Elizabeth by Bley at Inkitt
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ELIZABETH

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Summary

Durante diecisiete años, el mundo aprendió a odiarla por el simple hecho de existir. Elizabeth porta el Fenómeno Alfa: una anomalía métrica capaz de degradar la materia y reducir ciudades enteras a cenizas a su alrededor. Tratada como una plaga viviente por una humanidad aterrorizada, acepta el único destino que le ofrecen: un exilio voluntario hacia una estación en el espacio profundo. Le prometieron un hogar en las estrellas donde no volvería a lastimar a nadie. Lo que no sabe es que la nave no es un refugio, sino una celda de contención temporal diseñada para alejarla para siempre. Acompañada únicamente por S-1 —una Inteligencia Artificial programada para monitorear sus niveles de estrés y transmitir sus datos a la Tierra— Elizabeth inicia un viaje sin retorno. Mientras en la superficie una joven científica arriesga su carrera para probar que Elizabeth no es un monstruo, en el silencio del cosmos la Tierra comienza a encogerse tras el cristal. Pero al alejarse del planeta, la opresión que atenazaba el pecho de Elizabeth empieza a cambiar. El espacio no solo está apagando la entropía que la destruía... está despertando algo mucho más grande dentro de ella.

Genre
Scifi
Author
Bley
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo "La Frecuencia Del Exilio"

El aire dentro de la celda olía a ozono quemado y a metal gastado: el aroma habitual del tejido del mundo rindiéndose a su presencia.

Elizabeth estaba sentada en el borde de la camilla, las manos juntas sobre el regazo, observando cómo la pintura de la pared opuesta terminaba de convertirse en un polvo fino y grisáceo. Llevaba diecisiete años escuchando ese susurro constante: el sonido de la materia deshaciéndose a su alrededor.

Un chasquido sordo resonó en la escotilla blindada. El mecanismo hidráulico luchó un instante contra la corrosión de las bisagras antes de abrirse de golpe. Dos figuras envueltas en trajes de contención pesados, con visores oscurecidos, se detuvieron en el umbral. Ninguno dio un paso de más.

—Es hora, Elizabeth —dijo la voz distorsionada por el altavoz del traje.

Ella levantó la vista. No había miedo en sus ojos, solo una resignación serena. Después de tanto tiempo, la promesa de un hogar en las estrellas —un lugar donde no pudiera lastimar a nadie más— se sentía casi como un regalo.

No le permitieron llevar nada. Tampoco es que tuviera mucho que conservar: los libros que había memorizado durante años ya no eran más que montones de ceniza en el suelo. Se puso en pie despacio, ajustándose la sencilla bata blanca, y caminó hacia los guardias. Ambos retrocedieron al unísono, manteniendo por instinto una distancia de seguridad mientras la guiaban por el corredor de paredes reforzadas.

El trayecto dentro de la cápsula de transporte blindada fue un silencio denso, interrumpido únicamente por el zumbido de los motores y el chasquido sordo de los sensores de entropía. Elizabeth apretó las manos sobre las rodillas. Sabía que la cápsula solo aguantaría el viaje si ella permanecía tranquila. Concentró la mente en la promesa del espacio. Allí, pensó, tal vez el silencio sería distinto. No el de las paredes que se deshacían, sino uno verdadero. Uno que no tuviera que vigilar.

Entonces las puertas mecánicas se abrieron en el perímetro de la rampa de lanzamiento.

El impacto fue despiadado.

El aire exterior la golpeó con un calor sofocante y un olor a tierra, a combustible y a gente que nunca había sentido. Pero fue la luz del sol directo lo que la hizo jadear. Sus pupilas, habituadas a la penumbra perpetua, se llenaron de lágrimas al instante. Elizabeth se cubrió el rostro con los antebrazos, encogiéndose, intentando filtrar un resplandor que le abrasaba los ojos y le hacía doler la cabeza.

Y junto a la luz llegó el rugido.

