.

—Lo sabía.

—Tus novelas están llenas de relaciones intensas. Algunas bastante oscuras. Has escrito sobre obsesión, posesividad, celos...

—Sí.

—Y, sin embargo, nunca has hablado demasiado sobre tu propia vida amorosa.

Sentí cómo mi sonrisa se tensaba apenas. Solo un poco. Lo suficiente para que nadie que no me conociera pudiera notarlo.

—Porque no hay mucho que contar.

—¿Nunca has estado enamorada?

Ahí estaba la pregunta, la que inevitablemente terminaba apareciendo en alguna entrevista. Respiré lentamente.

—Claro que sí.

—¿Y qué pasó?

—La vida.

La presentadora me observó.

—Eso es bastante misterioso.

—No pretendía serlo.

—Entonces déjame preguntarte algo más directo.

—Adelante.

—¿Has utilizado alguna vez a un hombre de tu vida real como inspiración para crear a uno de tus personajes?

La pregunta cayó entre las dos.

Sonreí, por supuesto que sonreí. Era una entrevista, las cámaras estaban encendidas y yo sabía perfectamente cómo comportarme frente a ellas.

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¿Ni siquiera Asher?

Mi mandíbula se tensó, una fracción de segundo nada más.

—No.

—Es que algunos lectores creen que un personaje tan específico tuvo que estar inspirado en alguien.

—Mis lectores creen muchas cosas.

—¿Y si existiera un hombre como Asher?

La miré.

—Espero sinceramente que no.

La presentadora rio y yo también.

—Entonces, para dejarlo claro —continuó—, ¿Asher no existe?

—No.

Mi respuesta salió demasiado rápido. Así que sonreí.

—Asher es un personaje. Lo inventé yo.

La presentadora asintió.

—Perfecto.

Y, por alguna razón, esa palabra me molestó.

Perfecto.

Como si hubiera conseguido atraparme. Como si esperara que yo dijera algo diferente.

—Bueno —continuó ella—, creo que con eso terminamos.

Sonreí a la cámara.

—Gracias por invitarme.

—Gracias a ti, Claire.

Las luces se apagaron y mi sonrisa desapareció.

—¿Qué demonios fue eso?

La presentadora me miró.

—¿Qué?

—La pregunta sobre Asher.

—Era una pregunta.

—Una pregunta bastante estúpida.

—Tus lectores quieren saber.

—Mis lectores también quieren saber qué desayuné esta mañana. No por eso voy a contarles.

La mujer rio.

—Relájate.

—Estoy relajada.

—Claro.

La miré.

—Lo estoy.

—Claire.

—¿Qué?

—Estás apretando tu bolso como si quisieras estrangularlo.

Bajé la mirada. Mis dedos estaban, efectivamente, aferrados al bolso. Lo solté.

—Estoy perfectamente relajada.

Ella volvió a reír y decidí no volver a hablar del tema.

Llegué a casa poco después de las once. Lo primero que hice fue quitarme los zapatos. Lo segundo, dejar el bolso en el suelo. Lo tercero, arrepentirme de haber aceptado aquella entrevista.

Me puse el pijama, me lavé la cara y me metí en la cama, estaba agotada, pero no podía dormir. No dejaba de pensar en la entrevista. En aquella pregunta.

¿Has utilizado alguna vez a un hombre de tu vida real como inspiración para crear a uno de tus personajes?

Qué estupidez.

Miré al techo.

—No existe —murmuré.

Por alguna razón, decirlo en voz alta me hizo sentir mejor. Giré la cabeza hacia la mesita de noche y allí estaba.

Mi libro.

Ecos de medianoche.

Mi mayor éxito. Mi pequeño monstruo.

Lo tomé entre mis manos, no sabía por qué, quizá porque llevaba años sin leerlo, quizá porque la entrevista me había hecho recordarlo o quizá porque, después de tantos años, quería saber qué había visto todo el mundo en él.

Abrí el libro. Pasé algunas páginas y entonces lo encontré. La escena, una de mis favoritas. La primera aparición de Asher. Mis ojos recorrieron las líneas.

Asher estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y aquella expresión que hacía imposible saber si estaba a punto de sonreír o de destruirte.

Sonreí.

—Idiota.

Me quedé mirando la página. Por un momento, recordé perfectamente por qué había escrito aquella escena, por qué había creado a Asher, por qué había elegido cada palabra. Todo había salido de mi imaginación.

Cerré el libro, dejándolo sobre la mesita y apagando la luz.

—Asher no existe —susurré.

Me acomodé entre las sábanas. Cerré los ojos y, justo antes de quedarme dormida, pensé que quizá había sido una tontería volver a leer aquella escena.

Porque ahora tenía una extraña sensación. La sensación de que alguien me estaba observando. Abrí los ojos, mirando por unos segundos la ventana pero. No había nada, solo oscuridad.

Suspiré.

Qué estupidez. Volví a cerrar los ojos sin saber que, en algún lugar de la ciudad, alguien acababa de leer mi nombre y había sonreído.

—Claire.

...

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