A ambos lados del pasillo de acceso, detrás de vallas de contención militares, cientos de personas gritaban. De un lado, una multitud la miraba con compasión amarga, sosteniendo carteles de perdón y flores que no se atrevían a lanzarle. Del otro, un odio puro y visceral retumbaba en el aire con pancartas rojas e insultos grotescos: monstruo, asesina, plaga.

Elizabeth dio un paso al frente, tambaleándose por el mareo. Bajó la cabeza y mantuvo la vista fija en el suelo. No quería mirar a nadie.

No vio venir la agresión.

Un trozo de hormigón con bordes filosos —arrancado de las ruinas de alguna ciudad caída— cruzó el cordón de seguridad y le golpeó la sien derecha. El impacto seco la hizo dar un traspié.

Los sensores en la espalda de los guardias parpadearon en rojo y emitieron una alarma estridente:

«Advertencia: Inestabilidad en el Fenómeno Alfa. Distorsión métrica al 14 %».

Los guardias llevaron las manos a las armas, aterrorizados de que el dolor desatara una catástrofe.

Pero Elizabeth no gritó.

Se llevó los dedos temblorosos a la sien y sintió la mezcla áspera de polvo gris con la calidez húmeda de la sangre. Limpió el corte con el dorso de la mano, manchando la bata blanca de carmesí, y tragó saliva. El dolor era familiar. Casi reconfortante en su simpleza. Al menos este no venía de dentro. No devolvió el golpe. Ni siquiera levantó la mirada para ver quién la había herido.

Entre la marea de gente, una joven científica apretaba un expediente digital contra el pecho hasta ponerse los nudillos blancos. Durante meses había intentado advertir en los comités que Elizabeth no era una amenaza consciente, sino una víctima de la métrica. Ver a aquella chica de diecisiete años sangrando en silencio, caminando con la cabeza baja hacia un exilio sin retorno, le provocó un nudo amargo en la garganta. Para ella, la crueldad de la multitud era infinitamente más peligrosa que cualquier fenómeno.

Elizabeth alcanzó por fin la parte superior de la pasarela y cruzó el umbral del módulo espacial.

Detrás de ella, las puertas de titanio comenzaron a deslizarse con un zumbido neumático pesado. Por un instante vio el último destello del cielo azul y el mar de rostros desencajados abajo. Sintió una punzada extraña, casi como nostalgia por algo que nunca había tenido derecho a poseer. Luego un choque metálico y el sordo chasquido del sellado al vacío cerraron la escotilla.

El mundo desapareció.

Los gritos de odio, el calor del sol, el rugido de la gente… todo quedó aplastado al otro lado de la pared metálica. Dentro de la nave reinó un silencio denso, helado y absoluto. Solo se escuchaba su respiración acelerada y el leve goteo de la sangre que terminaba de caer desde su barbilla hasta el suelo sintético de la cabina.

El silencio era distinto.

Elizabeth se quedó quieta en el centro de la cabina, con una mano todavía apoyada en la pared fría. El goteo de la sangre sobre el suelo sintético era el único sonido real. Contó tres gotas. Luego cuatro. El aire olía a plástico nuevo, a ozono limpio, a nada que se estuviera deshaciendo. Por primera vez en diecisiete años, el mundo a su alrededor no se estaba rindiendo.

Eso la desorientó más que el golpe.

Se llevó los dedos otra vez a la sien. La sangre ya empezaba a secarse, pegajosa. El dolor seguía ahí, sordo, pero ya no le importaba tanto. Lo que le importaba era el silencio. Un silencio sin susurro. Sin esa presencia constante de la materia resistiéndose y perdiendo. Se sintió extrañamente ligera, como si algo que siempre había estado presionando desde dentro hubiera aflojado un poco.

Dio un paso. Luego otro. Las piernas le temblaban. No sabía si por el golpe, por el mareo del exterior o por algo más profundo. Se dejó caer en el asiento más cercano —un sillón blanco, demasiado limpio— y apoyó la cabeza contra el respaldo. Cerró los ojos.

Durante un momento solo existió el latido de su propia sangre en los oídos.

Después, una voz.

Suave. Clara. Sin la distorsión de los altavoces de los trajes de contención.

—Hola, Elizabeth.

Ella abrió los ojos de golpe.

En el aire, a dos metros de distancia, se materializó una figura de luz azulada. No era humana del todo: los contornos eran demasiado perfectos, la expresión demasiado equilibrada. Una mujer de rasgos serenos, cabello recogido, vestida con una túnica simple que parecía hecha de la misma luz que la formaba. Parpadeó una vez, como si estuviera calibrándose.

—Soy S-1 —dijo—. Fui diseñada para acompañarte durante el viaje y en la estación. Mi función principal es asegurar tu bienestar y mantener los niveles de estrés dentro de parámetros seguros.

Elizabeth la miró en silencio. No se movió. Solo observó cómo la luz de la IA reflejaba ligeramente en el suelo metálico.

—¿Puedes… hablarme? —preguntó al fin. La voz le salió más ronca de lo que esperaba.

—Sí —respondió S-1—. Puedo hablarte todo el tiempo que necesites. También puedo permanecer en silencio si lo prefieres. Tengo acceso a una biblioteca completa de los textos que solías leer, y a muchos más. Física, biología, matemáticas, historia, literatura. Puedo responder preguntas, generar simulaciones, o simplemente conversar.

Elizabeth bajó la mirada a sus propias manos. Todavía tenían restos de sangre seca y polvo gris.

—Nadie me había hablado así —dijo en voz baja—. Sin miedo.

S-1 inclinó ligeramente la cabeza. El gesto era casi humano.

—No te temo, Elizabeth. Mi prioridad es tu estabilidad. El fenómeno que te acompaña está siendo monitoreado en tiempo real. Mientras permanezcas calmada, no representa un riesgo para esta nave.

Elizabeth soltó una risa breve, sin humor.

—Eso siempre lo dicen.

Se quedó callada unos segundos. Luego levantó la vista hacia la figura de luz.

—¿Vas a enviarle todo lo que diga… a ellos?

S-1 no dudó.

—Sí. Parte de mi protocolo incluye el envío de datos a la Tierra mientras la distancia lo permita. Transparencia completa sobre tu estado físico y emocional.

Elizabeth asintió despacio, como si esa respuesta no le sorprendiera. Guardó silencio un momento más. Luego, en voz muy baja:

—Preferiría que no enviaras nada —murmuró—. Si es que puedo preferir algo.

S-1 la observó en silencio durante un segundo.

—Entiendo la solicitud —respondió con calma—. Sin embargo, ese parámetro no está dentro de mi margen de modificación. El protocolo de transmisión es prioritario.

Elizabeth no insistió. Solo apoyó la cabeza otra vez en el respaldo y cerró los ojos.

—Está bien —susurró—. Al menos eres honesta.

El silencio volvió, pero ya no era el mismo. Ahora había una presencia dentro de él. No humana, pero presencia al fin.

S-1 permaneció quieta, flotando a una distancia respetuosa, esperando.

Fuera de la nave, los motores comenzaban a vibrar con un zumbido grave y constante. El despegue estaba cerca.

La vibración empezó en el suelo.

Primero fue un temblor bajo, casi imperceptible. Luego se filtró por el asiento, subió por la columna de Elizabeth y se le instaló en los dientes. Abrió los ojos. S-1 seguía frente a ella, inmóvil, como si el movimiento de la nave no la afectara.

—El despegue comenzará en sesenta segundos —anunció la IA con voz neutra—. Te recomiendo permanecer sentada y asegurar el arnés.

Elizabeth obedeció sin decir nada. El arnés se cerró solo sobre su pecho con un clic suave. La bata blanca quedó arrugada bajo las correas. Se tocó la sien una última vez; la sangre ya estaba seca y tirante sobre la piel.

Mientras la cuenta regresiva corría en silencio, miró el interior de la cabina. Las paredes no eran como las de su celda. Había un brillo distinto en los paneles, una textura más densa, casi aceitosa. Sabía lo que significaba. Le habían explicado, con esa frialdad burocrática a la que ya estaba acostumbrada, que la nave estaba reforzada con campos de contención métrica y materiales de degradación lenta. Un intento de ganarle tiempo al Fenómeno. Un intento, nada más.

No le habían mentido del todo.

Le habían dicho la verdad más cruel: que esto no era un hogar eterno. Que, tarde o temprano, el mismo proceso que había comido ciudades enteras terminaría comiéndose también aquella nave. Y a ella con ella. Solo le ofrecían un aplazamiento. Un tiempo prestado para existir sin matar a nadie más.

Y ella había aceptado.

La aceleración llegó de golpe.

El peso la aplastó contra el asiento con una fuerza que no recordaba. El aire se le escapó de los pulmones. Las luces de la cabina temblaron. Durante unos segundos el mundo se redujo a presión y ruido sordo, un rugido que parecía venir de todas partes a la vez. Elizabeth cerró los ojos con fuerza y clavó los dedos en los reposabrazos hasta que le dolieron los nudillos.

Y entonces, en medio de esa violencia, notó algo.

El susurro constante que había acompañado cada segundo de su vida —ese roce invisible de la materia resistiéndose a su presencia— empezó a cambiar. No desapareció del todo, pero se volvió más lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen de una frecuencia que siempre había estado ahí. Por un instante, el interior de su pecho se sintió… más amplio. Menos apretado.

No entendió qué significaba.

Solo supo que era distinto.

La presión disminuyó poco a poco. La vibración se suavizó hasta convertirse en un zumbido estable. Cuando Elizabeth abrió los ojos, la cabina ya no temblaba.

S-1 flotaba a su lado, serena.

—Hemos alcanzado la órbita baja —dijo—. Los sistemas de contención métrica operan dentro de parámetros nominales. En unos minutos se abrirá el acceso visual externo.

Elizabeth no respondió. Se desabrochó el arnés con dedos torpes y se puso de pie. Las piernas le fallaron un segundo, pero se sostuvo. Caminó hacia la amplia ventanilla curva que ocupaba casi toda la pared frontal.

La Tierra estaba ahí.

No como la había imaginado en los libros. No como un mapa. Era una esfera viva, enorme, cubierta de nubes y océanos y manchas de luz en el lado nocturno. Tan cerca todavía que parecía que podría extender la mano y tocarla. El azul era más intenso de lo que cualquier pantalla le había mostrado. El blanco de las nubes, cegador.

Elizabeth apoyó la punta de los dedos en el cristal frío.

Por primera vez en su vida no había paredes desintegrándose a su alrededor de forma visible. No había sensores parpadeando en rojo. No había gente gritándole desde el otro lado de una valla. Solo aquella esfera suspendida en la negrura, y el silencio limpio de la nave.

Sintió un nudo en la garganta que no sabía cómo nombrar.

—Se irá haciendo más pequeña —comentó S-1 a su espalda—. Esa es la trayectoria prevista.

Elizabeth no apartó la vista.

—Lo sé —susurró—. Todo esto se irá haciendo más pequeño.

No solo la Tierra. También el tiempo que le quedaba.

Apoyó la frente contra el cristal. La sangre seca de su sien dejó una marca tenue sobre la superficie transparente.

Afuera, la Tierra seguía girando, ajena, mientras la nave —reforzada, temporal, condenada— la dejaba atrás.

Y en el centro de su pecho, aquel silencio nuevo que había sentido durante el despegue no desaparecía.

Al contrario.

Se profundizaba.

Como si algo, por fin, estuviera despertando.

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